Un día tranquilo
Pocas cosas consiguen sacar a Pedro de su placidez de los sábados. Es su día libre. El sábado es el séptimo día, el de descanso. Una de las cosas que contribuyen al sosiego es la visita semanal al supermercado. Todo allí es tranquilidad. La música relajante suena distorsionada por los altavoces del hilo musical en tanto que los esposos, aletargados, a los que sus mujeres envían a la compra para que no molesten en casa, empujan lentamente los carros mientras buscan, lista en mano, lo que les han ordenado.
Un sábado más, Pedro guarda pacientemente la fila que le concede el derecho a pagar observando como una despeinada y rolliza señora embutida en una malla elástica y en una camiseta con el logotipo de “Mahou” introduce un artículo en cada bolsa mientras la cajera la mira con displicencia.
Ya en el aparcamiento no tiene dificultad para localizar su coche. Siempre lo deja en la misma plaza para que no le vuelva a ocurrir lo de aquel día que recorrió las cuatro plantas por no fijarse donde lo había dejado.
Tras llenar el maletero con las bolsas y recuperar el Euro del carrito se abrocha el cinturón de seguridad y acciona el contacto.
-Oh, oh. -El coche no arranca. Vuelve a intentarlo varias veces sin resultado.
Por décima vez gira la llave y oye un “clack” metálico en los bajos del vehículo.
Decide salir para identificar de donde proviene el chirrido y en el instante en el que abre la puerta recibe por la espalda un descomunal chorro de sonido, llamaradas y humo negro que le impulsa varios metros en sentido contrario al coche. Por el aire, varios objetos le golpean en la espalda y la nuca y antes de caer al suelo pierde el sentido.
Al recuperarlo, mira a su alrededor y aturdido observa como dos enfermeros le intentan hacer girar hacia una camilla situada a su lado mientras un bombero intenta apagar con espuma el fuego de su coche.
Desorientado por la explosión y ya dentro de la ambulancia, fija la atención en sus heridas. Una enfermera muy amable, adivinando la inquietud que ahora siente y mirando con una amplia sonrisa a un lugar situado al lado opuesto de donde el se encuentra, le explica que, aparte de las quemaduras en el 50% de su cuerpo y la rotura de una la pierna, un brazo, la nariz, siete costillas, ocho dedos y la clavícula, no tiene por que preocuparse.
El otro enfermero que permanece cerca de la puerta lateral, a una señal claramente preestablecida con el conductor que parece consistir en accionar el claxon con una cadencia musical, abre la puerta lateral a la vez que el conductor reduce la marcha y salta al asfalto.
La enfermera, lejos de sorprenderse le sigue.
Pedro, desconcertado, grita con energía al conductor hasta que le ve rodar junto al vehículo por su derecha y, apoyándose en la pierna sana, baja de la camilla, asoma la cabeza por la puerta y mira en el sentido de la marcha.
A diez metros frente a él se le viene encima el borde del puerto. No le da tiempo a reaccionar y cae al mar dentro de la ambulancia.
Agitando un brazo y una pierna acompasadamente consigue salir a la superficie mientras observa como varias personas se arremolinan en el borde del malecón sin prestarle ayuda y el helicóptero que permanecía sobre su cabeza desde que salió del supermercado desciende hacía él.
Entre las aguas tranquilas y pestilentes del puerto Pedro cree tener una alucinación, una aleta de un tiburón se acerca por su derecha.
Cuando el tiburón clava sus dientes en la pierna sana desgarrando la carne se da cuenta que es real y comienza a agitarse hasta que consigue zafarse, instante que aprovecha para alcanzar la orilla.
Totalmente agotado por el esfuerzo y por la sangre perdida se deja caer golpeando violentamente con la cabeza en el suelo.
Con la cara pegada al adoquinado del muelle le parece ver como se aproxima un enano vestido de bufón con un ramo de rosas.
–Esto si es una alucinación -piensa.
Pero el enano se acerca aún más e inclina el ramo hacia él.
-Hola Pedro. ¿Quieres un ramo de rosas o te apetece que vayamos a bailar a una discoteca? Aunque no tienes muy buen aspecto. Deberías cambiarte de ropa, por que te está viendo mucha gente.
-Será cabrón. – Exhala Pedro mientras utiliza las fuerzas que le quedan para encaramarse al cuello del burlón.
Al ver que este empieza a perder el color por la presión, una multitud de individuos se acerca hasta ellos y consigue desasir al enano de sus manos.
El más apuesto y mejor vestido de los que ayudan al del ramo de rosas le grita señalando con el dedo índice de su mano derecha hacia algún lugar.
-Pedro mira hacía allí, detrás de la cabina de teléfono.
Consigue atraer su atención al distinguir detrás de la cabina a un individuo que le enfoca con una cámara de TV.
-Pedro esto en una broma de cámara oculta que te han gastado tu mujer y tus hijas por ser un padre tan estupendo. Estas en directo en el programa “Inocente por Cojones” de Antena 3. Eres el afortunado de esta semana.
Mientras habla el galán televisivo, Pedro puede corroborar sus palabras por la presencia de sus hijas y su mujer que se acercan corriendo desde un almacén cercano con los brazos abiertos mientras una multitud que sale de todas partes aplaude la escena.
Pero cuando la más adelantada de las hijas está al alcance de Pedro y se inclina para fundirse en un abrazo con su padre, este la rechaza interponiendo su mano a la vez que reclama un micrófono con el que poder dirigirse a los espectadores.
Cesan los aplausos, el bufón se retira de la escena con el ramo de rosas y el presentador se lleva el dedo a su oreja para escuchar mejor las instrucciones que le dan desde el control.
Todos, expectantes, centran su atención en el moribundo que sigue sin recibir ayuda.
-Solo quería saludar a mi amigo Manolo que me estará viendo y a Toñito que ha tenido un chaval hace poco. Y agradecer a mi mujer y a mis dos hijas que me quieran tanto. Y a la gente del programa que ha hecho realidad mi sueño de salir en la tele. Muchas gracias a todos.
Y ahora sí. Las tres mujeres se abalanzan sobre el pobre hombre que esta tendido en el suelo abrazándole. Los allí congregados comienzan a aplaudir emocionados por el maravilloso gesto de las hijas para con su padre y de la mujer hacia su esposo.
Mientras tanto, el presentador despide el programa.
-Nada más amigos. La próxima semana tendremos a otro afortunado entre nosotros que será objeto de una de nuestras divertidas bromas. No lo olviden, será aquí en “Inocente por Cojones”. Hasta la próxima.