Reportage de National Geographic, sobre el hallazgo de la tumba de Tut Ank Amón(Tutankamón)

EN LOS PRIMEROS DÍAS DE NOVIEMBRE DE 1922, ...
Howard Catter, el arqueólogo a quien Henry Herbert, conde de Carnarvon, había puesto al frente de las excavaciones que financiaba en el Valle de los Reyes, efectuó un hallazgo trascendental: la entrada de la tumba del faraón Tutankamón. A finales del mismo mes, en presencia de lord Carnarvon, venido desde Gran Bretaña, Carter perforó la pared en que finalizaban las escaleras y el largo pasillo que descendían desde el exterior. A la luz de una vela, miró por el orificio: «Al principio no vi nada, pero a medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, surgían de las sombras extraños animales, estatuas, oro..., por todas partes el resplandor del oro», escribió Carter. En el 18 de febrero de 1923 tuvo lugar la apertura oficial de la tumba, acto al que asistieron relevantes personalidades egipcias y europeas. Con tal motivo natioanal geographic, envió a Egipto a Maynard Owen Williams, quien realizó un reportaje que la revista publicó en el número de mayo del mismo año:
"Mirando hacia la orilla opuesta del Nilo desde el templo de Karnak, la línea del horizonte se ve interrumpida por unos farallones de caliza cuya coloración varía con el paso de las horas. En este lugar la naturaleza cambia de aspecto a medida que transcurre el día: delicadamente seductora cuando un tenue velo la cubre antes de los primeros rayos horizontales de sol, pasa a ser salvaje y agresiva bajo los hirientes focos del mediodía para, con el crepúsculo, desplegar su oscuro misterio. La monotonía de los feraces campos, imagen familiar de la llanura del delta, en el Bajo Egipto, cede el paso aquí a la variedad del estéril páramo, donde ladrones de tumbas y científicos han buscado desde hace tiempo los enterramientos secretos de los faraones.
Diez mil turistas habían pisoteado el lugar donde acaba de producirse el último descubrimiento. Otros arqueólogos, que andaban tras la perdida entrada del sepulcro de Tutankamón como quien busca una aguja en el pajar calizo de el-Qurn, llegaron a hurgar a pocos metros del punto en que finalmente lord Carnarvon y Howard Carter hallaron su recompensa a 16 años de trabajo.
Un montón de botellas de agua mineral vacías junto al angosto camino marca el lugar en que Theodore M. Davis y Arthur Weigall, tras descubrir la tumba de la reina Tiy, detuvieron la excavación. Detrás, casi en línea recta, está la tumba de Horemheb, sucesor de Tutankamón, para entrar en la cual taponaron la entrada oculta de la cámara donde se hallaba el mayor tesoro jamás descubierto por los arqueólogos, siglos después de que los ladrones de tumbas huyeran atemorizados. Tanto en términos de espacio como de tiempo, Davis, el arqueólogo estadounidense a quien se deben tantos descubrimientos, dejó «entre paréntesis» la tumba que hoyes la estrella principal.
Tutankamón fue el rey que volvió al redil de Amón, dios de Tebas, y restableció en esta ciudad la residencia real después de que su suegro Ajnatón, o Amenofis IV, tras una ruptura estrepitosa con la poderosa clase sacerdotal, trasladara la capital a Amarna. En gratitud por su retorno, que dio paso en Tebas;al esplendor de Seti I y Ramsés II y preservó la hegemonía espiritual de los sacerdotes tebanos hasta que por fin se hicieron con el poder temporal, el faraón Tutankamón fue enviado al más allá equipado con barcos y utensilios funerarios de una fastuosidad no igualada en ningún otro de los casos descubiertos.
Es probable que la tumba de Tutankamón, no demasiado grande, suscite sólo un interés pasajero, pero, con toda seguridad, el extraordinario ajuar funerario que la llenaba incluye maravillas de aquel antiguo pasado jamás vistas por el hombre actual.
Llegué a Luxor el 17 de febrero. Tras cruzar el río, tomé a pie el camino de las tumbas de los reyes. Habían transcurrido casi once años desde mi última visita, pero conservaba un vívido recuerdo de la ocasión. Siento aún aquel sol de septiembre mientras ascendíamos en dirección a Deir-el- Bahri y recuerdo cómo caímos rendidos a la sombra de un antiguo templo, donde bebimos ávidamente en grandes goolahs agua del Nilo tras haber agotado la de nuestras cantimploras. y no olvidaré las antigüedades falsas que compramos, los regateos y el fuerte olor del sudor del lomo de los asnos bajo la silla de montar.
Esta vez me lo tomé con calma. Quería caminar sin prisas, intercambiar saludos con las aldeanas árabes de blanca dentadura, sentir el sol africano en la espalda y contemplar el trote de los camellos dirigiéndose hacia los campos de caña de azúcar.
