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Escriaturas
Estaban
ahí, buenos amigos, compañeros de aventuras con quienes di la vuelta
al mundo en ochenta días, recorrí
veinte mil leguas de viaje
submarino o viajé a la luna. Selvas, mares y
alturas, el Far West y el Caribe, piratas y corsarios; Julio Verne, Karl
May, Salgari, Los Tres investigadores (que con Hitchcock, como los
mosqueteros eran cuatro), Los Hollister y Los Cinco, Estefanía luego con el
vaquero alto y rubio, forastero a poder ser, y la chica a rescatar.
Mi infancia transcurrió entre novelas de Julio Verne, Capitanes
Truenos
y Jabatos. Formaron parte de mi admiración y mi aventura. Espero no haber
dejado de ser niño desde entonces, y si lo he hecho que haya sido como mi
amigo Froilán de Lózar sube a Piedrasluengas, “casi por descuido, por
una simple atracción que al mismo tiempo va llena de misterio”.
Entre cromos de fútbol y álbumes de infancia, colecciones de sellos
y cerillas, la camiseta del Dépor y las cartas a los reyes, los partidos en
la campa de la Rocha,
allí estaban siempre ellos, el capitán de quince años y Sandokán, el agente
secreto Anacleto y la familia Trapisonda. Cómo no, también el toro de las
pipas Facundo que sin haberlas probado se moría y nunca se moría. A mano
siempre, la colección amarillenta de Bruguera con los protagonistas retratados
en plan foto-
matón en el lomo. Y yo los abría y salían disparados, a caballo o al
abordaje, ocupando la habitación como en el cuento del soldadito donde los
juguetes campan a sus anchas al marcharse el niño.
No había llegado aún la poesía. No jugaba con eso. Bécquer, Cernuda y
Blas de Otero dormían el sueño de los justos. Quién iba a decirme que unos
años después iría con ella de la mano. Pero ahí estaba el germen, de las
manos de mis padres ellos me lo trajeron.
Yo fui un niño a un libro pegado.
A un amigo.
© ALFONSO PASCAL ROS
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