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De cómo el pez grande
vino a comerse al pez chico
La escala dimensional de la evolución
Si intentásemos
establecer la sucesión evolutiva de los seres del cosmos a niveles
de conciencia dimensional -y tendré que pedir excusas por lo que
me temo que pueda parecer una definición muy poco ortodoxa-, deberíamos
partir de una conciencia- punto, que correspondería, en líneas
generales, al que llamamos mundo mineral. Una piedra o un grano de arena,
un objeto natural o artificial inorgánico, está en un
lugar preciso, ocupa un espacio limitado y no puede desarrollar la
energía necesaria para su autodesplazamiento. Si es que existe en
este ser objeto algún tipo de conciencia -y no hay nada que impida
pensar que la posee- esa conciencia estará constreñida al
punto exacto de su ubicación. Es, pues, una conciencia que podríamos
llamar adimensional (aunque, de hecho, sabemos que ocupa un espacio
que contiene las tres dimensiones, si bien no podrá tener conciencia
de ello).
El mundo
vegetal crece y se desarrolla por sí mismo, nace y muere y crece,
aunque tampoco tiene la capacidad de desplazarse. Su punto de referencia
espacial está en su contacto con la tierra y, a partir de ella,
su camino hacia arriba (tronco, ramas, hojas, flores) y hacia abajo (raíces).
Su eventual conciencia sería la línea, es decir, la unidimensionalidad.
Avancemos
la sospecha que le asaltará a más de un lector: no hay, de
hecho, un límite estricto que sirva de frontera definida a los seres
de la naturaleza. Del mismo modo, no existiría un punto en el que
se pudiera afirmar taxativamente que, antes de él, sólo hay
conciencia adimensional y, al otro lado, otra unidimensional (y así
sucesivamente). Tomo voluntariamente bloques enteros de conciencia
y pienso que cada cual podrá representarse, por su cuenta, esas
zonas de nadie en las que se produce el paso de un tipo de conciencia al
siguiente. Continuando, pues, con la escala iniciada, nos encontraremos
ante los seres inferiores del reino animal, que tienen conciencia primaria
de desplazamiento superficial, como podría tenerla un supuesto ser
de dos dimensiones. Un gusano de seda tiene conciencia de la hoja
de moral que devora y por la que se desplaza, pero ignora esencialmente
los volúmenes. Sin embargo, ese mismo gusano, llegado al ápice
de su evolución física, deja súbitamente de comer,
se envuelve en la seda que él mismo segrega por centenares de metros,
hasta formar un capullo, y muere materialmente, se pudre y se seca dentro
de su caparazón para resucitar -pues se trata de una auténtica
resurrección y hasta he sentido tentaciones de escribirla con letras
mayúsculas- en una mariposa de vida precaria que, durante unas horas,
es casi capaz de volar, de palpar los límites de una conciencia
tridimensional.
Si continuamos
analizando la conducta de los animales superiores (incluyendo ya en ellos
desde insectos y crustáceos capaces de saltar o de volar, hasta
los simios antropoides), nos daremos cuenta de que, en ellos, como en la
mariposa, hay ya una conciencia tridimensional que les permite captar
instintivamente la altura, la profundidad o los contornos de su espacio
vital, moverse entre ellos y mantenerlos como límite de captación.
Por su
parte, el ser humano, en tanto que grado evolutivo inmediato, se mueve,
lo mismo que los animales superiores, en un espacio que sus sentidos -nuestros
cinco sentidos más ese sexto sentido mental del que hablan los orientales-
dictan como tridimensional y que, por lo tanto, limita su percepción
inmediata. Sin embargo, un grado superior de conciencia -llamémoslo
su condición de animal racional- le lleva a intuir, aunque sea de
modo primario, la dimensión inmediata, de la que en cierto modo
se siente -nos sentimos tú y yo, amigo racional- esclavo. Se trata
del concepto del tiempo, de la dimensionalidad temporal que domina
el curso de nuestra existencia y marca la pauta, tengamos o no conciencia
clara de ella, de eso que denominamos nuestra trascendencia.
Tú mi da´ una cosa a mé,
ío ti dó una cosa a té
Hace ya
unos treinta años, cuando el movimiento llamado neorrealista convirtió
a Italia en una potencia mundial en la industria cinematográfica,
se realizó una película en color, Carrusel napolitano,
tal vez la primera en aquel mundo latino de la segunda posguerra mundial,
en la cual, en clave de espectáculo musical, surgían una
vez más todas las lacras y los terribles avatares de un mundo que
había aprendido algo -no mucho, por desgracia- de los centenares
de millones de muertos que habían producido cuatro años de
contienda.
En aquella
película había un número -repito que se trataba de
un film musical- en el que todos los componentes jugaban al toma y daca
casi cósmico que patentizaba la mutua dependencia de los seres humanos:
"Tú me das una cosa a mí, yo te doy una cosa a ti", decían,
haciendo intercambio de las cosas más peregrinas que cabría
imaginar en el mundo.
Viene
a cuento aquel recuerdo -que para muchos será ya prehistórico-
con la interdependencia que podríamos establecer y que, de hecho,
existe ya en todos los seres que pueblan el cosmos. Todo le sirve a
alguien. Nada hay que, de uno u otro modo, no sea útil a otro,
que lo habrá de tomar a cambio de algo que él, a su vez,
puede proporcionar a un tercero. El mundo, en este sentido, es un constante
intercambio de necesidades y de hartazgos entre los entes que lo pueblan.
Los seres
de conciencia unidimensional, el universo de los vegetales (dicho de modo
amplio y necesariamente inexacto, sólo estructuralmente válido),
se nutren del mundo adimensional de los minerales, extrayéndoles
directamente las sustancias necesarias para cumplir su función vital.
Los animales
primarios, por su parte, extraen su alimento principal de las plantas,
que previamente han tomado de la tierra las sustancias nutricias. A su
vez, los animales más evolucionados, lo mismo que los seres humanos,
se alimentan indistintamente de materias vegetales y de otros animales,
en una especie de síntesis alimentaria y vital que se hace progresivamente
complicada, en tanto que ha de nutrir órganos también progresivamente
más evolucionados que hace que las funciones vitales exijan una
mayor complejidad acorde con los estudios evolutivos de seres con necesidades
de nutrición diversas, según los órganos que hayan
de mantener. El mundo exige ese escalonamiento, del mismo modo que lo exigen
todos los seres que lo componen, de tal modo que aquello que toman de los
estadios inferiores de la evolución supone síntesis cada
vez más complejas y, a su vez, hacen entrega de elementos todavía
más complicadamente sintetizados a los que forman parte del escalón
evolutivo inmediato. Con escasas variantes, que creo que sólo servirían
para confirmar los hechos, así se establece la armonía de
la naturaleza.
El hombre en tanto que ser que se alimenta
A medida
que los seres de la naturaleza alcanzan grados superiores de conciencia,
sus necesidades alimentarias se diversifican y, sobre todo, tienen que
cubrir campos cada vez más amplios. Sí, por ejemplo, a una
planta le basta con sintetizar alimentos que le proporciona la tierra y
que toma del aire para crecer y echar hojas y ramas y frutos, a una oruga
sedera le será necesario tomar de la hoja de la morera sustancias
que no sólo le permitan alimentarse y crecer, sino también
fabricar la seda que le dará la posibilidad de envolverse en el
capullo del que habrá de salir la mariposa con toda su complejidad
orgánica. Un mamífero, por su parte, necesitará que
los alimentos ingeridos le den robustez de músculos y una vitalidad
sanguínea que le permita regar un cerebro relativamente desarrollado,
más toda una serie de vísceras con funciones tremendamente
complejas y diversificadas.
