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JOSÉ LAMELA BAUTISTA

Escusalla, un fantasma que se desvanece

Muchas son los misterios que se cuentan sobre la casa de la Escusalla, y si nos adentramos en la lógica de considerar que en todos los relatos hablan de apariciones espectrales, un elemento común asociado al terror natural que trasmite, casi podemos asegurar que en la casa hay un fantasma. No pontificamos su existencia como verdad absoluta, porque partiendo de la formación que nos ha sido inculcada desde pequeños, tenemos ciertas dudas de que los fantasmas existan.
Desde luego la Casa de la Escusalla, situada en las estribaciones del Xurés, cerca del lugar de Compostela, reúne las condiciones necesarias para hacer creer que los fantasmas existen: Tiene origen en tiempos inmemoriales, es de misteriosa procedencia, singular importancia arquitectónica, oscuro recuerdo histórico, infinidad de leyendas negras en su entorno y una ubicación geográfica con el fondo puesto en la horrorosa montaña del Franxoso.

FANTASMAS
Dicen que el fantasma que se movía por la casa en las noches de luna llena, se presentaba como un fraile encapuchado y con hábito blanco, acompañado de dos damas. La forma y presencia de este conjunto fantasmal obedecía a las leyes de la perspectiva, parecía sólido y producía ruido sincronizado con el movimiento de sus pasos; en cambio, atravesaba las paredes o puertas que se abrían y se cerraban mientras las puertas “reales” permanecían cerradas, y jamás se les escuchó decir algo; así lo ha visto, el tío Roque, un antiguo guardia portugués que se refugió en la casa a principios de siglo pasado; la muerte de este antiguo guardiña, está vinculada a una de estas terroríficas apariciones, y desde entonces ya nunca nadie más vivió en la Escusalla. Un fraile paseando, ora en el patio, ora en el balcón fue visto por otras personas. En la Fiesta de Nuestra Señora de la Magdalena, escuché de una mujer ya mayor, contar la experiencia de unos mendigos portugueses que pernotaron una noche al abrigo de la casa, y que huyeron despavoridos al aparecer misteriosamente por la casa varios frailes, aterradoramente revoltosos, sobre todo uno con joroba al que denominaron “marrequiño”.
A tenor de estas apariciones y también por la magnífica capilla adosada, la tradición le asigna un origen clerical a la casa, y las opiniones se reparten entre un antiguo Cenobio, una Casa de la Inquisición y como Casa Rectoral.

LEYENDA NEGRA
Las cosas importantes, cuanto están escondidas tras un pasado oscuro, tienden a desatar la fantasía, y por tanto, nada nos puede extrañar que en torno a esta casa surgieran infinidad de historias y leyendas negras. La leyenda más escuchada y que relaciona las apariciones -como sucede siempre en estos casos- con antiguas violencias, dice que vivía en esta residencia un cura llamado Roiz, párroco de Manín. Este cura contrataba a gente de otros lugares, sobretodo portugueses, para los trabajos del campo. Cada temporada al terminar la faena, mataba a los jornaleros y los enterraba en el patio para no satisfacer los salarios adeudados.
La versión que le facilitó a Antonio Piñeiro una de las propietarias, Rosa González Silva, de 80 años, dice que la casa había sido construida sobre el año 1.700; su bisabuelo, un cantero de Padrón se mudó a vivir aquí a finales del siglo XIX, comprándola a un cura, que la había heredado de un fraile “muy misterioso”.

HISTORIA
Es doloroso interrumpir toda esta apasionante serie de tradiciones y misterios seculares, para tener que echar mano del pragmatismo frío de los archivos y poner orden, fechas y datos a la Casa de la Escusalla. El rigor que exige la historia tiene estos inconvenientes. En todo caso, nos limitaremos a recurrir y cruzar los datos de dos fuentes documentales: el Libro de Visitas Pastorales a Manín del 10-9-1831 y el Real de Eclesiásticos del Catastro de Ensenada de Traspórtela del 22-8-1753
La Casa de la Escusalla, según estos documentos, se construyó a principios del siglo XIIX por el Abad de Manín, Don José Martínez y Parga; solo se explica el poder económico suficiente de un párroco para construir esta casa, al derecho secular que tenían los abades de Manín de los diezmos propios de su parroquia, disponer además de la mitad de los diezmos de la parroquia de Lobios; el Abad de Manín, pues, cobraba en tributos al año más de 6.500 reales, cuando la media de los ingresos de los demás vecinos rondaba los 350 reales anuales.
Sobre la Ermita que lleva adosada esta Casa, fundó el citado Abad una Capellanía Colativa (perteneciente al clero ordinario) titulada de San José, con el gravamen de una Misa cantada anualmente en la misma Ermita, otra misa con su Vigilia en el día del aniversario del Ilmo. Señor D. Fr. Juan Muñoz de la Cueva Obispo que fue de la Diócesis de Orense, y otra también con Vigilia en el aniversario del fundador D. José Martínez.
Los bienes asignados a esta Capellanía consistían, además de la casa principal por la que pagaba de alquiler al Obispo 15 reales, otra de 4 reales de alquiler en Compostela; la hacienda se componía de siete fincas de varias calidades y buenas dimensiones por las que pagaba de pensión tres reales. Tenía de ganado suyo propio dos bueyes, y en aparcería, una vaca con su cría y treinta novillos; además, tenía doce colmenas. En el año 1.753 esta Capellanía la llevaba el Canónigo D. Juan Antonio Martínez, Teniente y Cura.
La poseía en el año de 1.787 D. Pedro Fiollega Abad de Cabreloáis, y desde el fallecimiento de este “no hay noticia de otro Capellán, ni menos aparece noticia del original de esta fundación"; los bienes de esta Capellanía, en el año 1.831, los tenía o los administraba Manuel José Araujo, de nacionalidad portuguesa, y habitaba la casa; cumplía con algunas cargas, aunque se apreciaba la decadencia y el desorden de esta Capellanía, como reconoce el propio Visitador Pastoral en 1.831, que le recordaba al administrador Sr. Araujo que “deberá hacer constar las cargas con cuales ha cumplido, y cuales haya dejado de cumplir”.
La venta de bienes eclesiásticos especialmente de obras benéficas (1.855-56), que trajo consigo la Ley desamortizadora de Mendizábal, permitió la adquisición de los bienes de la Capellanía de San José de la Escusalla a un emigrante de Padrón, cantero, padre de Feliciana y bisabuelo de Rosa González Silva, citada anteriormente, en cuyas manos y de otros descendientes está actualmente la propiedad del inmueble.
Del fantasma nada se sabe últimamente, aunque, para ahuyentar a los buscadores de tesoros que por las noches con pico y palanqueta están moviendo losas y dañando el patrimonio arquitectónico de la casa, incluso robando alguna pieza singular como la pila bautismal de la Ermita, es necesario que dé urgentemente alguna señal de que sigue ahí.

José Lamela Bautista

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