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El hilandero en Marruecos nos recuerda una incesante alegoría: la habitada, tangible enunciación del hacer. |
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El hilandero
apareció ante mí, en medio del bullicio de los zocos de Fez y del siempre
presagioso canto anunciador del almuecín. No en vano utilizo el verbo
"aparecer", en el sentido de una mirada que comprende y que nos
retroalimenta cada vez. La imagen del anciano era tenue, pero a la vez me
poseía con el esplendor del alarido.
El arduo y mítico oficio de hilandero es ya un oficio desvanecido o en
vías en extinción en occidente. Desde las viejísimas parcas
(perversas y juguetonas) tejiendo nuestro destino hasta la resignificación
social y política de este trabajo hecha por Gandhi, sin dejar de
recordar aquellas asombrosas hilanderas de Velázquez, el emblema continúa su
metamorfosis.
El hilandero en Marruecos nos recuerda una incesante alegoría: la habitada,
tangible enunciación del hacer. Manuel Lozano |
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