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En
la Serranía de Cuenca, a 950 m. sobre el nivel del mar y a mitad de
camino entre Madrid y la costa levantina, se halla enclavado el Valle de
Solán de Cabras; verdadero anfiteatro natural cruzando el río Cuervo,
coronado por inmensas y majestuosas rocas de formas escultóricas,
uniéndose a ello una exuberante vegetación de boges, pinos, robles,
tilos centenarios y en donde también crecen una gran variedad de
plantas aromáticas (espliego, jara, tomillo, orégano, etc.). En este
marco incomparable y nítido surge como un milagro, de las profundidades
de la tierra, un manantial lanzando un chorro vivificador de agua
transparente, limpia y natural, para acabar de completar este disfrute
pleno de la naturaleza.
Es
fama que Julio Graco se libró aquí de su artritis en el año 182 A.C.
Pero no fue hasta 1775, tras otra célebre curación, la de don Pedro
López de Lerena, ministro de la Real Hacienda, cuando Carlos III
ordenó construir los primeros baños y la hospedería. En
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1790,
Carlos IV declaró la aguas de utilidad pública, y el balneario, real
sitio.
Además
de para la esterilidad, esta agua bicarbonatada cálcico magnésica, de
mineralización débil y oligometálica, que surge con una temperatura
constante de 21º y a razón de 5.410 litros por minuto en el fondo de
una arqueta dieciochesca de sillería, está indicada para combatir el
reumatismo, las alteraciones del aparato digestivo y, muy
señaladamente, los cálculos renales, que ya el doctor Forner, en 1787,
vio a un paciente 'acometido de crueles dolores en los riñones y
detención de orina, arrojar, bebiendo el agua, una piedra del tamaño y
figura de una almendra'.
Curiosamente,
estas aguas salutíferas nada tienen que ver con las del Cuervo, que es
el río que parte en dos mitades la finca del balneario y llena de
música y verdura el lugar. Aquellas proceden de un acuífero.
Desde
el aparcamiento para visitantes que hay a las afueras de la planta
embotelladora de Solán de Cabras, echamos a andar entre montones de
palés y garrafas para
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llegar
enseguida a la portilla metálica que da paso al balneario y, una vez
dentro, cruzar el Cuervo por el puente que se presenta frente a unos
apartamentos con larga fachada ocre. Ya en la otra orilla, pasamos junto
a una fuente que ofrece gratis estas famosas aguas minerales y, más a
la izquierda, por delante de un coqueto hostal amarillo con piscina y
jardín romántico. Mirando hacia arriba vemos el Mirador del Rey,
con su blanca cruz.

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