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CONVERSACIONES CON MANUEL LOZANO: "ESAS TRAVESIAS
REVELADORAS COMO FOGATAS EN EL CEREBRO" (Entrevista
realizada por Fábio Flora, de la Universidade Estadual de Río de Janeiro) 1) Manuel, o
inevitável mas (ou "porque") sempre interessante como-tudo-começou:
¿o que o levou a descobrir e seguir a carreira de escritor? Conta um pouco do
seu caminho, de suas primeiras estórias em relação a este reino das palavras. 1)
Manuel, resulta inevitable pero, (porque) siempre interesante como
-todo- comienzo: ¿qué lo llevó a descubrir , a seguir la carrera de
escritor? Cuenta un poco de su camino, de sus primeras historias
en relación con ese reino de palabras. Las palabras
escarbaban proteicas en mí -salvajemente proteicas- desde el lecho amniótico,
trazaban desde el inicio, si es que me permites este sustantivo conjetural,
sus feroces o deslumbrantes caligrafías. He podido aventurarme (sobre todo
con la poesía, con la presencia de esa firme "epopteia" (1) de los
griegos, que tan acertadamente recuperara Pico Della Mirándola en sus
"Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae",
comúnmente reconocidas como "Las 900 tesis") hacia regiones
insospechadas. ¿Por qué no habría de serlo si el misterio se me presentaba
con sus tenazas y su fiebre? A medida que me acercaba más una emboscada
siempre, en ocasiones un foso. Allí persiste el deslumbramiento, sin el cual
toda poesía no es más que una palabra vaga. Sin esa busca de la revelación a
través de la poesía, sin ese deseo insaciable carcomiéndome desde el inicio,
no podría haber escrito nunca. Hablo, naturalmente, de quien está dispuesto a
cantar, pero a cantar también con su silencio. ¡Ah esas
travesías como fogatas en el cerebro, ese despertar al mundo con sus
plegarias de cenizas…! Porque, sin lugar a dudas, el arte es una de las más
altas y consumadas formas de la plegaria, no mirada precisamente desde un
punto de vista religioso. ¿Acaso no dieron cuenta de esas exploraciones
Latréamont y Rimbaud, Empédocles de Acragas, Jean Cocteau y René Char? No recuerdo
una época de mi vida en que no escribiera, en que no imaginara sueños (la
imaginación es siempre un intento de recuperar la inscripción exultante de
los sueños), o en que no bebiera de pesadillas convertidas -en ocasiones- en
palabras o esbozos de palabras que después me llevaban a otras y otras y
otras. Aun antes de
saber leer o escribir (por los dos años y medio o tres), dictaba palabras o
frases que mi madre -a veces, acompañada por mi abuela materna- anotaba
prolijamente en cuadernos, según me contaron, con una gran naturalidad no
exenta de asombro y de cierta cuota de secreto familiar. Mi abuela y mi madre
han sido y siguen siendo "maestras orales", tal vez a su pesar, ya
que en ellas planea toda una revisitación del ayer, los relatos, a veces
un mero episodio, fluyen con el ritmo de un manantial inesperado, para mi
asombro inclaudicable. Manantial, esa presencia tan cara a Mallarmé. Aunque
mi abuela materna murió hace varios años, hablo en presente de ella, ya que sigue
acompañándome con esa irremisible y ubicua memoria que es la memoria de los
muertos en nosotros: un fascinante espejo. Ahora que estoy corrigiendo la
nouvelle "Madama Buero", descubro y redescubro la sombra de
muchísimas historias contadas por mi abuela o por mi madre, historias
metamorfoseadas por el vuelo y la sumersión de toda poesía. También suelen
aparecer –aunque de distintas formas en mis dos últimos libros de poemas, de
poemas narrativos: "La Noche Desnuda de Rostro Ciego" y "La Rueca
Dorada". Hay una cita grabada a fuego en mí: Plinio la atribuye al
artista griego Apeles y es "nulla dies sine linea".Tengo dos
primeros como fuertes recuerdos literarios: El de la fulmínea enfermedad y
muerte de mi mejor amiga de juegos, a los seis años, con todos los agujeros y
abalorios de un primer contacto con "la dama que agosta" (Alejandra
Pizarnik dixit), y también el de desenterrar -literalmente desenterrar- en el
parque de una casa recién inaugurada, extraños botellones oxidados, repletos
de humedecida sal por debajo de un rosal silvestre bordeado por blanquísimas
calas. Esa curiosa labor me entretenía en horas de la siesta, cuando dormían
mis padres.
