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LOS
EJERCITOS DE LA NOCHE
La
Argentina de cartón
Unos
40 mil cartoneros invaden noche a noche Buenos Aires. Sólo una
cuarta parte son cirujas clásicos. El resto perdió su trabajo
o no consigue el primero. Y se larga a un oficio que se satura por exceso
de mano de obra.
Reina
del Plata, súbdita del desempleo, la ciudad de Buenos Aires es destripada
todos los días desde sus bolsas de residuos. Por ejemplo, el jueves 24
de octubre, a las 19,40, en el corazón del barrio de Belgrano, en la calle
Ciudad de la Paz entre La Pampa y José Hernández, en apenas una cuadra
cinco cartoneros conviven y disputan lo que hay adentro de las delgadas
fundas de plástico negro. Palpan, meten mano, extraen: cartón, sobre todo,
papel de diarios o la gema más preciada, papel blanco, restos de trabajo
oficinesco. Otros pasarán luego por el plástico o el vidrio. Si llega
a aparecer un cartucho de computadora en desuso dan una celebratoria vuelta
olímpica: habrá entre ocho y diez pesos extras cuando se lo venda a los
recargadores.
Pero los cartoneros no esperan milagros. Esperan sí, hacer entre diez
y quince pesos por jornada, un poco más un poco menos, según pinte cuando
vendan su carga a los acopiadores que a su vez lo revenderán a las empresas
que volverán a fabricar papel que será otra vez consumido y otra vez arrojado
y recogido por los cartoneros que a su vez...
En la Capital Federal el cartoneo ha llegado a su cumbre y ha comenzado
su crisis: entre 2001 y 2002 los reclutas de estos ejércitos de la noche
pasaron de 25 mil a 40 mil aproximadamente. Una cuarta parte son cirujas
históricos, el resto son ex mozos, ex metalúrgicos, ex mucamas, ex zapateras
ex algo que han dejado de ser en los años 90, para pisar el siglo XXI
con zapatillas de ciruja, unas reebok gastadas, por qué no, pero en buen
estado, admiradas con sorpresa, por primera vez, como recién nacidas adentro
de una bolsa.
La trayectoria vital de una/un cartonero tiene estos pasos cantados 1)
vida de trabajador relativamente formal; 2) desempleo; 3) abismos materiales,
familiares y psicológicos varios; 4) inmersión en las bolsas de la basura.
En la obra Los Albornoz, que por estos días sube los fines de semana al
teatro Regio interpretada por Los Macocos, una familia de clase media
baja desciende en clave tragicómica por el tobogán de la desocupación.
Pero antes de la demolición final hay un paso: el carrito del supermercado
que pilotea la ama de casa devenida cartonera, recorriendo las calles
porteñas para ganarle de mano a los camiones de CLIBA. Su fe es inconmovible
"¿Viste que nos íbamos a arreglar?", dice doña Albornoz a la parentela
mientras ingresa al living con un changuito que supo de tiempos mejores.
La observación del neogrotesco porteño no está mal: en muchos casos, son
las mujeres las que salen a cartonear cuando la miseria arrincona.
En Buenos Aires poco más de la mitad de la basura se compone de materias
orgánicas, un 17 por ciento es papel y cartón, un 15 es plástico, el 6
por ciento vidrio. El material de demolición, la madera y el metal suman
un 7 por ciento y cerca del 3 por ciento restante es tela. El Gobierno
de la Ciudad calcula que el cartoneo saca del circuito de la basura un
cinco por ciento, las empresas de recolección se quejan de que esos porcentajes
llegan en verdad al 15 por ciento algo que, denuncian, los perjudica pues
cobran por tonelaje. Según el CEAMSE (Coordinación Ecológica Area Metropolitana
Sociedad del Estado) la Ciudad Autónoma produjo en 2001 un 30 por ciento
menos de residuos que en 1999 y este año se calcula una nueva baja del
25 por ciento.
