Arte
y
arquitectura
egipcia:
Conjunto de edificios, pinturas, esculturas y artes aplicadas
del antiguo Egipto, desde la prehistoria hasta la conquista romana en el año 30 a.C. La historia de Egipto fue la más
larga de cuantas civilizaciones antiguas florecieron en torno al Mediterráneo,
extendiéndose desde el año 3000 a.C. hasta el s. IV d.C. La naturaleza del país,
desarrollado en torno al Nilo, que lo baña y fertiliza, junto al casi total
aislamiento de influencias culturales exteriores, produjo un estilo artístico
que apenas sufrió cambios a lo largo de sus más de 3.000 años de historia.
Todas las manifestaciones artísticas estuvieron destinadas, básicamente, al
servicio del Estado, la religión y el faraón, considerado como un dios sobre
la Tierra. Desde los primeros tiempos, la creencia en una vida después de la
muerte dictó la norma de enterrar al muerto con sus mejores pertenencias para
asegurar su tránsito hacia la eternidad. La regularidad de los ciclos
naturales, la crecida e inundación anual del río Nilo, la sucesión de las
estaciones y el curso solar que provocaba el día y la noche fueron considerados
como regalos de los dioses a los habitantes de Egipto. El pensamiento, la moral
y la cultura egipcias estuvieron arraigadas en un profundo respeto por el orden
y el equilibrio. El arte quería ser un arte útil; no se hablaba de piezas u
obras bellas, sino eficaces o eficientes. El cambio y la novedad nunca fueron
considerados como algo importante por sí mismos; así, el estilo y los
convencionalismos representativos del arte egipcio establecidos desde un primer
momento continuaron prácticamente invariables durante más de 3.000 años. Para
el espectador contemporáneo el lenguaje artístico egipcio puede parecer rígido
y estático (hieratismo); su intención fundamental, sin embargo, no fue la de
crear una imagen real de las cosas tal como aparecían, sino captar para la
eternidad la esencia de la persona, animal u objeto representado.
Los primeros pobladores prehistóricos se asentaron sobre las
terrazas o mesetas formadas por los sedimentos que el río Nilo iba depositando
en su recorrido. Las herramientas y útiles dejados por estos primeros
habitantes de Egipto muestran su paulatina evolución desde una sociedad de
cazadores-recolectores seminómadas a agricultores sedentarios. El periodo
predinástico abarca desde el 3200 a.C.
al 2755 a.C. aproximadamente.
Se han encontrado restos de asentamientos organizados que
datan de este periodo, así como diversos materiales asociados, sobre todo, a
enterramientos. Tales objetos se introducían en la sepultura junto con el cadáver
a fin de que su espíritu pudiera disfrutar de ellos en la siguiente vida;
gracias a eso se han conservado una gran cantidad de efectos personales, cerámica,
útiles diversos y armas. La cerámica se solía decorar con pinturas que
reflejaban la vida y costumbres de la época. Entre los motivos representados se
incluyen imágenes de los pájaros y animales característicos de las zonas próximas
al Nilo, así como también, ya al final del periodo predinástico, minuciosas
representaciones de embarcaciones con remeros sobre las aguas del río. El cobre
forjado se utilizó, en pequeñas cantidades, para la elaboración de collares y
algunas herramientas, aunque la mayoría de los elementos se obtuvieron de la
piedra. Las espátulas hechas de piedra se utilizaron para pulverizar la pintura
de ojos. Se tallaron pequeñas esculturas y figurillas en marfil y hueso, así
como también en arcilla.
