COLMENAR DE OREJA


Mi nombre es Juan Rodríguez Duran, y aunque actualmente resido en Alcalá de Henares, he creado esta pagina para dar a conocer un poco mas de mi pueblo, que es Colmenar de Oreja

(Gran parte de la información e imágenes para estas paginas ha sido obtenida en : libros Colmenar de Oreja y su entorno de Constantino Hurtado Fernández  y Colmenar de Oreja (1881-1991) editado por el Ayuntamiento, pagina oficial del Ayuntamiento -www.colmenardeoreja.com-  y catalogo del museo , así como de los reportajes publicados en la revista “Administración Local”, editada por la Consejería de Justicia y Administraciones Públicas de la Comunidad de Madrid en su número de marzo de 2004., escrito por Ángel Benito Garcia.) 


ORIGEN Y FUNDACION DEL PUEBLO

Oreja estuvo y está, ya casi reliquia, al otro lado del río Tajo, equidistante 12 Km. de Aranjuez y Ocaña. Colmenar de Oreja nacería mucho mas tarde y a 9 Km. de distancia. En la primitiva  Oreja tendrá lugar buena parte de lo que aquí se cuente. 

La dominación romana: Los romanos buscaban lugares concretos donde situar sus castros, Oreja reunía condiciones especiales: Su altura y apariencia que la hacían casi inexpugnable y servía de atalaya, cercanos, el río y la vega ofrecía los indispensables suministros para el mantenimiento de las fuerzas y los enclaves.  Oreja y Colmenar de Oreja, nombres castellanizados de los latinos Aureliae y Apis Aureliae, fueron en la antigüedad partes de un todo, en la que Oreja era la cabeza y Colmenar un anejo, donde encontraron grandes depósitos de piedra caliza, blanca y pura, de gran valor para la escultura de estatuas y construcción de monumentos. Ambos poblados son un producto de la dominación romana, y deben su nombre a que el asentamiento romano se hizo en la época del procónsul Scipión y del cónsul Aurelio, si bien, numerosos hallazgos arqueológicos sitúan la derrota que Aníbal infringió a los carpetanos en el 220 a.C. por debajo de Oreja, en el paraje hoy llamado VALDEGUERRA”  donde llego con 99.000 hombres, 12.000 caballeros y 40 elefantes, (los primeros tanques de la historia).

Los árabes llegarían después a Oreja con ánimos de restaurar el esplendor de su vieja fortaleza. Una gran polvareda y un ruido cada vez más intenso obligaron a emprender el vuelo a cientos de aves que anidaban en los grandes árboles de la ribera del Tajo, bajo el puente de Alcántara. Los vigías del castillo de San Servando, apostados en las cilíndricas torres de sus ángulos, vislumbraron un enorme gentío de armados que proyectaban hacia la fortaleza, hiriendo los ojos, el reflejo de los últimos rayos del sol sobres sus escudos y aceros. Los templarios, que guardaban la fortaleza por encargo del emperador, dieron cuenta a su esposa Doña Berenguela de la aproximación de un ejército de almorávides, que hasta donde llegaban sus ojos, comenzaba a situarse al otro lado del río y a acomodar sus tiendas, fogones y aparatos de guerra, amenazando con cruzar por Alcántara.

No cabía duda ya de que habían atacado Toledo y de que sitiaban el castillo. Su esposo, el emperador Alfonso VII, hijo de la reina Doña Urraca, hija ésta de Alfonso VI, no estaba a su lado, ocupado que se hallaba en la conquista del castillo de Oreja. La emperatriz no estaba en exceso preocupada y en las dependencias reales situadas en la amplia y cuadrangular torre del homenaje, pidió a sus doncellas que le contasen, una vez más, la historia de la princesa mora Zaida, quien medio siglo antes, allá por el 1091, muerto que fue su marido, el gobernador de Córdoba, por los almorávides de Yusuf ben Taxufin, se había ofrecido en matrimonio al Rey Alfonso VI.

  Una historia de caballeros

    Y las doncellas contaron a Berenguela que Alfonso VI, el abuelo de su esposo el emperador, se había casado en cinco veces, la última con la reina Berta. Pero que nunca había estado tan enamorado como lo estuvo de Zaida, con la que vivió y con la que tuvo varios hijos, entre ellos, el príncipe heredero Sancho Alfónsez, que nació en 1093. A la muerte de la reina Berta, la princesa concubina fue bautizada con el nombre de Isabel y se desposó con el rey Alfonso. Se amaron profundamente hasta, que un mal parto, una fría mañana de enero de 1106, murió Zaida, dejando sumido al rey Alfonso en una profunda pena, que se agravó tras la muerte en Belinchón de Sancho, el hijo de ambos, a manos de los almorávides y tras la batalla de Uclés. Corría el año 1108, y unos meses después, triste y agotado, falleció el rey, el abuelo de su esposo el emperador.

