|
Quizá
el cambio físico más impresionante, entre los muchos que es posible
advertir en las personas, son las caras de nuestros abuelos, ahondadas las
arrugas, fruto de un largo bregar y que guardan muchas veces el misterio
de la soledad. Algunos el temblor de la manos agitadas por el Parkinson,
la fragilidad de las piernas con su torpe movimiento, y la reflexión
dificultosa, el encorvamiento de la espalda, el flaquear momentáneo de la
voz, el cabello agostado y la piel deshidratada.
Esos,
que ayer caminaron con paso firme trabajaron con entusiasmo, que cargaron
con los hijos - y con los padres de los padres -, se movieron con
agilidad, corrieron, saltaron, trabajaron al rayo del sol, construyeron,
curaron, investigaron, estudiaron, escribieron, y hoy se doblan, se
fatigan, sufren por el paso ineludible del tiempo, y creo que como Violeta
Parra muchos dirán: " Gracias a la vida que me ha dado
tanto...". Muchos no presentarán su renuncia a ser adultos. Y eso
que en algún lugar, al paso de los años, aprendieron lo que eran las
armas, las guerras, el hambre, las mentiras, los matrimonios infelices, la
enfermedad, la muerte. No ignoran que el hombre está sometido "al
tiempo en el tiempo".
Nunca
debemos ignorar a nuestros abuelos, "testigos de la vida", maestros
de la comprensión y del afecto, imágenes de tranquilidad y ternura, de
serenidad y espera.
Son
la luz humana de una cultura de experiencia. Por eso es preciso saber
valorar y querer su presencia. Pasean de cara a la vida y nunca deberían
ser para nosotros como personas de servicio. Son los herederos de nuestras
generaciones hemos de acogerlos no como una necesidad sino como una devoción
y colaborar a que su calidad de vida sea la norma de la nuestra. El
consejo, la experiencia de una primavera, no muy lejana, que nos anuncia
un otoño con lucidez.
Existimos
gracias a ellos pero la inexorable vida está haciendo
por
desgracia, las nuevas tendencias sociales y familiares privan a muchos niños
de los abuelos. En primer lugar, a causa de la brusca caída de la
fertilidad, un gran número de personas mayores tienen pocos nietos o
ninguno. Y se observa que los
hijos únicos - muy frecuentes ahora - suelen tener a su vez un solo hijo.
Esta escasez de nietos puede tener efectos educativos perjudiciales, al
provocar en los abuelos demasiada competencia por el afecto y la atención
de los niños.
El
problema se complica con el divorcio. Cuando los padres se separan, los niños
pierden dos abuelos, generalmente paternos, ya que suele ser la madre la
que se queda con los hijos.
Incluso cuando no media divorcio ni unión ilegítima, la
labor de los abuelos resulta obstaculizada por los recientes cambios del
ambiente social. Es más difícil que los abuelos vivan cerca de sus
nietos.
A
menudo los abuelos no están tan lejos que no puedan visitar a los nietos
en forma más o menos regular. Pero las visitas periódicas no son
suficientes para que lleguen a formar parte de la vida diaria de la
familia... Se convierten en algo parecido a los actos sociales,
las reuniones con los amigos y un largo etc.
La
exaltación de la juventud como valor en sí mismo ha llevado a un cierto
menosprecio de los mayores.
La
¿cultura? actual (Internet, nuevas cadenas de televisión) en ocasiones,
es general y notorio, que muchos abuelos renuncian a dar consejos a sus
hijos y nietos. En consecuencia, los abuelos de hoy tienen menos autoridad
e influyen menos en la formación de los nietos. Los miman, pero no los
educan, como en otros tiempos, ni tienen la misma facilidad para
inculcarles verdades espirituales y morales.
Conviene
también "apagar mas a menudo la televisión y el vídeo para que los
nietos puedan escuchar historias narradas por los abuelos"
Así,
es el no poder contar con esa presencia tan necesaria porque como dice el
proverbio árabe: "El único dolor que mata más que el hierro es la
injusticia que procede de nuestros familiares".
Para
vivir de veras, debes vivir hoy. La vida es corta. Y pasa pronto. Y si no
vives hoy habrás perdido el día. No ensombrezcas tu espíritu con miedos
y preocupaciones por el mañana. No cargues tu corazón con toda la
miseria del ayer. Piensa, complacido, en lo bueno del ayer; sueña también
con cosas bellas, que pueden venir mañana. Pero no te pierdas en el ayer,
ni en el mañana sino vives hoy. |