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Conversación entre
Jasón, Eliseo y Jesús de Nazaret
(Pag. 394)
-… Si
no he comprendido mal, tú, Señor, no estás aquí
para redimir a nadie…
Sencillamente,
negó con la cabeza. Y afirmó:
-En su
momento lo escuchaste del propio Hijo glorificado: el Padre no es un juez.
El Padre no lleva esa clase de cuentas. ¿Por qué exigir responsabilidades
a unas criaturas que no tienen culpa? Cada uno responde a sus propios errores…
Eliseo
se mostró de acuerdo.
-Eso
sí tiene sentido.
Y Jesús,
señalándonos entonces con el dedo, remachó:
-Estad,
pues, atentos y cumplid vuestra misión: debéis ser fieles
mensajeros de cuanto digo. Que el mundo, vuestro mundo, no se confunda.
Mensaje
recibido.
-Conocer
de cerca a tus criaturas. Vivir y experimentar en la carne. Pero, Maestro,
¿qué puedes aprender de nosotros?
Mi compañero,
perplejo, siguió preguntando y preguntándose.
-… ¿Qué
hay de bueno en unos seres tan mezquinos, brutales, necios, primitivos…?
El Galileo
le interrumpió.
-¡Dios!
-¿Dios?
-Así
es -explicó Jesús acariciando cada palabra-. Ésa es
otra de las razones, la gran razón, por la que he descendido hasta
vosotros. Revelar a Ab-bã. Recordar a éstas y a todas las
criaturas de mi reino, que el Padre reside, per-so-nal-men-te, en cada
espíritu.
Eliseo,
en esos momentos, no se percató de la importancia de la revolucionaria
afirmación del Galileo. Y se desvió:
-¿Otras
criaturas?
Jesús,
comprendiendo, se resignó. Sonrió con benevolencia y asintió
de nuevo con la cabeza en un significativo silencio.
-Pero,
¿cómo otras criaturas? ¿Dónde?
-Querido
e impulsivo niño… Acabo de decírtelo: estás en los
comienzos de una venturosa carrera hacia el Padre. Algún día
lo verás con tus propios ojos. La creación es vida. No reduzcas
al Padre a las cortas fronteras de tu percepción. Y te diré
más: la generosidad de Ab-bã es tan inconmensurable que nunca,
¡nunca!, alcanzarás a conocer sus límites.
-¿Estás
diciendo -manifestó el ingeniero con incredulidad- que ahí
fuera hay vida inteligente?
-Mírame…
¿Me consideras inteligente?
Eliseo,
aturdido, balbuceó un "sí".
-Pues
yo, hijo mío, procedo de "ahí fuera", como tú dices…
Eliseo,
descolocado, cayó en un profundo mutismo. Él, como yo, amaba
a Jesús de Nazaret. Habíamos visto lo suficiente como para
no poner en duda sus palabras. El tiempo, por supuesto, seguiría
ratificando este convencimiento.
Aproveché
el silencio de mi compañero y me centré en otra de las insinuaciones
del Maestro.
-Tu reino…
¿Dónde está? ¿En qué consiste?
Jesús
extendió los brazos. Abrió las palmas de las manos y me miró
feliz.
-Aquí
mismo…
-¿El
universo es tu reino?
-No,
querido Jasón -matizó con aquella infinita paciencia-, los
universos tienen sus propios creadores. El mío es uno de ellos…
-Eso
tiene gracia -reaccionó el ingeniero-. Tú, Señor,
no eres el único Dios…
-Te lo
repito una vez más: la pequeña llama de tu entendimiento
acaba de ser encendida. No pretendas iluminar con ella la totalidad de
lo creado. Date tiempo, querido ángel…
Pero
Eliseo, de ideas fijas, comentó casi para sí:
-¡Muchos
Dioses!… Y tú, ¿eres grande o pequeñito?
El Maestro
y yo cruzamos una mirada. Y, sin poder remediarlo, terminamos riendo.
-En los
reinos de mi Padre, querido "pinche", no hay grandes ni pequeñitos…
El amor no distingue. No mide.
-Señor,
hay algo que no sé…
-¡Por
fin! -me interrumpió socarrón-. ¡Por fin alguien reconoce
que no sabe!
