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Escribir
sobre Leo Brouwer es algo que de una manera especial me fascina, quizá
porque cuando coincido con él, me transporta con sus conversaciones a ese
mundo de dignidad que tiene el pueblo cubano.
Ya
desde muy joven vivió en un entorno artístico. A través del color y el
dibujo se familiarizará con el mundo del arte pero no encontrando en sus
pinturas todo lo que el quería dar, renunciará a éste y predestinado
para ser virtuoso, decide cambiar a la música como el mismo dice en medio
de una juventud en soledad, conveniente para crear una necesidad como un
escape a su tristeza juvenil de entonces. Su padre le enseñó los
primeros acordes de la guitarra, pero es con el maestro Nicola cuando
escucha a los grandes. Una vez formado como músico notable, emprende su
camino al que estaba llamado: “la composición”. A través de
iluminaciones y ensoñaciones, haciendo una propia representación en sus
temas en escalas cromáticas y fraseo alcanzando el registro completo de
las cuerdas, surgiendo poliarmonías en el espacio vital del instrumento,
desarrollando aspectos a partir de cánones contemporáneos. Muchas son
las positivas opiniones que sobre Leo Brouwer dicen los magnos músicos
del momento, nunca en él “La tradición se rompe” “Al asalto del
cielo” encontrando “Su espiral eterna” en los “Elogios de la
Danza” después de haber oído su “Canticum” cuando aún suenan sus
“Cantos sencillos” en su “Concierto”.
No es un juego de palabras el que he querido hacer, sino intentar
dar un mensaje con los títulos de algunas de sus obras.
Todos
los instrumentos de cuerda se ven engrandecidos por la música de Leo
Brouwer: el tres cubano, el cuatro venezolano, la jarana huasteca, el seis
puertorriqueño, la mejorana panameña, el violao brasileño, el guitarrón
mejicano y hasta el charango andino han invitado a la fiesta a requintos,
bandolas, laúdes, guitarrillas, bandurrias y timples canarios, y al
frente camina orgullosa ¡la guitarra! con los sones de un Caribe interior
que existe en él.
Cuando
él decía “yo he enfrentado dos mundos sonoros o dos maneras de
hacer y he invertido esos papeles: o sea, la manera guitarrística de
componer la he trasladado a la orquesta y la manera orquestal la he
trasladado a la guitarra...”.
El
alcanza la creatividad ya en su madurez; las formas surgen nuevas como
cuadros que salen ordenados, en los que los “Punteos” acariciarán a
las “Ragas” sentimientos hindúes, allí vibra la tamboura con la
melodía que busca el final en la “toccata”. Ahora el
“ragtime” y el “Jazz” buscan en ti su sabor agridulce que Ernesto
Lecuona impregnó a
través de tu Madre y quizá los viejos libro de tu abuelo la impresión
no olvidada.
Leo
Brouwer no sólo es capaz de elucidar íntegramente la música contemporánea
sino también revivir las sinfonías de los más variados estilos sacando
todas las posibilidades existentes en ellas.
En
la esencia de lo que se quiere comunicar reside el secreto en cuestión.
Algunas
veces el poeta, que tiene una formación musical por pequeña que sea, le
hace sentir el ritmo de sus poemas con más intensidad que a otros. Leo
Brouwer y sus conocimientos de la pintura, los hacen ver el boceto de sus
obras. Su pleno desarrollo se conceptualizan en su mente hasta
perfeccionar el contenido.
La
plástica y la música en Leo Brouwer son una amalgama; le son necesarios
el uno para poder plasmar el otro. (lienzo-boceto-pintura-pincel-marco),
(imaginación-partitura-instrumento-escenario-concierto).
Leo
Brouwer, instrumentista “per se”, compositor que consolida y fortalece
(sus y las) obras que con su batuta dirige e interpreta, llevándolas al más
alto estilo de perfección; dilatado autor y ejecutante, que desarrolla su
arte entre un público disímil para conseguir los más altos índices de
ser comprendido. Ave, Leo, auditori te salutant.
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