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Cuando arrojamos una piedra a un estanque,
esta provoca ondas concéntricas que se ensanchan por su superficie,
afectando en su movimiento, con distinta intensidad y con diversos efectos
al barquito de papel, a la balsa y al pescador. Objetos que estaban cada uno
por su lado, en su sueño o en vigilia, son reclamados
por la vida, obligados a reaccionar, a entrar en relación entre sí.
Otros
movimientos invisibles se propagan hacia el fondo, en todas direcciones,
mientras la piedra se precipita moviendo algas, asustando a los pequeños
peces a su paso, cuando toca fondo, agita el lodo, y los pequeños seres que
en él habitan, así como objetos que yacían olvidados, algunos de los
cuales desentierra; a otros el lodo que se levanta los cubre por completo.
Igualmente una palabra, una acción, lanzada sin pensar desde la mente a los
oídos de otro, produce ondas superficiales y profundas, provoca una
infinita serie de reacciones en cadena, implicando en su caída sonidos, imágenes,
analogías, recuerdos, significados, reinterpretaciones de la experiencia.
Todo ello en un movimiento que afecta a la misma experiencia, a la memoria,
a los sentimientos, al inconsciente, complicando el hecho de que la misma
mente no asiste pasiva a la representación, sino que interviene
continuamente, para aceptar y rechazar, unir y censurar, construir y
destruir. Cuando las acciones de los que nos rodean, nos alcanzan, cosa
imposible de prever y de impedir. Cuando los dichos de aquellos que
amemos o no, nos sacuden en la quieta superficie de nuestro lago
interior, nos damos cuenta que hemos sido heridos, y es posible que se
levanten desde nuestro corazón, cual ondas en el agua. Palabras que son
fruto de la reacción, no de la reflexión, y según vamos dejando caer en
nuestro interior las piedrecillas que nos envían, disfrazadas de egoísmos,
desaires, reproches, ingratitudes, y cuanto
hay de lo que es capaz de producir un corazón humano, cuando esas
piedrecillas llegan al fondo de nuestro corazón, agitan a su paso oscuros
sentimientos que hemos guardado, los rencores, faltas de perdón, falta de
compasión, develando las cosas que por sabidas se callan y por calladas se
olvidan, pero que han estado esperando la ocasión de revivir.
Solemos
ver en los contratiempos, en los desacuerdos, sólo el ángulo superficial,
las ondas sobre la superficie, pero normalmente no nos detenemos a pensar lo
que ocurre allá en el fondo de nuestro ser.
Es
así me parece en las relaciones humanas, siendo una de las más difíciles
la relación familiar.
Una
vez un misionero decía que antes de hablar a los hombres de Dios, había
que hablarle a Dios de los hombres, en ese orden. Por eso dice el Señor,
“le llevaré al desierto y allí le hablaré al corazón”. A veces es
preciso haber vivido situaciones límites, para
comprender el verdadero significado de la vida, de nuestra vida. A
veces lo que vemos como una plaga, no es sino una bendición disfrazada, que
nos viene de la mano del Padre, y nadie es la excepción.
Se
dice que no hay recetas. Es verdad. Cada uno de nosotros tiene una historia
personal e intransferible, y parece que uno de los más grandes problemas
que tenemos, es el de mitificar a nuestros seres amados, pero sólo cuando
los vemos en su realidad concreta, sin adornos fantasiosos, nos comenzamos a
dar cuenta de sus auténticos límites; es como si nos asomáramos a un
descubrimiento: “cada persona tiene su propia historia”, una existencia
que no es sólo relación con nosotros. Hay que desmitificar
todo aquello que no sea auténticamente suyo; sólo entonces
comprenderás las limitaciones, sus carencias, y ya no sufrirás como sufres
ahora, pues sabrás entonces tu capacidad y que
puedes pedir, de acuerdo a como se es, y no de acuerdo a cómo
deseamos que sean, o que reaccionen contigo, cuando descubras que su
existencia al igual que la tuya está hecha de una serie de decisiones
personales. Eso es aceptar al otro.
Aún
a pesar del sufrimiento que puedan causarnos sus decisiones, si permaneces
fiel en lo poco, (llámese eso, ingratitud, indiferencia, distancia...)
entonces, si lo amas desde allí, Dios te pondrá sobre mucho, porque tú te
habrás purificado.
Un
pasaje de la escritura, del Apóstol Pablo, dice “hijos someteos a
vuestros padres”, no dice “padres sometan a sus hijos”, Dios respeta
el libre albedrío de las personas, nos da mandamientos, pero no toca
nuestra libertad. No dice que los padres han de vivir luchando por doblegar
a sus hijos, sino que aquellos voluntariamente deben ser los que se rindan
al amor de los padres: esa es la voluntad de Dios
Te dejo con un pensamiento: “Para los que aman a Dios, todas las cosas les
ayudan a bien”.
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