-… Esas
criaturas, las que dicen que también forman tu reino, ¿son
como nosotros? ¿Necesitan igualmente que les recuerdes quién
es el Padre?
-Toda
la creación vive para alcanzar y conocer a Ab-bã. Ésa
es la única, la sublime, la gran meta… Algunos, como vosotros, están
aún en el principio del principio. Ellos, no lo dudéis, están
pendientes de este pequeño y perdido mundo. Lo que aquí está
a punto de suceder los llenará de orgullo y de esperanza…
Extrañas
y misteriosas palabras.
-¿Y
por qué nosotros? -atacó de nuevo el incansable ingeniero-.
¿Por qué has elegido este remoto planeta?
-Eso
obedece a los designios del Padre…, y a los míos, como Creador.
En su momento te hablaré de las desdichas de este agitado y confundido
mundo. Nada, en la creación, es fruto del azar o de la improvisación…
YAVÉ
(Pag. 293)
Para comprender
medianamente lo que representaba el kan del esenio era necesario
regresar a un viejo y ya comentado concepto judío: pecado = castigo
divino = enfermedad.
En el
fondo -fui explicando a mi compañero- era tan simple como dramático.
Yavé era la clave. No exageraba. El Dios del Sinaí, en buena
medida, era el responsable de tanta miseria, marginación y error.
Naturalmente, con el paso de los siglos, "otros" contribuyeron también
a endurecer la ya lamentable situación.
Éste
fue el arranque de la esclarecedora conversación que sostuvimos
mientras ganábamos terreno.
-¿Yavé?…
¿Y por qué Yavé? Se supone que es Dios…
-Sí
-argumenté-, un Dios extraño. Negativo.
Y me
centré en los hechos.
-Recuerda
algunos pasajes del Pentateuco. ¿Qué dice el Levítico?
»«…
Pero, si no me escuchareis, ni cumpliereis todos mis mandamientos, si despreciareis
mis leyes y no hiciereis caso de mis juicios, dejando de hacer lo que tengo
establecido, e invalidando mi pacto, ved aquí la manera con que
yo también me portaré con vosotros: Os castigaré prontamente
con hambre, y con un ardor que os abrasará los ojos, y os consumirá
vuestras vidas…» (Levítico XXVI, 14-16).
Eliseo
guardó silencio. Extraño Dios, sí…
-… ¿Y
qué sucedió cuando Aarón y María murmuraron
contra Moisés por haber tomado por esposa a una kusita [etíope]?
La cólera de Yavé se encendió contra ellos y María
terminó leprosa, "blanca como la nieve". Aarón lo tuvo claro.
Aquel ataque de zarâ´at (¿lepra?) era cosa de
Dios. Y pidió a su hermano Moisés que intercediera (Números
12, 1-15).
»En
el Deuteronomio (28, 21-27) -continué- Yavé insiste: «Si
no escuchas la voz del Señor…, entonces, el Señor traerá
sobre ti mortandad… Te herirá de tisis y fiebre…, y con la úlcera
de Egipto, con tumores, con sarna, y con comezón…»
»Y
más adelante (Deuteronomio 32-39), el despiadado Dios (?) aclara:
«Yo he herido y yo sano… Si obras con rectitud, ninguna de estas
enfermedades caerá sobre ti.»
-Menos mal… -murmuró
mi compañero, perplejo-. El Deuteronomio, como sabes, está
plagado de avisos similares.
»«…
Yavé te castigará con la locura, con la ceguera y con el
frenesí, de suerte que andarás a tientas en medio del día,
como suele andar un ciego rodeado de tinieblas… Te herirá el Señor
con úlceras malignísimas en las rodillas y en las pantorrillas,
y de un mal incurable desde la planta del pie hasta la coronilla… el Señor
acrecentará tus plagas y las de tu descendencia, plagas grandes
y permanentes, enfermedades malignas e incurables; y arrojará sobre
ti todas las plagas de Egipto, que tanto te horrorizaron, las cuales se
apegarán a ti estrechamente. Además de esto enviará
el Señor sobre ti todas las dolencias y llagas, que no están
escritas en el libro de esta Ley, hasta aniquilarte.»
