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BRANCO
MAUTNER, CARDIOLOGO
"Los
argentinos estamos padeciendo de estrés crónico"
Con
el corazón acorralado. Existen ya algunos datos que marcan hasta
qué punto la crisis que se desencadenó en diciembre revierte
en más afecciones cardíacas. Como en Kosovo u Oriente Medio,
los argentinos estamos sometidos a una tensión permanente que resuena
sobre todo en el sistema circulatorio.
Así
lo analiza el cardiólogo Branco Mautner, jefe del Departamento de Docencia
e Investigación Clínica de la Fundación Favaloro. Miembro de importantes
asociaciones internacionales y con treinta años de práctica hospitalaria,
Mautner dirigió "Cardiología", un tomo de 900 páginas con capítulos firmados
por expertos argentinos en cada rubro que saldrá este mes.
Todos conocemos ya
los factores de riesgo de las afecciones cardíacas: tabaquismo, obesidad,
colesterol alto, sedentarismo, hipertensión... ¿Podemos agregar también
el vivir hoy en la Argentina?
—Sí, pero las cosas son más complicadas de lo que supone su pregunta.
La crisis argentina se puede ver desde varios puntos de vista. A mí me
interesa, sobre todo, cómo repercute sobre los pacientes y sobre los médicos,
que tendríamos que poder aportar soluciones. Lo primero que salta a la
vista, dramáticamente, es la merma o ausencia directa de la capacidad
de compra de medicación. Eso deriva en un agravamiento de la enfermedad
—cualquiera sea— con consecuencias imprevisibles. Yo fui treinta
años médico de hospital público, así que estoy acostumbrado a ver pacientes
con privaciones económicas, pero nunca como las que se observan hoy. Mucha
gente abandonó la medicación o la toma en forma irregular. Y hablo de
gente que tiene ya enfermedades diagnosticadas como hipertensión o insuficiencia
cardíaca. Imagínese lo que ocurre entonces con los medicamentos relativos
a la prevención: la no medicación llevará progresivamente a un incremento
de la enfermedad en la población, lo que deteriora no sólo el promedio
de vida sino la calidad de ésta.
- Calidad
que no depende sólo de los medicamentos que se toman.
—Obviamente. El incremento de horas de trabajo de la gente para
atenuar los efectos de la baja de ingresos y el miedo a perder el trabajo
dejan marcas que atentan contra esa calidad de vida. Disminuyen las
horas dedicadas al descanso, al esparcimiento y a la prevención de factores
de riesgo. Si no hay tiempo libre, disminuye la actividad física y se
incrementan el sedentarismo y la obesidad, que son dos temibles factores
de riesgo. Si uno trabaja catorce horas, es imposible que haga deporte
o camine. Por otra parte, la falta de dinero produce la disminución
de las consultas médicas. Y no hablo solamente de no poder pagar la
consulta, sino simplemente de no tener plata para viajar. Todo esto,
por lógica, lleva al incumplimiento de las indicaciones médicas y a
un desánimo tanto de los pacientes como de los médicos. "¿Para qué voy
a ir, si no puedo hacer lo que me dice?", se pregunta el enfermo. "¿Para
qué le voy a recetar tal o cual o cosa si no podrá comprarla?", se queja
el médico. Uno y otro están entrampados en la misma encerrona.
- ¿Hay
alguna idea de la magnitud de la repercusión de la crisis sobre las
afecciones cardíacas?
—Pocas semanas atrás, en el Congreso Argentino de Cardiología,
se presentaron los resultados de un estudio —conocido como Redifa—
efectuado por la Sociedad Argentina de Cardiología en Lobos, provincia
de Buenos Aires. En ese estudio se detectó un aumento de entre el 54
y 63% de abandono del tratamiento en hipertensos desde el comienzo de
la crisis. No es casual: en Lobos la desocupación aumentó el 90% y hubo
una baja del 27% en la cobertura de salud. El tema es más grave de lo
que se cree, porque la hipertensión es una amenaza que mucha gente no
contempla.
- ¿En
qué sentido?
—En todo el mundo, hay un cuarto de la población que es hipertensa.
La mitad de esa población no sabe que lo es. La mitad de los que se
saben hipertensos no se controlan ni tratan adecuadamente. O sea que
hay un núcleo importante —en todo el mundo, no sólo en la Argentina—
de gente que está enferma, pero no se trata adecuadamente.
- El
Sanatorio Otamendi de la Capital acaba de informar que, desde diciembre
del año pasado, los infartos de miocardio aumentaron el 24% entre sus
pacientes. ¿Hay forma de comparar todo esto con lo que ocurrió en otros
países?
—La caída de la Unión Soviética es el antecedente más claro. Allí
ocurrió exactamente lo mismo que está pasando aquí: una crisis de magnitud
inusitada y un aumento exponencial de enfermedades cardíacas. Es que
a los factores sociales mencionados —desocupación, falta de cobertura
en salud— se agregaron inseguridad, pobreza, desconfianza en la
instituciones, pérdida de valores de referencia... Semejante cuadro
crea en la población un estado de estrés crónico, que deteriora cotidianamente
la salud. En ese continuum de estrés crónico estalla una mala noticia
puntual —pérdida de empleo en la familia, enfermedad de alguien
querido, disminución del sueldo, etc.— y se produce entonces un
episodio de estrés agudo. Es la gota de agua que rebasa el vaso, que
puede actuar como gatillo de enfermedades agudas tales como úlcera duodenal,
infarto de miocardio, ataque cerebral y otros.
