|
Cien
personas dadas de alta en el Padrón Municipal y en el Censo
Electoral de Calcena. alcanzando esta cifra, volveríamos a tener
concejales , aumentaría el peso político del ayuntamiento, las
decisiones podrían ser colegiadas y se podrías repartir tareas.
Cien personas empadronadas e incluidas en el Censo Electoral,
circunstancia ésta última que debiera ser consecuencia directa del
alta en el Padrón Municipal. En cada convocatoria a urnas hay que
comprobar las listas del Censo electoral expuestas o los datos de la
tarjeta censal. Si se detectaran errores, es necesario solicitar su
corrección en el Ayuntamiento de Calcena, dentro de los plazos
establecidos. Fuera de estos, existe la posibilidad de
solicitar un certificado de empadronamiento en el
Ayuntamiento de Calcena y con él acudir a las Juntas electorales o
Juntas Municipales para pedir el cambio de lugar de votación y la
inclusión en el Censo electoral de nuestro pueblo.
|
En las últimas elecciones europeas, el censo electoral de
Calcena era de 82 personas. Faltarían unas 20 más. Sabéis que
vivir en un sitio y estar empadronado en otro no supone problemas,
ni siquiera para la escolarización de los hijos, pues basta con el
domicilio de uno de los cónyuges.
Por todo lo expuesto, os animamos, os pedimos que solicitéis
vuestro empadronamiento e inclusión en el Censo electoral del
Ayuntamiento de Calcena.
100 es la meta
|
|
LA
PAJA, LA BRASA Y LA ALUBIA.
Vivía en un pueblo una anciana que habiendo recogido un
plato de alubias se disponía a cocerlas. Preparó fuego en el hogar
y para que ardiera más deprisa, lo encendió con un puñado de
paja. Al echar las alubias en el puchero se le cayó una, sin que
ella lo advirtiera, y fue a parar al suelo, junto a una brizna de
paja. Al poco, un ascua saltó del hogar y cayó al lado de las
otras dos. entonces, abrió la conversación la paja:
.-
Amigos, ¿de donde venís?, y respondió la brasa,
.-
¡Suerte que he tenido, de poder saltar del fuego! a no ser mi
arrojo, aquí se acaban mis días. Me habría consumido hasta
convertirme en ceniza.
Dijo
la alubia:
.-
También yo he salvado el pellejo, porque si la anciana consigue
echarme en la olla, a estas horas estaría ya cocida y convertida en
puré sin remisión, como mis compañeras.
.-
No habría salido mejor librada yo.- terció la paja. Todas mis
hermanas han sido arrojadas al fuego por la anciana, y ahora ya no
son más que humo. ¡Sesenta cogió de una vez para quitarnos la
vida! Por fortuna, yo pude deslizarme entre sus dedos.
.-
¿Y qué vamos a hacer ahora? –preguntó el carbón.
.-
Yo soy del parecer –propuso la alubia- que puesto que tuvimos la
buena fortuna de escapar de la muerte, sigamos unidas las tres, en
amistosa compañía y para evitar que nos ocurra algún otro
percance, nos marcharemos juntas a otras tierras.
La proposición gustó a las
otras dos y todas se pusieron en camino. Al cabo de poco,
|

llegaron a la orilla de un
arroyo y, como no había puente ni pasarela,
no sabían como cruzarlo. Pero a la paja se le ocurrió una idea:
.-
Yo me echaré de través y haré de puente para que paséis
vosotras.
Tendiose
la paja de orilla a orilla y el ascua, que por naturaleza era
fogosa, se apresuró a aventurarse por la nueva pasarela. Pero
cuando estuvo en la mitad, oyendo el murmullo del agua bajo sus
pies, sintió miedo y se paró sin atreverse a dar un paso más. La
paja se quemó con un chirrido y la brasa expiró al tocar el agua.
La alubia, que prudente se había quedado en la orilla, no pudo
contener la risa y tales fueron sus carcajadas que reventó. Allí
habría acabado su existencia, pero quiso la suerte que un sastre
que iba de viaje, se detuviese a descansar en el margen del
riachuelo. como era hombre de común compasivo, sacó hilo y aguja y
cosió el desgarrón de la alubia. Le dio las gracias del modo más
efusivo, pero como el sastre había usado hilo negro, desde aquel día
todas las alubias tienen una costura negra.
Maribel
............................................................
Un mico celoso no muy formal, vio su
sombra en la pared y celoso su merced, antójasele un rival. de un
salto, ¡salto fatal!, lanzase a él con fiereza, y aplastada la
cabeza, dijo apretándole chichón: ¡Oh, cuan ciega es la pasión,
que en lo más llano tropieza!
Maribel
|