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El pequeño pueblo de
la montaña palentina de Santa María de
Redondo conserva en su iglesia, incorporada a un retablo
dieciochoesco, esta interesante estatua de la Virgen con el Niño,
venerada bajo la advocación de Nuestra Señora de Viarce o Biarce.
Únicamente reseñada por el Inventario de la Provincia
(Martín González et alii, 980, p. 201 y fig. 175), no hace mucho ha
sido objeto de una fuerte intervención durante la cual se han
retirado las coronas metálicas que decoraban sus cabezas.
La imagen procede del cercano y ya desaparecido convento
franciscano del Corpus Christi, también llamado de Nuestra Señora de
Viarce; fundado en el siglo XIII, estaba situado “sobre la cima
de un cerro y al pie de otro mayor, que se asemejan a los Alpes de
Italia” (Miñano y Bedoya, 1979; pp. 89-90). Favorecido por el patronato
de los Condes de Siruela, se componía de una iglesia de nave única con
ábside poligonal, claustro adosado al sur y tras dependencias.
Abandonado durante la invasión francesa, sta estatua, la titular del
convento, fue llevada al pueblo, regresando de nuevo tras la
vuelta de los frailes, donde permaneció hasta la
desamortización. Con la extinción del monasterio fue de
nuevo trasladada, ya de forma definitiva y con autorización del
Obispo de Palencia, a la parroquia de Santa María el 3 de enero de
1836.
Prácticamente nada queda ya de este
cenobio de fábrica
“proporcionada, fuerte y devota” (Martínez, 1989, pp.
134-134); su historia y la de su imagen titular sirvió de tema central
a un romance, que con el título de “Nuestra Señora de
Virase”, fue publicado en Madrid en 1871 (González Lamadrid,
1971, pp. 188-197).
La figura, de canon alargado y estilizado, avanza su pie derecho
adoptando una disposición levemente sinuosa que la confiere cierta
elegancia, realzada por una lujosa policromía imitando ricas telas de
brocado decoradas con motivos vegetales, terminación que aparenta ser
la original, aunque algo retocada y en algún caso repintada. La Virgen viste un
elegante brial rojo estofado con flores, cuerpo ajustado y escote
cuadrado que deja ver la gorguera; sus hombros están cubiertos con un
amplio y rico manto recogido con su mano izquierda contra su
cintura formando una serie de pliegues en V; la policromía de éste
imita un rico brocado de profusa
decoración vegetal, cuya orla dorada ostenta una leyenda en
letras góticas; por debajo de él, asoman los pies calzados y los
pliegues rectos de la parte inferior del brial; lleva la cabeza
descubierta y el pelo largo peinado en largas trenzas onduladas
que caen por delante de los hombros, dejando ver un rostro
ligeramente alargado y de finas facciones, amplia frente y larga y
fina nariz, con los ojos dirigidos al atributo ahora desaparecido
que portaba el Niño en sus manos. Cristo, recostado en la mano
derecha de la
Virgen, viste túnica de cuello y puños dorados,
mientras que su madre sujeta cuidadosamente su pie desnudo con la
mano izquierda, dejando a la vista unos largos y finos dedos.
El atributo que portaba el Niño, en la actualidad retirado o
desaparecido, era un pequeño pájaro dorado, como se puede
observar en el Inventario (Martín González et alii, 1980; fig.
175). Desde la antigüedad pagana este animal era
considerado símbolo del alma que abandona el cuerpo en el momento
de la muerte, aludiendo aquí de este modo al papel de Cristo como Redentor
del género humano. Su incorporación a las imágenes de la Virgen con el Niño
también se ha explicado por la difusión de algunos relatos de los
evangelios apócrifos en donde un ave es protagonista, ya sea el
episodio de los pájaros modelados en barro a quienes el Niño
insufla vida o la leyenda del petirrojo que, para aliviar los
sufrimientos de Cristo en el camino del Calvario, arranca una
espina de la corona manchándose el pecho con la sangre del
Redentor. (Trens, 1946; pp. 545-551).
Estilísticamente esta imagen se puede relacionar con la obra de
los talleres flamencos, en especial con los de Brabante y
Tournai en torno al cambio de siglo, como sugieren algunos
detalles como la disposición incursada de la imagen, el gesto de la Virgen sujetando
el pie del niño, el plegado del manto en diagonal cayendo hacia
los pies, las vestiduras de escotes cuadrados, la orla del manto
con caracteres góticos, etc, elementos que también se verán
reflejados en algunas producciones malinesas, pero con una calidad
en general bastante inferior y menor volumen (Eteyaert, 1994; pp.
51-65M Godenne, 1957, pp. 47-59, fig. 1 y 14). Su medida, inferior
al metro, hace factible la posibilidad de su importación, aunque
tampoco puede descartarse su elaboración local por un artista de
aquel origen o aprendizaje; la ausencia de documentación no
permite resolver este problema.
No podemos dejar de señalar una posible relación entre esta imagen
y la de un San Miguel, de igual cronología y cercanas medidas (74 cm.), existente en
la parroquia vecina de San Juan (Martín González et alii, 1980,
II, p. 185, lám. 164); quizás también proceda del desaparecido
convento del Corpus Christi.
Miguel Ángel Marcos Villán, «La Virgen con el Niño
(Nuestra Señora de Viarce)» en AA.VV.
Las Edades del Hombre.
Memorias y esplendores. Catedral de Palencia.
Palencia 1999; pp. 87-88.
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