Y mientras los leños de encina se consumían plácidamente en el hogar de la estancia real, contaron una vez más, las doncellas a Doña Berenguela, que Zaida, enterrada a Sahún de Campos a la orilla izquierda del río Cea, había entregado como dote de su boda el Castillo de Oreja, que desde 1091 perteneció al reino de Castilla, hasta que el rey moro Amázdali lo ganó en la batalla a la reina Doña Urraca, madre de su esposo el emperador Alfonso VII. Y que está era una pérdida que Doña Urraca nunca había olvidado, pues le constaba el profundo cariño que su padre, el rey Alfonso VI, abuelo del emperador, le tenía a la plaza de Oreja.

Allí estaba ahora el emperador, en los cortados del Tajo, sobre los antiguos asentamientos íberos, donde los carpetanos plantaron batalla a Aníbal y donde se asentaron poblados romanos en la época de escisión y del cónsul Cayo Aurelio, quien dio el nombre al paraje y a la actual fortaleza. Allí estaba el emperador con todas sus tropas, desgastando con su sitio a los almorávides, recién iniciado el año 1139, en un castillo próximo al de Oreja que expresamente había construido para llevar a buen término su conquista (“in illo castello novo quod fecit imperator predictus iuxta Aureliam quando eam tenebat obsessam... “).

Tres meses llevaba, pues, la emperatriz Berenguela en San Servando, a las puertas de Toledo, sin ver a su esposo, el emperador Alfonso VII, cuando los caballeros templarios, ciertamente nerviosos, tomaron posiciones tras las ventanas de los matacanes de las torres y de los muros, y urgían de Doña Berenguela las órdenes para mejorar la defensa del castillo. Y la emperatriz, en calma absoluta, dictaba a sus secretarios el pliego dirigido a los atacantes en los siguientes términos:

“Hija soy de Raimundo Berenguer de Barcelona, muerto hace ahora nueve natividades, e hija soy de Doña Dulce de Provenza. Cuando por ellos fui entregada en matrimonio a mi esposo, el emperador, me fue explicada la importancia de mi presencia junto a él, y se me ilustró sobre el valor de mi vida, y sobre el valor de mi muerte. Desde entonces no temo ni al día de las pompas ni a la noche de las guerras. Preparada estoy, pues, para morir en cualquier instante, como mujer y como emperatriz. Y lo haré, si es menester, en la defensa de este castillo de San Servando, si a vos os quema la vergüenza de guerrear contra una mujer, sabiendo como sabéis que mi esposo, el emperador, se halla en conquista de Oreja, a no muchas leguas de aquí, donde con su ejército podría ofreceros la batalla que tanto parecéis anhelar como miedo parecéis tener…”

Terminada que fue la carta, un mensajero la condujo hasta los reyes, príncipes y jefes sarracenos quienes, desde sus tiendas, vieron sentada en su solio real, sobre la torre más alta del castillo, vestida como correspondía a la mujer del emperador. Y los reyes, los príncipes y jefes sarracenos se avergonzaron y, tras inclinarse para saludar a la emperatriz, ordenaron el levantamiento del sitio.

Pocos meses después, en octubre de 1139, cayó rendida Oreja y, en consecuencia, su anejo Colmenar, y el emperador, tras nombras Alcayde y mandar reparar el castillo, emprendió camino a Toledo, donde le esperaba su mujer y desde donde, sólo un mes después, otorgó el “Fuero de Oreja”, para facilitar la repoblación de la fortaleza y de sus alrededores, Fuero que es considerado como uno de los más importantes e innovadores del medievo español y que se guarda en el Archivo Histórico Nacional.

De todo este novelesco, pero fundamentado relato, ha de quedarnos la verdad de que Oreja fue una fortaleza de enorme valor estratégico, que anduvo pasando de manos cristianas a moras y de moras a cristianas. Y de que a su alrededor, ya de antes de los descritos episodios y con más razón tras la promulgación del Fuero, se constituyeron varias aldeas en la ribera del Tajo y en su proximidad, tales como Villafranca, Castellanos, San Juan, San Pedro, Carabaña y Torrejón, que fueron pobladas, en muchos casos, por quienes habían participado en la conquista de Oreja.

