Cualquier
momento sería bueno para recordar los felices instantes
que viví en tan preciado valle, pero comenzaré
este reportaje en el verano de 1991, aunque habrá referencias
a otras fechas que a lo largo de los años han marcado
el destino de esta gente y sus pueblos.
El
verano de 1991 es diferente en la Baixa Limia, y mucho más
en Aceredo, Buscalque, O Bao y A Reloeira. Se trata del último
verano en estos pueblos (resulta tan sencillo decir el
último, pero para los vecinos de estos pueblos
y para los que vivimos en los colindantes esto no deja de
ser más que una tragedia).
Una
de las fechas más significativas sin duda es el 25
de Julio (Santiago Apóstol): fiesta en el pueblo de
Aceredo. Los que vivimos esa última fiesta palpamos
y observamos el ambiente que se respiraba en un día
tan señalado para todos, nos dimos cuenta que aquella
celebración tenía un valor añadido, pues
ya nunca más nos juntaríamos en un sitio tan
hermoso como el lugar de celebración de los festejos,
en el que sus árboles centenarios y sus caminos de
tierra empapaban el ambiente musical y conseguían que
los bailes fueran distintos a los de otros lugares; en otro
lugar no sonaría ni se expresaría la gente de
igual forma. ¿Qué podemos decir de las comidas
familiares, donde todas las casas se llenan para celebrar
el Santo Patrón, donde las familias van y vienen de
una casa a otra para saludar a los vecinos, amigos o simplemente
tomar una copa de cofraternidad junto a esos seres queridos
que cada año se reencontraban allí?.

Pero
el 25 de Julio de 1991 es distinto, se respira tensión
reflejando una desesperación difícil de contener,
las miradas buscan cada esquina, cada flor, cada piedra, el
fin del pueblo está próximo y nadie entiende
nada, todos nos preguntamos: ¿por qué?. Nunca
olvidaremos aquella última misa con su procesión
hasta el Cruceiro situado al lado del comercio do Parranda,
tampoco dejaremos de acordarnos de aquellos bailes fríos
y distantes amenizados por la Banda de Lobios, en los que
la gente buscaba un atisbo de alegría, una salida,
el volar imaginándose que siempre estarían allí
cada 25 de Julio; quizás en lo más profundo
del sentimiento de cada cual estaba la necesidad de asumir
lo que se les avecinaba y de una u otra forma escapar de todo
lo que les rodea, tal vez recordar a aquellos que ya no están
y tanto amaron estos lugares y sus gentes, a lo mejor la desesperación
producida por un hecho de esta magnitud anima a dejar atrás
esos malos pensamientos para buscar en cada nota musical un
colchón en el que descansar su desánimo, esbozando
una sonrisa sin pasión, tenue, marchita, con los ojos
perdidos, sin brillo, sin vida.
Todo
resultaba distinto, extraño, tirante, la tarde nos
aplastaba mientras todos se abrazaban a la vez que percibíamos
la tensión. Todos querían estar allí,
nadie pretendía irse a tomar un café a otro
lugar, era manifiesta la necesidad de seguir, de permanecer
observando todo y a todos.
Caída
la noche y de nuevo sentados a la mesa la cena dejaba hueco
a las palabras. La comida se convertía en una carga
resultando de alguna manera insípida, indigesta, para
muchos intragable; las palabras y los sentimientos lo llenaban
todo.

Una
vez más la gente se encamina al campo de la fiesta,
los fuegos explotan la tensión y el río -padre
de estas tierras- discurre junto a la madre tierra para esbozar
su música y hacer acto de presencia en esta despedida
anunciada pero nunca esperada, víctima y verdugo, amado
y denostado, el río de aquel 25 de Julio permanece
tranquilo.
La
noche se vislumbra apacible, calurosa, una típica noche
de Julio en Aceredo. La verbena resulta desangelada, y de
una u otra manera se tiene la necesidad de que termine pronto
pero de que no acabe nunca, de que llege el momento de retirarse
a casa, apesadumbrados y angustiados por no poder volver a
repetir estos actos tan respetados y queridos por todos, desesperados
por no poder retroceder esa máquina del tiempo que
se vuelve impasible.
Cada
persona podría escribir un libro con todo lo que esa
larga noche le abordó el pensamiento, quizá
la noche más larga, noche de la que difícilmente
desearían despertar. Al despertar, la triste realidad
volvía a protagonizar las vidas de estos vecinos que
lucharon por lo suyo con la sabiduría y la valentía
implícita en sus genes, genes heredados de los primeros
pobladores de estos valles (aquellos Calacoi).
A
todos los que han vivido y luchado por estas tierras. SUSO.