- ¿Estrés
crónico es algo así como tener el corazón sometido a un estado de angustia
permanente?
—Le doy un ejemplo experimental. Usted pone un gato en una jaula,
y en la jaula de al lado, pegada, pero sin acceso una a otra, un ratón.
Pasan los días y el ratón ve que el gato no se acerca, pero no sabe
si en algún momento podrá hacerlo; vive padeciendo una amenaza constante
que no se hace efectiva, pero tampoco desaparece. El ratón empieza a
perder peso, tiene taquicardia y mil problemas de salud; finalmente,
se muere. El estrés crónico lo llevó a ese final.
- ¿No
hay señales externas pero la procesión va por dentro?
—Exactamente. Por dentro se producen mecanismos perfectamente
descriptos, como la descarga continua de sustancias —tipo hormonas
de las suprarrenales—, que nacen de la angustia en el cerebro.
Esa descarga continua va desgastando el organismo y produce enfermedad
y muerte. ¿Advierte la diferencia con el estrés agudo? Piense en una
persona que se encuentra inesperadamente en un bosque con un león; el
organismo se prepara para la lucha o para la huida. Cualquiera de las
dos situaciones tiene un desenlace distinto pero más o menos breve:
uno se salva o es comido por el león. Si uno se salva, el organismo
vuelve a su normalidad luego del episodio de estrés agudo. A nuestros
ancestros, el estrés agudo les ocurría de vez en cuando (no siempre
se topaban con un león, por supuesto). Pero el hombre contemporáneo
—y más aún, en medio de crisis como éstas— recibe permanentemente
agresiones que lo arrastran a la cronicidad del estrés. En el episodio
agudo, el corazón late más rápido y hay vasoconstricción; imagine qué
pasa cuando esos estados se perpetúan.
- En
1999, investigadores de la Universidad de Harvard estudiaron un número
importante de pacientes infartados. Descubrieron que el 70% de ellos,
horas antes de que se desencadenara el infarto, habían sufrido ira.
¿Las emociones son siempre tan decisivas en los problemas cardíacos?
—Sí, eso es siempre demostrable. Para ver esto no siempre el mejor
modelo es el de los infartos. Porque probablemente una tercera parte
de los infartos no son diagnosticados en el momento en que ocurren,
porque no toda la gente tiene dolor. Muchas veces los médicos encontramos
infartos que fueron hace cinco, siete años y el paciente nunca se enteró.
En cambio, hay un modelo de estudio mucho más preciso, que es el de
la muerte súbita. Muerte súbita es aquella que se produce en menos de
una hora de comenzados los síntomas; muerte brusca, aquella que no da
síntomas (uno se acostó y no se despertó nunca o uno va caminando por
la calle, se cae y está muerto). Con este modelo diferencial se puede
estudiar bastante fácilmente qué es lo que ocurre durante y antes del
episodio cardíaco. Por ejemplo, en Israel —en Tel Aviv—,
se estudió la cantidad de muertes súbitas en momentos de paz y de guerra.
Es incontrastable: los índices de muerte súbita subían ante la amenaza
de ataque de misiles. Después bajaban a menos de lo normal y recuperaban
la normalidad cierto tiempo después.
- ¿Por
qué bajaban a menos de los índices normales?
—Porque en ese pico de amenaza o concreción de ataque misilístico
murieron todos los que tenían riesgo cardíaco severo. Entonces, sobreviene
un pequeño período de mejora. Lo mismo ocurrió durante la guerra de
Kosovo, donde se verificaron dos tipos de mortalidades: los que morían
por la sangría de la guerra (armas de fuego, bombas, etc.) o los que
morían por estrés agudo. Esas estadísticas hablan a las claras de las
razones emocionales de la enfermedad cardíaca.
- ¿La
Argentina está hoy muy cerca de Tel Aviv y Kosovo?
—Mire, los argentinos padecemos hoy de estrés crónico, y eso no
es nada bueno. Porque el organismo está en una situación tal que cualquier
gatillo —que en otras situaciones no sería tan contundente—
resulta dramático y produce enfermedades graves.
- ¿Este
estrés crónico es el que está produciendo, por ejemplo, la baja en la
edad de los infartados y la mayor incidencia en mujeres?
—Lo primero es cierto. Lo de las mujeres es un problema más complejo,
porque las mujeres viven más. El promedio de vida es muy superior al
que era hace veinte o treinta años. Entonces, lo lógico es que a medida
que pasan los años, la gente se enferme más. Como los hombres se van
muriendo antes, quedan menos para enfermarse. Después de los sesenta
años, o sea, unos diez años después de la menopausia (hasta ese momento,
la mujer está protegida por sus estrógenos), va a haber más mujeres
enfermas que hombres enfermos porque los hombres simplemente se mueren.
La mayor incidencia de infartos en mujeres tiene entonces raíces demográficas.
- Los médicos no parecen estar fuera de
la jaulita del ratón. ¿Qué se puede hacer por pacientes con algún grado
de riesgo cardíaco en este escenario?
—Claro que el médico tiene limitaciones. Uno siente que puede
actuar hasta cierto punto. La parte biológica es responsabilidad nuestra,
pero desespera ver que se nos escapa lo social, lo político, lo económico.
Esa es tarea de los políticos y de las autoridades sanitarias, y estamos
con estrés crónico porque vemos cómo la mayoría de ellos eluden sus
responsabilidades.
Clarin,
Domingo 3 de noviembre de 2002
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