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Era
un chico y ya soñaba con el mar. Sabía, con la intuición disparatada y
certera de los chicos, que más allá del río tumultuoso que besaba la costa
rosarina, había otra agua, de otro color, de otro sabor, de otra profundidad.
Otro mundo a descubrir. A los 15 años, Eduardo Paz se alistó en la Armada.
A los 17 sirvió en el destructor "Seguí". Después pasó por el
portaaviones "25 de Mayo". Llegó a ser cabo artillero. Cumplió
21 años en Malvinas. Volvió de la guerra. Pidió su baja. Intentó seguir
viviendo. Se casó. Crió seis hijos. Sintió que su matrimonio se desbarrancaba.
El lunes 22 de noviembre de 1999 dejó sobre una mesa su agenda, un teléfono
celular que le habían prestado y las llaves de su casa. Mintió ir al Centro
de Veteranos de Guerra de Rosario. Caminó hasta el Monumento a la Bandera.
Subió por el ascensor los veintitrés pisos, hasta el mirador, hasta lo
más alto. Miró el río. Volvió a intuir el mar, como cuando era chico y
soñaba con palabras que ignoraba como pañol, amarras y sotavento. Se las
ingenió para remover una reja de quita y pon para que la televisión registre
los actos oficiales. Después se arrojó a la muerte desde setenta metros.
Eduardo Adrián "Tachi" Paz cayó desmadejado cerca de la efigie de la Patria
Abanderada. No dejó una sola línea que explicara su decisión. Su familia
cree que, antes de dar ese salto a la nada, pasó por una iglesia del culto
evangelista. Las autoridades impidieron que la mamá de "Tachi" y la hermana
vieran el cadáver. No dejó entrever su decisión. Ocultó su agonía y se
la llevó a la tumba. Lo último que vio fue el agua que era parte de su
vida. Dicen que en la mano derecha llevaba aferrada una foto de sus hijos.
—El amaba el mar. Con decirle que en los últimos tiempos le dijo a mi
hija que quería irse al sur, a pintar barcos. Siempre quiso el mar. Cuando
estaba en el portaaviones yo estaba contenta porque pensaba que iba a
conocer el mundo. Le gustaba de alma la marina. Y ahora, ya ve...
Margarita Noemí Paz es la madre de Eduardo. A su lado, con una remera
blanca en la que se dibujan las Islas Malvinas, está Marta Paz, la hermana.
El "ya ve..." de Margarita es una caja con papeles y fotos y distintivos
y diplomas y cartas que amarillean entre cintas con nombres de buques
y documentos y estampas y emblemas y escudos: esa ilusionada torpeza con
la que intentamos retener a quien ya no está; ese desesperado empeño por
gritarle al olvido que no olvidamos. Margarita acaricia esa caja como
alguna vez acarició la cabeza del chico que amaba el mar.
Nunca me voy a acostumbrar a no verlo más. El 27 de marzo de 1982 llamó
para decirnos que lo llevaban, pero sin rumbo. Después me avisaron que
estaba en Malvinas. Sé que llegó a estar en el hospital de Puerto Argentino
con principio de congelamiento. Volvió a los diez días de terminada la
guerra. Estuvo con nosotros por diez días y volvió a Bahía Blanca. Pero
enseguida pidió la baja y se la dieron en diciembre. Al principio no hablaba
nada. Yo tenía algunas revistas, ¿se acuerda?, aquellas que decían que
íbamos ganando, uno creía en esas cosas... Pero él las hizo desaparecer.
No quería ver. No se hablaba de la guerra en casa. El nunca habló. Ni
en el trabajo ni con la familia. Mi hija mayor lo convenció de que viera
a una psiquiatra. Y fue durante un tiempo. Pero nunca supimos qué hizo
en Malvinas. Deben saber más los muchachos (por el Centro de Veteranos
de Rosario) que nosotros. Yo los llamo mis excombatientes, ¿sabe?
porque cada uno de ellos es un pedacito de él.
Paz parece haber sucumbido a lo que clínicamente se conoce como "síndrome
de estrés postraumático", una patología que fue descripta desde los orígenes
de la psiquiatría como un mal de los veteranos de guerra. Con el tiempo,
el estrés postraumático se extendió como estudio a quienes han vivido
situaciones límite (chicos abusados, violencia familiar, accidentes graves,
sobrevivientes de atentados) y que hace que las víctimas vuelvan a revivir
esos hechos y generen, entre otros cuadros clínicos, depresiones profundas,
pesadillas, o pánico agudo.