El ser
humano, por su parte, posee una capacidad de raciocinio supuestamente superior
a la de cualquier animal. De hecho, el rasgo distintivo de la especie humana
es precisamente la razón. Pues bien, esa capacidad debe también
ser alimentada, porque todos sabemos que surgen cierto tipo de taras cerebrales
que son ocasionadas por la carencia de sustancias concretas necesarias
para esa particular y compleja función y para nada más. Pensemos
igualmente que, en el caso del ser humano -lo mismo que en el de muchos
otros animales y hasta en el de las plantas- la alimentación no
se lleva a cabo únicamente por la vía digestiva (directa,
podríamos decir), sino por otros muchos caminos. Hay una alimentación
producida por el sueño, por la respiración y hasta existen
-aunque no siempre se practiquen- una alimentación emocional
y una alimentación intelectual, cuya carencia puede también
causar trastornos que afecten a la personalidad humana. Y créase
que no lo digo como metáfora, sino que esas necesidades existen
realmente como tales, como energías vitales que deben cubrirse y
fomentarse, precisamente porque el ser humano, aunque muy a menudo de modo
inconsciente, es un sujeto tan inserto en su propia evolución como
pueda serlo el gusano de seda, y no podemos pensar en modo alguno que se
ha alcanzado un límite evolutivo más allá del cual
no podremos pasar. No sólo no es así, sino que esa evolución
forma parte integrante de la naturaleza humana, del mismo modo -sólo
que con mucha mayor complejidad- que forma parte de la naturaleza de los
animales inferiores la utilización o absorción de determinados
alimentos que les permitirán la conservación de la especie
en su lucha continua por sobrevivir a la selección natural. En líneas
generales, el ser que mejor y más razonablemente atienda a sus necesidades
vitales y alimentarias será siempre el que tenga mayores probabilidades
de supervivencia y, por tanto, de evolución selectiva.
Vemos,
pues, que cada especie -y el ser humano, en tanto que es especie, hace
lo mismo- se alimenta de lo que le proporcionan las criaturas en su estadio
evolutivo inferior, usa sus energías y su capacidad primaria de
síntesis de los alimentos naturales que, en estado puro, serían
ya imposibles de asimilar, y muestra su nivel evolutivo por el uso que
hace de su preponderancia sobre esos otros seres. Pero no deja de resultar
curiosa esa dificultad progresiva en los procesos de asimilación;
más que curiosa, significativa, puesto que se acentúa en
razón directa con la complejidad orgánica de los seres a
todos sus niveles y, naturalmente, al nivel mismo de su percepción
o conciencia de la dimensionalidad, agudizada al máximo en el ser
humano, que es el ser racional por excelencia.
Cualidades y dimensiones
Partimos
del hecho, universalmente admitido (a pesar de lo cual habría que
someterlo a un análisis de certeza) de que el ser humano se distingue
precisamente por su cualidad de ser racional. La razón y sus consecuencias
es lo que distingue, pues, a la humanidad. Del mismo modo, cada estadio
evolutivo de la naturaleza se distingue por una cualidad que, curiosamente,
marcha paralela con el sentido de conciencia dimensional que antes especificábamos.
De modo que la conciencia adimensional se corresponde con la cualidad de
la
inercia, la unidimensional con el impulso, la bidimensional
con el instinto y la tridimensional con la voluntad. El ser
humano, a cuestas con su conciencia cuatridimensional -por más errada
e inexacta que tenga la concepción temporal- es el de tentador de
la
razón. En esquema, la pauta evolutiva sería así:
|
Especie
|
Conciencia dimensional
|
Cualidad
|
Minerales
Vegetales
animales i.
animales s.
seres humanos
… ? ...
|
adimensionalidad
unidimensionalidad
bidimensionalidad
tridimensionalidad
cuatridimensionalidad
pentadimensionalidad
|
inercia
impulso
instinto
voluntad
razón
… ? …
|
Partiendo,
pues, del grado más evolucionado racionalmente conocido -el
género humano, es decir, nosotros- cabe afirmar que cada grado sucesivo
de evolución, cada especie, está en condiciones de dominar
y de manipular a todas las que se encuentran en estadios inferiores. El
vegetal domina al mineral (a la tierra) y se alimenta de él. Y así
sucesivamente hasta el ser humano, que, provisto de su suprema arma mental
(la razón en cuestión) domina, manipula, y se aprovecha a
todos los niveles de los seres que evolutivamente le anteceden. Este factor
le confiere lógica (racional) conciencia de superioridad y le hace
suponer, por medio de esa suprema arma que tiene consigo, que se encuentra
en la cúspide del poder cósmico o, al menos, del poder planetario.
Pensemos
un poco, aunque sea, de momento, al menos, para sacar conclusiones aparentemente
perogullescas. ¿Por qué cada especie es vencida y manipulada
por las que poseen la conciencia dimensional un grado al menos superior?
Creo que la respuesta es casi obvia: porque cada una de las cualidades
inferiores ignora visceralmente a las que la siguen, aunque sepa
que están ahí. Y, en consecuencia, no puede sustraerse conscientemente
a su lógica agresión. Hablando en términos dimensionales
-que son precisamente los que nos van a servir para captar en lo sucesivo
la manipulación de la que somos nosotros mismos objeto- hemos de
admitir que cada conciencia dimensional carece de las condiciones necesarias
para captar el ataque y el dominio que se ejerce sobre ella desde otro
plano dimensional.
Si imaginamos
la conciencia del gusano (bidimensional) sólo capaz de entender
a su manera la superficie sobre la que discurre su existencia, una agresión
llegada desde arriba o desde abajo la encontrará inerme.
Hagamos la prueba si queremos. Coloquemos a nuestra oruga sedera sobre
su hoja de moral. Acerquémosle un palito desde el nivel de la superficie
de la hoja; la oruga se moverá en dirección contraria. Sin
embargo, si ese acercamiento lo efectuamos desde arriba, la oruga será
incapaz de captarla y podremos atravesarlo sin que el pobre bicho llegue
a saber nunca desde dónde le ha llegado la agresión y sin
haber podido hacer absolutamente nada para evitarla o para defenderse de
ella.
La razón, ¿punto final?
Hemos
tomado tan a pecho nuestra supuesta cualidad de reyes del planeta que,
echando mano de nuestra arma suprema -la consabida razón, esa Razón
que hasta hicieron Diosa Suprema los sans-culottes de la Revolución
Francesa-, y con la ayuda de todas las fuerzas de presión de que
disponemos, nos hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza toda una teoría
del poder racional, de la que nos hemos constituido en cúspide,
cima y corona. Y hemos sido tan orgullosos y nos hemos sentido tan satisfechos
con nuestras posibilidades que, más allá de esa cúspide
sobre la que nos hemos izado, sólo admitimos -y eso no siempre-
a un Supremo Hacedor sobre el que descargamos todo aquello que cae fuera
de nuestro entendimiento.
Claro
que sucede también que, ocasionalmente -y por más creyentes
que seamos o que nos hayan pretendido hacer a lo largo de nuestro ya prolongado
proceso histórico-, surgen fenómenos que, aunque resultan
incomprensibles para nosotros, resultaría también ridículo
y bochornoso adjudicárselos a esa divinidad suprema que nos hemos
fabricado a nuestra imagen y semejanza. Y entonces nos encontramos, como
dicen en los pueblos, con el culo al aire; totalmente desasistidos, incapaces
de racionalizar los hechos que no tienen razón y sin
la menor posibilidad de definirlos, es decir, de transformarlos o de dominarlos
y hasta de defendernos de su agresión, cuando la hay. Por el contrario,
son fenómenos que nos dominan a nosotros, que juegan a pídola
con nuestra suprema razón y la enfangan y la inutilizan lo suficiente
como para que empecemos a dudar de ella en tanto que cualidad suprema en
la evolución natural de las especies.
La cosa
viene a plantearse como un gran despropósito cósmico. ¿Creíamos
que la razón, nuestra razón, lo podía absolutamente
todo? ¡Pues toma irracionalidad a espuertas pudiendo con ella! ¿Nos
imaginábamos la cúspide de una escala evolutiva sin más
límite que nuestro Dios infantilmente infinito o nuestra no menos
deificada razón? ¡Pues toma absurdos fenómenos que
se ríen de nosotros y en nuestras propias barbas y nos dejan inermes
frente a una realidad que, deliberadamente, por orgullo supremo, habíamos
tratado de borrar!
