La montaña palentina

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Iñigo Arista

Iñigo Arista

PRIMERO DE LOS VASCONES
EDITORIAL MINTZOA, S.L.

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Que corra el vino

 

II

 

Los hombres han vuelto del combate. El niño Iñigo sale a recibirles. Le acompañan su hermano Fortún y los otros niños. Todo el rito iniciativo de la victoria parece un juego aunque no sepan demasiado bien a qué se debe el alborozo. Repiten hurras y frases inconexas que no terminan. Más hurras que ellos imitan. ¡Por Chipia, el que mejor pisa bailando, Antario, fuerte y zurdo como un oso, García y Motza! Por todos los que lucen pelo en cara!

El vino corre a raudales a orillas del Arga. Mejor vino caliente que agua fría. No hay viñas suficientes para tanto gaznate sediento de celebraciones. Habrá tiempo luego de reconstruir torreones y murallas.

Es fiesta en la vertiente sur del Pirineo.

 

            El gran Ïñigo, su padre, acaricia la cabeza de los pequeños. Todavía lleva el flechero en la otra mano. Arquero diestro de doce flechas por minuto. El pequeño Íñigo le admira. Tampoco sabe por qué pero siente cómo todos aman a ese hombre de sencillo pero firme proceder y lealtad no contestada, adalid de tribu patriarcal y jefe de guerra vascón como él lo será con el tiempo. Como de su abuelo, heredará también el magnetismo y el valor del padre.

            Ahora son también soldados con afamada inspiración en la pelea, el arte de la sorpresa de su parte, guardados el veneno y las uñas para la ocasión, lejanos los tribales tiempos en que adoradores del fuego, los muertos y la luna, vestidos de pieles de arriba abajo y cabellos y barbas más largas que hoy, moradores de cabañas de madera o barro sin condición alguna, en ceremonias de sacrificio humano y banquete de congéneres invitados como comestibles de segundo plato, eran sólo cazadores, labradores de montaña y pastores incomunicados de rebaños. Cuando con el mismo fiero aspecto (digamos que no les escogerían para yernos) eran bandas dispersas y dispersadas que sólo cuando se lo proponen hacen grupo y ejército de manual. Igual de pobres y de contadísimos recursos, porque no eran arquitectos ni vidrieros, apenas un puñado de herreros, alfareros y carpinteros entre ellos, pero aves de corral en su Pamplona y no de paso, en la vieja Pamplona que ha padecido tanto...

 

 

©Alfonso Pascal Ros

 

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