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Letras De Cambio La tortuga
fue recibida en la playa con una gran ovación. ¿Para qué se marca con tiza la arena de las plazas de toros si no hay un juez de línea? El caballo del picador es un valiente y no
lo sabe. El toro quiere saber qué hay detrás de las
faldas del capote. Al final lo sabe: la muerte. El coche que
hace sonar su alarma cuando se lo lleva la grúa, es un pez que protesta con
el anzuelo enganchado en el
paladar. El cocodrilo debería visitar al
ortodoncista. Las escamas del pez son las tejas que tiene,
para que no le entre agua en su casa. El pan va dejando su caspa por ahí. A la barra de pan le salen hoyuelos en cada
corrusco. El eco sabe jugar al frontón, pero no al
tenis. Las gafas
cabalgan sobre su montura. El verdadero premio del escalón más alto
del podium, es que no se vea la calva del ganador. El éxito de
estos zapatos hace que se vendan a pares. Los espejos se visten con la ropa de los
demás. La plancha no la inventaron los romanos
porque es gótica. Los zapatos, como guantes de boxeo que son,
atan sus cordones para dar patadas. Lo primero que
deshacemos en un caramelo son sus coletas. Los abrigos en el perchero hacen una melé. En los collares de perlas de las mujeres
vemos los puntos suspensivos sobre su pecho, pero no la palabra oculta de su
espalda. El estribillo es el escaparate del poema
que lleva dentro la canción. A las velas les gustan las paredes de
gotelé. Por el pasillo del tren caminan los
borrachos. Las sillas no saben cruzar los brazos. El mar parpadea sobre la playa. Al coco lo
bautizó un náufrago tartamudo que quiso decir: ¡comida! Me colocó la sombrilla y quedé asombrado. En el avión se
me pasa el tiempo volando. El compás lleva pantalones almidonados. La luna es un
fakir que camina sobre una alfombra de estrellas La luna se ha acostumbrado a rodar por la
noche. El dedo gordo de la mano se enfadó con los
demás y todavía hoy guardan las distancias. El cuerpo humano derrocha inteligencia;
cuanto más comemos, más nos crece la tripa, para alejarnos de la
mesa. Donde tenemos el ombligo, debería estar el
rabito de la manzana. El aparato de ortodoncia lo inventó un
artesano que hacía bicicletas de alambre. El cactus no tiene el pelo rizado ni
siquiera en la axila. Panoli: pan con aceite. Divergente: gente divertida. Panelar es congelar el pan. Un habano es un abanico grande. En principio
esto es el fin. En fin, esto es el principio. Ese lado del remo está remodelado. Los enamorados
amortizan el teléfono. ¡Qué diferencia las Adoratrices con las
adora-bíceps! La línea divisoria es la que divide Soria. Un minero palindromista anima la mina. Finlandia debería estar en el fin de Fui atolondrado al atolón dorado. El señor Pérez
se cambió el apellido desperezándose. Una persona saludable es una persona a la
que se puede saludar. ¿Ve las velas? ¿Y los hilos? Estaba hilando y ahora está bailando. La cómoda era incómoda. No es de jardinero dejar dinero. El resto encontrado es humano; es su mano. Guzmán es un buen hombre. Las aspirinas las deberíamos tomar
aspiradas. Aguja horaria: ¿Adonde vas, hija? Aguja del segundero: Voy a dar una vuelta. El piloto del avión confesó que había
planeado todo el viaje. Murió por arma
de fuego y le prepararon una capilla ardiente; sólo faltaba que fuera al
infierno. Las autopistas de peaje, deberían ser de
“G” a “P”, para seguir un orden alfabético. La oreja en la mujer es una j, con su
pendiente y todo. La Ñ intenta batir el récord de inmersión
en bañera. Agropecuario, una vez empezado podría
acabar el abecedario: agropqrstuvwxyz. Todas las preposiciones son indecentes. Es curioso que “aparte” se
escriba junto y que “junto a” se escriba separado. La i es un tee de salida. El 9 no se afeita el pelo de la barbilla. El 8 es el reloj de arena por el que pasan
todos los números. El símbolo de la división
I, lo
inventaron dos jugadores de tenis. Las letras y los
números van al vestuario entre paréntesis ( ). Escalera debería escribirse con H. La tilde de estiércol, es la mosca que
juega en él. ¡Mira qué hora es! ¡Es más tarde que nunca! El cine es la embajada de los sueños aquí,
en el país de la realidad. Si pudiéramos cortar por la mitad la luna
con un cuchillo, veríamos que está rellena de greguerías. Soñando somos unos inconscientes. Le regaló cuanto él era y ella lo devolvió
por una talla mayor. Cuando terminamos un sueño, deberían salir
en los créditos los nombres de los personajes que han participado. Una persona que ama a sus enemigos, como
predica el sacerdote, ¿qué enemigos puede tener? Cuando un sacerdote se corta las uñas,
repasa los diez mandamientos. Morirse es una
experiencia única. Con las mujeres nos pasa como con las
revistas del kiosko, que queremos leerlas todas, menos la que
vamos a comprar. Vemos películas porque necesitamos saber
dónde estamos y quienes somos. Tenía un embrague en el corazón que le
detenía la tracción de amar. Leer tiene algo de preso y a la vez de
libertad. Sólo nos pone nerviosos lo que el
subconsciente quiere que nos ponga nerviosos. El mérito del escritor es pensar y escribir
al mismo tiempo.