El Imperio Antiguo de Egipto, dominado por las dinastías III
a VI, abarca los cinco siglos comprendidos entre los años 2755 y 2255 a.C. Hacia el año 3100 a.C. el país se unificó bajo el mando
de poderosos caudillos del sur, pero la idea de un Egipto dividido en dos zonas
bien diferenciadas (Alto Egipto al sur y Bajo Egipto al norte) persistió
durante algún tiempo. Es la época conocida como tinita, dominada por las
dinastías I y II, y en ella destaca el rey Narmer (algunos historiadores lo
identifican con el rey Menes), artífice de la unificación y fundador de la I
Dinastía. En la Paleta de Narmer
(c. 3100 a.C., Museo Arqueológico de El Cairo),
en piedra tallada, se puede ver al propio faraón portando la corona del sur y
subyugando a las gentes del norte, con dos animales entrelazados que significan
la unificación de las dos zonas de Egipto bajo el mando único del faraón.
Durante las primeras dinastías se construyeron importantes
complejos funerarios para los faraones en Abidos y Saqqara, a imitación de los
palacios y templos (la tumba era una síntesis de la noción de templo y de
mansión privada). La gran cantidad de cerámica, trabajos en piedra y tallas de
marfil o hueso encontrados en estas tumbas atestigua el alto grado de desarrollo
de esta época. Los jeroglíficos (escritura mediante dibujos), forma de
escribir la lengua egipcia, se encontraban por entonces en su primer nivel de
evolución, y ya mostraban su carácter de algo vivo, como el resto de la
decoración.
En la III Dinastía la capital se trasladó a Menfis y los
faraones iniciaron la construcción de pirámides, que sustituyeron a las
mastabas como tumbas reales. El arquitecto, científico y pensador Imhotep
construyó para el faraón Zoser (c. 2737-2717 a.C.) el conjunto de Saqqara; se trataba
de una necrópolis integrada por una pirámide escalonada de piedra y un grupo
de templos, altares y dependencias afines. La gran pirámide escalonada donde
reposan los restos del faraón está compuesta de varias mastabas superpuestas,
y es el ejemplo más antiguo de arquitectura monumental conservado en la
actualidad; ilustra también una de las fases en el desarrollo de la pirámide
como tipología arquitectónica.
La arquitectura del Imperio Antiguo puede considerarse
monumental, dado que la caliza y el granito locales se utilizaron para la
construcción de edificios y tumbas de grandes dimensiones. Desarrollaron una
extraordinaria técnica arquitectónica. Empleaban bloques colosales de piedra,
que se ajustaban a la perfección sin utilizar argamasa, y empleaban medios de
elevación que desconocemos. La bóveda era conocida pero no se empleaba en la
arquitectura en piedra. De los templos construidos durante este periodo apenas
se conservan unos pocos ejemplos.
El conjunto monumental de Gizeh, donde fueron enterrados los
faraones de la IV Dinastía, pone de manifiesto la destreza y habilidad de los
arquitectos egipcios a la hora de construir monumentos que han permanecido como
una de las siete maravillas del mundo, y muestran el esplendor de la civilización
egipcia. Snefru emprendió la construcción de la primera pirámide sin
escalones. Keops fue su sucesor y artífice de la gran pirámide, que llegó a
alcanzar en su momento 146 metros de altura y está formada por cerca de 2,3
millones de bloques de piedra con un peso medio, cada uno, de 2,5 toneladas. Su
hijo Kefrén (imágen) levantó una pirámide menor, y Mikerinos fue el artífice de la
tercera gran pirámide de este conjunto monumental.
El fin que se perseguía con las pirámides era preservar y proteger los cuerpos de los faraones para la eternidad. Cada pirámide formaba parte de un conjunto en el que figuraban un templo en el valle, un embarcadero y un corredor de comunicación entre unos espacios y otros, así como también un espacio reservado para realizar los ritos religiosos previos al enterramiento. Alrededor de las tres pirámides mayores de Gizeh (Keops, Kefrén y Mikerinos) creció una necrópolis (ciudad de los muertos) integrada por sepulcros denominados mastabas (en árabe mastabah, ‘banco de adobe’). De cubierta plana y paredes inclinadas, recibieron ese nombre por su semejanza con las casas egipcias de adobe en forma de pirámide truncada. Las mastabas fueron las tumbas de los miembros de la familia real, altos mandos, cortesanos y funcionarios. Exteriormente parece una pirámide truncada de planta rectangular que consta de una pequeña sala denominada sirdab, donde se guardaba la estatua del difunto, considerada como un ser vivo, y la falsa puerta que comunicaba el mundo de los muertos y de los vivos. Delante de ella se depositaban las ofrendas y se realizaba el culto funerario. Bajo tierra se encontraba la cámara sepulcral, a la que se accedía por un pasaje que se sellaba una vez depositado el cadáver.
