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Dos horas con Mario
La primera vez que Mario me llamó para hablar de poesía,
para confesarme, mejor dicho, que quería conocer este mundillo, sobre todo
aprender y que le diera caña sin reparos, pensé, como siempre que me pasan
estas cosas (gato escaldado que del agua caliente huye), que mejor se
olvidara de todo y no me martirizase presentándose como otro que hace
versos y queriéndome convencer de que en la Literatura Universal hay un
antes y un después de sus ripios. Que se fuera con su mal de altura por donde había
venido. Como si ser poeta, no hay más que verme, fuera lo más recomendable
del mundo mundial. Desventajas de llevar años en el asunto sabiendo lo que
se cuece y a quien cuecen en el panorama poético que, visto desde fuera,
puede sonar a amapolas y amaneceres, nubecillas y fontanas, pero que por
dentro es igual de miserable y chanchullero que cualquier otro. El caso es
que no recuerdo si se lo iba a decir así
de claro o no, pero sí tengo presente que Mario me dejó desarmado con su
humildad y apasionamiento. Porque más allá de sus aciertos y titubeos, de
sus hallazgos e irregularidades, las ganas, sobre todo las ganas, supe que
no iban a faltarle. Y en esas estamos; con todo gusto abriendo su primer
libro, Blanca Mar Entre Silencios,
dando de corazón la bienvenida, la alternativa, a otro letraherido entre
tanto letraherido.
Nada
mejor para un poeta que empieza que empezar andando, valga la
metáfora. Buscar. Y Mario busca. El
punto más corto entre dos puntos es una
metáfora. Hace las maletas y a golpe de
verso, desde tierra adentro, en viaje
iniciático busca poesía y busca el mar.
Con todas sus connotaciones. Es el camino lo que importa. Tiene ganas de
hacer. Es la búsqueda lo que importa.
Metapoéticamente incluso. Y así tropieza
y cae y vuelve a levantarse y sigue
andando y tropieza de nuevo para volver
a levantarse. Para cantar lo que ve y lo que quiere ver. Para poblarse de
lugares que le serán reconocibles y comunes. Para acopiarse de ellos y
empezar a construir un mundo de ilusión al margen del mundo: Pamplona y
Sevilla, Madrid y Granada, el Arga y el Mediterráneo… Para rendir sus primeros
homenajes a quienes ya considera como parte de ese nuevo mundo: Lorca y
Rosalía, Sabina y Chavela Vargas, Curro Romero y Camarón, Alberti… Para
cantar al amor, a la muerte, a quienes nos faltan y a lo que nos falta; a
lo primero que empieza por cantar un poeta. Para jugar con las palabras y
emocionarse desde el mismo título, donde empiezan (amor paterno y amor
marítimo, permitan la expresión) a resumirse y repartirse sus afectos. Y
como ganas de seguir horizontes ya he dicho que no le faltan, me tomo una
parada obligatoria para retener algunos de sus versos: Desolación en tiempos de rebaja, / eres piel a granel al fin y al
cabo,
/ poco más que
el farol de la baraja.
Como
de hipocresías yo las justas, y así que prefiero no saludar a quien me cae
gordo que saludarle para que nos vean, menos aún puedo tenerlas con los amigos
y por eso digo que valoro de Mario, y eso le ennoblece, lo buen encajador que
es. Quizá porque está empezando, pero alguno sé yo que sin empezar ni eso.
Y digo buen encajador porque agradece que le subrayes sus defectos
literarios, metas el lápiz en el verso que cojea o no hay de entrada quien
lo coja, en una imagen que otros han repetido mil veces y nada aporta la
mil una, en cómo contar bien un verso o en cómo descontarlo.
Y él, como una esponja, que sonríe y te
lo agradece y se pone a la tarea sin disculpas de mal pagador. Con más
dedicación si cabe. Ya llegará el momento de atinar a la primera.
Hoy,
como siempre, igual en tiempos de laya que de chip, en estos que en otros
pagos de quebrantos, hoy como siempre, pero sobre todo hoy, me sigue sorprendiendo
para bien que personas como Mario se sientan atraídas por la palabra poética.
Y digo como Mario porque él ya no es un adolescente que pretenda conquistar
con una cuarteta a la doncella de primer curso sino un hombre hecho y derecho
el que se siente llamado, perdón ahora por la cursilería, para este sacerdocio.
Porque es la poesía en sí misma, a pesar del primer párrafo de este funesto
prologuista, lo que salva en buena parte este mundillo de nuestros disparates.
Cuando edificamos versos algo nos hace dignos. Cuando hacemos poesía
estamos haciendo lo más serio del mundo; mejores a los demás, incluso. Renunciando
a demasiadas cosas. Para hobbies, los hobbies. Un poeta se parece a un
hombre práctico como un político de tantos a un benefactor de la humanidad:
en nada. Es un momento mágico el del poeta que pone sus primeras palabras
sobre el papel. Por eso sé lo que habrá sentido Mario:
Préstale el arado a este secano, / para que vea la luz, para
quebrar la tierra…
Y
como nada mejor que seguir andando, le veo andando mucho tiempo, cada vez
más seguro, hasta que logre desprenderse de la mayor parte de sus maletas,
de su ropaje, para encontrar la poesía tal y como es: desnuda frente al mar.
Se habrá desprendido entonces el poema de todo lo que no es poema para que
sólo el verso quede. La propia cabeza te sumará las sílabas de un verso sin
contarlas. Vendrán entonces nuevas estrofas y otro libro donde, en símil
taurino, como algunos de tus versos, Mario, adormecerás las manos
(distinción de buen torero) y dejarás que el verso pase, se haga y fluya
hecho ya poesía al otro lado de la muleta. Te sobrará también, entonces, la
muleta.
Alfonso Pascal Ros
Pamplona y
octubre de 2005
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Granada
Empinado Sacromonte,
la cueva de los Amaya,
por naturales, la luna,
por derechazos, la Alhambra,
tú, mi gitana del alma.
Granada, cristiana y mora,
suenan cascos de caballos
por Albaicín a la aurora.
Y cuando despunta el día,
la fragancia de tus ojos
recorre mi Andalucía.
Ayer soñé que me amabas,
engalanada y ardiente,
pero hoy me despierto solo,
con soledad insolente.
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Poemas
de Mario Zunzarren Angós pertenecientes al libro “Blanca Mar Entre
Silencios”y presentados en nuestra Web
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Añoranzas—Sé que morirás al pairo
—Ciudad de San José—
Amor en el retiro—Otoñeando
Granada—Entre besos y alcohol
Tarde de amor en sueño
Arremángate—Desesperación
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