Objetos (y conceptos) no identificados
A lo largo
de nuestra historia de seres racionales y pensantes, inventores de tecnología
y presuntos soberanos del planeta, han estado surgiendo constantemente
ante nuestras conciencias fenómenos que la razón ha sido
incapaz de explicar, aunque, siguiendo un proceso lógico del pensamiento
racional, ha tratado de encajar en determinadas coordenadas de nuestra
mente cuadriculada. La necesidad de dar un cauce a los fenómenos
evidentemente irracionales es la que, al fin y al cabo, ha obligado al
ser humano a inventarse a Dios, pero el orgullo de sentirse propietario
exclusivo de todo un planeta es lo que, por su parte, le ha inducido a
establecer escalas serias de comunicación o estadios conscientes
de relación con Él. El ser humano, con toda su aureola de
racionalismo, se sentía en la misma cumbre que había fabricado
y todo cuanto no entraba en los límites de su entorno racional se
atribuía -o se sigue atribuyendo ocasionalmente- a la divinidad
abstracta. Y esa atribución dejaba al hombre siempre como
dueño y señor -o como inquilino privilegiado- de su propio
entorno. Dios absorberá lo que quede del ser humano después
de la muerte; Dios -y sólo Él- marcará los límites
del comportamiento humano; Dios habrá sido el fabricante de la pirámide
evolutiva de la que constituimos la cumbre y el que habrá colocado
al hombre en su puesto inamovible.
El cuanto
a todos los fenómenos que escapan a la clasificación racional
y que surgen en nuestro entorno, que están ahí mismo y que
no pueden negarse, identificarse ni catalogarse (y ni siquiera adjudicarse
a la divinidad, porque son demasiado cotidianos, demasiado "de andar por
casa" para adjudicárselo directamente), hemos optado por varios
caminos, que se han sucedido a lo largo de la historia, según haya
dominado en nuestra civilización racional el sentimiento de dependencia
divina o la razón científica a ultranza, con todos los estadios
intermedios por los que hemos atravesado.
La primera
explicación, propia de estadios deístas o de épocas
dominadas por la manipulación secundaria de los grupos de presión
de origen o de extracción religiosa, viene a atribuir cualquier
manifestación de fenómenos no identificados a emanaciones
o a enviados del dios de turno: dioses menores, sefirots, santos
o ángeles que proceden de la divinidad, que son "sus hijos" como
nosotros somos "su obra", o sus enviados, que vienen como portavoces de
sus advertencias y que -lógicamente- se presentan de manera prodigiosa
e intangible, como corresponde a su categoría de origen divino.
A medida
que la ciencia avanza en el discurrir de la historia, muchos fenómenos
que anteriormente carecían de explicación racional ya la
tienen. Consecuentemente, la cotización divina baja muchos enteros
e incluso, en numerosas ocasiones, se ha de declarar en quiebra o, al menos,
en suspensión de pagos. Una tormenta puede ser explicada y prevista,
como puede explicarse -y dicen ya que preverse- un terremoto. Se sabe que
una hierba (antes milagrosa) o un agua (antes sagrada) pueden curar determinados
males. Se sabe por qué se producen fenómenos antes divinizados.
Como consecuencia, surge una segunda explicación a cuanto aún
continúa sin ser explicado. O debemos esperar, pues ya llegará
en su día el momento de esa explicación, en cuanto la ciencia
lo descubra, o se trata de alucinaciones que no son más que producto
de mentes temporalmente (o perennemente) afectadas por alguna conexión
defectuosa en sus circuitos racionales.
La tercera
solución viene, en cierta manera, de la transferencia del concepto
divinal al mundo de la ciencia racionalista. Conociendo -mal, por supuesto-
los avances científicos y presuponiendo -todavía peor- las
perspectivas que aguardan a la ciencia en el futuro más o menos
próximo que se nos avecina, un sector cada vez más numeroso
de la humanidad se ha planteado la evidente existencia de otras humanidades
en otros sistemas planetarios del Universo, suposición evidentemente
lógica, que a estas alturas no admite duda ni suspicacias y que
incluso los remisos del deísmo religioso a ultranza aceptan sin
posibilidad de contraponer una negativa racional. A continuación,
han adjudicado a tales humanidades un grado de avance tecnológico-científico
ligeramente superior al nuestro (suponiendo siglos o milenios de desfase
cultural y tratándose de sólo unos grados, a los que nosotros,
sin duda, llegaremos -o llegarán nuestros científicos, o
nuestras multinacionales manipuladoras- el día menos pensado) y
nos las han traído a nuestro mundo, dispuestas en muchos casos (demasiados)
a asumir el papel de unas divinidades abstractas y moribundas que ya no
cotizan lo suficiente en la bolsa de la credibilidad o de la credulidad
humana.
Cada cosa en su sitio
Todo menos
admitir -porque para eso somos nosotros, la Humanidad, la cúspide
de la evolución natural, o al menos eso nos hemos creído-
que hay o que puede haber entidades que viven una conciencia dimensional
superior a la nuestra y que, sin que nosotros tengamos la menor posibilidad
de detectarlas (a menos que ellas consientan o provoquen la detección)
conviven en nuestro mundo y con nosotros lo mismo que nosotros convivimos
con las ovejas, los cerdos, las vacas o las orugas sederas. Y, para más
exactitud, haciendo con nosotros exactamente las mismas cosas que nosotros
hacemos con los animales o con los vegetales de los que nos servimos y
nos nutrimos.
He dicho
nutrimos y la palabra puede parecer incluso un poco o un mucho caníbal
o vampírica. Y no es que yo vaya ahora a negar que lo sea y rasgarme
la túnica para afirmar que dije digo donde digo Diego. Nada de eso.
He hablado de nutrición y he querido expresar precisamente eso:
nutrición, canibalismo, alimento, comida, subsistencia, vitaminas
y proteínas e hidratos de carbono… o la materia o la energía
que puede servir de sustitutivo o de complemento nutricio a las entidades
que, sin saberlo nosotros racionalmente, están ahí
y nos manipulan, porque ése es su derecho dimensional y natural:
el de manipularnos, exactamente lo mismo que nosotros -¡los amos
del mundo no lo olvidemos!- estamos o nos consideramos en el derecho de
devorar y dirigir y manipular a los seres de conciencia dimensional inferior.
Vamos
a tratar de establecer un paralelismo hipotético a modo de ejemplo.
Intentemos comprender realmente nuestra situación trasladando,
lo mismo que hacíamos en la escuela, una determinada figura o una
concreta función al plano inmediatamente inferior. Si logramos
recordar cómo, en los problemas de geometría espacial, trasladábamos
las figuras y los volúmenes a las hojas de papel -bidimensionales
y planas-, podremos hacernos cargo y captar el problema que ahora se nos
plantea. En el fondo, casi me parece mentira la evidencia de que todo en
este mundo de conciencias y de dimensiones sea tan terriblemente simple,
tan visceralmente captable. Pero lo cierto es -y esto lo supieron ya hace
muchos siglos los heterodoxos matemáticos seguidores del místico
de los números, Pitágoras- que el universo no es más
que numerología. ¡Y pobre del científico que no sea
capaz de comprenderlo y que domina lo que, en realidad, le está
dominando a él e indicándole, por cifras y por líneas
y superficies e incógnitas y volúmenes e integrales, lo que
es
realmente el Universo!
El juego de la razón produce
monstruos
Nosotros
somos, para el mundo de lo suprarracional, lo mismo que el mundo de los
animales superiores para nosotros. Nosotros dominamos ese mundo con la
razón, que supera al entendimiento de nuestras bestias, pero a nosotros
se nos está dominando y se nos manipula mediante una supra-racionalidad
-o irracionalidad, porque ese mundo no tiene nada de racional ni de razonable-
que jamás podríamos ser capaces de comprender.
Si algo
distingue a cualquiera de los hechos o de los fenómenos que llamamos
malditos o fortianos es precisamente el que, contra todo pensamiento racional,
carecen de un porqué y, sobre todo, se encuentran absolutamente
ajenos a nuestro fundamental concepto del dualismo, es decir, de la perspectiva
racional por excelencia.
La razón,
que nos caracteriza como seres pensantes, nos hace ver el mundo como un
constante enfrentamiento de opuestos. Nos es imposible emitir juicios de
valor si carecemos de la medida que nos comparará un hecho y nos
lo situará en esa tabla que tenemos establecida para todos los niveles
vitales. Llamaremos mala a una cosa en tanto podemos compararla con la
bondad de otra. Decimos de una cosa que es luminosa en tanto que nos la
representamos como contraria a la oscuridad. Algo es amable por contraposición
con lo que es odioso y algo es negro si no tiene nada de blanco o de color.
Si vemos un lado del rostro de una persona no vemos el otro (salvo que
seamos cubistas, pero ya volveremos sobe eso), y si decimos que algo está
frío es porque sentimos su ausencia de calor.
