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Es bueno de vez en cuando hacer ejercicio de
memoria y destapar el tarro de los recuerdos y soñar con
ese pasado que ahí está y que nada ni nadie nos hará
olvidar.
Fue en 1977, en realidad sólo han pasado veinticuatro años desde
entonces y parece que ha pasado un siglo, cuando por
primera vez paseaba por las calles adoquinadas de canto
rodado pendiente arriba y pendiente abajo, el ver las casas
medio derruidas llenas de vida anterior y cultura medio
olvidada, del ¡agua va! por las ventanicas, de la
arquitectura del yeso rojo, del ¡vete a por agua a la
fuente!, el aprender a buscar nidos de cardelina, de esos baños
en la Virgen las cálidas tardes de verano, de pescar barbos
con la mano bajo las piedras del riachuelo de Baldeplata.
Todo esto es memorable, teniendo en cuenta que
ocurrió en una época que podría definir como de eclosión
hacia un carácter receptivo, ese mirar alrededor con la
sonrisa feliz e inocente y sentirte en libertad esos días y
coger energía espiritual hasta el año siguiente; hacer de
las peñas de Cabo, del alto de la Crucija, del Santo o de
La Plana incluso del Pinar tu propio santuario, la forma más
natural de ver las cosas sencillas en ese contacto directo
con la naturaleza.
Como
decía Charles A. Eastman ( Ohiyesa ) SIOUX SANTI:
“Entre nosotros no había templos ni santuarios,
salvo los de la naturaleza. Siendo un hombre natural, el
indio era intensamente poético. Consideraría un sacrilegio
construír una casa para Aquel que podemos encontrar cara a
cara en las naves misteriosas y umbrías del bosque
primitivo o en el corazón iluminado por el sol de las
praderas vírgenes, en las vertiginosas agujas y pináculos
de roca desnuda y, más allá, en la bóveda enjoyada del
cielo nocturno. Aquel que se recubre de diáfanos velos de
nubes, allí en el borde del mundo visible, donde nuestro
Bisabuelo el Sol enciende el fuego del campamento nocturno,
Aquel que cabalga sobre el riguroso viento del norte o
exhala Su espíritu en las aromáticas brisas del sur y cuya
canoa surca los ríos majestuosos y los mares interiores -¡Aquél
no necesita una catedral menor!”
Que cantidad de vivencias, de momentos dulces,
tristes también pero sin rencores, todo era sincero.
Son etapas en la vida que marcan y te enseñan el
valor real de la amistad por mucha distancia que haya de por
medio y por mucho que uno sea no nativo.
Solo quería hacer este breve pero sincero
comentario desde el lugar que me motiva a pensar a menudo en
estas y otras muchas cosas que por que no se haga muy
extenso yse convierta en una novela que pueda aburrir, me
limito a desahogar y
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desenfundar la idea de algún día poder mirar de
nuevo tumbado en medio de la carretera en el puente de la
Virgen hacia el infinito nocturno en compañía de personas
que sienten en ese mismo instante las mismas sensaciones,
compartiendo ideas y riéndonos sin motivo, porque no hace
falta.
Esto
es como cuando cogemos la caja metálica de membrillo donde
se guardan todas fotos antiguas de familia, esas fotografías
en blanco y negro que tanto gusta mirar de vez en cuando
para sentirse vivo.
José Manuel
(Wasitxu)
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