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Todo lo que tienen, lo único que les queda después
de veinte años y setenta y cuatro días, lo guardan celosamente en una
trinchera: la del orgullo.
En ese pozo profundo, tan similar al que ocuparon desde el 2 de abril
al 14 de junio de 1982, conviven también algo de resentimiento, la desazón
enorme de saberse ignorados, la indignación por saberse discriminados,
la ira sorda cuando escuchan hablar de "los chicos de la guerra" o cuando
un legislador (lo escucharon de boca de tres) les dice que son "hijos
de la dictadura".
También conviven en esa trinchera sin guerra, la decisión inquebrantable
de permanecer unidos, pese a divisiones profundas, y de ayudarse unos
a otros, a como dé lugar; la de ayudar a escuelas carenciadas o a gente
necesitada de alimentos; la de honrar a quienes vieron morir a su lado
y con quienes habían compartido el desayuno horas antes: son un clan,
un equipo, una banda, una tribu. Son, también, una familia.
Son los veteranos de Malvinas. Ex soldados. Unidos por la guerra, dispersos
por el desbande de la posguerra, reunidos por la necesidad de protegerse
de lo que llaman de distintos modos: desmalvinización, olvido, silencio,
abandono, desamparo, indiferencia, desagradecimiento, ingratitud, y que
duele más que una herida de guerra porque no está provocada por el enemigo,
sino por quienes los vieron nacer, los forjaron, festejaron su ida a la
guerra y tapiaron después de la derrota en Malvinas las puertas de la
memoria.
—Para mí, ser veterano de guerra es un orgullo. Es haber demostrado a
la sociedad y a mí mismo que soy capaz de dar mi vida por algún valor
abstracto: la patria, la familia, lo que uno siente de chiquito. Yo lo
relaciono mucho con la identidad.
Carlos Viegas mide casi dos metros y pesa más de ciento diez kilos. De
allí su apodo: "Chiquito". Puso minas en Malvinas como parte de la Compañía
de Ingenieros de Combate 601.
—Siempre digo que los que llevamos la peor parte fuimos los veteranos.
Pero fuimos lo único que no se pudo esconder. Todo lo demás, hasta el
hecho de que hubo una guerra, se escondió. Nosotros siempre estuvimos,
siempre exigimos. Por eso digo que, pese a la carga negativa que tiene
haber llevado la peor parte, es a la vez un orgullo. Nosotros decimos:
"Me derrotaron una vez. Pero no más." ¿Me entendés?
El titular del Centro de Ex Combatientes de Tigre, José Luis López, sintetiza
el padecimiento de los veteranos en los primeros años de la posguerra.
Combatió en Malvinas junto al Regimiento 3 de Infantería que entonces
se alzaba en Tablada.
—Entre el 83 y el 90 estuvimos desprotegidos, desamparados: se nos expulsaba
de todos lados. A los veteranos de guerra todos nos cuesta dos veces:
todo. Tuvimos que negar nuestra condición para conseguir trabajo. Tuvimos
que mentir el año de nacimiento. Y eso nos ha dañado mucho. Nunca quisimos
convertirnos en resentidos sociales, pero nos ha herido mucho. Porque,
a pesar de los palos, nosotros siempre miramos en positivo,y queremos
a este país. Ser veterano, si bien es un orgullo, también es una carga.
Andrés Arce, también un ex soldado del 3 de Infantería asegura que aún
hoy pervive la discriminación contra los veteranos.
—Yo siempre ando de verde, o con la medalla. Me pasó muchas veces que,
sentado como cualquier ciudadano, en cualquier bar, tomando una gaseosa
o una cerveza, se te arriman y te provocan. Te dicen: "Lástima que ustedes
eran todos pendejos y los mandaron sin experiencia..." O también te dicen
"fascista de mierda" porque estás con la camiseta camuflada. Y nosotros
somos comos los escoceses ¿Viste que cada color representa a un clan de
ellos diferente? Bueno, a nosotros la pilcha verde también nos identifica.
Nosotros también somos un clan.
—Mirá —dice Viegas— La sensación previa al combate era tremenda. Nos empezamos
a despedir: "Bueno, mirá, si me muero..." Venía todo el ejército
inglés. No había otra: era enfrentarlos o correr. La determinación nuestra
era enfrentarlos. Porque uno podría haber corrido. Es más, muchos oficiales
corrieron. Pero uno era tan boludo que tenía la impresión de que había
que enfrentarlos. Que mi sacrificio, retardando el avance, era una misión.
La frase famosa en ese momento era: "Que vengan de una vez y que se
termine todo. Pero que vengan." Vos no decías: "Loco, que me
saquen de aquí." Sabés que no es una película, que te bajan y te
podés levantar e ir a tu casa. Y los enfrentamos. Por eso cuando escuchás
que alguien te dice que éramos todos pendejos...
¿Cómo llenar entonces ese espacio vacío que sienten los veteranos? Para
López la respuesta es simple.
—Con respeto. Que nos reconozcan como veteranos. Que sepan qué hicimos
allá. Porque si yo me creo que todo aquello fue al pedo, que todo ese
sacrificio de un montón de chicos que murieron fue al pedo, que todo lo
que pasamos estos veinte años fue inútil, me derrumbo, nuestra personalidad
se derrumba. Porque nosotros construimos todo a partir de Malvinas. Malvinas
fue una bisagra. Y a partir de esa bisagra tenés que construir todo de
nuevo.
—Yo, por una cuestión de salud mental —afirma Viegas— y esta es una respuesta
personal, creo que la sociedad argentina nos dio un cachetazo. Como una
madre. Vinimos de Malvinas y dijimos "Disculpá, mamá: perdimos."
Y nuestra madre nos dijo: "Boludo, perdiste." Pero no podemos
renegar de nuestra madre. Por eso nos ensañamos con el padre, que es el
Estado. El peor miedo nuestro es que los compañeros que murieron lo hayan
hecho inútilmente. Y que nuestro sacrificio, el de sobrevivir, haya sido
inútil. Porque uno sueña con volver. Para cerrar la historia. Yo soy coordinador
del programa de salud de la provincia. Y escucho a muchos veteranos que
te dicen al oído, con el sentimiento más profundo, "Loco, yo quiero
volver para ver cómo está mi posición; quiero saber adónde cayó fulano..."
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