Los enterramientos reales de este valle están emplazados siguiendo unas pautas básicas, aunque parece que los egipcios no fueron conscientes, en un primer momento, de que el agua era un peligro real para sus moradas eternas. Las tumbas de la dinastía XVIII suelen estar situadas bajo las terrazas de contención que dan forma al valle, quedando expuestas al agua de lluvia ya que están junto a las hendiduras donde ésta corría.
A finales de la dinastía XVIII y en el transcurso de la dinastía XIX se aprecia un gusto a situarlas en las zonas inferiores del centro del valle, siendo también vulnerables al agua por encontrarse en el corazón del mismo que servía para drenar. Por si todo esto fuera poco, en época ramésida se produjo un cambio significativo, en cuanto a la construcción y elementos, que produjo el deterioro de las tumbas. Este consistió en abandonar el sistema de sellado de los enterramientos, colocando puertas de madera que permitían la entrada de agua en el interior del hipogeo. El eje de la tumba se transformó, en lo que se ha venido denominando “tubo de flauta”, es decir, las cámaras y corredores se suceden en línea recta sin nada que entorpezca la posible entrada de agua o depósitos. Al final del Reino Nuevo, es decir, en la dinastía XX, las tumbas se construyeron al final de los espolones, formados por la erosión de dos corrientes de agua. Estas moradas eternas, mejor protegidas por su situación, estaban más resguardadas de los cursos de agua y era difícil que las inundaciones entraran en el interior.

Como ya se ha citado, los reyes del Reino Nuevo comenzaban el
proyecto de construcción de su tumba al ascender al trono. Cada uno de ellos
deseaba que su tumba fuera algo nuevo, de mayores dimensiones, pero no siempre
pudieron llevarlo a cabo. Pese a estas intenciones, básicamente, las medidas de
las salas estaban preestablecidas y muestra de ello son algunos óstraca y
papiros que todavía se conservan en los museos (Turín y Cairo) donde podemos
observar el proyecto de la tumba.
Los obreros especialistas encargados de las labores de excavación, pintura, etc
vivían en el poblado próximo de Deir el Medina, desde donde se desplazaban
para cumplir su trabajo puntualmente. Este contingente humano estaba altamente
especializado y su organización se basaba en los equipos de trabajo en el
interior de la tumba real.
Como unidad de medida utilizaban el llamado codo real de 52'4 cm., para el
enterramiento de reyes, mientras que para las reinas, a excepción de Hatshepsut
y Tausert, que llegaron a reinar, se usaba el codo pequeño de 45 cm.
Pese a todas estas medidas, parece que la memoria histórica y los registros no
existían o no siempre se consultaban y algunos enterramientos colisionaron al
excavarse, lo que demuestra el desconocimiento hacia la situación de tumbas de
épocas precedentes.

Reconstruyamos ahora los pasos para la excavación y ornamentación de un hipogeo del Valle de los Reyes.
Una vez escogido el punto exacto del valle y aprobado el proyecto, los obreros comenzaba a excavar. Una cuadrilla dotada con grandes cestos se encargaba de ir retirando el escombro producido por los obreros que se ocupaban de horadar el terreno.
La iluminación corría a cargo de lámparas cargadas con una solución de aceite y salmuera, mezcla que casi no desprende humo. Una vez que la tumba había sido excavada debían de alisarse los muros y dar forma a las puertas, que hasta este momento eran cavidades sin forma. Tras estos trabajos era la hora de dejar paso al equipo de pintores que debían decorarla con textos mágico religiosos y figuras de dioses protectores. Se procedía a introducir el mobiliario funerario, que se depositaba en las cámaras secundarias, sellándolas después.
Sólo quedaba esperar la muerte del faraón, momento en el que comenzaban los funerales. El rey era embalsamado y su momia se sometía a la Apertura Ritual de Ojos y Boca, para que se produjese el renacimiento del difunto en el Más Allá con todos sus sentidos despiertos.
Una vez que había acontecido la muerte del rey y en el período empleado para la embalsamamiento y los funerales, los especialistas se encargaban de finalizar los textos de la Cámara del Sarcófago. Era el momento de grabar el nombre del rey en el interior de los cartuchos y todas aquellas fórmulas que se consideraran indispensables para una feliz y segura trayectoria hacia el más allá. También era el momento de reparar la pintura de los frisos que hubiera sido dañada con el tiempo.

Ciertas tumbas del Valle nos han dado muestras para afirmar que
algunas de las pinturas no pudieron terminarse a tiempo (arriba), y los reyes fueron
enterados en un enterramiento inconcluso, como es el caso de Horemheb. En sus
muros aparece el bosquejo y la cuadrícula en rojo con las correcciones del
especialista en negro, preparadas para ser coloreadas.
Una vez que el cuerpo embalsamado se introducía en la tumba, se levantaban
muros de adobe o piedra sobre las puertas y se colocaba la impronta del sello
real.