En cambio,
nos encontramos esencialmente inquietos y sin posibilidad alguna de reaccionar
cuando surge algo que nos resulta imposible de catalogar en las perspectivas
del dualismo. Fijémonos en el fenómeno OVNI, que es la muestra
más palpable e inmediata con la que se nos presenta, cada vez con
más insistencia, el universo de lo irracional. Nadie de los que
se ha ocupado del fenómeno, nadie de cuantos lo han vivido o lo
han juzgado, han podido zafarse de una pregunta primaria que forma parte
de nuestro mundo lógico y cuadriculado de la dualidad: ¿es
el fenómeno OVNI bueno o malo para el ser humano? Si leemos a los
investigadores o preguntamos a los testigos, seguro que todos, de un modo
o de otro, tienen formada su idea y la defienden a capa y espada. Pero
sucede que esa idea nunca es única; que las opiniones se dividen
en un cincuenta por ciento. La mitad responde: es bueno; y la otra mitad
jura que es algo malo, perverso, negativo y peligroso para la humanidad.
Los que
afirman la bondad del fenómeno son quienes, de alguna manera, lo
han deificado y le han transferido la fe religiosa perdida o apagada. Para
ellos, el fenómeno OVNI es un sustituto de ese Dios que ha muerto
a manos de la tecnología científica y, como tal, resume todo
cuanto de bueno y deseable queda en las mentes respecto a ese concepto
del Paraíso Perdido que fue el cielo, convertido por la astronomía
en simple y puro cosmos. Los OVNIS y quienes parecen ir dentro de ellos
son criaturas enviadas desde un mundo esencialmente mejor y han llegado
hasta nosotros para redimirnos de nuestros pecados, de nuestra incredulidad,
de nuestra ciencia equivocada y de los peligros que nosotros mismos estamos
provocando.
Los que
se aferren a la maldad intrínseca del fenómeno, juzgan a
través de animales extrañamente desangrados, de testimonios
-ciertos- de mentes que se han dislocado definitivamente después
de un contacto, de familias rotas tras una supuesta llamada extraterrestre.
Pero, fundamentalmente, suponen malo el fenómeno precisamente a
causa de su impenetrabilidad, de su constante juego con los parámetros
racionales, de su negativa a ser explicado, catalogado, analizado y, en
consecuencia, vencido.
Ni bueno ni malo, sino todo lo contrario
Fijémonos
en un hecho que, a mi modo de ver, podría arrojar un poco de luz
-aunque no fuera mucha- a la hora de enfrentarnos con la creencia de un
encaje dualista de los hechos fortianos y, como resumen y ejemplo de todos
ellos, del fenómeno OVNI en todas sus fases. ¿Nos hemos detenido
alguna vez a pensar que nuestro concepto del bien y del mal, del amor y
del odio, de lo izquierdoso y de lo derechista, está referido
siempre a nosotros y jamás a la naturaleza y al resto de las
especies que la componen? Cuando damos muerte a una res para comerla, o
cuando arrancamos una lechuga para hacernos con ella una ensalada, no nos
planteamos en modo alguno si somos buenos o malos con el cordero
o con la hortaliza, sino que esas cosas son buenas para nosotros.
Siguiendo
la misma vía de pensamiento, planteémonos el caso del rebaño
de vacas o de cabras que cuidan nuestros pastores, tratando de llevarlo
a los mejores pastos, haciendo que coman la mejor hierba y engorden. ¿Lo
hacen acaso por altruismo? Si lo hiciera por eso el pastor -es decir, si
confesase que su único afán era proporcionar felicidad a
sus animales-, todos nosotros le tildaríamos de loco, de absurdo,
de irracional, porque -diríamos- los seres inferiores a nosotros,
en su totalidad, están ahí precisamente para servirnos o
para que nosotros nos sirvamos de ellos. Lo tonto e ilógico sería
detenernos a pensar en si obra mal el leñador con el árbol
que abate a golpe de hacha, o el fabricante de seda con las mariposas que
no dejará nacer, o el pescador dominguero que vuelve de su jornada
con media docena de truchas en la cesta. Sólo pensamos en una eventual
mala acción hacia los demás seres de la naturaleza cuando
esa acción no reporta provecho alguno para quien la lleva a cabo.
Sutil juicio de valor, porque estamos comprobando ya, día a día
-y hoy ha llegado ya a constituir uno de los problemas fundamentales de
nuestra supervivencia- que muchos de los actos que ha cometido y sigue
cometiendo el ser humano en su supuesto beneficio y siguiendo sus necesidades
inmediatas, están comprometiendo seriamente nuestro futuro y nuestra
subsistencia. Pero no se trata de eso aquí y ahora, sino de que
hemos conformado nuestra razón y nuestra moral (igualmente racional)
a nuestro exclusivo beneficio.
Vamos
ahora de nuevo con el fenómeno irracional, con la presencia entre
nosotros de lo esencialmente falto de lógica y carente de razón.
Ese fenómeno OVNI, ¿es bueno o malo, al margen de lo que
opinen los testigos y los investigadores, los contactados y los curiosos?
Analicemos
su comportamiento, al margen de juicios y al margen también de su
radical inexplicabilidad. Ante todo, trasponiendo cuanto acabamos de apuntar
respecto a nuestro propio concepto moral, tendríamos que prescindir
de que se trate de un fenómeno bueno o malo para nosotros, del mismo
modo que no nos planteamos si nosotros somos buenos o malos con respecto
a las demás especies de la naturaleza. En todo caso (pero me imagino
que sería demasiado pedir) tendríamos que preguntarnos o
tratar de saber, dentro de lo posible y prescindiendo del pensamiento racional
demasiado consciente, si se trata de un fenómeno o de un conjunto
de fenómenos que llega desde planos dimensionales distintos y si,
desde ellos, actúa sobre nuestra especie y sobre todas las demás
y nos las manipula en su propio provecho, en la única manipulación
ante la cual el ser humano tendría que conformarse irremisiblemente
a ser sujeto pasivo.
La cosa que viene de ninguna parte
Vamos
a recordar de nuevo lo que comentaba anteriormente respecto a nuestra acción
sobre la conciencia presuntamente bidimensional de la oruga. Decía
que, si nos aproximamos a ella desde su propio plano de conciencia -la
superficie de la hoja sobre la que vive- advertirá la presencia
de un elemento extraño y presuntamente agresor, mientras que si
la aproximamos desde arriba, sólo nos advertirá cuando estemos
en su propio plano dimensional. Supongo, siguiendo con la misma experiencia,
que si nos aproximamos a la oruga desde abajo y atravesamos la hoja sobre
la que se encuentra, sólo captará nuestra presencia (o la
presencia del objeto que hayamos empleado, rama, aguja o bisturí)
cuando atravesemos ese plano ¡y el ningún otro instante distinto!
E incluso entonces, sólo se dará cuenta de que allí
hay algo e ignorará qué es y de dónde procede.
Y, todavía más allá, ese agujero que eventualmente
habremos perforado en su hoja no será tal agujero para la oruga,
sino un espacio de nada, puesto que, presuntamente, carece de la
capacidad de advertir los planos dimensionales, mientras que un agujero
(para nosotros) supone que hay algo, al menos, debajo de él.
Observemos
ahora el otro paralelismo que vamos a intentar dilucidar. Un OVNI o una
formación entera de OVNIs surge de nadie-sabe-dónde, incluso
muchas veces -a los testigos me remito- de esa superficie del mar que ha
hecho plantearse a tanta gente (incluso a gobiernos concretos, aunque nunca
lo hayan hecho público oficialmente) que existen "bases submarinas"
de esos presuntos ejércitos galáctico. Si recordamos el que
fue en su día célebre caso del seminarista de Logroño,
la entidad ufológica -o lo que fuera aquello- se presentó
súbitamente en su cuarto, sin venir de parte alguna, y comenzó
a manipular todos los aparatos -radio, tocadiscos y no recuerdo qué
más, supongo que hasta el reloj- como siguiendo un juego del absurdo
más sorprendente e inexplicable.
El fenómeno,
pues, exactamente lo mismo que los fantasmas de la tradición de
la novela gótica inglesa o las almas del Purgatorio del mito de
don Juan, se filtran a través de la solidez de los muros materiales
y hasta parecen formarse en el cielo -podríamos decir, parecen materializarse
a partir de la nada, del ningún-lugar- y, de la misma manera, se
desintegran en la nada, después de haber realizado acciones que
-confesión de sabios científicos que a veces parecen convertirse
en locos alucinados- no podrían jamás haberse realizado técnicamente,
científicamente. O sea racional y lógicamente. O sea, también,
que los OVNIs son capaces de romper todas las leyes establecidas a partir
del comportamiento de los cuerpos físicos, de los cuerpos tridimensionales,
que son los que estamos en disposición de apreciar, calibrar, juzgar,
dominar y entender.
