Escusalla, un fantasma que se desvanece
Muchas son los misterios que
se cuentan sobre la casa de la Escusalla, y si nos adentramos en la
lógica de considerar que en todos los relatos hablan de apariciones
espectrales, un elemento común asociado al terror natural que
trasmite, casi podemos asegurar que en la casa hay un fantasma. No
pontificamos su existencia como verdad absoluta, porque partiendo
de la formación que nos ha sido inculcada desde pequeños,
tenemos ciertas dudas de que los fantasmas existan.
Desde luego la Casa de la Escusalla, situada en las estribaciones
del Xurés, cerca del lugar de Compostela, reúne las
condiciones necesarias para hacer creer que los fantasmas existen:
Tiene origen en tiempos inmemoriales, es de misteriosa procedencia,
singular importancia arquitectónica, oscuro recuerdo histórico,
infinidad de leyendas negras en su entorno y una ubicación
geográfica con el fondo puesto en la horrorosa montaña
del Franxoso.
FANTASMAS
Dicen que el fantasma que se movía por la casa en las noches
de luna llena, se presentaba como un fraile encapuchado y con hábito
blanco, acompañado de dos damas. La forma y presencia de este
conjunto fantasmal obedecía a las leyes de la perspectiva,
parecía sólido y producía ruido sincronizado
con el movimiento de sus pasos; en cambio, atravesaba las paredes
o puertas que se abrían y se cerraban mientras las puertas
“reales” permanecían cerradas, y jamás se
les escuchó decir algo; así lo ha visto, el tío
Roque, un antiguo guardia portugués que se refugió en
la casa a principios de siglo pasado; la muerte de este antiguo guardiña,
está vinculada a una de estas terroríficas apariciones,
y desde entonces ya nunca nadie más vivió en la Escusalla.
Un fraile paseando, ora en el patio, ora en el balcón fue visto
por otras personas. En la Fiesta de Nuestra Señora de la Magdalena,
escuché de una mujer ya mayor, contar la experiencia de unos
mendigos portugueses que pernotaron una noche al abrigo de la casa,
y que huyeron despavoridos al aparecer misteriosamente por la casa
varios frailes, aterradoramente revoltosos, sobre todo uno con joroba
al que denominaron “marrequiño”.
A tenor de estas apariciones y también por la magnífica
capilla adosada, la tradición le asigna un origen clerical
a la casa, y las opiniones se reparten entre un antiguo Cenobio, una
Casa de la Inquisición y como Casa Rectoral.
LEYENDA NEGRA
Las cosas importantes, cuanto están escondidas tras un pasado
oscuro, tienden a desatar la fantasía, y por tanto, nada nos
puede extrañar que en torno a esta casa surgieran infinidad
de historias y leyendas negras. La leyenda más escuchada y
que relaciona las apariciones -como sucede siempre en estos casos-
con antiguas violencias, dice que vivía en esta residencia
un cura llamado Roiz, párroco de Manín. Este cura contrataba
a gente de otros lugares, sobretodo portugueses, para los trabajos
del campo. Cada temporada al terminar la faena, mataba a los jornaleros
y los enterraba en el patio para no satisfacer los salarios adeudados.
La versión que le facilitó a Antonio Piñeiro
una de las propietarias, Rosa González Silva, de 80 años,
dice que la casa había sido construida sobre el año
1.700; su bisabuelo, un cantero de Padrón se mudó a
vivir aquí a finales del siglo XIX, comprándola a un
cura, que la había heredado de un fraile “muy misterioso”.
HISTORIA
Es doloroso interrumpir toda esta apasionante serie de tradiciones
y misterios seculares, para tener que echar mano del pragmatismo frío
de los archivos y poner orden, fechas y datos a la Casa de la Escusalla.
El rigor que exige la historia tiene estos inconvenientes. En todo
caso, nos limitaremos a recurrir y cruzar los datos de dos fuentes
documentales: el Libro de Visitas Pastorales a Manín del 10-9-1831
y el Real de Eclesiásticos del Catastro de Ensenada de Traspórtela
del 22-8-1753
La Casa de la Escusalla, según estos documentos, se construyó
a principios del siglo XIIX por el Abad de Manín, Don José
Martínez y Parga; solo se explica el poder económico
suficiente de un párroco para construir esta casa, al derecho
secular que tenían los abades de Manín de los diezmos
propios de su parroquia, disponer además de la mitad de los
diezmos de la parroquia de Lobios; el Abad de Manín, pues,
cobraba en tributos al año más de 6.500 reales, cuando
la media de los ingresos de los demás vecinos rondaba los 350
reales anuales.
Sobre la Ermita que lleva adosada esta Casa, fundó el citado
Abad una Capellanía Colativa (perteneciente al clero ordinario)
titulada de San José, con el gravamen de una Misa cantada anualmente
en la misma Ermita, otra misa con su Vigilia en el día del
aniversario del Ilmo. Señor D. Fr. Juan Muñoz de la
Cueva Obispo que fue de la Diócesis de Orense, y otra también
con Vigilia en el aniversario del fundador D. José Martínez.
Los bienes asignados a esta Capellanía consistían, además
de la casa principal por la que pagaba de alquiler al Obispo 15 reales,
otra de 4 reales de alquiler en Compostela; la hacienda se componía
de siete fincas de varias calidades y buenas dimensiones por las que
pagaba de pensión tres reales. Tenía de ganado suyo
propio dos bueyes, y en aparcería, una vaca con su cría
y treinta novillos; además, tenía doce colmenas. En
el año 1.753 esta Capellanía la llevaba el Canónigo
D. Juan Antonio Martínez, Teniente y Cura.
La poseía en el año de 1.787 D. Pedro Fiollega Abad
de Cabreloáis, y desde el fallecimiento de este “no hay
noticia de otro Capellán, ni menos aparece noticia del original
de esta fundación"; los bienes de esta Capellanía,
en el año 1.831, los tenía o los administraba Manuel
José Araujo, de nacionalidad portuguesa, y habitaba la casa;
cumplía con algunas cargas, aunque se apreciaba la decadencia
y el desorden de esta Capellanía, como reconoce el propio Visitador
Pastoral en 1.831, que le recordaba al administrador Sr. Araujo que
“deberá hacer constar las cargas con cuales ha cumplido,
y cuales haya dejado de cumplir”.
La venta de bienes eclesiásticos especialmente de obras benéficas
(1.855-56), que trajo consigo la Ley desamortizadora de Mendizábal,
permitió la adquisición de los bienes de la Capellanía
de San José de la Escusalla a un emigrante de Padrón,
cantero, padre de Feliciana y bisabuelo de Rosa González Silva,
citada anteriormente, en cuyas manos y de otros descendientes está
actualmente la propiedad del inmueble.
Del fantasma nada se sabe últimamente, aunque, para ahuyentar
a los buscadores de tesoros que por las noches con pico y palanqueta
están moviendo losas y dañando el patrimonio arquitectónico
de la casa, incluso robando alguna pieza singular como la pila bautismal
de la Ermita, es necesario que dé urgentemente alguna señal
de que sigue ahí.
José Lamela Bautista