Hablamos a la velocidad del sonido, incluso al recitar poesía. Cuando el bolígrafo no pinta, damos rienda suelta a nuestra creación abstracta. |
Pago de deudas*
Le debía una a Javier. Bueno;
más de una porque sólo puedo hablar de él cosas buenas, algo no muy común en
este cainista oficio nuestro donde llega un momento, visto los visto, donde
uno no sabe si cortarse las venas o dejárselas largas. Que Javier no necesita
tener más dientes que los que tiene ni pone por poner cara de bueno cuando se
pegan otros. Que visto lo visto, tiene bemoles, 3.500 libros de poesía
publicados al año en España con una media, siendo condescendiente, de 3.495
prescindibles. 3.490 con prólogos intercambiables y lugares comunes, menos
hechos, como el defensa malo, enmendándole la plana al periodista deportivo,
para el surco que para la pasarela. Que bajando a esta vieja tierra nuestra,
que supongo que como todas, a menudo para ser alguien hay que ser una mezcla
difícilmente superable de muy jetas o muy malo.
Le debía una. Aún conservo su poema, lo clavó, donde estoy todavía jugando a
polis y cacos (me imagino que entre los segundos) y no sé si serán estas
líneas la correspondencia que merece Javier Olivar porque uno de los pocos
sabores de la poesía nuestra (cuánta hiel) es conocer personas así.
El camino más corto entre dos versos es una greguería. Y lo que no es Javier
lo son las greguerías por las que le conoceréis: camaleónicas, haciendo a la
vez que una letra mayúscula o el pez más cotidiano se nos ofrezcan con volúmenes
y formas diferentes. Si siempre he preferido el poeta al verso, en este caso
me quedo con ambos.
Las greguerías de Javier, aunque no las presente sobre el trapecio, obligan a
la atención total. Como al contador de chistes cortos (por aquello de
metáfora + humorismo) al que prestar atención continua para no perdernos
nada. No retomar la lectura después de un rato con la mente (el que la tenga)
en blanco porque nos habremos perdido mucho. Pero Javier, como en su tiempo
Ramón, el maestro de la vida, no es sólo un peregrino contador de chistes
porque la ingeniosidad poco ingeniosa es como el soneto débil: pone al
descubierto las carencias del poeta (y por enésima vez no identifiquemos el
humorismo con el tono menor). Por eso el atrevimiento de Javier merece justo
premio y mayor correspondencia. Que atreverse también es sufrir, y perdonen
la tristeza, como casi todo lo que rodea y absorbe la creación literaria. Que
el cinismo y la ironía, al menos para mí, no son autodefensa sino don. La estética
greguerística se modela como roca metamórfica, de otras rocas, para absorber
de todas ellas y hacer una roca nueva. La greguería, el haiku de Bashô, los
ajustadísimos relatos de Juan Gracia al otro lado de la frontera, el poema
del gitano y el viento de otro Javier, Asiáin: arte máximo desde lo mínimo.
Metamorfosis de tantos géneros en un chispazo mágico. Las greguerías de
Javier son la vuelta al mundo del revés,
contemplarlo haciendo el pino y desordenar sus algarabías. Desorganizarlo.
Son eso y lo indefinible además para que nos alborotemos mágicamente.
Si Ramón, que nació o le nacieron, que no sabe cómo hay que decirlo, para
llamarse Ramón, rey de la última barricada del Pombo (aquí teníamos el
Ginés y el Eslava de donde también en cualquier momento
aparecerían tipos embozados desenvainando espadas), si el gran Ramón
reinventó las greguerías un día en el balcón de la casa familiar de la calle
de Seguro que hoy desde una
tribuna más alta que la del Pombo se toma el maestro un vino a la
salud de este libro. Quizá compadeciendo al autor
de este prólogo, por mi culpa, por mi gran culpa, que tenía que haber sido
más breve aún.
Seguro que mejor también.
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