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Escribir
por encargo es una forma de complacer y satisfacer la demanda. Si se
escribe sobre novelas del Oeste, es porque se percibe que el público tiene en ese momento una especial
predilección por ese tipo de lecturas.
Este
tipo de prácticas limita no sólo al autor sino que también al lector,
en el sentido que los primeros al empeñarse en escribir para satisfacer
una inclinación puntal del mercado, coarta voluntariamente su capacidad
creativa, impidiendo así que el público pueda tener acceso a elegir en
la diversidad.
Pensando
también que publicar es caro, constituyendo un obstáculo para muchos
noveles escritores, estos tienen que enfrentarse además con un rotundo
no, de parte de la editorial, pues sus escritos no son comerciales de
momento.
Como
una consecuencia se publican en nuestro medio muchas
“novelas” donde solo se ofrecen páginas y palabras, sin entregar
contenido, amparadas por una editorial empeñada en que se vendan.
Esto me hace pensar en cuanta mediocridad hay, porque no fueron
publicadas atendiendo a su calidad y originalidad, sino como dije antes, solo por un marketing mal entendido, fiel a las inexorables
leyes del omnipresente mercado.
El
público merece, al momento de buscar una buena lectura, encontrarse con
la mayor variedad de alternativas posibles, por lo que deberían ser
muchos más los que publiquen, sin tener que pertenecer forzosamente a
grupos, que aún siendo muy
respetables y respetados, limitan el acceso a muchos escritores
independientes que constituyen un aporte
importante en la construcción de nuestra cultura.
Otro
tanto ocurre cuando se convocan concursos literarios, se presentan cientos
de ejemplares de lo que se pida en el concurso, ¡solo hay un premio, quizá
uno o dos, la pregunta que surge, es obvia. ¿Y estos son solo los buenos,
los publicables?. ¿Cuantas veces hemos caminado como zombies por
este amplio mundo de la literatura cargando con el rechazo en las
espaldas?
¿Es
verdaderamente libre el arte, o sigue los dictados de la moda?
Alguien
con el gusanillo de la creatividad metido en las venas, sufre, pena y muere por sacar del
interior su creación y no queda en paz hasta que "ha parido",
al igual que las mujeres que sufren para traer a la vida un ser, pasando
por el dolor, pero después hay alegría, por lo mismo creo que toda
creación artística hay que sentirla y sentir la necesidad de hacerla.
Una obra encumbra a un autor y ya todo lo que haga es al menos comercial y
vendible.
Pero
¿quién decide lo que es arte o no es? ¿Un jurado? ¿El jefe artístico
de una editorial? ¿o lo es también el publico que es al fin y al cabo
quién lo compra, lo lee, lo disfruta?
¿Y
cómo el publico puede discernir de alguna manera lo que prefiere, si
está influenciado por una bien montada campaña publicitaria en los
medios de comunicación, anunciando las obras más vendidas del año como
si de vender electrodomésticos se tratara (con todo respeto)?
El
público no es un rebaño que se lleva de un lado para otro.
Aprendemos
a amar al fútbol, los toros, la televisión y creo que no es acertada la
palabra amar sino acostumbrarnos a lo que se nos ofrece.
Pero
ahora hablamos de imposiciones dentro del arte, no a todos nos puede
gustar un cuadro abstracto, lo mismo que una obra literaria del más puro
vanguardismo. El libro de los gustos está en blanco y hay que respetarlo
como código deontológico
entre las personas. Una cosa es el avance con el que estoy totalmente de
acuerdo y otra es hacernos comulgar con ruedas de
molino, creando un papanatismo entre las personas que antes se llamó
alienación. No podemos acercarnos a una obra artística con un criterio
consumista, sería asesinarlo en función de unos intereses creados por
empresas que poco o nada les importa la divulgación del arte, sino que
van tras la conquista de un mercado, cada vez mas permeable y cada vez
menos independiente.
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