Desde las primeras figuras de arcilla, hueso y marfil del
periodo predinástico, la escultura egipcia se desarrolló con gran rapidez. En
la época de Zoser (2737-2717 a.C.)
se hicieron grandes estatuas de los faraones y gobernantes sobre las que debían
reposar los espíritus que perpetuaran la memoria de los difuntos. Hieratismo,
rigidez, formas cúbicas y frontalidad son las características esenciales de la
escultura egipcia. Primero se tallaba un bloque de piedra de forma rectangular,
y después se dibujaba en el frente y en las dos caras laterales de la piedra la
figura objeto de representación. La estatua resultante era, en consecuencia,
una figura destinada a ser vista principalmente de frente (ley de la frontalidad).
No había necesidad, pues, de esculpir la figura por todos sus lados, ya que el
objetivo era crear una imagen eterna que representara la esencia y el espíritu
de la persona retratada, para lo cual bastaba una composición frontal de la
misma.
El artista egipcio no buscaba la representación del
movimiento. Desde los primeros tiempos del periodo dinástico se tenía un
perfecto conocimiento de la anatomía humana, pero se le daba una forma
idealizada. La estatua sedente del faraón Kefrén (c. 2530 a.C.
Museo Arqueológico de El Cairo), artífice de la segunda pirámide más grande
del conjunto funerario de Gizeh, engloba en sí misma todas las características
que hicieron memorable a la escultura egipcia de carácter regio. El faraón
aparece sentado sobre un trono decorado con el emblema de las tierras
unificadas, con las manos sobre las rodillas, la cabeza erguida, rígida y de
frente, y los ojos mirando al infinito. El halcón que representa al dios Horus
aparece detrás de la cabeza de Kefrén, simbolizando que es él, el faraón, el
‘Horus viviente’. La estatua, tallada en diorita, presenta en su conjunto
una gran unidad y equilibrio, creando una potente imagen de la majestad divina.
Las representaciones de individuos y personajes particulares
ofrecen diversos modelos y formas. Además de las figuras individuales sedentes
o en pie se hicieron otras emparejadas y también formando grupos escultóricos
en los que el difunto aparece con los miembros de su familia. Los materiales
utilizados fueron la piedra, la madera y, en menor proporción, el metal. Las
superficies se pintaban; los ojos eran piezas incrustadas de otro tipo de
material, como el cristal de roca, que realzaba la apariencia de realidad que
pretendía transmitir la estatua. Tales representaciones iban destinadas
exclusivamente a los personajes importantes; existió otro tipo de obras, no
obstante, que representaban a los trabajadores en sus diversos oficios y a las
mujeres ocupadas en sus tareas domésticas. Todas tenían un destino común: la
tumba del difunto. A finales de la IV Dinastía se introdujo una tercera posición
escultórica, tan asimétrica y estática como las dos anteriores (de pie y
sentadas): la del escriba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Otra
invención del Imperio Antiguo es el retrato de busto.