El aire mantenía aún el frescor matinal. Grupos de presos acondicionaban y regaban el camino por el que al día siguiente iba a pasar su majestad la reina Isabel de Bélgica para rendir a Tutankamón la primera visita real en más de treinta siglos. Sin embargo, evité la tortuosa ruta abierta para los automóviles, que discurre cual blanquísima serpiente entre montículos ocres. A lo lejos, detrás de los campos verdes ante los que había pasado en barco, se veían los colosos de Memnón y hacia ellos me dirigí. Quería andar por entre las numerosas tumbas de menor importancia antes de dirigirme a mi objetivo: las tumbas reales situadas tras la cresta de rocas calizas.
Camellos y bueyes hacían girar lentamente extrañas norias, transportando cántaros de agua hacia lo alto para vaciar su preciosa carga en acequias de barro reforzadas con esterillas trenzadas, que la conducían hacia los sedientos campos de los alrededores.
Al cruzar un pueblo de muros de adobe y callejuelas casi negras bajo esa luz ardiente que apenas se refleja, una niña de unos diez años dejó de mordisquear su caña de azúcar para desearme una feliz jornada y me ofreció compartir su comida. Por la angosta abertura del extremo de la calleja pasó fugaz una figura negra con un cántaro en la cabeza. Una tórtola se posó en un muro y lanzó su arrullo. Una chiquilla vestida de rojo, con brillantes adornos en el tocado, saltó en un rectángulo de luz y se esfumó en la sombra. Tirada sobre el polvo de la carretera, una carroña de perro era evitada por el tráfico.
Paré a almorzar en la posada situada junto al templo construido por Hatsepsut, hermana, esposa y reina de Tutmosis II. En el valle, una hilera de volquetes arrojaba basura por una empiilada cuesta. Junto al muro que marca la divisoria entre este barranco y el anfiteatro de las tumbas de los reyes, centenares de hombres y niños que trabajan para el Metropolitan Museum de Nueva York estaban comiendo su frugal almuerzo, sentados entre los montones de tierra que habían excavado.
En el patio de la posada actuaba un prestidigitador. Durante su actuación extrajo unos pollitos del interior de unas relucientes copas echizo que un anillo, que guardaba en un pañuelo apretado en su puño, se ensartara en una varita sostenida por los extremos por dos atónitos espectadores.
El sol de mediodía era cada vez más abrasador. Cargué al hombro la pesada cámara fotográfica y comencé a ascender la empinada senda. Es un modo de alcanzar ese hoyo infernal entre colinas en que fueron a ocultarse los poderosos faraones y donde apenas dos o tres de ellos no han visto su paz turbada por el hombre moderno.
Al pasar frente a la tumba del faraón Seti I y girar hacia la entrada inferior del valle vi, más abajo, una tienda de campaña blanca, una garita de madera para el guarda, un montón de maderos de los que utilizan los arqueólogos y el muro de piedras irregulares de nueva construcción que oculta la entrada al mausoleo de Tutankamón.
Había dos periodistas sentados en el muro y un tercero vagando por los alrededores,
a la, espera de noticias. Llevaban esperando semanas bajo un sol cegador, obligados por la fuerza
de las circunstancias a ser detectives más que escribas. De pronto, sin previo aviso, podía
ser sacado un magnífico tesoro en unas rudimentarias parihuelas para
transportarlo a toda prisa a otra tumba que se utilizaba como almacén. De vez en cuando surgía de laentrada de la tumba algún rumor
que debía ponderarse antes de descartarlo o transmitirlo por telégrafo. Rondaba por allí un
fotógrafo de prensa tocado con un fez, para
pasar desapercibido entre los nativos. El sol había enrojecido su nariz y llenado de
ampollas sus mejillas. Esos eran los hombres que esperaban para dar al mundo la noticia
del gran descubrimiento.
Reinaba el silencio en el tórrido camposanto que al día siguiente se convertiría en escenario de una recepción real. Los corresponsales hablaban en susurros, como si hacerlo en voz alta hubiera sido un sacrilegio. El aire de misterio que a plena luz del día planeaba sobre el lugar resultaba inverosímil.
Uno de los encargados llamó discretamente a dos nativos, que descorrieron la cortina y la reja
de madera que tapaba la boca de la tumba para introducir dos vulgares maderos en el oscuro
túnel. De inmediato comenzaron las conjeturas: «Son poco resistentes para ser utilizadoscomo puntales y demasiado delgados para
cargar algo sobre ellos». Sin embargo, el fotógrafo
se apresuró a comprobar el disparador de la cámara ya calcular la distancia, de sobras
conocida, desde el lugar donde estaba hasta la puerta por donde debía pasar cualquier objeto que
saliera de la tumba.
Me marché ya tarde. El tercer corresponsal me adelantó por el camino, pero los otros dos y el fotógrafo del fez se quedaron ante la boca de la silenciosa tumba, esperando que les revelara algún secreto antes de acabar el día.
