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El
hambre más urgente/Son 800 familias que, en su mayoría,
no cuentan con energía eléctrica ni agua potable
Una pulseada diaria contra la desnutrición
En Tres Isletas, Chaco, una población sobrevive gracias a manos
caritativas; tienen comedor, centro de salud y jardín maternal
La obra de la hermana María Alcira permitió crear talleres
de cocina y computación
Los médicos atienden en forma gratuita
Voluntarios aportan útiles y zapatillas
TRES ISLETAS, Chaco.- Lo único que le sobra a María Vidal
es la necesidad. Vive con seis de sus once hijos en una casa que sólo
tiene un ambiente. Y dos camas. No tiene luz ni agua. Ni siquiera baño:
debe ir al del vecino. El suyo es el único ingreso de la familia:
cobra 150 pesos de un plan social y con eso sobreviven hasta que se acaba.
Siempre se acaba pronto.
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La vida de María no es menos dura que la de sus vecinos. Las 800
familias que viven en el barrio Alianza y sus alrededores, en esta localidad
del centro de la provincia, pasan una vida de privaciones. En el mapa,
Tres Isletas está a 227 kilómetros de la capital provincial.
Y a años luz de la civilización.
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No es difícil imaginar una vida sin trabajo fijo ni agua potable
ni luz. Pero aquí no se imagina, se padece a diario. Así
y todo, María sonríe más de la cuenta, con una sonrisa
despoblada. Como unos 90 vecinos del barrio Alianza, María Vidal
trabaja en el Centro Comunitario de la hermana María Alcira. Un
verdadero oasis en medio de tanta necesidad que se construyó con
lo mejor, gracias a la ayuda de manos solidarias y anónimas.
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El comedor donde almuerzan 130 chicos, el centro de salud, las salas de
jardín de infantes, todo está impecable. No importa que
afuera el sol se ensañe, que el polvo lo cubra todo. El centro
comunitario parece una isla. El martes último inauguraron el centro
de estimulación temprana y la biblioteca, gracias al aporte de
varias fundaciones de Buenos Aires.
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LA NACION estuvo en Tres Isletas el año pasado. En este mismo lugar,
donde todavía no existían el centro ni la biblioteca. Las
necesidades parecen cada vez más grandes aquí. Todo es hostil,
hasta el clima. El calor de septiembre permite vislumbrar cuán
insoportable será el sol de diciembre.
De irreprochable delantal rosa, María aceptó sin peros recibir
a la enviada de LA NACION, que viajó invitada por la Fundación
Mapfre. Mientras camina, desgrana su historia. Cómo es llevar adelante
una casa sin marido, cómo es criar rectos a los hijos adolescentes
en un medio tan difícil, cómo es perder a un hijo de siete
meses por causa de la diarrea. La historia es pesada. María tiene
37 años que parecen muchos más.
Con documento, tiene nombre
Al doblar la esquina, media docena de chicos descalzos viene corriendo
a su encuentro. Y abraza a los invitados como si fueran parte de la familia.
"Esta es mi nieta, ésta mi hija, ellas son hijas de mi hija,
ella es la más chica mía", los presenta María.
La mujer dice que la más chica tiene dos años y "se
va a llamar Mariela de los Angeles". ¿Se va a llamar? "Sí,
cuando tenga el documento", explica María.
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"Si tenemos sueldo, comemos. Si no, tomamos unos mates", cuenta
con naturalidad. "Los más chicos comen en el comedor y, si
sobra algo, traigo para los más grandes." Cuando se le pregunta
con qué sueña, María tarda en responder. "Un
trabajo para mi hijo, que tenga agua y luz", dice. Se ve que hace
mucho que no piensa en sus sueños.
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Mesilda Alfonso es una madre prolífica. A los 32 años, tiene
diez hijos, de entre cuatro meses y 15 años. Menos prolífica
es su economía: no consiguió entrar en el plan Jefas de
Hogar y cobra 50 pesos por ayudar en el centro comunitario. La plata se
le escurre en cuestión de días. Ella sí tiene luz
eléctrica y la boleta se lleva casi todo.
Su casa es de material, con comedor y dos habitaciones. Y tiene heladera;
es una privilegiada. "Todo lo compramos cuando mi marido tenía
trabajo. Ahora no alcanza para nada, apenas para comer", explica.
Como si fuera complicado imaginar lo poco que alcanzan 50 pesos para doce
personas.
Madre tiempo completo
La hermana María Alcira es de la congregación de
Jesús María. Es imposible caminar a su lado sin detenerse
una y otra vez. Para dar un beso, para escuchar un pedido, para ofrecer
un consejo. María Alcira es la "madre" del barrio Alianza.
Tiempo completo.
Con un ademán acompaña sus palabras: "Todo esto era
un gran pozo de agua", dice al señalar el centro comunitario.
María Alcira llegó hace tres años para hacerse cargo
de una escuela que la congregación iba a construir en el barrio.
Pero la necesidad hizo torcer el rumbo del proyecto. "Esto es lo
que surgió", se excusa.
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En el centro comunitario hay talleres de conservas, una sala de computación
y otra donde atienden médicos que viajan hasta aquí. Por
sobre todo, hay un enorme espacio donde todos se sienten escuchados y
contenidos.
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"Es un mundo muy inseguro", dice la monja, antes de contar la
historia de la nena que dejó la escuela porque le pidieron que
llevara leche para hacer yogur. O la del que abandonó porque pedían
centavos para fotocopias.
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María Alcira consiguió paliar, al menos en parte, esta inestabilidad.
Una familia aporta lo necesario para que 60 chicos puedan ir a la escuela.
Zapatillas, mapas, hojas, lápices, lo que necesiten para no abandonar.
Y a cambio, estos chicos dan apoyo escolar a otros alumnos del barrio.
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El centro de estimulación y la salita de preescolar tienen el mismo
propósito. Dar herramientas a los chicos para que lleguen a la
escuela con mayores garantías de permanencia.
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El hambre es otro frente que tiene en jaque a María Alcira. La
desnutrición avanza un paso cuando puede. No sabe cuánto
va a quedarse en Tres Isletas. Ni se lo pregunta. María Alcira
tiene demasiados asuntos urgentes por los que preocuparse hoy para sentarse
a ver qué pasará mañana.
Por Cynthia Palacios
Para LA NACION
La ayuda que esperaban
TRES ISLETAS, Chaco.- Carlos Llaneza y Susana, su esposa, son españoles
y están en el país desde hace ocho años. "Siempre
fuimos de hacer cosas, pero acá no habíamos encontrado nada
especial", cuenta. Hasta que conocieron la obra de María Alcira
por el colegio de Sara, su hija de ocho años. El es el vicepresidente
ejecutivo de Mapfre, la aseguradora española que tiene más
de 600 empleados, y está personalmente conmovido por el trabajo
de la monja.
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La Fundación Mapfre invirtió 52.000 pesos para construir
el centro de salud y mantener una serie de programas con profesionales
especializados. Carlos y Susana viajan al Chaco cada vez que pueden. Susana
organizó una red de padres que le envían a María
Alcira lo necesario para mantener la obra.
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"Cuando conocés a una persona como María Alcira y ves
que las cosas llegan a quienes tienen que llegar, te da gusto ayudar",
afirma Carlos.
La
Nacion, 1 de octubre de 2002
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