El fenómeno
OVNI ha de plantearse, pues, contra todos los intentos que se han hecho
y que se sigan haciendo, como una manifestación radicalmente incomprensible
e inaprehensible, al menos desde una perspectiva física, corporal.
Ni siquiera se ha podido establecer si tales objetos están compuestos
por algún tipo de materia. Aparentan tenerla muchas veces,
surgen a nuestra percepción como naves metálicas -o plásticas,
vaya usted a saber-, brillantes, con luces muy determinadas, de colores,
con unos movimientos precisos, aunque desafían las leyes físicas
de la materia. Incluso han dejado y siguen dejando huellas en la tierra,
precisas y concretas -huellas que, por otro lado, serían paralelas
a las que nosotros dejaríamos sobre la hoja de la morera sobre la
que discurre la vida de la oruga sedera, pero falta siempre la prueba de
su materialidad concreta. Y, al decir prueba, me estoy refiriendo al objeto
concretísimo, al fragmento preciso, al pedazo o esquirla o resto
material
de
cualquier tipo, a no ser las señales de combustión que surgen,
tan a menudo y que sólo afectan a la materialidad del objeto -plantas
o tierra- consumido, quemado y destrozado.
No puedo
evitar el recuerdo de algo que me decía una vez mi buen amigo Juanjo
Benítez, investigador incansable y pateante empedernido del fenómeno,
cuando un día me confesaba: "Mi mayor ilusión sería
lanzarle un cantazo a un OVNI y escuchar el ¡clong! de la piedra
sobre su superficie metálica. No necesitaría más pruebas
de su existencia".
Creer, no creo, pero haberlos, háyalos
Las palabras
-no sé si las ha escrito alguna vez- de Juanjo Benítez son
reveladoras de la radical inseguridad que provoca, en todos nosotros, la
presencia sentida y nunca probada de los fenómenos supradimensionales.
Porque va todo un mundo desde la seguridad que estos fenómenos "están
ahí" a la prueba -imposible- de su presencia.
En este
sentido, sin embargo, yo me atrevería a sugerir una causa -tan irracional
como el fenómeno mismo- que, en cierto modo, lo justifica, si no
lo puede demostrar. Para mí, y en la mayoría de sus manifestaciones
-y no sé si atreverme a decir que en todas sus manifestaciones-,
el fenómeno es paralelo, al menos en síntesis o estructuralmente,
a todos los demás fenómenos de tipo paranormal que se plantean
en nuestro mundo de comprensiones parciales. Por supuesto, la presencia
de OVNIs es equivalente a la de las apariciones que analizábamos
en páginas anteriores, con la diferencia de que, mientras éstas
son asumidas por los grupos de presión religiosos que manipulan
las creencias -y ese hecho de asumir el fenómeno puede tomarse (dualísticamente)
en sentido positivo o negativo, según acepten o nieguen su eventual
sacralidad-, el fenómeno OVNI está siendo acaparado por grupos
de neocreyentes, que cifran su existencia en el hecho de aceptar la presencia
de supuestos extraterrestres semidivinales -o totalmente divinizados- que
llegan a la tierra con la misión específica de salvarnos
de nosotros mismos y de nuestros evidentes y peligrosísimos errores,
que pueden dar al traste con la ecología galáctica o con
un equilibrio (supuestamente racional) establecido por las eventuales conciencias
extraterrestres, mucho más avanzadas -tecnológicamente, claro-
que nosotros.
Lo más
curioso de este enredo es cómo, en un mundo dominado por la tecnología,
que cifra el progreso -confundiéndolo por desgracia con la evolución-
en los logros mecánicos de las grandes compañías multinacionales,
que son la pauta de nuestra medida presuntamente evolutiva, y en sus equipos
de investigación (recordemos y tengamos en cuenta las esperanzas
absurdas de la informática, puestas como meta de nuestros próximos
años), la mente de muchísimos seres humanos se desvía
peligrosamente, asociando la presencia y hasta los presuntos mensajes del
mundo supradimensional a humanoides tecnólogos que vienen de otros
planetas a contarnos (y, naturalmente, a convencernos) de una superioridad
mental y científica que nosotros tendríamos la obligación
de deificar e incluso de adorar y convertir prácticamente en rito
religioso, en acto mágico, en materialísima manipulación
salvífica proporcionada por quienes, supuestamente, llegan a este
mundo para sacarnos de nuestros errores integrales y enseñarnos
el camino de nuestra redención. Un camino que, en esencia, no difiere
un ápice de aquel otro que les trazara un día Yavé
a los israelitas mosaicos, cuando les lanzó a tumba abierta por
el desierto del Sinaí para sufrir todas las penalidades posibles
que el hombre-piara-ganado puede resistir a mayor gloria de su presunto
dueño y salvador.
Pastores y ovejas
Por mi
parte, estoy absolutamente convencido de que no es gratuito, ni mucho menos,
el paralelismo, simbólico en el Evangelio, del pastor y de las ovejas,
del mismo modo que no es casual ni arbitrario el que yo mismo, líneas
más arriba, haya colocado a los pastores como ejemplo de nuestra
condición de "ganado" apto para servir a las supuestas o sospechadas
necesidades de determinadas entidades supradimensionales que nos utilizan
de un modo que a nosotros nos ha de resultar, esencial y visceralmente,
inaprehensible, al menos mientras nos empeñemos en aferrarnos a
nuestro racionalismo a ultranza y no seamos capaces, en tanto que especie,
de reconocer nuestro puesto exacto en el orden establecido en el cosmos.
(Naturalmente, me estoy refiriendo estrictamente a un puesto que nosotros
no hemos elegido, sino que, en cierto modo, nos ha sido asignado. Y
del mismo modo que la cabra o la oveja no han elegido libremente su inserción
en el contexto del rebaño, pero tienen que aceptarla, porque hay
una entidad -el pastor- que las manipula irremisiblemente y al que tienen
que obedecer, en persona o a través de sus ayudantes los perros,
así nosotros hemos de asumir nuestro papel de ganado alimentario
de conciencias situadas dimensionalmente por encima de nosotros).
Atención,
porque creo que es importante señalar que todas estas apreciaciones
son meramente objetivas. Quiero decir que atañen a la humanidad
como masa y sólo en tanto que tal humanidad no adquiera conciencia
clara y definida de que existe efectivamente una auténtica -y no
meramente supuesta- evolución, a la que cósmicamente tiene
todo el derecho de acceder. Pensemos que el ser humano, desde el hombre
de Pekín o el australopiteco de hace dos o tres millones de años,
ha pasado efectivamente del estadio evolutivo que hoy adjudicamos, con
muy pocas variantes, a los animales superiores -con una conciencia dimensional
caracterizada únicamente por el predominio de la voluntad- y que
llegó a la conciencia racional definida como propia de la humanidad
tras una síntesis de la evolución natural de la especie:
de todas las especies. Hoy, ese mismo hombre se cree señor absoluto
del planeta. Pues bien, pensemos que esa evolución existe, que es
un hecho y que tenemos derecho a ella, en tanto que seres naturales que
formamos parte de un Universo en expansión (o sea, en evolución).
Sólo fuerzas muy determinadas, que nosotros mismos podríamos
alcanzar si no nos vence la manipulación cósmica, pueden
oponerse a que esos estadios evolutivos sean una realidad alcanzable.
¿Por
qué?
Por un
motivo que podríamos comprender claramente si fuéramos capaces
de transferir, una vez más, el problema planteado sobre la conciencia
bidimensional. Pensemos en el pastor una vez más: ¿consentiría
en que sus ovejas, sus cabras, sus vacas o sus cerdos comenzasen a expresar
su deseo de libertad y de independencia, y se negasen a obedecer sus órdenes
o las órdenes secundarias de los perros? ¿Comprendería
acaso que esos seres tienen derecho (cósmico derecho, si queremos)
a elegir el momento, la circunstancia y el lugar de su propia evolución
hacia estados de conciencia superiores?