Un Fuero Vanguardista

El Fuero de Oreja asignó al Castillo de Oreja un vasto término dividido por el Tajo, y que en su margen derecha coincidía básicamente con el actual Colmenar, extendido entonces hasta Fuentidueña y Villarejo y, por el otro extremo, hasta Aranjuez. En la margen derecha del Tajo incluyó Oreja y Noblezas. Y la población de tan gran término se encontraba repartida en los dos núcleos urbanos, que no aldeas, que existían dentro de la demarcación del Castillo: Oreja y Colmenar, el primero escaso (pues Oreja, por su emplazamiento, fue una creación para la guerra); y el segundo, más numeroso, situado en la altiplanicie conocida geográficamente como prolongación de la Alcarrria. El anejo Colmenar aparece ya entonces como un núcleo amurallado situado a la izquierda de un barranco, desde su comienzo en el Zacatín (donde se ponían los moriscos a vender sus telas) y hasta las Arroyadas.

Llegamos así al año 1209, en el que Alfonso VIII dona a la recién creada Orden de Santiago el Castillo de Oreja y sus aldeas, tierras, viñas, prados, montes, términos, pesqueras,…,es decir, todo lo que un Rey de entonces podía dar, que era todo o más que todo. Y la Orden de Santiago administró la Encomienda de Oreja durante 331 años, en los que Colmenar, con rango de Villa desde 1440, se convierte en el pueblo más pujante de los que integraban la Encomienda, gracias a las prerrogativas y derechos de que gozaban sus habitantes emanados todavía del Fuero de Oreja, y gracias a que la Orden prefirió potenciar los grandes núcleos poblacionales en detrimento de las aldeas diseminadas por el término.

Así fue que las gentes de Oreja, y de las aldeas de Villafranca, el Torrejón, Castellanos, San Juan del Valle y de San Pedro se fueron trasladando al Colmenar, que no pudo ya darles cobijo dentro de su amurallado recinto, por lo que estos nuevos pobladores (francos, castellanos, africanos,…) tuvieron que construir sus casas al lado derecho del barranco, rodeando el importante templo santiaguista que ya existía a mediados del siglo XIII. Y tanta gente fue a morar a Colmenar que en 1540 tenía ya 761 vecinos, o 2.869 habitantes, distribuidos entre la parte vieja y amurallada, que llamaron Villa, y la parte nueva que llamaron Arrabal, separadas ambas por un angosto barranco.

La variedad de los pobladores, de sus orígenes, de sus oficios, y los amplios y reales derechos a ellos otorgados por el Fuero de Oreja habían convertido a Colmenar en uno de los pueblos más importantes de Castilla. Y entre estos privilegios baste destacar la existencia de la excarcelación criminal y del medianeo para los pleitos civiles, o la posibilidad de que los vecinos del territorio pudieran pleitear antes sus propios jueces, sin los trastornos de un largo viaje a otro tribunal.

La existencia de Colmenar de hoy se basa en el ofrecimiento que, como dote, hizo Zaida del Castillo de Oreja a Alfonso VI; y la gallardía de Doña Berenguela para que su esposo, el emperador Alfonso VII, pudiera llevar a buen término la reconquista de Oreja y, como consecuencia, para que éste otorgara el importantísimo e histórico Fuero, que tanto carácter y tanta prosperidad imprimió a los pobladores de Colmenar. Los años de 1091 a 1648 pasan, pues, marcados por dos mujeres. Y en este año 1498, un acontecimiento en el que interviene otra mujer en Colmenar, es digno de ser descrito, pues tuvo que ver con la llegada al trono de Isabel la Católica.

