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Crónica de una noche de guerra en Akkad, después de una serie de hondas
reflexiones sobre esta atrocidad llamada “guerra”. |
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Se
asesina en nombre del Dios, que dijo: "No
matarás", y en nombre del Derecho se viola el
sagrado derecho a la vida!... Entre las guerras del caudillaje y las
guerras
de la idea, hay un abismo. Vargas Vila, Pretéritas
I
Ya nos desaparecieron entre los dientes
lascivos del viejo becerro. Vuelve con sus jaurías la miseria. El
becerro -que busca ceguera en la mudanza de este enigma-, recaudará los
dinares del calvario. Su boca ha de estrellarse entre las tumbas.
¿Pero no es una alucinación esta metálica lluvia sobre el agua? ¿Cómo debo
nombrarla? Los huesos impregnan la arena. Llueve, pero no está aquí
la lluvia. Hay truenos, pero no hubo nunca aquí tormenta. Giro hacia
atrás el tatuaje de carroñas: toco una rajadura de tiempo cuando nado en los
volcanes. Ya nos lacran la piel con el del vértigo, lo
sabes por el fulgor que ha quebrado los cántaros, lo sabes por el eco
devorante en las mortajas. II
¿Puedes hablar de piel en estos
mostradores del odio? Patíbulos desentierra la escritura de moscas.
Vuelan y se retuercen, palpitan en un altar de vigilia cubierto hasta el
barro impalpable de la súplica. Ve hacia arriba, ahógate en la luz del
desamparo. El que cantaba en el foso muestra -una tras otra- las estrías de
la fiebre. No recuerdo cuándo el rayo vació este cerebro. III Un vendedor de tomates podridos oculta muerte. En
los diminutos desfiladeros de una fábrica de cerveza, la muerte
oculta muerte. Monigotes bailan la antigua danza (no, no es
la danza, me repito, sino el falso perfume de una profanación.) Junto
al golfo, huelen tripas los delfines. IV -¡Qué anunciación esperas frente al calvario!- dijo la mujer
nocturna. ¡Esos no eran cuerpos, madre, son marionetas
inconcebibles! ¡Mira el hediondo desperdicio que usurparon los hombres, que
al fin usurpaste con tu ceguera a cuestas, con el mínimo ojo emparchado
por el porvenir! Vienen a mí, lo sé madre, regresan con sus copas llenas para
adorar al ángel codiciado. Entonces el ángel resplandeció en la sombra de una palabra.
Todos lo vieron. Y como todos recibió el olvido. V Afuera los
cuerpos que aúllan y son la sangre sucesiva que en el alba del Tigris
multiplican ruegos, desfigurando la filmadora banal. Una gota de sangre nubla la lente. La humanidad estalla de
nuevo en su fracaso. VI La negra víbora se distiende con furor tan pronto como ve
pasar el globo de fuego donde estaba condensado el rayo, soñaba y escribía León Bloy en su poseída casa de
Monmartre. Sólo el dolor germina luz en los desechos. Quedan invitados al
basural: alba, extremado cuerpo hirviente. VII Fui hacia la selva. VIII
Espirales de humo dispersarían por las
bocas y las chimeneas el olor del suicidio. Se debe acallar esta criatura. Se
debe hundir. Hubimos de caminar en esta noche con los
ojos vendados, tanteando los restos de dientes y legumbres bajo nuestros
pies. Todo se descompone en los antiguos aserraderos. Ácido sol sobre
las tumbas. Nada ha de despertarse en la feria. IX Fuimos hacia la selva. X No
más dulce jardín para lapidar a los pobres. ¿Cuál es tu triunfo
ante la muerte, miserable? ¿Qué coronas de espinas no reclamas ahora? ¿Qué
dios no colma ya de risas tu ataúd funambulesco?Inútiles los redentores, tus
armas, y los tenues mártires cabalgando entre gusanos. Los mercados
bursátiles suben, repugnantes. ¡Debe continuar el show de los bufones! ¡Qué
ansiosa inmolación por el libre mundo de la libre economía! ¡Qué prolija
heredad de la tiniebla! La usura cuenta papeles. No habrá
nunca lugar para la vida. Lúgubre canción por amplios túneles. Adentro, el vacío. Manuel Lozano Villa Santa Lucía de Siracusa, abril de 2003 (Todos los derechos registrados) * Prohibida
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