La escultura en relieve servía a dos propósitos
fundamentales: en los muros de los templos para glorificar al faraón; en las
tumbas para preparar al espíritu en su camino hacia la eternidad. En las cámaras
funerarias de las tumbas privadas es frecuente la decoración con escenas del
muerto ocupado en las actividades cotidianas que desarrolló en vida. La forma
de representación del cuerpo humano en dos dimensiones (frente y perfil), tanto
en relieve como en pintura, vino determinada por el deseo de preservar la
esencia de lo representado. Se buscaba, por encima de todo, la eternidad frente
a lo transitorio. Como resultado de esto, se combina en las figuras la disposición
de perfil para la cabeza y extremidades inferiores con la frontal de los ojos y
el torso. Esta regla o canon se aplicó a los faraones y miembros de la nobleza,
mientras que para los sirvientes y campesinos no se llegó a utilizar de manera
tan exhaustiva. Los relieves solían pintarse para dar una mayor sensación de
realidad, siendo frecuente la inclusión en ellos de diversos detalles sólo
pintados, sin necesidad de haberlos tallado previamente en la roca. La pintura
de carácter meramente decorativo aparece muy raras veces en las piezas del
Imperio Antiguo que se han descubierto hasta el momento presente.
El conocimiento que poseemos sobre la mayor parte de las
costumbres y modo de vida de los egipcios se ha conseguido gracias a estos
relieves de las tumbas. Las variedades de comida y sus formas de elaboración,
los métodos de pastoreo, la caza de animales salvajes, la construcción de
embarcaciones y muchos otros oficios están perfectamente representados en estos
relieves. Dispuestos en la pared por medio de bandas o registros, podían leerse
fácilmente como una narración continuada; tales representaciones no fueron
concebidas tanto como acontecimientos acaecidos en un momento determinado, sino
como ocupaciones y oficios en general, con un claro carácter de atemporalidad y
eternidad. Para la escultura en relieve, al igual que para la exenta o de bulto
redondo, los escultores trabajaron formando equipos o talleres con diferentes
niveles de trabajo asignado a los distintos integrantes del grupo.
En la cerámica, la rica decoración del periodo predinástico
se reemplazó por bellas piezas no decoradas, de superficies pulimentadas y
dentro de una gran variedad de formas y modelos destinados a servir de objetos
para uso cotidiano. En la antigüedad, la cerámica servía para los mismos propósitos
para los que hoy utilizamos el cristal, la loza, el metal, la porcelana o el plástico;
en consecuencia, el abanico de posibilidades abarca desde vasijas y recipientes
para comer y beber hasta grandes envases y contenedores de almacenaje o incluso
depósitos o cubos para la fermentación de bebidas.
Las joyas se hicieron en oro y piedras semipreciosas,
incorporando formas y diseños animales y vegetales. En toda la historia de las
artes decorativas de Egipto hubo una gran predilección por tales asuntos o
motivos artísticos. Se han conservado pocos ejemplos por lo que se refiere al
mobiliario, pero la abundante presencia de los mismos en las imágenes de las
tumbas nos proporciona abundante información sobre el diseño de sillas, camas,
escabeles, sillones y mesas. Generalmente los diseños fueron simples,
sencillos, incorporando formas vegetales y garras de animales para rematar los
acabados inferiores de los muebles (patas de sillas y mesas, por ejemplo). No se
utilizaban clavos, sino que las piezas se unían mediante espigas y mortajas o
se pegaban. Destacan los cabezales rodeados de genios para proteger el sueño.
El más bello conjunto de muebles del Imperio Antiguo es el de la tumba de la
reina Heteferes, madre de Keops, que destaca por su grandiosidad y sobriedad.
Al finalizar la VI Dinastía el poder centralista de Egipto
había disminuido; los gobernantes locales decidieron emplazar sus sepulcros en
sus propias provincias en lugar de enterrarse cerca de las necrópolis de los
faraones a quienes servían. De esta dinastía data la estatua en metal más
antigua que se conoce en Egipto: una imagen en cobre (c. 2300 a.C.
Museo Arqueológico de El Cairo) de Pepi I (reinó c. 2395-2360 a.C., imágen). El primer periodo intermedio (VII a X dinastías) fue
una época de anarquía y agitación. Hubo un débil intento por mantener las
tradiciones artísticas de la edad de oro del Imperio Antiguo, pero hasta la
reunificación del país con los faraones de Tebas, en el sur, no se pudo
reanudar la actividad artística para igualarla a su anterior época de
esplendor.