Enrique IV tuvo una hija, la infanta Juana, a la que pusieron por apodo la “Beltraneja”, por considerar muchos que no era hija del Rey sino del noble Beltrán de la Cueva. Como consecuencia de ello, unos tomaron como sucesora a Doña Juana y otros a Don Alfonso, hermano del Rey. Y la amenaza de un inminente conflicto sucesorio se resolvió con la célebre Concordia de los Toros de Guisando, en la que Enrique IV, poniendo en entredicho su propia honra, se avino a declarar como única y legítima heredera a su hermana Isabel (la futura Católica), apartando de esta manera del trono a su propia hija, la Infanta Doña Juana. Mandó entonces Enrique IV una carta a todos los grandes y nobles de España que no habían estado en la Concordia de los Toros de Guisando, para que aceptaran su decisión. Pero no todos lo hicieron, como el Conde de Tendilla quien, en nombre de la princesa Doña Juana, mando una cara de protesta ante el Papa, protesta que el propio Conde colgó en la puerta de la Iglesia de Santa María la Mayor de Colmenar de Oreja, donde residían entonces el Rey Enrique IV y su hermana, la futura Isabel la Católica. Y si eso fue posible tuvo que deberse, con seguridad, a que Colmenar era tierra partidaria de Doña Juana, pues de otra manera y sin el apoyo y complicidad de sus habitantes, el Conde de Tendilla no hubiera tenido la posibilidad de ultrajar al Rey tan cerca, ni de llegar con su escrita protesta ante la magnífica entrada del templo de Colmenar de Oreja donde hubo de ser vista, forzosamente, por el monarca.

Tenemos ya a Colmenar convertida en pieza clave de la Encomienda de Oreja y en pueblo rico y principal de los de Castilla. Tanto es así que es el propio Papa Paulo III quien roma y el 3 de julio de 1540, autoriza a Carlos I, el nieto de los Reyes Católicos, a que saque las villas de Colmenar, de Oreja y de Noblejas de la jurisdicción de la Orden de Santiago para tomarlo para el propio emperador. Y si Carlos, el I de España y el V de Alemania, no tomó para sí todo el término que tras el Fuero de fue asignado a Oreja, fue porque el Duque de Maqueda, Don Diego de Cárdenas, firmó con el Emperador un contrato, redactado y otorgado ni más ni menos que en la Haya en 4 de agosto de 1540, mediante el cual cedía al Emperador un numerosísimo bloque de terrenos a cambio de conservar las villas de Oreja, de Colmenar y de Noblejas.

A ese año de 1540, en que Carlos I limó parte de nuestro término para agrandar su Real Sitio (el de Aranjuez), le siguió el empeño de otros monarcas de continuar su ejemplo, desde su hijo Felipe II hasta el Borbón Carlos III.

Hemos visto el interés que el Duque de Maqueda tuvo en mantener Oreja, Colmenar y Noblejas. Y hemos de adivinar en ese interés del Duque una enorme confianza en las posibilidades de Colmenar. Porque efectivamente, durante el largo período denominado de señorío, en el que el gobierno de Colmenar estuvo bajo el mandato de los Señores de Colmenar de Oreja, o de los Condes de Colmenar de Oreja, durante ese largo período decimos, Colmenar de Oreja se desarrolló de una manera espectacular. Pasó de los 2.869 habitantes vistos en 1540 a los 4.618 de 1751, lo que le convirtió, tras la desaparición de los señoríos en 1811, en el segundo pueblo más importante de los de Madrid, tras Alcalá de Henares, y muy por delante de otros como el mismísimo Aranjuez.

En los años de Señorío (1540-1811), Colmenar edificó la monumentalidad que hoy tiene e, incluso, asentó las industrias y los comercios que ya no tiene. Construyó su Casa Consistorial y el edificio del Pósito sobre su imponente y arquitectónicamente soberbia Plaza Nueva, hoy mayor; edificó los Conventos de las Agustinas Recoletas, el Monasterio de San Bernardino, el Hospital de la Caridad, hoy teatro; amplió la antigua iglesia santiaguista con una larga nave hasta su herreriana torre y adosó a sus costados las capillas del obispo de Fosant y del Amparo. Construyo el Humilladero, puso en riego toda la ribera del Tajo y puso en marcha las canteras de caliza que tuvieron masiva aplicación en el Palacio Real de Aranjuez y en el de Madrid. Inició la fabricación de las tinajas en sus más de treinta hornos en febril actividad para suministrar a todas las bodegas de España. Y en fin, proliferaron buenos artesanos en los más diversos géneros, desde el esparto hasta el anís y el jabón.

Amén de la supervivencia, aun, de ciertos privilegios que perduraban del Fuero, hemos de atribuir esta frenética actividad empresarial y comercial a la buena administración local de los Señores de Colmenar quienes, en más de una ocasión, tuvieron que pactar la gobernación de la villa, y hasta el nombramiento del Corregidor, con los lugareños.