2) ¿Algún
autor (o autores) que haya(n) tenido mayor influencia en su obra? ¡Son tantos,
que sufriría si olvidara a alguno! Siempre fui fiel a mis influencias y sé
-con el versículo de las Escrituras- que "ex nihilo nihil". No
solamente los maestros de la literatura conviven o han convivido conmigo,
sino, también, los del pensamiento y los irisados del arte.¿Cómo olvidarme de
Hiernymus Bosch, de Lucas Cranach, de Memling, de Goya, de Vermeer, de
Velázquez, de Gustav Moreau, y -más acá en el tiempo- de aquella nombradora
de lo visible y lo invisible que fue Leonor Fini? A esta última, le dediqué
una especie de ars poetica llamada "Incantaciones con esfinge
guardiana"(2).¿Cómo olvidarme de los textos sagrados, algunos también
profanamente sagrados, desde la Biblia hasta la Kabalah, el Cantar de
Gilgamesh y los reveladores poemas egipcios? No azarosamente titulé
"Libro de Amenemope" (3) a mi primer libro: era un homenaje a ese
escriba que es todos los escribas y representa un emblema inactual en la
busca del conocimiento. ¿Cómo
olvidarme de los clásicos griegos y romanos, sobre todo de los presocráticos,
Platón, los neoplatónicos, Virgilio, Ovidio y Séneca de anchos mares?
Debería, a mi vez, nombrar a Lope, Cervantes y Quevedo. Debería nombrar a los
simbolistas franceses, a Georges Bataille y Jean Genet, a Pierre Klosowsky y
el inactual André Pieyre de Mandiargues. Entre los argentinos, tuve el enorme
privilegio -se diría un milagro- de ser amigo de lo que, irónicamente,
Victoria Ocampo llamara "la Santísima Trinidad": Borges-Bioy
Casares-Silvina Ocampo. Aunque yo era un adolescente extraviado en
previsibles "timideces", ellos me recibían como si fuese ya un
escritor conocido, la hospitalidad y la amistad con que me honraban son ya
parte de mi nostalgia y las extraño cada día.
3) Usted es poeta,
narrador, critico literario, ensayista, conferencista, investigador, entre
otras diversas actividades; ¿cuál o cuáles de ellas destacaría como
especialmente placentera, aquélla(s) que mejor lo define(n)? La de poeta
y ensayista, sin lugar a dudas, aunque no quiero menoscabar o restar
importancia a las demás. Una vida se pierde y se reencuentra en espejos
cóncavos, las fronteras se difuminan en ese incalculable jardín que nos
ofrece el arte, y que se ofrece a nuestra sangre anhelosa. Alguna vez escribí
que soy un jardinero arañando universo.
4) Entre las
obras de la literatura universal, en cualquier género, ¿cuál
le agradaría particularmente haber escrito y por qué? No pocas. Me
aventuro hoy en éstas: El Eclesiastés y el Libro del Apocalipsis, "The
Waves", de Virginia Woolf, ciertos pasajes de "El jardín de los
suplicios" del hoy eclipsado Octave Mirbeau, el "Journal" de León
Bloy (naturalmente, para divertirme con su juego magnífico de insultos e
ironías hiperbólicas), todos los libros del altísimo y venerable Marcel
Schwob, "Los Cantos de Maldoror", del Conde Ilustrísimo, también
"The Green Child", de Herbert Read, "El Hacedor", de
Borges, y "Amarillo Celeste" o "Los Días de la Noche", de
mi querida Silvina Ocampo. En
el caso de El Eclesiastés o de El Apocalipsis, rescato la visión profética en
tanto desdoblamiento innumerable de esa caverna monstruosa que es la tragedia
de la condición humana, también los releo en tanto espléndidos poemas
fantásticos. ¡Pienso en las anónimas manos, escribiéndolos y corrigiéndolos a
lo largo de generaciones! De Bloy, admiro su suntuosa y tenaz resistencia, la
creación de un desierto propio en aquel París conflictivo e inmisericorde de
fines del siglo XIX. De Octave Mirbau, sobre todo, la creación de atmósferas
crueles (de inocencia cruel), tan caras a su exótico decadentismo. A Marcel
Schwob, paleógrafo y buceador de mundos inverosímiles, ¿qué gran escritor no
le debe algo? De "La Niña Verde", exhumo la curiosa hipótesis del
espíritu como hambriento insaciable y, desde cierto lugar, degradador de la
felicidad del hombre. Y luego Silvina y Borges y Virginia Woolf, por la
encendida poesía, por las borrascas, por los errores del precipicio, pero
también por la esperanza. 5) Em seus
escritos, você demonstra uma atitude bastante reflexiva relativamente à
questão da juventude — as concepções, ações, reações, criações ligadas à
idéia de juventude. Vemos um exemplo dessa reflexão nas belas linhas de
"Delicados fragmentos de un arcoiris roto", publicadas nesta
edição. Em um dos trechos deste ensaio, você comenta que "Hoy asistimos
desasosegados a las múltiples invasiones de ese Leviathán llamado globalización".
