Aunque adulto y soltero, me encanta mi trabajo de repartidor de caramelos, peteretes y dulces veo a los niños sonriendo dichosos con las golosinas que yo reparto por toda la comarca.EL REPARTIDOR.
Como cada miércoles por la mañana, aquí estoy, en este pueblo serrano, esperando la hora de abrir los comercios, oliendo a pino de abril.
Aparcada la furgoneta frente a la tienda de mi clienta, en la calle Mayor, donde se encuentran también el ayuntamiento y el colegio, compruebo si todo está como de costumbre: el alto y antiguo reloj en la torre con sus horas mirando al sur, la papelera rebosante de bolsas, la cabina de teléfono ocupada, un abuelo, de pie con boina y apoyado en su garrota, inmóvil, tal vez esperando a un amigo, tal vez citado con la muerte, y a la puerta del colegio....¿Qué ? Observo un cambio en este paisaje de rutina. Miro el reloj. Tengo tiempo. Me aproximo.
Un anciano con guedejas y barbas grises de apóstol. Viste una camiseta de flores y pantalón corto, como cualquier niño. Está sentado en un poyo de piedra junto a la puerta del colegio y tiene frente a sí una escudilla plateada. Atados a su mano derecha, siete globos, cada uno con un color del arco iris y con la izquierda sujeta un cartel de gran tamaño, con un texto manuscrito.
¿Qué reivindicará este mendigo tan pintoresco, con apariencia de profeta loco o sabio, de esos que conocen los secretos de la luna del desierto y la sed de los alacranes?
Leí el título: "SOÑAR". Seguí leyendo: Cuando era niño soñaba con ser mayor, montar un caballo que le sacara tres cabezas al viento, acariciar mujeres de porcelana, hijas de las espumas y los dioses, como Venus, hermosas, alimentarse de ambrosías y beber hasta el desmayo el néctar de la vides.
Escribir un poema que anidara en el corazón de las humildes muchachas de arrabal y de las princesas con carrozas de oro, que los héroes me tuvieran entre sus colegas.
"Ahora, un siglo después, sueño con ser niño, un niño al que no lleven a la hamburguesería, sino que le dejen subir a los árboles, que mi padre me dé desde el cielo los besos que no me pudo dar por irse a Alemania para que yo tuviera zapatos, que mi madre me sople el desayuno, me cuente cuentos y olvide por un momento que el niño no es un lobo con garras de miel, sino un ángel huérfano con un folio en blanco bajo las alas.
"Soñad, niños, soñad. Que nadie os robe los sueños.
"El hombre es sólo sueño, lo demás son unas toses de tabaco, unos revolcones y unas amontonadas y tristes monedas."
Intuyó que ya había terminado de leer y me dijo: Yo, ahora, ni eso, ni unas tristes monedas, pero voy por la puerta de todos los colegios de España y muchos días aún logro ser niño.
Miré sus profundos ojos azules, de náufrago de estrellas, sentí que me transmitía una sublime serenidad, una paz musical, como quien tiene un arpa en el corazón.
Vi que en ese momento llegaba la encargada de la tienda. Me tenía que ir.
Dejé en su escudilla un paquete de chocolatinas.