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Quienes
tienen la suerte de vivir en un pueblo como el que hoy me ocupa
tienen mucho andado en la vida.
En
el mes de abril acepté la invitación, tantas veces hecha, de
unos buenos amigos para conocer un trozo de la geografía de Aragón
y verdaderamente mereció la pena, aunque para ello renunciase a
otros proyectos.
El
viaje de Zaragoza, nada más pasar Morata de Jalón, ya merece la
pena por sí sólo, para adentrarse por caminos, no muchas veces
en condiciones óptimas para viajar sin sobresaltos.
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Calcena, al igual que otros pueblos con más habitantes, no
tiene que envidiar a otros muchos, no digo de Aragón, ni de España,
ni mucho menos del extranjero, ¡y he visto un montón!.
La Iglesia, en lo mundano (que no me
meto en la parte espiritual), es decir en su edificio, es una auténtica
maravilla que una no se cansó de admirar; si encima tenemos un
buen guía, como era este caso, el tiempo se echa encima sin
enterarte. Es imposible poder captar en una horas todo cuanto hay
de importante.
Cada capilla, que me recordaban a la
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Desde
los pueblos pequeños, pero en armonía unos y otros en su propia
dispersión, pasando por el impresionante Castillo de Mesones de
Isuela, que enriquece por sí mismo el paisaje; el portalón e
iglesia de Trasobares, junto a lo que fue convento donde moró la
célebre Abadesa (ver revista nº 15); sin olvidarnos de Chodes y
su plaza donde se rodó hace unas décadas "Réquiem por un
campesino español".
Todo
ello merece una visita tranquila y reposada; la cultura, la
historia, emanan de nuestros pueblos que han sabido guardarla, a
veces tan bien que ahora se hace difícil su recuperación.
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restaurada
La Seo del Salvador de Zaragoza, es una página de minuciosos
datos que plasman en cada piedra la historia del día a día, así
como los muchos benefactores que ha tenido el pueblo a lo largo de
los siglos. Así lo atestiguan los escudos de armas, las
vestiduras sagradas en varias vitrinas, la ornamentación distinta
de cada capilla. Si a eso se le añade que tiene coro de
"sitiales" no se pude pedir más para un pueblo que
apenas roza los cien habitantes.
Se nota que en tiempos tuvo buenos
padrinos y mejores amos. |
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Antes
de llegar a Calcena llama la atención la cúpula
de la torre de
la Iglesia,
brillante,
pulida y hermosa, luciendo desde su lejanía todo su esplendor.
No
sé si es porque algunos/as me habían dicho que no había nada de
interés en el pueblo, sólo despoblación y que me deprimiría
ver casas despobladas, sin gente, tal vez porque la razón y el
corazón me decía que hiciera caso de la jota "en viendo
algo de Aragón que me lleven ande quieran" o quizás porque
siempre hay algo que aprender (la sabiduría está en el pueblo),
la cuestión es que descubrí que nuestros pueblos guardan para sí
un cúmulo de "objetos" cargados de arte, historia,
vivencias, etc. que enriquecen a quien los ve, lo enseña y, sobre
todo, a quienes lo tienen todo el año. Lo triste es que apuro de
verlo, de tenerlo, nos olvidamos y lo devaluamos.
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Hoy
si se descuidan, desaparecerá para engrosar algún museo
diocesano fuera del pueblo, algo que se debe impedir con la fuerza
que da la razón.
En
mi
recorrido turístico,ya
en coche, me llevaron a un lugar paradisíaco, para mí precioso,
las piedras dispuestas en caprichosas figuras estimulan la
imaginación, porque las escenas llenas de vida se superponen unas
a otras con velocidad vertiginosa. El paisaje en otro entorno, me
recordaba el Pirineo, tantas veces visitado.
Es un sitio ideal para pasar horas sin que el ojo humano se
canse de admirar las piedras formando las escenas más
inimaginables, los camino, valles, desfiladeros, etc..
Si esto parece poco para hacer una
visita sosegada a Calcena aún queda por evocar el conjunto del
pueblo, lo que da vida al lugar, aunque deteriorado, casas
semihundidas por el abandono, que
alguien tendría
que poner
el punto
y final
para
detener
su ruina total,
todo
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