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Las
puertas se abren y la gente, con un alborozo que contagia irrumpe en las
escuelas donde ya esperan, serios y solemnes, los presidentes de mesa
y fiscales provistos de sus padrones, lapiceras y sellos y, lo más
importante: las urnas, hacia donde va esta gente, dejando atrás
ruidosas y agotadoras campañas y discusiones, convive en un ambiente
que ha trocado en festivo. Se trata de un pueblo, y los murmullos y susurros
de principio se convierten en gozoza algarabía, en un intercambio
de saludos y estrechar de manos. Y es que esta gente, este pueblo, vive
en esos instantes un momento que les pertenece absolutamente, una sensación
de poder y dominio, de decisión y esperanza |