Guardamos
silencio. Y creo que pensamientos y corazones volaron al unísono
hasta el Hermón.
¡Qué
hermosa y difícil «revolución» la de aquel Hombre!
¡Qué distintos el Yavé de los judíos y el Ab-bá
de Jesús de Nazaret!
Y continuamos…
-Está
claro -sentencié-. La salud ha sido, y sigue siendo, un patrimonio
exclusivo de Yavé. La Biblia lo repite hasta la saciedad: «Yavé
curó a Abimélej» (Génesis 20, 17). «Yo
soy Yavé, tu sanador» (Éxodo 15, 26). «¡Ruégote,
oh Dios, que los sanes ahora!» (Números 12, 13). Y así
podríamos seguir hasta el infinito…
»De
hecho, como también sabes, los judíos no aceptan el título
de médico. Sólo Dios es rofé. Ellos se contentan
con una designación que no ofenda a ese «Señor».
Se autoproclaman «auxiliares» o «sanadores». Assi,
cuando lo conozcas, es uno de ellos. Los otros médicos, los gentiles,
son despreciables usurpadores. Habrás notado que, en muchas ocasiones,
me miran con repugnancia…
»En
resumen, de acuerdo a lo promulgado por Yavé, la enfermedad es un
castigo divino, consecuencia, ¡siempre!, de los pecados humanos.
Si un judío se equivoca, si infringe la Ley, ese Dios vigilante
y vengativo no perdona…
-¡Dios
mío! -se lamentó Eliseo con razón-. ¿Y qué
sucede con las enfermedades genéticas? ¿Qué pecado
puede haber cometido el oligofrénico que acabamos de ver?
-Todo
está previsto y contemplado en esa retorcida y sibilina Ley, querido
amigo. Todo…
»Evidentemente,
es muy difícil culpar de pecado a alguien que haya nacido con ese
o con cualquier otro defecto. No importa. Los intérpretes de la
Ley invocan entonces la culpabilidad de los padres. Y si éstos son
sanos, retroceden en los ancestros…
»Alguien,
en definitiva, cometió un error. Y Dios, implacable, hiere y humilla.
-No, eso
no es un Dios…
Sonreí
para mis adentros. Eliseo, efectivamente, estaba poniendo el dedo en la
yaga. Estaba aproximándose a otro de los «frentes de batalla»
que debería sostener el Hijo del Hombre. Un «frente»
que multiplicaría el número de enemigos y que contribuiría
decisivamente a su arresto y ejecución. No conviene olvidarlo.
-En otras
palabras -maticé-: la salud, para este pueblo, depende directa y
proporcionalmente del cumplimiento de la Ley. El problema, el gran problema,
es que esa Ley es una diabólica tela de araña, imposible
de memorizar. En consecuencia, según los rigoristas, siempre hay
algo que se incumple. Esta demencial situación, como comprobarás
en su momento, provoca dos realidades, a cual más absurda. Un hombre
sano, para los judíos, es alguien puro, fiel cumplidor de los preceptos
divinos. Esta suposición, en medio de ocasiones, arrastra a rabinos,
doctores de la Ley y demás castas principales a una presunción
y engreimiento más que notables. Ahí tienes, sin ir más
lejos, a los llamados «santos y separados», los fariseos… Dios,
sencillamente, está con ellos.
»Con
los enfermos, lisiados o locos, en cambio, ocurre lo contrario. Sus males
son la demostración palpable de que Yavé los ha abandonado.
Y así seguirán hasta que no reconozcan sus faltas y se purifiquen.
-Absurdo…
-Sí,
pero real. Y el concepto en cuestión, querido Eliseo, se haya tan
arraigado en sus corazones que muy pocas de las enfermedades psiquiátricas
o mentales disfrutan de nombre propio (1). Para el judío, sobre
todo para el extremista, la demencia no es una patología. Esa idea
es extraña. No la concibe.
-Entonces…
-Con
los desequilibrados, el problema empeora. No solamente son pecadores. Para
colmo de desgracias, Yavé los castiga enviándoles un espíritu
maligno, un ruah. Los locos, sencillamente, son poseídos.