Mentuhotep II, faraón de la XI Dinastía, reinó entre los años
2061 y 2010 a.C.,
y fue el primer faraón del nuevo Egipto unificado del Imperio Medio (2134-1570 a.C.). Creó un nuevo estilo o una nueva
tipología de monumento funerario, probablemente inspirado en los conjuntos
funerarios del Imperio Antiguo. En la orilla oeste de Tebas, al otro lado del
Nilo, en el lugar denominado Dayr al-Bahari, construyó un templo en el valle
conectado por un largo camino real a otro templo que se encontraba adosado a la
ladera de la montaña. Formado por una mastaba coronada por una pirámide y
rodeado de pórticos a dos niveles, los muros fueron decorados con relieves del
faraón en compañía de los dioses.
La arquitectura del Imperio Medio no está bien representada,
dada la escasez de ejemplos conservados. No obstante, una pequeña construcción
vinculada a Sesostris I (1962-1928 a.C.),
faraón de la XII Dinastía, ha sido recuperada de uno de los últimos pilonos
(puertas monumentales) del templo de Karnak, para el que se utilizaron sus
ladrillos como material de relleno. Esta pequeña capilla puede considerarse
como el ejemplo típico del estilo de la época. Esencialmente cúbica en su
diseño y construida bajo un riguroso sistema de pilares y estructuras
adinteladas, este pequeño edificio tiene una pureza de líneas y unas
proporciones tan equilibradas que le otorgan sin lugar a dudas un carácter de
eternidad. Los entrepaños están decorados con bellos relieves del faraón y
divinidades egipcias.

La escultura del Imperio Medio se caracteriza por su
inclinación hacia el realismo. Las primeras obras de este periodo imitan
claramente los ejemplos del Imperio Antiguo en un intento por restablecer las
viejas tradiciones, pero la escultura de la XII Dinastía muestra un renovado
interés por la realidad. Los retratos de faraones como Amenemes III (imagen)
y Sesostris
III son muy diferentes de aquellos otros faraones del Imperio Antiguo.
Durante la XII Dinastía las imágenes del faraón no se
idealizan hasta el punto de convertirlo en dios. La gravedad e importancia de su
alto rango se reflejan de forma clara en el rostro. La estructura ósea se insinúa
bajo una superficie rígida, produciendo un tipo de realismo que nunca se había
dado con anterioridad en el arte egipcio. Las estatuas de personajes privados
tienden, como en todas las épocas, a imitar el estilo de las de los faraones;
así lo vemos, por ejemplo, en los retratos de la nobleza de la XII Dinastía,
tendentes también hacia el realismo.
La costumbre entre los nobles de enterrarse en tumbas
construidas en sus propios centros de influencia en lugar de hacerlo en la
capital, se mantuvo vigente. Aunque muchas de ellas estuvieron decoradas con
relieves, como, por ejemplo, las tumbas de Asuán, en el sur, otras como las de
Beni-Hassan, en el Egipto Medio, fueron por regla general decoradas
exclusivamente con pinturas. Los ejemplos conservados muestran el trabajo de los
artistas y artesanos locales en su intento por adherirse a los modelos de los
talleres regios. Aparecen algunas novedades en los tipos y formas
representativas, aunque los viejos modelos todavía servían de guía para
muchos temas y composiciones. La pintura también decoraba los sarcófagos
rectangulares de madera típicos de este periodo. Los dibujos eran muy lineales
y reflejan una gran minuciosidad en los detalles.
El Imperio Medio fue también una época en la que se
produjeron magníficos trabajos en artes decorativas, en particular joyas
realizadas en metales preciosos con incrustación de piedras de colores. En este
periodo aparece la técnica del granulado. El barro vidriado alcanzó gran
importancia para la elaboración de amuletos y pequeñas figuras. Quizá lo más
conocido fueron los hipopótamos de barro vidriado en color azul decorados con
pinturas de plantas acuáticas.
