Canal Alfonso Pascal Ros

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Canal Alfonso Pascal

Doce de febrero de MCMLXXXVIII: Viernes

 

Esta mañana me levanté con un extraño presentimiento. No sé por qué pero me sentía extraño.

Al llegar a la oficina lo primero que hice fue prepararme un café cargadísimo y sentarme a la mesa para completar los informes atrasados.

 

Transcurrían más de tres horas de trabajo cuando decidí salir un momento a comer algo. Los demás compañeros ya se habían ido a almorzar y me encontraba solo en el despacho cuando de repente escuché un zumbido… chissssssssssssss... chissssssssssss, que me dejó paralizado, un sonido fuera de lugar sobre todo a aquellas horas.

A los pocos segundos el sonido se repitió… chissssssssss… chissssssss… Esta vez me pareció tener localizado el lugar del que provenía: ¡¡El ordenador!!

De puntillas y procurando no hacer ruido me fui acercando poco a poco a él. Desde mi posición lo único que veía del mismo era su parte trasera de la que como pequeñas serpientes multicolores pendían los cables de conexión eléctrica y los de interconexión entre sus diferentes partes.

Cuando ya estaba a sólo dos metros del ingenio, un nuevo sonido salió del mismo aunque en esta ocasión ese sonido parecía una palabra. Y digo parecía porque en realidad podía ser cualquier cosa. Sonaba algo así como… ¡¡tse eshtoyyyyy vbiiiiieendoooooooo!!

Yo pensé que no era posible, que había entendido mal, pero como para sacarme de dudas la frase volvió a repetirse con mucha mas claridad que antes… ¡¡te esssstoyyyy viiendoooooo!!

Al verme descubierto pensé que lo mejor seria actuar como si la cosa no fuese conmigo y disimuladamente me dediqué a recoger los lapiceros que uno de mis compañeros tiró sin darse cuenta por la mañana. Mientras hacía esto me acercaba lentamente hacia la parte delantera de la computadora hasta situarme frente a ella para, con mucho cuidado, observar si ocurría algo en su pantalla.

Antes de que pudiera reaccionar, una voz perfectamente clara me dijo ¡¡HOLA IOKIN!! ¿Qué haces ahí agachado? Oírlo y un sudor frío recorrerme la espalda todo fue uno. Comenzó a zigzaguear por la base de la cabeza al tiempo que se me erizaban los pelos de la misma. Estaba paralizado por el terror. No podía moverme y me costaba un mundo respirar.

 

La voz se repitió nuevamente y esta vez en el tono de la misma percibí un leve toque irónico… ¡¡Eh, tú, ¿de qué vas? Quieres hacer el favor de dejar de hacer tonterías y, sin que te parezca un atrevimiento, pulsar una vez la tecla de “intro”…. ¿Me escuchas? Ya está bien, Iokin, me resulta muy triste que después de tantos meses trabajando juntos y por una vez que te pido un favor no me quieras ayudar y…

Mientras el ordenador continuaba hablando, yo, temblando de los pies a la cabeza y con no poco esfuerzo, conseguí levantar mi mano y con todas las precauciones la acerqué al teclado presionando la tecla que me pedía… ¡¡Oh, muchas gracias!! dijo ella y continuó hablando… ya sé que te parecerá una tontería pero me molesta un poco tener que hablarle a tu nuca, no, no es que me parezca mal tu nuca, pero en verdad cuando hablo con otra persona me gusta que me miren a los ojos porque eso sirve para romper el hielo entre las personas, porque como tú ya sabes ¡una imagen vale mas que mil palabras! Así que si no te importa…

Yo no daba crédito a mis oídos. ¿Había dicho el ordenador realmente que le mirara a los ojos o era fruto de mi calenturienta imaginación?.

Una parte de mi ser, la impulsiva, me decía que levantase la mirada e hiciese lo que me pedía mientras que otra parte de mí, la realista, me animaba a largarme de allí inmediatamente, a mi casa, que me diese una ducha de agua fría, que comiese algo y que me tomase veinte somníferos antes de meterme en la cama, de la que no me levantaría en dos semanas.

Como no me ponía de acuerdo con ninguna de las mitades de mi ser, decidí hacer lo que me diese la gana, que por lo general era lo más sensato en estas ocasiones. Así que armándome de valor me incorporé, sin mirar a la pantalla, y como si no ocurriese nada me senté en la silla frente al ordenador y me puse a ojear un libro.

 

¡¡COBARDE!!

 

Esta palabra dicha en un tono encolerizado me sacó de la somnolencia en la que me encontraba. Del susto me caí de la silla y me quedé, sin quererlo y al segundo bote, mirando la pantalla de marras.

Lo que allí vi me dejo helado… Desde la pantalla unos ojos electrónicos, que parecían sonrientes, me miraban.

 

…ya era hora de que te decidieses a mirarme.

 

Mientras me decía esto me cucó un ojo.

Aparte de esos ojos, en la pantalla se distinguía con claridad una boca o, mejor dicho, el esbozo de una boca en la que una zona negra se encontraba enmarcada por dos labios que al hablar no solo se movían sino que con gran precisión vocalizaban todas sus palabras.

 

Iokin Ferrero Ozkoidi:  primera entrega

       Dicho sea de paso que es un placer presentar la primera obra de ficción de un hombre multifacético: fotógrafo, pintor, impulsor de iniciativas socioculturales y de juventud..., inquieto como él solo. El autor, Iokin Ferrero Ozkoidi (Pamplona, 1965, sí, fue buena cosecha ese año, de paso dicho también), sin vicios literarios adquiridos, es protagonista de estos breves párrafos que nos invitan a la lectura de un tirón.

            He aquí la obrita (el diminutivo a cuenta de la extensión, por supuesto), con un fino humor tan necesario en nuestros días; de nuestros días también este marco del ciber-agobio, hombres y máquinas, máquinas y hombres, que uno defiende que debe servirse de ellas pero sin que le acaben anulando.

            Desde las páginas de la prestigiosa revista “Pregón” donde ha visto la luz (Pamplona, número 21, verano de 2003), viaja el relato a este rincón que me honra compartir con ustedes, este espacio como inmejorable soporte de la trama.

 

            Pinchen, pinchen.

 

Alfonso Pascal Ros

La Manga, 6 de agosto de 2003

 

 

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