Alvaro Morales

     
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Y EL ABUELO UN DIA...

                       

Quizá el cambio físico más impresionante, entre los muchos que es posible advertir en las personas, son las caras de nuestros abuelos, ahondadas las arrugas, fruto de un largo bregar y que guardan muchas veces el misterio de la soledad. Algunos el temblor de la manos agitadas por el Parkinson, la fragilidad de las piernas con su torpe movimiento, y la reflexión dificultosa, el encorvamiento de la espalda, el flaquear momentáneo de la voz, el cabello agostado y la piel deshidratada.

Esos, que ayer caminaron con paso firme trabajaron con entusiasmo, que cargaron con los hijos - y con los padres de los padres -, se movieron con agilidad, corrieron, saltaron, trabajaron al rayo del sol, construyeron, curaron, investigaron, estudiaron, escribieron, y hoy se doblan, se fatigan, sufren por el paso ineludible del tiempo, y creo que como Violeta Parra muchos dirán: " Gracias a la vida que me ha dado tanto...". Muchos no presentarán su renuncia a ser adultos. Y eso que en algún lugar, al paso de los años, aprendieron lo que eran las armas, las guerras, el hambre, las mentiras, los matrimonios infelices, la enfermedad, la muerte. No ignoran que el hombre está sometido "al tiempo en el tiempo".

Nunca debemos ignorar a nuestros abuelos, "testigos de la vida",  maestros de la comprensión y del afecto, imágenes de tranquilidad y ternura, de serenidad y espera.

Son la luz humana de una cultura de experiencia. Por eso es preciso saber valorar y querer su presencia. Pasean de cara a la vida y nunca deberían ser para nosotros como personas de servicio. Son los herederos de nuestras generaciones hemos de acogerlos no como una necesidad sino como una devoción y colaborar a que su calidad de vida sea la norma de la nuestra. El consejo, la experiencia de una primavera, no muy lejana, que nos anuncia un otoño con lucidez.

Existimos gracias a ellos pero la inexorable vida está haciendo

por desgracia, las nuevas tendencias sociales y familiares privan a muchos niños de los abuelos. En primer lugar, a causa de la brusca caída de la fertilidad, un gran número de personas mayores tienen pocos nietos o ninguno.  Y se observa que los hijos únicos - muy frecuentes ahora - suelen tener a su vez un solo hijo. Esta escasez de nietos puede tener efectos educativos perjudiciales, al provocar en los abuelos demasiada competencia por el afecto y la atención de los niños.

El problema se complica con el divorcio. Cuando los padres se separan, los niños pierden dos abuelos, generalmente paternos, ya que suele ser la madre la que se queda con los hijos.
Incluso cuando no media divorcio ni unión ilegítima, la labor de los abuelos resulta obstaculizada por los recientes cambios del ambiente social. Es más difícil que los abuelos vivan cerca de sus nietos.

 A menudo los abuelos no están tan lejos que no puedan visitar a los nietos en forma más o menos regular. Pero las visitas periódicas no son suficientes para que lleguen a formar parte de la vida diaria de la familia... Se convierten en algo parecido a los actos sociales,  las reuniones con los amigos y un largo etc.

La exaltación de la juventud como valor en sí mismo ha llevado a un cierto menosprecio de los mayores.

La ¿cultura? actual (Internet, nuevas cadenas de televisión) en ocasiones, es general y notorio, que muchos abuelos renuncian a dar consejos a sus hijos y nietos. En consecuencia, los abuelos de hoy tienen menos autoridad e influyen menos en la formación de los nietos. Los miman, pero no los educan, como en otros tiempos, ni tienen la misma facilidad para inculcarles verdades espirituales y morales.

Conviene también "apagar mas a menudo la televisión y el vídeo para que los nietos puedan escuchar historias narradas por los abuelos"

Así, es el no poder contar con esa presencia tan necesaria porque como dice el proverbio árabe: "El único dolor que mata más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares".

 Para vivir de veras, debes vivir hoy. La vida es corta. Y pasa pronto. Y si no vives hoy habrás perdido el día. No ensombrezcas tu espíritu con miedos y preocupaciones por el mañana. No cargues tu corazón con toda la miseria del ayer. Piensa, complacido, en lo bueno del ayer; sueña también con cosas bellas, que pueden venir mañana. Pero no te pierdas en el ayer, ni en el mañana sino vives hoy.

 
 

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