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Me
ahogo. Qué querés. No puedo seguir (Seca sus lágrimas) Por esta
casa, que, mirála, todavía está en parte sin techar, que me dieron con
dos piezas y una cocinita donde había que entrar de costado, el resto
lo hice yo, todo lo demás lo agrandé yo, por esta casa la municipalidad
de General Rodríguez me pide ahora que pague una deuda de tres mil pesos.
¿De dónde saco yo tres mil pesos, si no trabajo desde hace tres años?
Para la sociedad, nosotros, los veteranos de guerra, es como que no existimos.
Oscar Poltronieri es el máximo héroe civil, vivo, que tiene la Argentina.
Lo certifica una medalla conformada por una Cruz de Malta en la que brilla,
ya apenas, un Escudo Nacional y la leyenda "La Nación Argentina al heroico
valor en combate" Sólo doce condecoraciones de ese tipo fueron entregadas
luego de la guerra de Malvinas. Poltronieri es el único soldado que la
recibió pero ya ni siquiera la luce. La guarda, junto a muchas otras medallas,
en una vieja y oxidada lata que bien pudo contener té, tuercas o hilos
de hilvanar refajos: poco puede leerse entre la escarcha saltada del esmalte
rojo de la tapa y el indescifrable idioma alemán. Pero es seguro que la
latita no fue diseñada para contener las medallas de un héroe de guerra.
—En un momento pensé en venderlas. A todas. No sabía cuánto me podían
dar. Pero yo necesitaba la plata. Después no lo hice. Antes preferí pasar
la vergüenza de ir a pedir por los trenes. Pero dejé porque me decían:
"Andá a pedirle a Galtieri...".
Uno de los máximos héroes no militares de la guerra de Malvinas vive hoy
en la pobreza más extrema. Su casa, la número siete, se tambalea sobre
una calle de tierra (que se convierte en un barrial cada vez que el cielo
se lo propone) en General Rodríguez, muy cerca de La Serenísima,
donde Poltronieri trabajó diecisiete años. Su caso sea tal vez el más
paradigmático, pero no es el único de entre miles de veteranos de guerra
que viven hoy olvidados, marginados, desamparados, hasta despreciados
por una sociedad que festejó el inicio de la guerra con el siempre sospechoso
exitismo de los aludes a la Plaza de Mayo, y miró para otro lado después
de la rendición de Puerto Argentino, el 14 de junio de 1982. La mirada
al costado dura ya veinte años.
Poltronieri era un soldado analfabeto cuando fue a combatir a Malvinas.
"No leo las letras, señor —decía hace veinte años— Pero ahora
voy a ir a la escuela". Hoy, al menos, sabe firmar. Pero todavía
pelea con aspereza con las palabras, que apenas si le alcanzan para describir
su impotencia: Poltronieri casi no tiene palabras, con tanto que tiene
para decir.
Los fundamentos por los que le dieron la distinción más alta que duerme
su sueño oxidado en la lata donde Poltronieri atesora sus recuerdos en
su casa sin techo, eran contundentes: "Por haberse convertido en un
ejemplo para sus camaradas", decía una frase. Otras decían que Poltronieri
había tenido espíritu de lucha, sencillez, arrojo, que se ofreció como
voluntario para misiones riesgosas y que en combate en los montes Dos
Hermanas y Tumbledown "operó eficazmente una ametralladora, deteniendo
ataques enemigos. Fue siempre el último en replegarse, resultando sobrepasado
en ocasiones por los ingleses. Dos veces se lo tuvo por muerto, pero logró
reunirse siempre con su sección." La realidad, siempre más dramática
que los argumentos, dice que Poltronieri salvó la vida de cerca de ciento
cincuenta de sus compañeros.
—Yo estaba en el monte Dos Hermanas. Adelante nuestro estaba el regimiento
4 de Corrientes. Al costado teníamos al Regimiento de Infantería 7 de
La Plata. Lo pasábamos todo el día en la trinchera. A veces bajábamos
del cerro para matar un par de ovejas, sancocharlas así nomás y comerlas.
Cuando venía un compañero de curso del teniente que me mandaba a mí, que
se llamaba Llambías Pravaz, yo le pedía los binoculares y él me los prestaba
Así vi cómo que desembarcaron los ingleses. Pasaron unos días desde el
desembarco hasta que llegaron adonde estábamos nosotros. Tomaron todo
a las corridas. Los gurkas mataron a un montón del regimiento 4 de Corrientes.
Y a nosotros nos rodearon así, en forma de medialuna. Yo estaba arriba,
en el monte, cuando los veo, serían las cinco o las seis de la mañana,
en medio de la neblina. Allí matan a tres o cuatro de los soldados nuestros,
todos cerca mío: a uno que tiran un morterazo que cae cerca mío y una
esquirla le vuela la tapa de la rodilla, limpita, y se desangra, cuando
llega al hospital de Puerto Argentino llega desangrado. A otro una esquirla
le da en la espalda. Y a otro que trepa un poco el monte para montar la
ametralladora también lo bajan con una ráfaga de ametralladora. Ese era
Ramón, que era amigo mío. Yo pensé que si lo habían matado a él me iban
a matar a mí también, ¿por qué me iba a salvar? A mí me dio como un ataque
de locura y empecé a sacudirles con la MAG, que es una ametralladora pesada.