Es decir, doblemente infortunados. Por eso encienden una lámpara
durante el sábado: para que los ruah no se acerquen. Opinan
que estos demonios son invisibles y que están en todas partes, siempre
al servicio de Yavé. Algunos, incluso, aseguran haber visto sus
huellas, similares a las de gallos gigantes…
-Entiendo.
Según esto, el negro encadenado en el kan de Assi es un poseso…
-El negro,
los epilépticos, los autistas, los esquizofrénicos y, prácticamente,
todos los que padecen trastornos mentales, de lenguaje, de audición,
etc.
»Estos
pobres infelices, además, como habrás intuido, no tienen
derechos. Son impuros y contaminan, incluso, «a distancia».
-¿A
distancia?
-Yavé
lo dejó claro en el Levítico (5, 3): «Si alguno, sin
darse cuenta, toca a una persona impura, manchada con cualquier clase de
impureza, cuando se entere se hace culpable».
Mi hermano
rompió a reír.
-¡Dios!…
¡Vaya Dios!
-Y no
queda ahí la cosa. Para Yavé (Levítico 21, 17-22),
cualquier impedido o inválido está desautorizado para hacerse
sacerdote. Escucha lo que dice ese «Dios»: «Ninguno de
tus descendientes en cualquiera de sus generaciones que tenga un defecto
corporal podrá acercarse a ofrecer la comida de su Dios: sea ciego,
cojo, con una pierna o un brazo fracturados, jorobado, raquítico,
enfermo de los ojos, con sarna o tiña, o eunuco. Nadie con alguno
de estos defectos puede ofrecer la comida de su Dios. Ninguno de los descendientes
del sacerdote Aarón que tenga un defecto corporal se acercará
a ofrecer la oblación en honor de Yavé. Tiene un defecto
corporal: no puede acercarse a ofrecer la comida de su Dios.»
-¡Dios!…
¡Qué Dios!…
-Sí
-comenté con desaliento-, en nuestro tiempo, Yavé sería
calificado de «nazi»…
»Hasta
el rey David se vio contagiado por la intransigencia de ese «Dios»
brutal y selectivo. Así lo confirma el segundo libro de Samuel (5,
8): «Y dijo David aquel día: "Todo el que quiera atacar a
los jebuseos que suba por el canal…, en cuanto a los ciegos y a los cojos,
David los aborrece."» Por eso se dice: «Ni cojo ni ciego entrarán
en la Casa (Templo).»
»Más
aún: según la tradición, estos desheredados de la
fortuna no tienen derecho a participar en los rituales de las grandes fiestas,
en las ofrendas e, incluso, en determinados matrimonios.
»Tres
veces al año, como sabes, los israelitas varones deben peregrinar
al Templo y ofrecer varios sacrificios a Yavé (2). Pues bien, esto
no cuenta para los niños, hermafroditas, mujeres, esclavos, sordomudos,
imbéciles, individuos de sexo incierto, enfermos, ciegos, ancianos
y, en suma, para todos aquellos que no estén capacitados para llegar
a pie.
-¿Individuos
de sexo incierto?
-Si,
aquellos cuyos órganos genitales aparecen ocultos o no desarrollados.
-Entonces,
Sitio…
-Si fuera
judío, tampoco podría presentarse en el Templo. Entraría
en la difusa categoría de los hermafroditas. Es decir, los que reúnen
los dos sexos.
-¿Y
qué entienden por «imbéciles»?
-No lo
que tú crees… No se trata de gente con escasa inteligencia, sino
de personas como las que has visto en el kan: deficientes mentales
y desequilibrados.
-¿Sordomudos?…
¿Por qué Yavé les prohibe acercarse al Templo?
-En este
caso, en honor a la verdad, la culpa no es de Yavé, sino de los
retorcidos intérpretes de sus palabras. Todo procede de un texto
del Deuteronomio (31, 10-14). Escucha y deduce:
»«…
Y Moisés les dio esta orden: "Cada siete años, tiempo fijado
para el año de la Remisión, en la fiesta de las Tiendas (Tabernáculos),
cuando todo Israel acuda, para ver el rostro de Yavé tu Dios, al
lugar elegido por él, leerás esta Ley a oídos de todo
Israel. Congrega al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero
que vive en tus ciudades, para que oigan, aprendan a temer a Yavé
nuestro Dios, y cuiden de poner en práctica todas las palabras de
esta Ley. Y sus hijos, que todavía no la conocen, la oirán
y aprenderán a temer a Yavé vuestro Dios todos los días
que viváis en el suelo que vais a tomar en posesión al pasar
el Jordán." »
-Increíble…
-Sí,
esas expresiones: «Leerás esta Ley a oídos de…»,
«para que oigan» y «la oirán», han dejado
fuera a los sordos. Para los doctores de la Ley, y demás rigoristas,
está claro que, al no poder escuchar, no tienen derecho.