Supongo
yo que en todo el universo existe una ley de estabilización (digo
si será dimensional), que induce a sus entidades a intentar en su
momento la propia superación, pero sin consentir que las entidades
inmediatamente inferiores tengan acceso al estadio que lógicamente,
con su paso, quedaría vacío. Supongo también -y la
experiencia humana viene a demostrarlo en cierto modo- que ese paso evolutivo
no se produce de modo total, ni siquiera masivo. Y que es absolutamente
necesario que una minoría abra lentamente el camino, antes de que,
poco
a poco, a lo largo posiblemente de unos cuantos miles de años, el
resto de los componentes de la familia con conciencia dimensional común
alcance el siguiente escalón evolutivo.
¿Cómo
se comporta la entidad llamada OVNI o, en general, el fenómeno paranormal
en su más amplio sentido, con respecto a la posible evolución
humana y a los intentos más o menos conscientes del hombre por alcanzarla?
Conciencia evolutiva y avance cultural
Distingamos,
ante todo, la evidente diferencia que existe entre el concepto que tenemos
de avance cultural y el auténtico sentido de lo que llamamos evolución,
y esto aunque ambos términos hayan sido demasiado a menudo confundidos
y, consecuentemente, tergiversados. El avance cultural, en términos
generales, es una radical y constante afirmación de las coordenadas
científicas, por las que el ser humano se mueve en tanto que conciencia
racional y razonante. La cultura es sólo afirmación teórica
de un racionalismo que confirma al ente humano en sus esquemas lógicos
y en la sublimación -nunca negativa- del mundo sensorial sobre el
que se basan los parámetros de la conciencia racionalista.
La evolución
supone, de hecho, el salto del ser humano hacia estratos más reales
del entendimiento integral; hacia la superación, en fin, de ese
racionalismo que caracteriza al hombre como especie, para el que ni siguiera
nos hemos preocupado de buscar un nombre apropiado, pero que supone la
liberación de las percepciones sensoriales y la comprensión
del universo a partir de otras fuentes superiores de conciencia.
Quiero
decir con estas distinciones que, en su raíz, nada tiene que ver
(o, al menos, no tiene por qué tener la menor relación) la
altura cultural con el grado de evolución real que pueda alcanzar
un individuo o un grupo humano determinado. Un gran científico racionalista
puede encontrarse en un estadio evolutivo infinitamente inferior, como
ente consciente, al de un bonzo de un monasterio japonés o un anacoreta
copto, que tal vez ni siquiera sepan escribir su propio nombre. Lo cual
no impide que, en términos generales, una conciencia culturalmente
desarrollada esté en mejores condiciones para emprender el camino
hacia el siguiente peldaño evolutivo que un cerebro obtuso o insuficientemente
preparado en las lides intelectuales.
A partir
de esta afirmación, en cualquier caso, tendremos que sacar la conclusión
de que, no teniendo nada específico en común la vía
evolutiva del ser humano con la altura cultural alcanzada a niveles personales,
del grupo o área económica, social o étnica, esas
áreas serán tratadas a distintos niveles de manipulación
por las entidades que en esa manipulación dimensional adopta según
los sujetos culturales sobre los que haya de actuar o los grupos sociológicos
en los que tenga que influir.
Estructura manipuladora del fenómeno
de las apariciones
Las llamadas
apariciones constituyen, seguramente, el nivel más inmediato de
manipulación dimensional que se ejerce sobre el individuo humano
a niveles culturales. Y no me refiero únicamente a las que, con
plácemes o rechazos de los poderes religiosos establecidos, se manifiestan
como contactos divinales de raíz cristiana o de cualquier otro credo,
sino a aquellas otras que surgen como presencia de entidades supuestamente
extraterrestres que vienen, lo mismo que las vírgenes y los arcángeles,
como aparentes portadoras de mensajes de salvación.
En todos
los casos se da, por parte de los sujetos receptores, un grado precario
de cultura. Suele tratarse de analfabetos, jóvenes pueblerinos de
escuela primaria o parroquial -catecismo, palo y tentetieso- o seres con
escaso grado de formación que, curiosamente, parecen adquirir un
baño de cultura después del contacto. En todos estos seres
se da igualmente una enorme dosis de credulidad, que se manifiesta inmediatamente,
sin dudas y sin ningún tipo de planteamiento crítico. La
aparición es asumida en su aparente realidad desde el primer instante
y sus mensajes son transmitidos en cuanto comienzan a revelarse. Las órdenes
-porque siempre hay órdenes e incluso, en muchos casos, órdenes
que no admiten réplica- se aceptan sin rechistar y sin poner en
duda su autenticidad, y del mismo modo se reemiten a todos cuantos quieran
oírlas, presuntamente el mundo entero, aunque su influencia sea
generalmente restringida.
Por parte
de la entidad contactante, hay diversos niveles de acercamiento, que suelen
darse de modo sucesivo y en un orden perfectamente establecido de antemano.
Surge, en primer lugar, una presentación de credenciales: yo soy
Tal. La tarjeta de identidad está avalada por el mismo modo de presentarse
y por el grado de manipulación secundaria del receptor. Al creyente
se presentará como celestial, al no creyente -racionalista ateo,
a su modo- como entidad extraterrestre. Y hasta el disfraz irá acorde
con el show representado.
El segundo
paso vendrá dado por una manifiesta preocupación ante el
estado en que se encuentra el planeta. Y, en general, esa preocupación
vendrá a responder a la preocupación presente en el inconsciente
colectivo de los individuos. Ahí entra de lleno el mensaje antibolchevique
de Fátima o la profunda preocupación por el avance del peligro
nuclear en los extraterrestres.
Tercer
paso: la entidad viene a resolver este caos político, bélico,
prebélico, o simplemente tecnológico, que puede terminar
con la vida del hombre sobre la tierra (o con la fe ciega en los valores
religiosos reconocidos, que viene a ser lo mismo: muerte del cuerpo, muerte
del alma). Mas para que la misión obtenga resultados satisfactorios,
los seres humanos tienen que colaborar intensamente. ¿Cómo?
Volviendo a las costumbres buenas, a las creencias convenientes,
a la oración positiva, al sacrificio redentor, rechazando
de plano al mismo tiempo los malos sistemas políticos, las
nefastas
teorías racionalistas y los negativos pensamientos que apartan
de las viejas y sanas creencias. Es decir, que se trata de meter en los
seres humanos la idea del moralismo dualista a todos los niveles, hacerles
ver que existe algo muy malo que se contrapone a lo esencialmente bueno,
que es lo que se debe mantener a toda costa. Hay que promover amor
frente al odio, hay que aprender a distinguir (o hay que mantener,
cueste lo que cueste) el valor de los contrarios; sostener, fomentar, conservar
y defender unos principios esencialmente dualistas que son, no lo olvidemos,
la base misma de la realidad sensorial propia del grado evolutivo que hemos
recalcado al principio como propio e inherente a la conciencia tridimensional
del ser humano.
Sólo
entonces se emprende el cuarto paso: llevar a la práctica la supuesta
redención
del género humano. Las órdenes son entonces tajantes. Hay
que sufrir por los demás, hay que
sacrificarse, hay
que lanzar plegarias a coro (y mejor cuanto más numeroso y heterogéneo
sea ese coro), hay que convertir el lugar preciso de la aparición
en un auténtico ombligo del mundo, en el que se concentren
al máximo las energías de toda una humanidad que clame al
unísono por la salvación redentora (espiritual y física).
Unos prodigios sabiamente dosificados y ciertos, como los que ya comentábamos,
bastarán para mantener, durante el tiempo que haga falta, la concentración
masiva de un conjunto humano que se dará cita allí del mismo
modo -y no es metáfora gratuita- que las ovejas se concentran a
su hora y bajo las órdenes del pastor, en el redil o en el aprisco.
Hay,
pues, en este asunto de las apariciones, una doble vertiente que no debemos
pasar por alto. Por un lado, se condiciona a los fieles -y doy a
la palabra su sentido más amplio- para el mantenimiento a ultranza
de los principios del dualismo propios de la conciencia dimensional del
género humano, es decir, para el mantenimiento a ultranza del status
de dependencia frente a cualquier deseo o cualquier intención de
evolución. Por otro lado, se provoca una fortísima
corriente de energía colectiva -enfermos, penitentes, disciplinantes
y corifeos- en un centro presuntamente divinizado que parece apto, a juzgar
por su secular implantación mágica, para canalizar esa energía
hacia un destino que no podemos en modo alguno adivinar, pero que, sin
duda alguna, resulta útil para alguien o para algo.
