Nieve desde la ventana -ventanuco- de la casa campestre. Dos de marzo, tres de la tarde y nieve. La nieve emblanquece brevemente la tierra reseca, y se intuye cómo los micelios crepitan y cómo las esporas se estremecen dentro de sus guaridas intersticiales de las profundidades edáficas. Nieve: agua hecha enmienda de blancura en esta primavera que se asoma de reojo en la yema del rosal silvestre y en la bandada de grullas de la lontananza. ¿Asomará la temprana llenega este año? ¿Será suficiente, y será a tiempo, lo que traiga este cambio meteorológico casi, ya, inesperado? Tal vez el mayo florido irrumpa con agua abundante en los suelos, y las morillas y los perretxicos se vean impelidos hacia la luz visible, como milagro de renacer que los recupera desde sus subterráneas e intrigantes guaridas.
Dos de marzo, y está nevando esperanza sobre los montes seguntinos. Mientras, el campo, la cesta y el alma se me alborozan.
Fdo: El Marasmio
Postdata: después de nevar -terruños, chopos y tejados blancos-, ha salido el sol, acaba de salir el sol, y la blanca nieve se está fusionando con la tierra en una única materia fluida, y los minerales del subsuelo ya están dialogando con lo vivo en un murmullo casi sordo, apenas perceptible. Puedo oírlo, sí, lo oigo tenuemente mientras abro, muy despacio, la ventana...