Pero esta actividad estuvo también empañada por las sucesivas guerras civiles que salpicaron España, como la que se padeció tras la muerte sin heredero de Carlos II, cuando disputaron la corona el Archiduque Carlos de Austria y Felipe V. Y así pasó que desde el 15 de agosto de 1706 hasta el 8 de septiembre de ese mismo año, más de 5.000 hombres del ejército inglés del Archiduque tomaron Colmenar de Oreja, e hicieron tal destrozo de bienes, cosechas, y cometieron tales tropelías en las haciendas del lugar, que ya coronado Rey Felipe V, compensó a Colmenar con dos años de perdón en la remisión de tributos al Rey. También es cierto que los colmenaretes, en suplicante carta, habían pedido cuatro.

De Villa a Ciudad

Colmenar de Oreja, no obstante, seguía avanzando en riqueza y en población. Así estaba, próspera y dinámica cuando Fernando VII se hizo efectiva la abolición de los señoríos, iniciándose en España y en Colmenar el período constitucional. Y tanta riqueza debía traer consigo la existencia de algún colmenarete ilustre, como la del doctor en teología Don José María Moraleja, que acompaño a Riego en su entrada triunfal en Madrid, obligando a Felipe VII, desde 1820 a 1823, a aplicar la constitución. Y seguramente por esta significación, un batallón de los Cien Mil Hijos de San Luis se acantonó en Colmenar de Oreja. Sucedió luego que, asegurado su trono, Fernando VII nombró heredera a su hija Isabel, lo que trajo consecuencia el inicio de las guerras carlistas, en las que los colmenaretes tomaron decidida postura a favor de la futura Isabel II en los siguientes términos literales:

“Vuestro Ayuntamiento de la Villa creería faltare a sus más sagradas obligaciones si no se apresurase con noble entusiasmo a felicitar a V.M. por el juramento de la Princesa Doña María Isabel Luisa para heredera de la Corona a falta de varón… ” prometiendo que “la villa de Colmenar de Oreja, siempre fiel a sus augustos soberanos y decida por principios a defender, si necesario fuese, con las armas en la mano, la sucesión directa al trono de V.M.”

Y para celebrarlo el Ayuntamiento organizó un “Te Deum”, y varias corridas de novillos, y comedias. Y a fe que tuvo que utilizar las armas, porque en 1837, las tropas carlistas se apostaron a las puertas de la fernandina Colmenar de Oreja, poniendo en verdadero peligro a sus habitantes. En la división de España en provincias de 1833, Colmenar de Oreja quedó incorporada a Madrid en la que, como hemos visto, nuestra villa ocupaba el segundo puesto en importancia tras Alcalá. De todo el esfuerzo de Colmenar de Oreja por querer ser, querer estar y querer contar en España, dejó, por fin constancia el Real Decreto dado en Palacio por Alfonso XIII en el 21 de febrero de 1922, que dice:

“Queriendo dar una prueba de mi real aprecio a la villa de Colmenar de Oreja (Madrid) por el desarrollo creciente de su agricultura, industria y comercio, y su constante adhesión a la monarquía, vengo a concederle el título de ciudad”.

Para entonces, con ferrocarril propio incluido, la historia de Colmenar quedaba redactada. Y con tanta firmeza que el General del Directorio Don Antonio Mayandía le contó a su Presidente, el General Primo de Rivera, que había convocado una reunión a todos los municipios de Madrid, a la que habían asistido todos menos “el estado libre de Colmenar de Oreja”. Y aquí dejamos la historia, porque con lo contado, quienes anden por nuestras calles pueden recomponer mentalmente, a poco que la imaginación les acompañe y la curiosidad les pique, aventuras, leyendas, dichos y verdades sobre los casi mil años de historia de Colmenar de Oreja.

                                                                


SITUACION

 En la meseta de la región hidrográfica de los ríos Tajo y Tajuña se halla situada la villa de Colmenar de Oreja, a los 40º 07' 00"de latitud Norte  y los 5º 47' 30" de longitud Este, del meridiano de Madrid, ". Su altitud al nivel del Mediterráneo es de 753 metros en el batiente de la puerta Norte de la Iglesia de Santa María.

 

Tiene acceso por la A-3 tomando el desvío de la M-404 a la altura del kilómetro 50 en Villarejo de Salvanés hasta Belmonte de Tajo y desde allí por la M-303 hasta Colmenar de Oreja, o bien tomando anteriormente  la salida 41 hacia Perales de Tajuña/ Tielmes/ Valdelaguna, continua después por la M-317 hasta Valdelaguna y desde allí por la M-315 hasta Colmenar de Oreja. Otro camino posible es desde la A-3 por la M-307, kilómetro 21, poco antes de llegar a Arganda del Rey, siguiendo por ella se toman sucesivamente la M-311 y antes de Morata de Tajuña la M-313 hasta Chinchón y a continuación Colmenar de Oreja. Por último existe la posibilidad de llegar por la A-4 hasta Aranjuez, allí, tomar la M-305 y el desvío poco después de la M-318 directa hasta Colmenar de Oreja.