La XIII Dinastía tuvo faraones débiles e ineficaces, alcanzándose
un número de unos 50 en 120 años. El segundo periodo intermedio (XIII a XVII
dinastías) fue de nuevo para Egipto una época de gobierno dividido. Los
hicsos, pueblos venidos del Asia occidental, entraron en Egipto proclamándose a
sí mismos faraones. Impusieron su poder gracias a la utilización de caballos y
carros de guerra. Esta circunstancia tuvo una prolongada influencia, ya que los
hicsos llevaron a Egipto nuevas tecnologías a la vez que también
proporcionaron una visión más amplia de su lugar en el mundo mediterráneo.
Una vez más, sin embargo, Tebas instigó la reunificación del país, los
extranjeros fueron expulsados y se restableció el poder central de la monarquía.
El Imperio Nuevo (1570-1070 a.C.)
comenzó con la XVIII Dinastía, y fue una época de gran poder, riqueza e
influencia, como lo evidencia su importante comercio exterior y sus conquistas
en el extranjero.
Los faraones de las dinastías XVIII a XX fueron grandes
constructores de arquitectura religiosa. Tras el restablecimiento de la capital
en Tebas la realeza divina de los faraones se asoció al dios local Amón, que
llegó a ser la divinidad suprema más importante de Egipto y reinaba sobre los
dioses secundarios. Casi todos los faraones del Imperio Nuevo se preocuparon por
ampliar y hacer nuevos añadidos en el conjunto de templos de Karnak, centro del
culto a Amón, convirtiéndose así en uno de los más impresionantes complejos
religiosos de la historia. El mayor de todos ellos es el de Karnak; sus
gigantescos pilonos, la gran sala hipóstila, los vestíbulos plagados de
columnas, los obeliscos y las estatuas dispuestas en numerosos lugares, llevan
directamente a pensar en el poder y majestuosidad del faraón y el Estado de
aquella época. Próximo a este conjunto destaca también el templo de Luxor,
con una fachada compuesta de dos enormes muros macizos que flanquean la entrada
y conducen al patio. Ya en el interior encontramos una serie de recintos y
capillas, dispuestos simétricamente, que albergan el sanctasanctórum, una sala
cuadrada con cuatro columnas.
En la ribera occidental del Nilo, cerca de la necrópolis de
Tebas, se construyeron templos para el culto y honras fúnebres de los faraones.
Durante el Imperio Nuevo, los cuerpos de estos faraones se enterraron en tumbas
excavadas en la roca en el entorno denominado Valle de los Reyes, ya en pleno
desierto, con los templos funerarios o mortuorios a cierta distancia fuera del
valle. De estos templos, uno de los primeros y más insólitos fue el de la
reina Hatshepsut en Dayr al-Bahari, levantado por el arquitecto Senemut (muerto
hacia el año 1428 a.C.).
Situado frente a los acantilados del río Nilo, junto al templo de Mentuhotep
II, de la XI Dinastía, y probablemente inspirado en él, el templo es una
extensa terraza con numerosas capillas para los dioses y relieves representando
los éxitos logrados por Hatshepsut a lo largo de su reinado. Otros faraones no
siguieron este precedente, y construyeron sus templos al borde de las tierras fértiles,
lejos de los escarpados riscos del desierto.
Las tumbas del Valle de los Reyes fueron excavadas en el
interior de la roca, en un esfuerzo —casi nunca conseguido— por ocultar los
sepulcros donde reposaban las momias de los faraones. Largos pasajes y
corredores, escaleras y cámaras funerarias fueron decorados con relieves y
pinturas de escenas de textos religiosos destinados a proteger y amparar el espíritu
del difunto para su próxima vida.
Durante la XIX Dinastía, en época de Ramsés II (imagen), uno de los
más importantes faraones del Imperio Nuevo, se levantaron los gigantescos
templos de Abu Simbel, en Nubia, al sur de Egipto. Fueron excavados en el
interior de la roca, sobre la falda de una montaña y con las fachadas
custodiadas por cuatro figuras monumentales del faraón y su esposa
respectivamente. Entre 1964 y 1968 ambos templos tuvieron que ser desmontados en
bloques y trasladados a un lugar más elevado con el fin de salvarlos de su
inmersión bajo las aguas de la nueva presa de Asuán.
