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Historias
de crotos y linyeras
Alberto
González Toro. De la redacción de Clarín.
En
1924, la Gerencia General del Ferrocarril Sud, de capitales ingleses,
alertaba: "La presencia de individuos en las estaciones, de los denominados
lingheras, entre los que suelen contarse sujetos mal intencionados o simplemente
delincuentes, constituye un grave peligro por los desmanes que cometen
en perjuicio de la empresa, lo que el personal debe evitar, no tolerando
bajo ningún concepto ni pretexto el estacionamiento de esa gente
en las dependencias del ferrocarril". En esos tiempos, la oligarquía
agrícola-ganadera que exportaba casi toda su producción
a Gran Bretaña, dueña de puertos y ferrocarriles. El miedo
de la Gerencia General del Ferrocarril Sud, en realidad, no pasaba por
los "denominados lingheras"(palabra de origen piamontés
que los argentinos transformaron después en "linyeras")
que a lo sumo hurtaban un poco de carbón, alguna leña, y
viajaban de "colados" en los trenes de carga. Los ingleses le
tenían miedo a los "lingheras" que en sus pequeñas
bolsas o "monos" llevaban libros libertarios, y a autores como
Nietzsche y Schopenhauer.
Muchos
linyeras o crotos (llamados así porque se beneficiaron de una ordenanza
dictada en 1920 por el gobernador radical José Camilo Crotto, que
permitió a los braceros viajar libremente en los trenes de carga
cuando fueran a trabajar a las cosechas) recorrían el país
con textos de Bakunin, Kropotkine y Malatesta. El croto, individualista,
con toques románticos, preindustrial, era un campo fértil
para que prendieran las ideas libertarias. Héctor Woollands, un
militante del "crotismo", ya muy anciano declaró hace
seis años: "Durante la crisis del treinta campeaba la vocación
por el anarquismo, y la FORA, Federación Obrera Regional Argentina,
propiciaba la expropiación: "todo es de todos, y tenemos derecho
a tomar lo necesario para subsistir". Entonces, si no había
trabajo, antes que cometer la bajeza de pedir limosna era preferible correr
el riesgo de salir de noche a manotear alguna gallina, para sobrevivir,
no para acumular. Los delegados de la FORA, cuando salían de gira,
iban de crotos en los trenes, no tenían viáticos. También
era común que los crotos llevaran un par de libros en su mono,
que intercambiaban en las "ranchadas".
La
mayoría de los crotos, sin embargo, eran hombres marginados por
la sociedad, muchos de ellos inmigrantes, sin familia, solitarios, que
recorrían en los trenes los desérticos paisajes de la Argentina.
Trabajaban en la cosecha de maíz, que se recogía a mano,
y se hospedaban en los galpones donde se guardaba el cereal. "Pero
en los tiempos de las crisis económicas, se agregaban miles de
crotos nuevos. Pequeños comerciantes arruinados y hombres sin trabajo
incrementaban el número. La Policía los llevaba como ganado
por las calles del pueblo para interrogarlos, identificarlos, amenzarlos,
maltratarlos y dispersarlos. La sociedad los rechazaba: la mayoría
no se volvía a integrar", escribe Hugo Nario en El mundo los
crotos, del Centro Editor de América Latina.
En
su "mono", dice Nario, el croto llevaba muy poco: un par de
pantalones, un poncho o frazada, unas cuantas bolsas de maíz para
abrigarse. Y en su "bagayera"(una bolsita generalmente de lona)
el croto guardaba todo su "capital": una ollita sobre la que
ponía un plato de lata, y arriba la pava, y dentro de ésta,
el mate, tenedor, cuchara, bombilla. El cuchillo siempre se llevaba en
la cintura, aclara Nario. Yerba, café, azúcar, el frasquito
con sal y pimienta. El croto usaba gorra, boina, y pocas veces sombrero.
Pañuelo o toalla al cuello. Casi siempre, alpargatas. Un croto,
a los 40 años, ya era más que maduro. A los 50, se lo podía
considerar un viejo. ¿Qué significaba envejecer?, se pregunta
Nario. No poder resistir el frío, el cansancio y el hambre. Y,
sobre todo, no poder subirse a los trenes de carga a la carrera, ni trepar
hasta sus techos.
Según
una estadística oficial del Ferrocarril Sud, en 1936 había
350 mil crotos. A fines de la década del 40, con la industrialización,
el croto pasó a ser un recuerdo. Una imagen, un pedazo de historia,
una triste memoria.
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