»Y
otro tanto sucede con la ofrenda y el famoso diezmo. Ninguno de los infelices
del kan de Assi está autorizado a dichas prácticas.
A ésos, además, se unen los mudos, ciegos, borrachos, desnudos
y, asómbrate, los que han tenido una polución nocturna, emisión
involuntaria de semen durante el sueño (3).
-Pero…
-Así
lo dice Yavé en el Levítico (15, 16-17): «El hombre
que tenga derrame seminal lavará con agua todo su cuerpo y quedará
impuro hasta la tarde. Toda ropa y todo cuero sobre los cuales se haya
derramado el semen serán lavados con agua y quedarán impuros
hasta la tarde.»
-¿Y
qué mal hacen un ciego o un borracho? ¿Por qué no
pueden presentar el diezmo?
-La decisión,
una vez más, fue tomada por los «sabios» de Israel.
Basándose en Números (18, 29), donde Yavé fija la
obligación del diezmo, estos «intérpretes» dedujeron
que ciegos y borrachos no están capacitados para «ver»
y seleccionar «lo mejor de lo mejor», tal y como ordena su
Dios.
Mi hermano,
desconcertado, hizo entonces un comentario. Un acertado comentario…
-Empiezo
a entender a qué clase de pueblo tuvo que enfrentarse el Maestro…
-Apenas
has visto nada, querido amigo. Nada…
-¿Y
qué sucede con los matrimonios?
-Ésa
es otra larga y prolija historia. Poco a poco irás descubriéndola.
Te podré un ejemplo. En la extensa normativa dedicada a las cuñadas
(yemabot) se especifica que si un hombre se casa con una mujer sana
y, al cabo de un tiempo, se vuelve sordomuda, el marido está legitimado
para repudiarla.
-¿Y
si ocurre lo contrario?
-Eso,
que yo sepa, no lo contempla la Ley.
-Machistas,
cretinos e ignorantes…
-Querido
Eliseo -puntualicé-, en el fondo no son culpables. Simplemente,
han heredado una situación creada por Yavé. Además,
no olvides que el concepto «pecado = castigo divino = enfermedad»
ha terminado convirtiéndose en un excelente negocio…
Y procuré
resumir.
-Tal
y como señala la Ley, la curación está en manos de
los sacerdotes. Yavé sana a través de ellos. Yavé
perdona los pecados por mediación de esas castas. ¿Qué
significa esto? Beneficios.
Eliseo
sonrió malicioso.
-Entiendo…
-Cada
vez que alguien se cura, o considera que ha pecado, está obligado
a pagar en dinero o en especie. ¿Imaginas lo que esto supone para
las arcas del Templo y para los bolsillos de los astutos representantes
de Yavé?
Y le
proporcioné un simple y elocuente ejemplo.
-Según
la Ley, el número de preceptos negativos que «Dios»
encomendó a Israel asciende a trescientos sesenta y cinco. ¿Quién
es capaz de controlar semejante pesadilla? ¿Quién puede recordarlos
en su totalidad? Los «pecados», por tanto, están en
todas partes y se cometen, según Yavé, por los asuntos más
nimios e inconcebibles.
Tiré
de la memoria y recordé algunos…
-«El
judío no debe vestir con tejidos donde la lana y el algodón
aparezcan mezclados.» Eso, para Yavé, es «pecado»…
»«El
judío no debe dañar su barba» (!).
»«El
judío no debe apiadarse de los idólatras.»
»«El
judío no debe volver a morar en Egipto.»
»«El
judío no debe permitir que se le echen a perder los frutales.»
»«El
judío no debe consentir que la noche sorprenda al ahorcado.»