Como en todas las épocas, la arquitectura doméstica y
palaciega se hizo fundamentalmente con materiales más baratos que la piedra,
como el adobe. No obstante, se han conservado los suficientes restos como para
dar una idea aproximada de la planificación de los palacios y sus múltiples
estancias con pinturas y decoraciones diversas en suelos, paredes y techos. Las
viviendas de las clases privilegiadas formaban amplios conjuntos urbanos
integrados por edificios residenciales y para el servicio. Ejemplos de casas
modestas para los obreros pueden aún encontrarse, agrupadas junto a los
pueblos, muchas veces como las del Egipto actual.
Durante el Imperio Nuevo la escultura alcanzó una nueva
dimensión. La rigurosa y severa estilización del Imperio Antiguo y el áspero
realismo del Imperio Medio fueron reemplazados por un estilo cortesano en el que
se combinaban perfectamente la elegancia y la cuidadosa atención hacia los
detalles más delicados. Iniciado durante los reinados de Hatshepsut y Tutmosis
III, este estilo alcanzará su madurez en tiempos de Amenofis III. Los retratos
de los faraones y de los cortesanos fueron obras plenas de gracia y
sensibilidad.
El arte en la época de Amenofis IV, hijo de Amenofis III,
refleja la revolución religiosa promovida por el faraón. Amenofis adoraba a Atón,
dios solar, e imaginó y proyectó una línea artística encaminada hacia esta
nueva dirección, es decir, a eliminar el hieratismo tradicional del arte
egipcio. Al comienzo de su reinado se utilizó un realismo casi caricaturesco,
pero poco a poco fue derivando hacia un estilo de sutil belleza y profunda
ternura, cualidades perfectamente ejemplificadas en la cabeza de piedra caliza
pintada de su esposa, la reina Nefertiti (c. 1360 a.C. Staatliche Museen, Berlín).
Mientras que el relieve se utilizó en el Imperio Nuevo
principalmente para la decoración de edificios religiosos, la pintura
predominará en la decoración de las tumbas privadas. La necrópolis de Tebas
es una rica fuente de información sobre la lenta evolución de la tradición
artística, así como también de excelentes ilustraciones de la vida de aquella
época.
El medio pictórico permitió mayores posibilidades que el
escultórico, al conceder al artista la posibilidad de crear coloristas imágenes
de la vida alrededor del Nilo. Los funcionarios aparecen representados
inspeccionando los exóticos tributos llevados a Egipto desde todos los rincones
del mundo conocido. Los oficios de los talleres regios están representados con
meticuloso detallismo ilustrando la elaboración de todo tipo de objetos, desde
grandes esculturas a delicadas joyas. Los ritos funerarios, desde el cortejo fúnebre
hasta las últimas plegarias elevadas a los espíritus, también se representan.
Uno de los elementos comunes en la pintura de las tumbas tebanas, conocido ya en
el Imperio Antiguo, es la representación del difunto cazando y pescando entre
los papiros de las marismas, entretenimientos y actividades de las que desearía
gozar durante toda la eternidad.
Durante el Imperio Nuevo las artes decorativas, al igual que
la pintura y la escultura, alcanzan las más elevadas cotas de perfección y
belleza. Los objetos de uso cotidiano utilizados por la corte real y la nobleza
fueron exquisitamente diseñados y elaborados con gran destreza técnica. No hay
mejor ejemplo para ilustrar esta afirmación que el ajuar funerario de la tumba
(descubierta en 1922) de Tut Anj Amón, donde con ricos materiales —alabastro,
ébano, oro, marfil y piedras semipreciosas— se crearon múltiples objetos de
consumada habilidad artística. La cerámica del Imperio Nuevo ofrece también
este mismo gusto decorativo, con sus superficies frecuentemente pintadas con
motivos vegetales. En esta época se produce el apogeo del vidrio, técnica en
la que los artesanos mostraron una gran originalidad. En general, y a tenor de
los restos conservados, se puede decir que los egipcios de esta época
encontraron un particular deleite en la riqueza ornamental y en los vivos
colores de las pinturas y artes decorativas.