La merma de basura se choca con la saturación de cartoneros. En las zonas
de relativo consumo, las bolsas son "cirujeadas" una media docena de veces
desde que se posan en el cordón de la vereda hasta que los camiones elefante
se las tragan rumbo al cinturón ecológico. El fenómeno cartonero había
crecido, claro, al ritmo de la recesión y del desempleo pero explotó más
aun con la devaluación del peso, ya que el papel tiene valor dólar. Este
año se pasó a pagar 35 centavos el kilo de papel o de cartón 25 centavos
más que en los años del 1 a 1. Entonces, muchos de los arrojados del trabajo
formal, ya con los ojos fijos en el precipicio, se colgaron de la última
baranda: el cirujeo.
Pero ya en el último recodo del año en el que la basura subió de precio,
las cosas se complican para quienes remontan las calles: muchos porteros
han decidido vender directamente los diarios a unas camionetas que pasan
a buscarlos y pagan 30 centavos el kilo; muchas empleadas domésticas se
han enterado del valor de papel y cartonean en su trabajo; entidades solidarias
(cooperadoras escolares, o de hospitales, comedores públicos) comprometen
a consorcios o a empresas para que les donen sus residuos. Es una apoteosis
de la basura.
Angel, de casi 50 años, es un ciruja histórico. Confiesa 36 años de trajín
con la basura desde que apisonaba terrenos en el cordón ecológico de Bancalari.
Con su mujer, Josefa, y algunos de sus nueve hijos, caen por Tacuarí y
Piedras cuando el centro queda a merced de los recolectores informales.
"Yo no me ocupo sólo del papel —cuenta—, porque ahora hay
un montón de gente, sobre todo porteros, que con la crisis se avispó y
lo vende. Yo a veces les compro, hago diez centavos de diferencia por
kilo, qué me importa. Todo es ganancia. Hasta los muchachos de los camiones
de recolección van juntando papel y lo ponen aparte. Entre dos pibes,
la otra vez, se hicieron sesenta pesos en tres días. No es un mal sobresueldo."
Todas las historias de los cartoneros son historias de declinación y también
de salvataje. Como la de Roxana, de 34 años, que rebusca con alguno de
sus cinco hijos desde hace cinco meses, luego de que el desempleo la cacheteara
desde diciembre:
—Ante todo, somos lo más bajo. Decís cartonera y podés decir ladrona,
como dice (Mauricio) Macri. Pero esto es un sueldo que entra en la casa,
cinco, seis o siete pesos. Con eso podés, ante todo, pagar la comida y
el gas, una garrafa anda por los 23 pesos. Yo vendo en el día, acá cerca,
en un camión que para en la calle Venezuela. Necesito la plata. No puedo
amontonar la basura en casa. Tampoco se recoge tanto. Hay mucha gente
y poco papel.
Ignacio, de 34 años , se viene desde Florencio Varela hasta Constitución.
A las 22 ya tiene su carro completo con unos cien kilos. Calcula y dice:
"En mi barrio éramos cuatro o cinco los que hacíamos esto. Te hablo de
ocho meses atrás. Ahora es la mitad del barrio. Yo vendo al mejor postor.
Nos venimos desde allá, con cuatro o cin co que nos bajamos en la estación
Yrigoyen. Hacemos un circuito por calles paralelas hasta acá, abajo de
la autopista. Si querés que te diga la verdad, yo no quiero entrar a una
fábrica en las condiciones que hoy se ofrecen. Hay montones de lu gares
en los que vos trabajás un mes sin saber si vas a cobrar, y otro montón
te despide y nunca te paga. Si de milagro te quedás, que es como haber
encontrado laburo otra vez, te pagan en puchos y nunca sabés cuándo. Acá
sé que tengo mis pesi tos todos los días."
Para Dante, 22 años, repartidor de pizza, el cartoneo es una changa complementaria
que ejerce en el microcentro con su motociclo. Al cajón del delivery,
le agrega una mochila. Carga y vende a los camiones al mejor postor: "A
veces paso los diez pesos, pero no siempre. Sólo levanto papel de computadora
o diarios. Como repartidor gano trescientos pesos por mes."
El cirujeo tiene su propio know how. Los más entrenados jamás
abrirán una bolsa a los tirones, y pasarán de largo si no tiene lo que
llaman "nudo de portero" porque eso quiere decir que otro cartonero lo
madrugó y la bolsa ya fue revisada. Si la forma de la bolsa es algo cuadrada,
con esquinas, acaso haya una buena cantidad de papel. Muchos de quienes
hacen la recolección en el microcentro saben distinguir una gran cantidad
de calidades de papel.