Casos, modos y maneras del contacto
personal
Hace unos
años se dio en Gran Canaria un caso que no es seguramente único,
pero que tuvo un resultado que resume, por su carácter violento,
otros muchos que tienen consecuencias menos espectaculares. Fue la historia
de dos muchachos de poco más de quince años que, desde tiempo
atrás, aseguraban mantener contactos con entidades extraterrestres
mentoras por medio de la ouijá. En el verano de 1979, los mensajes
se hicieron progresivamente esperanzadores para ambos, porque anunciaban
la inmediatez de un posible contacto personal con los presuntos maestros.
Un día, la ouijá concretó una cita en uno de los parajes
más solitarios y desolados del noroeste de la isla. Allí
acudieron los dos chicos en un día tórrido de agosto, recorrieron
bajo el sol kilómetros de tierra calcinada sin que llegara a producirse
el esperado contacto, hasta que uno de ellos, ya entrada la tarde, comenzó
a sentir serios trastornos que, ya anochecido, le obligaron a pedir a su
compañero que fuera a buscar ayuda, porque él no podía
siquiera moverse. El pueblo más cercano, San Nicolás, quedaba
a unos quince kilómetros, lo cual supuso tres horas largas de camino
hasta llegar a él. Ya de madrugada, el chico regresó con
un médico y algunos vecinos donde se encontraba su compañero.
No encontraron de él más que un montón de despojos
carbonizados, que la guardia civil tuvo que recoger con palas, porque se
deshacían al menor contacto. El forense dictaminó muerte
por insolación aguda y el muchacho superviviente pasó, al
poco tiempo, a un hospital psiquiátrico.
He dado
cuenta de un caso límite, en el que lo trágico sustituyó
a toda una serie de características dramáticas que, rozando
alternativamente lo mágico y lo -aparentemente- lógico, lo
serio y el chiste, el sainete y el teatro del absurdo, conforman todo un
mundo de contactos en el que se dan visitas a planetas desconocidos, aparición
de cualidades paranormales, invitaciones a tortitas de maíz, curaciones
inexplicables e ilógicas, redención de alcohólicos
y de drogadictos, profecías que nunca o muy pocas veces se cumplen,
nombramiento de representantes galácticos en la tierra (que se convierten
automáticamente en mesías creadores de nuevas sectas), rupturas
de vínculos familiares, coitos intergalácticos, traslaciones
prodigiosas, actos de vampirismo con bestias y personas, suicidios rituales
y un montón de variantes que harían la lista interminable
e inútil para cuantos siguen, más o menos de cerca, el proceso
o la investigación de estos fenómenos.
¿Qué
hay de común en todos estos contactos? Aparentemente, nada. En realidad,
el absurdo esencial del hecho en sí mismo, la dependencia aparentemente
voluntaria del contactado para el resto de sus días, como propagandista
directo o indirecto de unas entidades que han surgido precisamente para
que él las proclame y sirva de testigo de su existencia y de emisor
de energías, que, como en las concentraciones masivas de fieles
creyentes, pueden resultar útiles. Porque, sea cual sea la
variante del contacto, existe fundamentalmente una emisión de emociones
por parte del contactado, aunque sean mínimas y, en muchos casos,
inconscientes. Pero hay, sobre todo, una creación o un intento de
creación de cierto ambiente general, que tiende a implantar
en las conciencias que lo captan el convencimiento -o eventualmente la
prueba- de que hay algo o alguien muy por encima de ellos, algo que deben
tener en cuenta para siempre, como entidad superior que domina irremisiblemente
al ser humano, física y psíquicamente, más allá
de su voluntad. Algo o alguien que puede hacer de ese ser humano en cuestión
lo que le venga en gana en cuanto quiera o en cuanto ese ser humano se
desmande e intente ejercer libremente su propia voluntad. Algo o alguien
que, además de todo eso, resulta inaprehensible, incomprensible
e imprevisible, tres factores fundamentales de dependencia que dan al hombre
la misma inseguridad en sus propias posibilidades evolutivas que la que
procede de un dios arbitrario premiador de sus buenos y castigador
de sus malos, en épocas de predominio de fe y de poder religiosos.
Aquí se trata también de fe, tan fuerte y tan fanática
como la otra, pero la diferencia estriba, aparte las presuntas pruebas,
en que el objeto de la fe no es ningún espíritu intangible,
sino unas entidades que se patentizan como poseedoras de un grado sumo
de conocimiento y de poder emanado de un aparente y colosal e incomprensible
avance en el campo de una tecnología científica imposible
de asimilar.
En estos
casos, aparte dramatismos absurdos y crueldades en apariencia gratuitas,
cabe destacar que los contactados son, por regla general, gentes de inteligencia
media, de estudios medios y, bien por su personalidad o por la circunstancia
personal anterior al contacto (el ejemplo de alcohólicos o drogadictos
redimidos), seres con una cierta merma en su capacidad de discernimiento
personal. En estos casos, el choque del contacto directo y dramático,
eminentemente emocional, tiene efectos prolongados y, aunque no tenga como
consecuencia una concentración de seguidores histéricos o
dolientes (los mesías contactados suelen reunir en torno suyo grupos
relativamente reducidos, pero profundamente fieles y convencidos), el efecto
consecuente del contacto marca, lo sepan ellos o no, todos los actos de
la existencia.
Los sembradores de inquietud
Si cualquiera
de estos contactos citados en el apartado anterior llega ante una mente
científica clara y fría, la sensación que produce
es la de un ser que o bien ha tenido alucinaciones, o ha fabricado, con
ánimo de llamar la atención, todos los elementos de su historia,
o intenta justificar una actitud o unas determinadas cualidades personales
forjándose un entorno mítico particular. Incluso cabe pensar
que si esa mente analítica y fríamente científica
se tropezase en un momento de su vida con un intento de contacto como los
que relatábamos, lo rechazaría como alucinación momentánea
y simplemente interna que habría que evitar a toda costa.
Para
estos casos, la manipulación irracional adopta métodos muy
distintos: uno de ellos, que ya está extendiéndose de modo
alarmante, aunque sus protagonistas suelen guardar silencio por temor a
perder el crédito científico de que gozan, se ejerce sobre
los investigadores que acceden a estudiar el comportamiento de los contactados
del grado anteriormente descrito. Estos científicos comienzan a
encontrar extrañas y presuntamente lógicas relaciones de
causa a efecto, constatan que los contactos guardan en su inconsciente
toda una serie de experiencias y de datos que no salieron a la luz en sus
declaraciones aparentemente alucinadas. Comprueban que se dan coincidencias
no tan absurdas, que hay un encadenamiento de hechos que, aun dentro de
su contexto esencialmente ilógico, guarda indudables raíces
de verosimilitud y, sobre todo, de sinceridad y de experiencia "sin trampa
ni cartón". Y esos hechos, si bien no les afectan (al menos en apariencia)
hasta el punto de proclamar sin más la presencia entre nosotros
de los "poderosos extraterrestres", les colocan en un estadio de conciencia
inquieta y expectante, propicia al fin y al cabo para que, en un instante
dado, puedan entregarse de lleno a la convicción de que hay, efectivamente,
unas entidades que pueden dominarnos y a cuya voluntad o conocimiento o
poderes no hay más solución que plegarse. Dejarse manipular,
a la postre.
El otro
método, paralelo en cierto modo al que acabo de exponer, sólo
que todavía sin cobayas contactados que sirvan (como los niños
de las apariciones) de receptores-emisores, es el de los contactos "oficiales",
representados fundamentalmente por un caso conocido ya a nivel internacional
como el asunto Ummo.