Mi hijo sí tenía pesadillas. Tardaba en dormirse. Y cuando de dormía,
por ahí se movía mucho, agitaba los brazos, las piernas, gritaba... Yo
iba y lo despertaba. El abría los ojos pero miraba sin ver, seguía como
dormido, no se despertaba enseguida aunque tuviera los ojos abiertos.
A veces yo me lo llevaba a mi cama, como cuando era chico. Y se quedaba
tranquilo. Después esas cosas pasaron. Se puso a estudiar, a terminar
el secundario en el sindicato de los taxistas. Pero igual salía poco,
hablaba poco. Desde que vino de Malvinas no hizo muchos amigos. Usted
pregunta qué creo que pasó. Yo pregunto si no habré fallado como madre.
Dicen que las madres se dan cuenta ¿no? Yo no me di cuenta de nada. El
viernes 19 vino a dormir acá. Yo estaba mirando una película y se quedó
conmigo. Desayunó el sábado acá y se fue en colectivo a su casa. A la
noche me llamó para saber si yo iba a ir al culto. Le dije que sí, a las
siete y media. El me dijo que no podía ir porque se quedaba con los chicos,
que les estaba haciendo la comida. Amaba a sus hijos. Le pregunté si el
domingo quería ir al campo, donde vive su hermano. Me dijo "Uy, cómo
me gustaría saludar al Negro..."
Marta, la hermana que no quiere olvidar, sí notó algo raro. Desde hacía
unos días, Eduardo buscaba una pieza para alquilar y había encontrado
una a la que había empezado a llevar sus cosas el jueves anterior al lunes
de la tragedia.
—Se había separado de su mujer hacía unos quince días. Algunas noches
las pasaba acá. Otras con los chicos. El tenía su pieza acá, como siempre.
La madrugada del sábado, muy temprano, cuando yo iba al trabajo, lo vi
sentado en la cama, como pensando. No le dije nada pero me extrañó. El
lunes llamé a mi hermana Graciela. Le dije que no lo veía bien. Mi hermana
me dijo: "Me lo traje a casa. Va a comer con nosotros". Le dije
que lo tuviera allí y que estuviésemos en contacto. Hablé otra vez más
tarde y mi hermana me dijo que no se quería quedar en la casa: "Comió,
se bañó y se quiere ir al Centro de Ex Combatientes." Yo le había
prestado mi celular y hablé con él. Me dijo que se iba a caminar un rato.
Mi hermana lo llevó en el auto al centro. Lo dejó en Corrientes y San
Juan. Algo le olió mal porque dio una vuelta con la intención de volver
a verlo, pero ya no lo vio más. Eran las tres y media de la tarde, más
o menos.
A las cuatro y veinte, Paz estaba muerto. Había pasado a integrar una
cifra tan numerosa como la de los muertos en suelo malvinense durante
la guerra: la de los veteranos que eligieron quitarse la vida.
—Por supuesto que pensamos que fue por la guerra. No eligió cualquier
lugar para matarse: lo hizo en el Monumento a la Bandera, que es todo
un símbolo. Estaba esperando una pensión de doscientos cincuenta pesos
o trescientos pesos, que recién llegó en diciembre del año siguiente.después.
Pero no es por plata que se mató.
¿Por qué se mató Paz? Tal por la ingratitud. Los veteranos de guerra de
Malvinas llevan a cuestas el peso de otra guerra: la de enfrentar la indiferencia,
el desamparo, el desapego, el aislamiento, la desprotección en la que
han vivido durante dos décadas, y que parece ser una extensa prolongación,
en democracia, de la política con la que la última dictadura militar encaró
la derrota de Malvinas. El reclamo más común que se escucha en los excombatientes
es: "Queremos que se sepa la verdad. Queremos que alguien nos diga:
"Gracias por lo que hicieron". Han pasado veinte años. Y de entre
quienes tuvieron la suerte de regresar, casi trescientos han dejado a
sus familias un consuelo mínimo, una atadura indulgente donde aferrarse
para seguir viviendo. La madre del marinero Paz, digna y entera, tal vez
muerta por dentro pero de pie, como los árboles, lo resume en una frase.
Por eso, siempre que hay estrellas, yo miro al sur: porque era el sur
de él.
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