Los veteranos tienen la costumbre de cerrar las bolsas y limpiar el área
donde estuvieron metiendo mano. Este toque de prolijidad es un pacto tácito
con el portero o los dueños de casa que saben que "su" cartonero no le
va a ensuciar la vereda. Cartoneros y encargados de edificios han trabajado
a esta altura un vínculo de cierta lealtad. Pero el auge de los ejércitos
de la noche lo desdibuja. El que llega primero gana. Es imposible impedirle
a alguien que abra la basura. Los cartoneros no se pelean entre sí, respetan
el orden de llegada. Y si se quiere que no birlen la mercadería a las
puertas de una empresa donde se arroja mucho papel, el que tiene la prioridad
debe estar a horario. O pierde.
Los novísmos cartoneros no respetan tantos códigos. Los "profesionales"
se lamentan porque les arruinan la imagen. La desesperación a veces hace
su marketing: hombres y mujeres que salen con sus hijos más pequeños para
sensibilizar a quienes arrojan la basura. Los changuitos que alguna vez
circularon por Disco, Coto o Carrefour son el vehículo popular y uno de
los más baratos, los cartoneros los consiguen por unos quince pesos. Pero
hay carretas de última generación, un esqueleto de fierro, masa y ruedas
de autos, una bolsa plástica que se infla con cien o ciento veinte kilos
de residuos. En talleres barriales y caseros los venden, según la calidad
del rodaje, a unos 80 o 100 pesos.
Sobre ruedas, las del tren, se deslizan también algunos de los millares
de cartoneros que vienen desde el conurbano a desempapelar Buenos Aires.
El caso testigo es el tren blanco, de la ex línea Mitre que fleta un convoy
especial entre Retiro y José León Suárez. Lidia Quinteros, de 47 años,
es una de las coordinadores de quienes se trepan a las 22 o a las 24 en
la estación Colegiales. Ella cuenta la historia:
—Hace unos dos años que conseguimos que TBA nos pusiera el tren.
Viajábamos desde antes, claro, pero teníamos problemas, a veces con la
empresa, a veces con los pasajeros. Llegaron a cerrarnos la estación y
ahí empezó la lucha. Ellos nos pidieron que nos organizáramos y la mejor
manera de organizarnos es un tren especial. A ellos les conviene, porque
no molestamos al pasaje y además pagamos un abono quincenal de 10, 50
o mensual de 18,50. De vez en cuando tenemos problemas: nos habían cerrado
la estación Carranza. Conseguimos que la reabrieran pero después de hacer
un corte de vías en Coghlan. Eso nos permitió ir a negociar. Fue durísimo,
nos pusieron policías por todas partes, pero nos apoyaron las asambleas
de Colegiales, Palermo Viejo, Coghlan y Viaducto Carranza. Creo que si
no estaban ellos no salíamos vivos.
En la zona norte de la ciudad, asambleístas y cartoneros han tejido una
relación de solidaridad que comenzó en marzo de este año cuando los primeros
reprocharon a un policía en Colegiales el maltrato que le estaba propinando
a un pibe cartonero. Jorge, asambleísta de Palermo, repasa que esa relación
creció cuando juntaron firmas y apoyaron la reapertura de Carranza como
parada para el tren blanco. Meses después un chico cartonero murió porque,
tras un corte, para aplicarle la antitetánica en un hospital público le
exigieron que comprara el suero en la farmacia.
Tras ese drama, los asambleístas propusieron hacer un festival artístico
en pos de recaudar fondos para emprender una campaña de vacunación antitetánica.
Distribuyeron volantes. Por ese medio se enteró el gobierno de la ciudad
que contribuyó con el apoyo logístico del SAME para la vacunación. En
estos días se está desarrollando la campaña. Hoy se les aplican cuatro
vacunas: antitetánica, antidiftérica y la doble viral que resguarda de
la viruela y el sarampión a los muchos jóvenes y menores que están en
el oficio.
La organización y el reconocimiento mutuo acercó una identidad cartonera.