Mi abastecedor estaba cansado de ponerle las cintas de balas a la MAG,
pero yo seguía tirando. Eran como las nueve de la mañana. Las balas me
pasaban cerquita: a las trazantes se las veía clarito. El subteniente
me decía: "Vámonos Poltronieri, que te van a matar..." Pero yo
le decía que se fueran ellos. Porque yo sabía que el sargento Echeverría
había tenido familia en esos días. Entonces les dije: Váyanse ustedes
que tienen hijos, que tienen familia. Yo no tengo a nadie...".
Poltronieri tiene cuatro hijos. Se casó en 1989 con Alejandra Viviana
Carrizo. Después llegaron Jonathan Oscar (11) Melina Judith (9), Lucas
Hernán (7) y Matías Sebastián (4). Boquenses irredimibles, los varones
amasan su sueño de jugar alguna vez en la Bombonera en el piso de tierra
de la cocina de la casa, donde cabecea una mesa simple de madera basta
y dos bancos largos y toscos. Poltronieri nació en Mercedes y en el regimiento
de esa ciudad, el 6, General Viamonte, hizo la hoy abolida "colimba".
Le faltaba un día para salir de baja cuando fue embarcado hacia Malvinas.
Llegó a Puerto Argentino el 13 de abril en un avión de línea, sin asientos,
con dos centenares de soldados.
—Me acuerdo de que el capitán del avión nos habló, nos dijo que lo único
que podía hacer por nosotros era traernos comestibles; que todo lo que
habíamos aprendido en el cuartel teníamos que desarrollarlo en las islas.
Que a él le gustaría estar con nosotros. Y se largó a llorar el tipo.
Allí nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio, porque el tipo se puso
a llorar.
Tan en serio iba la cosa que casi un mes después Poltronieri estaba solo,
con una ametralladora pesada, disparando sin cesar contra el enemigo.
Aún hoy, cuando recuerda el combate, vuelve a la misma posición de aquel
día, mientras ciento cincuenta de sus compañeros se replegaban hacia Puerto
Argentino, amparados por su decisión de morir allí para salvarlos.
—Los tipos venían cantando, tirando al aire, como de paseo... y bien chupados.
Así que no le di bolilla al teniente y me quedé esperando que mi compañía
se replegara. Hasta que se me acabaron las balas y empecé a repechar para
Puerto Argentino. Llegué a la tarde adonde estaba el batallón de Infantería
de Marina 5. Les pregunté si sabían dónde estaba el 6 de Mercedes, porque
yo quería juntarme con los míos. Me dijeron que cerca del cementerio,
que era el punto de reunión. Cuando me vieron no lo podían creer: me habían
dado por muerto. Allí me enteré de que se habían rendido a las diez de
la mañana. Y recién como a las tres de la tarde nosotros habíamos dejado
de combatir. Cuando vimos la bandera blanca colgada en el mástil, la mayoría
nos largamos a llorar.
La otra guerra de Poltronieri y de sus compañeros ex combatientes de Malvinas
empezó cuando volvieron al continente.
—Nos llevaron al Hospital Militar, nos dieron de comer y nos tuvieron
hasta el otro día, nos tomaron los datos, hicieron una planilla y mis
propios compañeros me propusieron para la medalla. Después a nadie le
importó nunca nada de nosotros. Cuando vinimos, no había nadie que nos
esperara. ¿Sabés quiénes sí estaban? Los chicos y los maestros de entonces.
Cuando nos traían a Mercedes, al costado de la ruta, por cada pueblito
que pasábamos, allí veías un montoncito de chicos con sus guardapolvos
y su banderita argentina, sus maestros y sus maestras. Gentes particulares
no había. Nos trajeron escondidos: les debe haber parecido una vergüenza
esa derrota nuestra.
Como muchos otros veteranos, el héroe condecorado el 4 de abril de 1983
vivía sin trabajo. Consiguió uno, de casualidad, en 1985.
—No nos decían nada, pero a los veteranos nos tenían apartados. Entré
a trabajar a La Serenísima gracias a Juan Carlos Mareco, que estaba en
Canal 7. Estuve allí diecisiete años hasta que cambiaron de dueños y quisieron
que me fuera para contratarme. Pero no acepté. Eso fue en diciembre del
94. La Municipalidad me dio una casa y me descuentan parte de un préstamo
que nos dieron, de la pensión que recibimos por veteranos de guerra. Nos
prometieron no pagar impuestos, luz, gas, trabajo, becas de estudio, viviendas...
Nada de eso se cumplió. No trabajo desde el 99. Ahora el Ejército dijo
que me iban a contratar como personal de maestranza en Campo de Mayo.
Encontrar trabajo es difícil: si no decís que sos veterano y lo descubren
cuando ya entraste a trabajar, te echan. Y si decís que sos veterano,
no te llaman. La sociedad nos da la espalda porque perdimos la guerra.
Pero si hubiésemos ganado sería igual. En este país se olvidaron de lo
que hicimos. Y deberían recordar que pusimos el pellejo, y muchos compañeros
lo perdieron, por nuestros padres, por nuestros hermanos. Pero pedís algo
y te cierran la puerta. No se acuerdan del veterano. Y a los cuarenta
años, si yo tuviera que volver, volvería.
Los hijos del héroe que vive en la pobreza, y que acaso algún día venda
por nada esas medallas que guarda en una caja oxidada de lata, cuentan
un secreto: papá apenas soporta el estallido de los cohetes cada fin de
año, desde hace ya dos décadas
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