 

El punto mas alto del termino está situado el sitio denominado Navarredonda, cuya altitud es de 780 metros, y él mas bajo el del río en su entrada en el termino cuya altitud es de 250 metros, siendo, por tanto, su desnivel de 260 en una distancia máxima de 9 kilómetros. Esta elevación hace que las condiciones de salubridad sean sumamente satisfactorias. Su termino confina por el Norte con los de Valdelaguna, Chichón y Villaconejos; por el Sur. Con la provincia de Toledo y términos de Villarubia de Santiago, Noblejas, Oreja, Ocaña y Aranjuez, en la línea divisoria de las aguas del río Tajo; al Este. con los de Belmonte de Tajo, Villarejo de Salvanes y Villarubia de Santiago, y al Oeste, con el termino de Aranjuez.

Su extensión superficial es de 12.567 hectáreas 80 áreas y 25 centiáreas. Su mayor diagonal, que puede trazarse de E. a O., es de 21.450 metros y de N. a S., de 11.250 metros. La parte no cultivada de este término se forma de montes, cerros, barrancos y prados o valles cuya extensión es de 3.846 hectáreas 81 áreas y 25 centiáreas. Los montes, cerros y valles daban bastante utilidad: los primeros con su leña de pino y pastos para el ganado, los segundos en esparto, y los terceros en pastos para ganado lanar y mular.


SU ESCUDO

Desde antiguo, el hombre siempre ha temido al hombre y ha conocido el arte de protegerse. La primera invención, entre las armas fue el escudo.

El escudo o blasón de Colmenar de Oreja, recuerda el llamado cetra, pequeño y redondo de los iberos y aun más la adarga –según el diccionario "escudo de cuero de forma ovalada o de figura de corazón"- si no fuera  porque para su caprichosa ideografía prefirieron una valva de la venera santiaguista. En la parte superior, sobre escarpadas cima, un castillo, bordeando la colina, un río. A la parte inferior, tras murallas almenada, un oso empinado abraza una colmena y  otras seis colmenas agrupadas descansan en el suelo. Fuera del campo, en la parte superior y a especie de coronamiento, una venera flor de lis superpuesta, y otra venera en la base. Bordea el conjunto de la leyenda Apis Aureliae. Se dice que este escudo puede catalogarse entre los llamados "parlantes", pues sus figuras  dan pie a la interpretación del hombre, y son toda una síntesis histórica desde los orígenes de Colmenar de Oreja, pero sin traspasar el período santiaguista, dado que ninguna alusión contiene a las situaciones correspondientes a épocas posteriores. Y así tenemos que el castillo representa la fortaleza de Oreja, cabecera del territorio general; el río, al Tajo, partiendo ese territorio general en dos porciones, constitutiva del término de Oreja la de allende y del término de Colmenar la de aquende; las colmenas son el Colmenar de Oreja, integrado por sí, representado en la colmena que abraza el oso, y por las seis aldeas de Villafranca, El Torrejón, Carabaña, Castellanos, San Juan del Valle y San Pedro que en él se reunieron y aparecen representadas una en cada una de las colmenas que descansan en el suelo; la muralla almenada denota cómo así lo estaba el Colmenar; la forma de corazón que adopta y su coronamiento con una concha o venera y flor de lis superpuesta se refieren a signos relacionados con la divisa de la orden de Santiago; y, al fin la leyenda latina Apis Aureliae, que le bordea, viene a recordar el origen romano de Colmenar de Oreja como aldea de la romana Aurelia, luego llamada Oreja. Del Escudo reseñado e interpretado de manera vulgar y que  luce en la fachada principal de la Casa Consistorial, para la cual fue labrado en piedra de Colmenar el año de 1798, nada se sabe sobre cuándo y quien se le concedió a Colmenar de Oreja, siendo bastante probable, dadas sus características, que proceda de la época en que Colmenar estuvo sujeto a la Orden de Santiago y dentro de ella al momento en que se le dio el rango de Villa (entre 1440 y 1453) o en el que quedó plenamente eximido de la jurisdicción de Oreja en el año 1513.

A través de  "Sus Fiestas" se pueden ver las fotografías de los encierros

                

      

      

     

  

       

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juanrduran@hotmail.com  Página actualizada el 22/05/08.