Con gestiones ante los gobiernos y las empresas privadas, los cirujas
se convierten en sujetos sociales, codiciados aun por la política y sus
punteros. Pepe Córdoba , presidente de la Cooperativa de cartoneros Nuevo
Rumbo, de Temperley, recuerda que desde la municipalidad de Lomas de Zamora
se acercaron para darles apoyo logístico "pero querían que les armáramos
una agrupación. Nos rebelamos. Nosotros llegamos a meter las manos en
la basura por los políticos pero ellos muchas manos no nos dieron, más
bien nos las pusieron encima".
Angel cree que Macri va a perder votos por haber acusado a los cartoneros
de ladrones ya que ahora el cartoneo es bien mirado por la sociedad. Pero
no todos tienen esa visión idílica. Cristina Lazcano, de la Cooperativa
El Ceibo, dice que "no es tan real esta idea de que la gente está enternecida
con los cartoneros y con la miseria en general. Muchos nos sacarían de
la calle si pudieran. Hay una actitud muy contradictoria. En buena medida,
los vecinos ven su propia pobreza reflejada en los cartoneros y reacciona
en forma opuesta".
Las encuestas dicen que la sociedad acepta a este nuevo personaje urbano.
Los políticos se les acercan. El gobierno de la ciudad de Buenos Aires
quiso empadronarlos y darles un carnet habilitante a cambio. Los cartoneros
vieron que, junto al cuadrado de la foto había un texto que decía que
el poseedor del carnet se comprometía a respetar la ordenanza 33.581.
En su artículo sexto esa ordenanza dice: "Prohíbese la selección, remoción,
recolección, adquisición, venta, transporte, almacenaje o manipuleo de
toda clase de residuos domiciliarios que se encuentren en la vía pública...".
O sea que al firmar el carnet rubricaban también su extinción. Alguien
se dio cuenta a tiempo y quedó en la nada.
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REINVENTAR
LA ECONOMIA. LOS DE LA PATERNAL VENDEN LO QUE JUNTARON EN LA CALLE.
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La más añeja tradición ciruja reparte una imagen de hombres libres, míseros
y solitarios. Pero los nuevos cartoneros no le rehúyen a la institucionalización
como lo demuestra la existencia de las cooperativas. Pepe Córdoba, de
Nuevo Rumbo explica que una cooperativa "en primer lugar recupera el treinta
por ciento del peso de los papeles que siempre te roban en los depósitos
de los intermediarios. Hoy la cooperativa la integran 87 socios y 400
recuperadores. Tenemos universitarios, ex docentes, ex comerciantes, todos
recolectando. Un carrito común produce 450 pesos mensuales, un carro con
caballo cerca de 700".
Cristina Lazcano, es titular de la cooperativa El Ceibo, de Villa Crespo
y Palermo, que acaba de firmar un convenio con el gobierno de la Ciudad
para reciclar la basura de una amplia zona de la Capital. Al acuerdo también
se sumó el sindicato de encargados de edificios —el SUTERH—
y el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. Aspiran a fijar un
sueldo para 104 jefes de familia.
Otra forma de explotación de los residuos se arma con los camiones que,
sobre todo, se estacionan en la zona sur del mi crocentro porteño, entre
Belgrano y Avenida de Mayo, desde Tacuarí hasta el bajo. Tienen dos sistemas
de trabajo. Unos traen a sus propios cartoneros, pagan y luego venden
la carga (Pepe Córdoba dice que un camión completo se alza con seis mil
pesos por día); otros sólo transportan a los cirujas y los devuelven con
su carga a un costo de cinco pesos por viaje.
En Brasil los catadores de lixo se suman al final del proceso
de recolección para separar lo que puede tener precio. En Chile los hueseros
o cachureros son ocho mil en todo el país y están registrados
y organizados. En Buenos Aires y aledaños vienen creciendo y se acercan
su punto de saturación. A cualquier fin, artístico, sociológico, humorístico
o meramente descriptivo, a ellos hay que acudir para dibujar el perfil
de la ciudad de la crisis.
Clarin,
27 de octubre de 2002, Por Vicente Muleiro, colaboracion de Luis Salinas
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El
negocio de la basura se cocina de madrugada
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Historias de crotos y linyeras
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