ENTRE DOS
TORMENTAS
I
Blanca ha salido de
Peñafiel con destino al palacio de Olite. Su padre, Carlos III de
Navarra y duque de Nemours, siente pròximo el final de su reinado. La
gota que padece mina su cuerpo.
El reinado de Carlos
III ha sido un tiempo de paz que en nada se parece al de su padre, el
menos malo Carlos II, ni al venidero y convulso de Juan II, el
usurpador. Su època es bàlsamo de paz y cuando esto pasa el pueblo lo
agradece.
El sosiego explica un
reinado (tiempo poco propicio para los especuladores) donde Carlos III
demuestra que el diàlogo y los pactos se antojan mejores argumentos
para el gobierno de un pueblo que la fuerza ciega de las armas. El
Noble es vivo ejemplo de cordura que el intrigante sucesor no pierde
tiempo en despreciar.
El rey ha cuidado
amistosas relaciones con Aragòn al tiempo que el respeto mutuo con
Castilla, logrado la devoluciòn inglesa de la Plaza de Cheburgo y
fomentado la convivencia pacìfica de moros, cristianos y judìos.
Estella y Tudela albergan buena poblaciòn de estos ùltimos a quienes
el rey recurre cuando la estrechez se adueña de su bolsa. No es
extraño que mèdicos judìos atiendan a los monarcas y a su
descendencia.
Carlos III, el rey
Noble, piadoso y amante del arte y los artistas, ilustrado y
caritativo de almas, serà llorado largamente por un pueblo
inconsciente aùn de cuanto se avecina. Su muerte abre la caja de los
truenos de autoridades que arrastran a Navarra a la pèrdida de su
independencia.
Algùn negro nubarròn
presiente el monarca cuando hace llamar a Blanca a Peñafiel. Y ella
llega a tiempo de ver con vida a su padre y de escuchar de sus labios
la premoniciòn que vislumbra
tras su fallecimiento. Leonor de Trastàmara, la reina, hace diez años
que ha precedido en la Gloria a su marido. Muerta en Olite, para los
dos pide Carlos el deseo de cristiana sepultura en el coro de la
catedral de Pamplona. Ocho hijos han celebrado juntos y la infanta
Blanca, ùnica superviviente de las seis hijas y dos varones, se
perfila como sucesora.
A solas, padre e hija,
el hombre que ha conducido magistralmente los destinos de Navarra
durante casi cuarenta años confiesa sus temores.
Casada de modo
polìticamente correcto con Juan, uno de los infantes de Aragòn a
quienes la controversia anuncia, extraordinariamente ruin incluso
para los estàndares de la Historia, Blanca lleva la perdiciòn por
marido. De nada servirà lo decidido por las Cortes con el rey Carlos
III de que ambos gobernarìan en Navarra mientras el matrimonio
siguiera vigente. Bien claro se dejò que en caso de morir la reina
fueran sus hijos los legales sucesores de la corona. A Juan, venido
como extranjero al reino y reconocido en las capitulaciones como infante mientras a Blanca se
le concede el tìtulo de reina, poco le importò lo que Cortes, Carlos
III, pueblo o Viejo Reino signifiquen. El hijo de Fernando de
Antequera y Leonor de Alburquerque, la rica hembra, atesora demasiada
codicia y artimaña como para pararse a respetar papeles y
legalidades.
Asì y setiembre de
1425, en brazos de su hija, el rey Carlos III devuelve su alma a Dios.
El infante se frota las manos satisfecho cosquilleàndole en las
sienes la corona de Navarra. Carlos, hijo de Blanca y Juan, portador
del nombre de su abuelo, serà la vìctima propiciatoria de la
historia. A èl le corresponde en el reparto el papel del humillado.
Su hermana Blanca, del color de su madre, sobrellevarà tambièn las
consecuencias del trastorno perenne que la desmedida ambiciòn de Juan
practica.
Carlos ha nacido en la
formidable fortaleza de Peñafiel, en la llanura castellana, el 29 de
mayo de 1421. Ha nacido Trastàmara y Evreux. Juan II de Castilla y el
favorito Alvaro de Luna le apadrinan. Y Olite y Olmedo lo festejan
por todo lo alto. La noticia la trae a Navarra el mensajero Rodrìguez
Dìaz de Mendoza, generosamente recompensado. En el plazo de un año
desde su alumbramiento, como lo ordena una clàusula del contrato
matrimonial de sus padres, es traìdo a Navarra para que su educaciòn
se empape y forje en las costumbres y necesidades de su pueblo. Son
años de niñez y aprendizaje.
Èl es el primogènito,
el legal heredero al trono de Navarra si el matrimonio de sus padres
se rompe. Y a èl le siguen Blanca y Leonor. Juana, otra hermana
nacida en Sangûesa, es subida al cielo con sòlo tres años de edad.
Las Cortes reunidas en
Olite el 11 de Junio de 1422 juran a Carlos señor natural de Navarra
y heredero de su abuelo, y de su madre. En nada se cita al infante
Juan.
Al aire de los reinos
medievales de Occidente (delfìn de Vienne en Francia, prìncipe de
Gales en Inglaterra, de Asturias en Castilla y de Gerona en Aragòn),
Carlos III crea para su amadìsimo nieto el principado de Viana el 20
de enero de 1423, tìtulo aplicado en adelante al heredero de la
corona navarra. Comprende este honor primero nuestra villa y castillo
de Viana, con sus aldeas. Y lugares, castillos y rentas, testigo el
Ebro, de las villas de Laguardia, San Vicente de la Sonsierra,
Bernedo, Aguilar, Genevilla, Lapoblaciòn, San Pedro, Cabredo y todos
los sitios del Val de Campezo. Cuenta igualmente con las fortalezas
de Toro, Burandòn, Marañòn y Ferrera sumàndose al principado las
villas de Peralta, Corella, Cintruènigo y Cadreita que, como el
reino, debe permanecer indivisible y vinculado a la corona. Dos veces
en meses en 1460 sitiaràn Viana los castellanos en señal de respeto
con bombardas, trabucos cortantes y otras diversas artillerìas hasta
rendirse al año siguiente a Gonzalo Saavedra para tardar un lustro en
ser reconquistada por el conde de Lerìn y el obispo de Pamplona.
Pero el nieto del rey
Noble no ascenderà el peldaño que convierte al prìncipe en rey de
pleno. En los años que vive con su padre, que son todos, no entrarà
en calor. Si màs vale dar envidia que pena, èl darà a raudales la
segunda.
El de prìncipe de
Viana serà el ùnico tìtulo que no le roben nunca.
La historia del
prìncipe errante comienza.
©Alfonso Pascal Ros
EDITORIAL MINTZOA, S.L.
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