En líneas
generales, puesto que un conocimiento más profundo del caso puede
encontrarse ya publicado en varios libros, se trata de una serie limitada
de intelectuales, artistas, científicos y hombres de letras, todos
ellos serios y con un prestigio indudable en círculos que no pueden
dudar de su palabra, que reciben periódicamente comunicaciones escritas,
llegadas desde los más distintos lugares, en las que se les va dando
cuenta de la existencia y de la presencia en la tierra y entre ellos de
un grupo impreciso de personas casi humanas, procedentes de un lugar
perfectamente localizable en el mapa celeste. Estos seres, no se sabe con
exactitud con qué fines concretos (aunque, oficialmente,
lo explican absolutamente todo), cuentan la historia de su llegada, las
circunstancias de su permanencia entre nosotros, sus conocimientos, sus
creencias y hasta su estructura fisiológica y vital. Narran su cosmogonía
y su teogonía, su nivel de civilización, el sistema sociopolítico
por el que se rigen presuntamente, sus relaciones, sus apuros entre los
humanos para no delatarse, su aspecto físico, su idioma (que emplean
a menudo, hasta el punto de que ya casi podría confeccionarse una
gramática ummita), su sistema numérico y métrico,
los principios científicos y tecnológicos de sus naves espaciales
incluso -aunque de un modo un tanto críptico- su manera de actuar
y sus métodos para establecer relación con los seres humanos
de la tierra. Muy probablemente olvido algo -tal vez sus relaciones con
otros seres de la galaxia- pero, en líneas generales, eso es todo
y sólo queda adentrarse en los mensajes para comprobar en lo posible
qué revelan, más allá de lo que los presuntos ummitas
han intentado contar. Así vemos:
a) una
estricta e indudable coherencia lógica y tremendamente racional,
sin cabos sueltos que pongan súbitamente sobre la pista de una eventual
mentira que podría hacer que todo el sistema creado se tambalease;
b) una
muestra palpable -aparentemente al menos- e incontrovertible de que hay
razas extraterrestres a las que nuestra ciencia y nuestra tecnología
tardarán probablemente siglos enteros en alcanzar.
Cada acto,
cada interrogante, cada sospechado absurdo, cada una de las actitudes tiene
una respuesta para los presuntos ummitas, de tal modo que, sin apenas resquicios
y basándose únicamente en las numerosas comunicaciones que
llevan enviadas hasta la fecha -aunque hay temporadas de silencio-, se
podría reconstruir, al menos en sus hitos principales, todo el proceso
cultural, histórico, social e incluso psíquico de una raza
humanoide de algún punto de la galaxia, que se ha colado de rondón
en nuestro entorno para observarnos y -dicho con todo disimulo, evitando
palabras directas y aprovechando incluso presuntas dificultades de expresión
que dejan las cosas ligerísimamente nubladas- manipularnos, dominarnos,
influir sobre nosotros y sobre nuestros esquemas vitales. Y ello a pesar
de que los presuntos mensajes ummitas están haciendo constante alusión
a sus intenciones manifiestas de no influir un ápice en los destinos
de la humanidad terrestre.
La grieta
El impacto
ummita sobe los destinatarios de sus mensajes es indudable. Y lógico.
Nadie puede quedar indiferente ante ellos. Todo cuanto se deduce de esa
ya numerosísima correspondencia es perfectamente coherente y, por
si fuera poco, cuando científicos de toda solvencia -físicos,
matemáticos, ingenieros- han sido requeridos para contrastar datos,
fórmulas o sistemas expuestos en los mensajes, han corroborado,
sin lugar a dudas razonables, que ese supuesto mundo tecnológicamente
avanzadísimo sobre nuestros actuales logros científicos es
perfectamente posible, que nada se opone a su existencia.
La pregunta,
la duda, la sospecha visceral ante una trama epistolar tan perfectamente
tejida surge, sin embargo, cuando nos planteamos una serie de preguntas
que sólo tienen respuestas vagas o carecen simplemente de respuestas.
(Porque, ante todo, hay que advertir que la comunicación con los
presuntos ummitas es unilateral y que nadie -al menos que yo sepa- ha logrado
establecer contacto con ellos por propia voluntad).
Una pregunta:
¿por qué tanta proclama repetida de respeto a la independencia
y el libre albedrío del género humano y, paralelamente, ese
bombardeo de pruebas que nadie, en principio parece haber pedido?
Otra:
¿por qué tantas reticencias y tantas promesas de no inmiscuirse
en nuestros asuntos y tantas rogativas a los destinatarios para que no
se dejen influir por un supuesto sistema que, en realidad, está
metido a tornillo en sus mentes, hasta el punto de que no hay uno solo
de ellos -entre los que yo conozco, al menos- que no se conozca de memoria
la vida y milagros (sí, dije milagros) de los ummitas y no los haya
tomado como presunto ejemplo, o hasta como posible historia del futuro
inmediato de la humanidad terrestre? (Una historia que, en líneas
generales, no es evolutiva, naturalmente, sino de triunfo más
o menos disimulado de ese racionalismo que a nosotros mismos nos está
encarcelando dentro de nuestra misma conciencia dimensional. Y fíjese
quien esto lea cómo, en una de sus últimas misivas -última
a la hora de redactar estas líneas- felicitan a los humanos por
los últimos vuelos espaciales norteamericanos y olvidan, porque
eso hay que olvidarlo, que suenan mejor mentar otras cosas, los millones
de seres humanos que se mueren de hambre mientras se dilapidan dólares
y rublos en la carrera espacial).
Y todavía
unas preguntas más, dirigidas a todos mis amigos que reciben periódicamente
mensajes telefónicos y epistolares de Ummo (aunque sé que
no han de hacerme caso): ¿por qué organizáis reuniones
periódicas para intercambiar noticias y lucubraciones con ummíticos
motivos? ¿No os dais cuenta de que eso -no entro en lo que realmente
sea- está ejerciendo la más increíble manipulación
de vuestra curiosidad, de vuestra dependencia, de vuestro interés
-tan sano y objetivo como queráis verlo- hacia algo que os está
extorsionando, dirigiendo inconscientemente vuestras vidas hacia donde
le place, mientras os muestra una realidad que los investigadores convertís
en libros, los periodistas en noticia y los artistas en obra de arte, "ad
maiorem gloriam Ummi"?
Ummo
-yo sólo lo llamaría componente número N de la gran
manipulación cósmica a la que el ser humano está sometido
desde los albores de la historia, del mismo modo que él ha sometido
a las conciencias dimensionales inferiores- es una fuerza que actúa
sobre un sector intelectual y culto de la sociedad humana a niveles propios
de éste, del mismo modo que actúa sobre los niños
de Fátima o del Palmar de Troya a sus correspondientes niveles mentales.
Y tan inteligente es manipular así como tonto sería hacer
llegar cartas metafísicas de Ummo a las niñas de Garabandal
o hacer aparecerse a la Virgen María y al arcángel Miguel
ante cualquiera de los actuales destinatarios de los mensajes ummitas.
Cada
contacto se lleva a cabo, por parte de las conciencias manipuladoras, de
acuerdo con las coordenadas mentales o culturales de sus víctimas
(aunque las llamo víctimas en un sentido amplísimo), y de
ese modo se alcanza un espectro excepcionalmente amplio de la sociedad
recipiendaria. En el fondo, es el mismo método que el ser humano
sigue con su ganado: no trata del mismo modo a los inquilinos de un corral
de gallinas que a un rebaño de vacas, ni le damos el mismo alimento
o administramos los mismos estímulos a un perro y a un loro. Cada
especie, como cada estrato cultural en el género humano, necesita
una estimulación muy determinada y distinta y específica,
acorde con la personalidad y la conciencia de cada grupo genérico
o cultural. Nosotros, los seres humanos, lo sabemos y del mismo modo hemos
de presumir que lo saben (y cabe que incluso mucho mejor que nosotros)
las entidades de conciencia dimensional inmediatamente superior, que se
sirven de nosotros a su placer y hacen que les seamos útiles y que
les sirvamos de alimento, tal como nosotros buscamos la utilidad y el alimento
en las especies que nos anteceden. Y, del mismo modo exactamente que no
admitiríamos en modo alguno la rebelión de nuestros cerdos
si pidieran la reivindicación y el derecho a abolir la festividad
de san Martín -que, como todo el mundo sabe, es la fecha fija de
ejecución masiva de puercos en los pueblos peninsulares-, tenemos
que comprender que nuestros presuntos pastores traten a toda costa de impedir
nuestro rechazo a la sumisión en la que necesitan mantenernos para
dar sentido y razón a su propia, particular y desconocida -para
nosotros- existencia.
La cuestión
que ahora se plantea es si nosotros, efectivamente, debemos plegarnos a
esa exigencia y permitir que todo siga exactamente igual como hasta ahora,
sin tomarnos la oportunidad de acceder al grado de evolución al
que -supongo yo que lógicamente- tenemos derecho en tanto que conciencia
cósmica. |