Después de cenar me senté en el vestíbulo del gran hotel turístico de Luxor a observar
cuanto allí acontecía la noche anterior a la apertura oficial de la tumba, que resultó ser
una circunspecta comedia en la que el alborozo de Bruselas en vísperas de la batalla de
Waterloo se mezclaba con una evidente tensión general. Una tensión que no era exclusiva de los
impacientes y sufridos periodistas que llevaban días sosteniendo una atroz guerra de nervios
por hacerse con las primicias de las noticias y
que ya se habían anticipado veinticuatro horas a los arqueólogos al anunciar al mundo que el
muro que cerraba el acceso a la cámara real había sido perforado dejando a la vista el tan ansiado sarcófago. De vez
en cuando alguien se acercaba a hablar con lord Carnarvon y su encantadora hija lady Evelyn, pero algunos
parecían más interesados en dar a conocer sus triunfos en el juego del bridge o sus opiniones sobre la Sociedad de Naciones,
como si el tema sobre el que todos estaban pen-
sando fuera tabú.
A primera hora de la mañana del domingo acudí en automóvil a la apertura oficial de la tumba. No había aún muchos curiosos en el lugar, pero el escenario del gran acontecimiento ya estaba dispuesto.
A la izquierda está la tumba de Ramsés IX, en cuyo oscuro túnel la sultana y los funcionarios egipcios aguardarían la llegada de la reina de Bélgica. Detrás, una empinada escalera conduce a otra tumba sin importancia en que yace la momia del rey hereje Ajnatón, a quien Manetón ni siquiera menciona, trasladada hasta allí desde Amarna.
Si el espíritu de este rey, que intentó liberar a sus súbditos de las prácticas de los sacerdotes y de las tradiciones anacrónicas para implantar el monoteísmo en su imperio, rondara aún por el lugar, ¿qué sentiría al ver convertida su tumba en laboratorio fotográfico? La tumba era utilizada como cámara oscura por el fotógrafo oficial y bajo su luz roja se revelaban las imágenes de los tesoros que iban apareciendo, tesoros de una magnificencia que Ajnatón no habría podido 'imaginar. Más arriba de la nueva entrada está la tumba de Ramsés VI, faraón de la XX dinastía. La debilidad de los gobernantes de esta dinastía permitió a los sacerdotes de Amón recuperar y acrecentar su poder temporal.
A medida que aumentaba el calor del día fueron llegando pequeños grupos de visitantes y curiosos. Pero la jornada no había sido declarada festiva y la multitud congregada no excedió de doscientas personas.
Poco antes de mediodía llegó una caravana de camellos cargados de comida y bebidas para
los invitados. Daba la impresión de que el último camello de la caravana sudara por efecto
del calor, cosa insólita que tuvo su explicación al verse que iba cargado de serones de arpillera
con hielo. Sin embargo, los invitados no pudieron dar cuenta del festín que se había
preparado porque el tren en que viajaba Su Majestad acompañada de lord y lady
Allenby llegó con tanto retraso a Luxor que hubo que descartar el almuerzo en el real cementerio. Los
invitados llegados a primera hora habían ya almorzado en el túnel
que conduce a la tumba de Amenmes, como en un vagón restaurante, con un ojo en el reloj y
otro en la puerta. El eco repetía en los antiguos muros de piedra el teclear de la máquina de
escribir portátil de un miembro de la asociación de la prensa.
En primer lugar llegó lord Allenby en su automóvil para aguardar junto a la barrera el momento de dar la bienvenida a la reina. A continuación apareció otro automóvil, del que se apeó una figura vestida de blanco. Hubo muchas presentaciones, en particular a los funcionarios egipcios, y la reina, precedida por Howard Carter y con lord Carnarvon a su izquierda y la hija de éste detrás, se encaminó a la pendiente que lleva a la boca de la tumba. En un instante Su Majestad cruzó el oscuro umbral tras el cual aguardaba su llegada Tutankamón, si efectivamente su momia se hallaba bajo aquel enorme dosel dorado.
La siguiente noticia de interés fue el polvo que ensuciaba la espalda de lord Allenby cuando todos salieron de la tumba una media hora después. No se puede pasear por el desierto con un clavel en el ojal y la chaqueta manchada de polvo. El sarcófago deja tan poco espacio libre en el interior de la cámara funeraria que el distinguido caballero inglés rozó el muro con la espalda al rodearlo y se ensució la chaqueta.
El lunes, día siguiente a la apertura oficial, entré en la tumba con el primer grupo restringido de periodistas. Fue un coleccionista de sellos que conocí en Beirut quien me ayudó a comprender las precauciones adoptadas aquel día por los arqueólogos. Se me ocurrió coger con la mano uno de sus preciados sellos y el hombre, casi gritando de pánico, se apresuró a entregarme unas delicadas pinzas para que examinara a placer su preciado tesoro. Él comprendía perfectamente que yo fuese incapaz de entender tan extremado cuidado, pero me obligó a respetarlo.
En nuestro grupo había personas capaces de entender muchas de las cosas que se nos mostraban, pero mi aprendizaje sobre tesoros egipcios había sido realizado apresuradamente hacía más de diez años...".