Como representante do pensamento jovem atual, ¿de que maneira você vê o
efeito dessa globalização sobre a juventude? ¿Acredita que isso contribui de
algum modo para que ela esteja mais "triste", mais
"limitada", ou ao contrário mais "livre", com mais
perspectivas do que nas décadas e séculos passados? 5) En sus
textos, usted demuestra una actitud bastante reflexiva en
relación con cuestiones juveniles - concepciones, acciones, reacciones,
creaciones ligadas a la idea de la juventud. Vemos un ejemplo de esa
reflexión en las bellas líneas de "Delicados fragmentos de un arcoiris
roto", publicadas en esta edición. En uno de los parágrafos de este
ensayo, usted comenta que "hoy asistimos desasosegados a las multiples
invasiones de ese Leviathan llamado globalización". Como representante
del pensamiento joven actual, ¿de qué manera usted ve el efecto de esa
globalización sobre la juventud? ¿Cree que eso contribuye de algún modo para
que ella esté más "triste", más "limitada", o al
contrario mas "libre", con más perspectivas que en las décadas y
siglos pasados? Detesto,
quiero anticiparme, la palabra globalización, por sus crasas connotaciones
mercantilistas y fácilmente económicas o financieras. Preferiría inclinarme
por lo que, intelectuales como Viviane Forrestier, llaman
"mundialización". Lo cierto es que -y a pesar de la innegable
presencia e influencia de la Aldea Global- hoy conocemos menos de literatura
africana o latinoamericana, que lo que podíamos conocer en los ´60 s o ´70 s.
Asistimos a la imposición, en ocasiones grotesca y despiadada, del paradigma
norteamericano que, lamentablemente, ha saltado también a la vieja Europa.La
mundialización es un Leviathán, pero también un "janus bifrons":
Nos queda un inmenso desafío, en especial a los intelectuales, de enfrentar
todo vaciamiento cultural, todo desgarro, aunque nuestras voces parezcan
-como las de Juan-, predicando en un desierto anodino y brutal.En cuanto a la
juventud, no me parece un valor ni un disvalor. Puedo comprender sus
vicisitudes y problemas, pero me importa esencialmente el individuo, más acá
de las nimias cronologías. Los jóvenes parecen no escuchar ya a los viejos
sabios. Soy un inactual, como diría Nietszche. 6) Usted tiene
hecho un constante y valioso trabajo de "rescate" de la obra de
escritores argentinos y de, manera genérica, latino-americanos poco
conocidos, asimismo, entre los más conocidos en su pais de origen,
¿cuál cree que merezca o tendría merecido justamente una
proyeccion mundial, al punto inclusive de ser candidatos a un premio nobel,
por ejemplo? ¿Considera que haya existido mucha injusticia en ese caso,
muchos talentos literarios que nunca obtuvieron el debido reconocimiento
internacional? ¿Cuáles hubiesen sido los mayores ejemplos de injusticia,
en su opinión? Sí, es
verdad, me propuse, desde los 17 años, hacer un rescate de escritores
olvidados o parcialmente eclipsados. He escrito e investigado sobre autores
como Héctor Alvarez Murena, Aldo Pellegrini, Nidia Lamarque, Julio César
Dabove, Macedonio Fernández, Daniel Devoto, Vicente Barbieri, María Luisa
Bombal, Elvira de Alvear, Delmira Agustini, Alí Chumacero: los nombro más acá
de generaciones o de geografías; he escrito los primeros estudios literarios
sobre el esplendente Santiago Dabove. Cuando empecé a estudiar la obra de
Silvina Ocampo y a dar conferencias o seminarios sobre su obra, allá por
1985, Silvina no era parte de la llamada currícula de las universidades. Era
un curioso caso de outsider fuera del canon oficial de la literatura
argentina, una escritora "célebre" pero no leída (y menos aún
estudiada.) La injusticia para con ella fue más que evidente. Hoy ha cambiado
-ciertamente- este panorama, creo que he aportado mínimamente en esta metamorfosis.
¿O no era Jung quién sostenía que cada artista sostiene por unos minutos la
encendida antorcha, para entregársela a otro? En cuanto al Nobel, ¿qué podría
decirte o no decirte después del caso Borges? ¿Acaso lo recibieron Wilde o
Virginia Woolf? Siempre recuerdo que Winston Churchill obtuvo el de
literatura. Naturalmente, Silvina y Borges merecerían un Nobel post-mortem
pero, ¿en qué cambiaría esto la situación? ¿Para qué esa parodia? El absurdo y
el grotesco también son inactuales.Quien escribe para premios -y no son
escasos- tergiversan su destino, sumándose a una suerte de prostitución,
aunque suene demasiado duro este concepto. Pero éstos son los tiempos que
corren. Un premio o una distinción pueden resultar espléndidos estímulos para
el conocimiento o difusión de un libro, pero la literatura fluye desde y
hacia otro lugar. Un verdadero escritor -permítame el epíteto- buscará
destejer el arcoiris, como quería Keats. El verdadero escritor dará el salto
en busca de la sustancia, aunque sepa –ab initio- que esa sustancia es
innombrable o incomunicable: si la viésemos, nos fulminaría. Ese salto puede
ser un exilio o una revelación. Allí está la clave desesperada, sobreviviente
del enigma. Buenos Aires, junio de 2004
NOTAS: 1.
Es decir, como revelación simultánea
de una visión del mundo. 2.
Texto incluido en el libro
"Mansión Artaud" (actualmente en proceso de edición en Argentina) 3.
Torres Agüero Editor, Buenos Aires,
1987 |