A los poderosos faraones de las dinastías XVIII, XIX y parte
de la XX les reemplazaron débiles monarcas que sumieron al país en una nueva
etapa de crisis y decadencia, con continuas usurpaciones del poder. Ramsés III,
fundador de la XX Dinastía (1198-1166 a.C.),
levantó un enorme templo funerario en Madinat Habu, cerca de Tebas, en la
orilla occidental del Nilo, cuyos restos son de los mejor conservados en la
actualidad. La existencia de un palacio junto al templo indica que el faraón
frecuentó y habitó aquel lugar en bastantes ocasiones. Escenas de batallas
relatando las campañas de Ramsés III contra los invasores extranjeros (pueblos
del mar) aparecen representadas con gran viveza en relieves distribuidos por los
muros del templo.
Las dinastías XXI a XXIV están consideradas como el tercer
periodo intermedio, un lapso de tiempo de más de 350 años en el que diversos
monarcas se establecieron paralelamente en Sais, Tanis y Bubastis, capitales del
delta del Nilo, en un momento de división política del país. La reunificación
llegó con los faraones de la XXV Dinastía; éstos fueron etíopes que
penetraron desde Nubia avanzando hacia el delta y ocupando Tebas. Respetaron las
creencias y divinidades egipcias, asumiendo también sus costumbres con la idea
de ser ellos quienes tenían la obligación de restablecer la gloria y el
esplendor de Egipto. Restauraron los viejos templos y construyeron otros nuevos
dedicados a sus dioses. Tomaron los nombres de los antiguos faraones y en sus
producciones artísticas copiaron e imitaron escenas y motivos de épocas
pasadas. Recuperaron la tipología de la pirámide como lugar de enterramiento.
Durante su reinado los asirios, acaudillados por Asaradón, llegaron hasta Tebas
en el año 671 a.C.,
pero fueron rechazados.
Poco después de este primer intento fallido, el rey asirio
Assurbanipal conquista Egipto convirtiéndolo en provincia asiria, hasta que Samético
I (664-610 a.C.)
libera al país de la dominación asiria y crea una nueva dinastía, la XXVI,
denominada saíta. Continuando la labor de restauración de viejas tradiciones
iniciada por los etíopes, durante el periodo saíta tiene lugar un
florecimiento de las artes. Destacan los trabajos escultóricos en bronce, de
gran suavidad y blandura en el modelado, con tendencia hacia formas
contorneadas. Tuvieron contacto con los griegos, algunos de los cuales habían
servido en el ejército egipcio como mercenarios. También con los judíos, a
través de una colonia que éstos poseían en el sur, cerca de Asuán. El arte
de la XXVI Dinastía utilizó muchas formas y modelos del pasado, copiando a
veces literalmente los motivos de los antiguos monumentos.
La XXVI Dinastía acaba con la invasión del Imperio persa,
y, salvo breves periodos, Egipto nunca recuperó su libertad de manos de la
dominación extranjera. La conquista del país por parte de Alejandro III el
Magno en el 332 a.C.,
y por los romanos en el año 30 a.C.,
introdujo a Egipto dentro de la órbita del mundo clásico, aunque persistieron
sus antiguas tradiciones artísticas. Alejandro (que había fundado la ciudad de
Alejandría, que se convirtió en un importante foco de la cultura helenística)
y sus sucesores aparecen representados en los muros de los templos como si
fueran auténticos faraones en un claro estilo egipcio. Los templos construidos
durante el periodo tolemaico (la dinastía fundada por Alejandro el Magno)
repiten los modelos arquitectónicos tradicionales de Egipto.