»«El
judío no debe dejar que el inmundo se acerque al Templo.»
»«El
judío no debe comer espigas ni trigo tostado.»
»«El
judío no debe arar con buey y asno juntos.»
»«El
judío no debe chismorrear…»
-Todo
un negocio, sí…
-Una
«sociedad limitada», «Yavé y compañía»,
que, como comprenderás, no vio con buenos ojos la «competencia»
del Galileo…
Y procedí
a sintetizar otro capítulo clave en la vida pública del Maestro.
-Espero
que lo veamos con nuestros propios ojos, pero lo adelantaré. Cuando
Jesús inicie las espectaculares curaciones masivas, ¿cómo
crees que reaccionarán esos «legítimos y autorizados
sanadores oficiales»?
-Nunca
reparé en ello…
-Se revolverán
como víboras. Como te dije, sólo ellos tienen capacidad para
sanar. Sólo ellos disfrutan de las prerrogativas de perdonar los
pecados. Así lo dice Yavé.
-Y aparece
Jesús y rompe con lo establecido…
-Más
que romper, desintegra. No olvides que el Galileo no es sacerdote. Legalmente
no tiene derecho. Y, sin embargo, devuelve la salud y, lo más importante
e insufrible para esas castas, ¡perdona las culpas! La perplejidad,
indignación y odio de los «santos y separados» no conocerá
límites.
»El
Maestro, al inmiscuirse en el «territorio» de los sacerdotes,
violará la normativa y, de paso, hará peligrar el saneado
«negocio» del Templo.
-Conclusión…
-La ya
sabida: muerte al impostor. Pero observa algo interesante. Los dirigentes
judíos caerán en su propia trampa. Si Yavé es el único
rofé,
el único «médico» y «sanador», y
el único con potestad para redimir al hombre de sus pecados, ¿quién
es este humilde carpintero de Nazaret que hace lo mismo?. Si aceptaban
sus prodigios tenían que admitir igualmente que Jesús se
hallaba capacitado para perdonar los pecados. En otras palabras: el Hijo
del Hombre era de origen divino.
-O lo
que es lo mismo: Yavé y tradición…, pulverizados.
-Afirmativo.
(Página 306)
Si Yavé
no era el justiciero administrador de las enfermedades, y si todo dependía
de «átomo» o «desajustes orgánicos»,
¿qué hacían con las categóricas afirmaciones
contenidas en la Biblia?
El «negocio»
de los sacerdotes, además, según las hipótesis griegas,
era fraudulento.
Y rabinos
y doctores de la Ley se rasgaron las vestiduras.
¿Desplazar
a Yavé en beneficio del raciocinio?
Ni pensarlo…
¿Renunciar
a la prestigiosa prerrogativa de perdonar las culpas a los míseros
mortales?
Nada
de eso…
Y la
saludable filosofía griega fue condenada por sacrílega…,
e inoportuna.
«Yavé
y cía.» era intocable. Y continuó alimentándose
de citas bíblicas, conjuros, posesiones demoníacas y con
el fructífero monopolio de la curación «previo pago».
Un «monopolio»
que sería duramente cuestionado por un nuevo y magnífico
«Yavé»: el Hijo del Hombre.
(Pág. 426)
Él,
aunque ahora no podáis comprenderlo, os necesita. Él será
Él cuando toda su creación sea Él.
(Pág 427)
-No he
venido a imponer. Sólo a revelar. A recordar cuál es el verdadero
rostro de Dios y cuál la auténtica condición humana.
Mi mensaje es claro y fácil de entender: Ab-bã es
un Padre entrañable, amoroso, que no precisa de leyes escritas,
ni tampoco de prohibiciones. El que lo descubre sabe qué hacer…
Sabe que todo consiste en amar y servir, empezando por el prójimo.
(Pág 429)
-Pero
Yavé no es Ab-bã. Yavé castiga, persigue…
-Os lo
repito. Dejad que se cumplan los planes del Padre. Tienes razón,
mi querido «pinche». Yavé no es Ab-bã,
pero ha cumplido con lo dispuesto: el hombre respeta la Ley. Ahora es el
turno de la revelación. Por encima de la Ley está siempre
la verdad. Y la verdad es sólo una: sois hijos de un Dios-Amor.
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