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No existen cifras oficiales
de excombatientes de Malvinas que se hayan suicidado en la posguerra.
Esa falta de datos habla por sí misma del desamparo en el que vivieron
durante los últimos veinte años. La Federación de Veteranos de guerra
de la República Argentina calcula que los suicidios suman ya 270, una
cifra cercana a los muertos en Malvinas: 326 (otros 323 murieron en el
hundimiento del crucero General Belgrano)
Para los veteranos, los años que siguieron a 1982 fueron tanto o más duros
que los setenta y cuatro días de guerra. En especial para los soldados.
Se les ordenó no hablar sobre la guerra, fueron licenciados y abandonados
a su suerte. La sociedad, que los vio marchar con júbilo, les dio la espalda:
no consiguieron trabajo (muchos no lo tienen aún) estigmatizados por haber
combatido. Muchos, sin poder superar el trauma de la guerra cayeron en
los conflictos comunes a tantos veteranos de casi todas las guerras: alcohol,
violencia familiar, adicciones y se vieron impulsados, acaso sin saberlo,
al suicidio.
No fueron suicidios silenciosos. En todos los casos, como aquel que quebró
el cristal de un espejo, se cortó la yugular y alcanzó a escribir con
su propia sangre "Muero con las bolas bien puestas", como quien
se colgó del travesaño de la cancha de fútbol donde jugaba siempre, como
quien eligió el balazo en la cabeza, parecieron lanzar un pedido de auxilio.
No fueron los únicos: 264 veteranos ingleses de Malvinas se suicidaron
desde 1982. Y tampoco fueron suicidios silenciosos. El último, en enero
de este año, fue el de Charles Nish Bruce, comando paracaidista de la
fuerza SAS: se arrojó de un avión, sin su paracaídas
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