PLAGA URBANA
Cuando por primera vez viajé en avión, era de noche y quedé horrorizado por lo que vi: Buenos Aires y alrededores eran, hasta donde se perdía la vista, una monstruosa cobertura de hormigón y asfalto ahogando el suelo que alguna vez fue verde campo, y cloacas como capilares conduciendo las pestilencias de millones, hacia las venas y arterias (arroyos, riachos) desembocando en el Río de la Plata donde, en tiempos de mi infancia, todavía nos podíamos meter, pescar y comer peces. "Algo hemos hecho mal", pensé como si acaso no supiera lo evidentemente mal hecha que está nuestra civilización.

Años después, al ver casi lo mismo llegando de noche a México D.F., se repetía la sensación de que habíamos alterado excesivamente el paisaje natural. En este caso la situación se apreciaba como más grave.

¿Y
qué decir del Este de Norteamérica, Oeste de Europa, o Japón?
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¿Se puede vivir allí?
Sí:
todo es posible para humanos que no saben vivir; que están confinados
a la aglomeración sin que la mayoría ni siquiera se proponga
salir de ella alguna vez, restando su aporte a la plaga urbana, con destino
a algún espacio amplio donde vivir más sanamente, descomprimido
y con otros pocos; pocos para que no trasladen los males de la civilización
a donde todavía quede algo a salvo de los daños al ecosistema.
A lo largo
de mis elucubraciones sobre la necesidad de despoblar ciudades y establecer
un sistema de vida en comunidades pequeñas, he tratado de imaginar
qué pasará en las humanidades evolucionadas de otros mundos,
en cuanto a si allí será posible una vida armónica
en ciudades, dado que se tendrían controlados problemas como la
contaminación, el transporte, y demás cuestiones que para
nosotros hacen penosa la vida urbana. Por alguna razón o (intuición),
estaba por llegar a la conclusión de que, aun sin los conflictos
característicos de nuestra civilización, una clase de vida
urbana que exigiera reunir decenas de miles, cientos de miles o millones
de habitantes en un área reducida, sería (sin considerar
algún tipo posible de perjuicio) innecesaria. ¿Para qué
iría a vivir a tal aglomeración humana un ser mental y espiritualmente
evolucionado? ¿Qué encontraría en un núcleo
urbano superpoblado, que no sea capaz de encontrar en una comunidad pequeña?
Factores comúnmente influyentes en la atracción de gente
a las grandes ciudades, como el estudio, el progreso laboral, la recreación,
trámites burocráticos, etc., estarían ausentes tanto
como problemáticas de la vida social, como a nivel psico-espiritual
para seres evolucionados. Por lo tanto, de lo mucho que hace necesario
(o ilusoriamente necesario) irse a vivir o permanecer, si se nació,
en grandes ciudades, nada de todo eso existirá donde haya humanidades
evolucionadas. Es razonable, entonces, que la gente se distribuya en pequeños
poblados.
Estaba
a punto de llegar a esa conclusión, sin descartar que de todos modos
pudieran existir grandes ciudades en muchos planetas, quizá por
estar atravesando todavía etapas que requieran el aglutinamiento
de gente, vaya uno a saber para qué… pero hasta ahí llegó
mi razonamiento. Hasta que hace unos momentos, siendo la mañana
del 23 de abril de 2002, encontré en un texto del libro "EL VERBO
DE ORO", del gnóstico Samael Aun Weor, lo siguiente sobre habitantes
de mundos avanzados:
"no han cometido el error que cometemos nosotros aquí en la Tierra de crear ciudades. No sé por qué estos terrícolas tienen esa tendencia a hacinarse en urbes, en pueblos, tienen ese sentido gregario tan absurdo, porque en los mundos avanzados del espacio infinito no se crean ciudades. Por ejemplo en Sirio no hay ciudades, los habitantes han hecho de Sirio una enorme ciudad, es decir allá no hay ciudades, viven en los campos, en las montañas; cada casa tiene su jardín y su huerto donde cultivan sus alimentos, sus frutos para alimentarse; visten humilde túnica tejida con rueca casera, usan sandalias de metal, no les gusta destruir los árboles, tienen enormes mares, inmensos; selvas profundas, impenetrables."
Vaya uno a saber de dónde el autor sacó esa información, la cual tiene lógica, haya sido cual fuera la fuente de donde obtuvo esta visión de la realidad de mundos avanzados. Conciente de que estamos en un mundo retrasado, no propongo un proyecto de eliminación de las ciudades antes de que cumplan su ciclo; basta con proponer el sistema paralelo a ellas, de comunidades pequeñas, para que el tramo final de ese ciclo se acelere.
Las ciudades
no deben empezar a despoblarse ni porque sean nocivas para la salud física,
mental y espiritual, ni porque las comunidades pequeñas de destino
sean saludables, ni porque de ambas cosas vaya a haber conciencia. La conciencia
de la realidad no basta para inducir a la gente a la acción. Gente
habrá que se resista hasta último momento a aceptar un cambio
de vida como el de esta propuesta, y se mantenga en las capitales enviciada
en sus insanos hábitos. Llegará un momento en el que los
planes y campañas de salud y población no dejarán
librado al antojo de cada uno si querrá o no quedarse o irse: las
ciudades posiblemente sean evacuadas por resolución gubernamental,
y muchas de ellas sean abandonadas o demolidas, si antes no se encargara
de taparlas el océano cuando suba su nivel por el derretimiento
de los glaciares con el calentamiento global. Entonces, quizá la
cuestión no pase por que la gente querrá o no vivir sana
y dignamente: tal vez se la obligue a vivir y convivir sanamente, sin alternativa,
porque la salud haya de considerarse no sólo como una elección
o un derecho, sino también como una obligación para vivir
en sociedad. Y elecciones insanas como comer carne, emborracharse, drogarse,
fumar, o usar automóviles contaminantes, quizá ya no sean
alternativas posibles en un mundo del futuro que deje a los seres humanos
cada vez menos margen para deteriorarse. La ciudad grande como factor de
deterioro, podría ser otra de esas alternativas a dejar de existir.
Desde ya que estamos hablando
de una instancia muy avanzada de la etapa de cierre del ciclo de esta civilización,
cuando la humanidad haya resuelto permitirse las mínimas licencias
posibles que la mantengan atrasada, y efectuar las máximas acciones
que pueda para mejorar. Hasta que lleguemos a esa altura del proceso, las
ciudades tendrán que empezar a despoblarse a partir de planificaciones
políticas, siempre y cuando los políticos estén a
la altura de los nuevos tiempos, a la par de los pronósticos que
la ciencia efectúa sobre la situación climática y
sus consecuencias posibles.
Lo siguiente
es parte de un trabajo que realicé, dentro de mi "Proyecto O.H.U.,
Organización de la Humanidad Unida".
PARA UNA PERSPECTIVA DE SOCIEDAD DISTINTA
RED INTERCOMUNITARIA MUNDIAL
Ciudades sin orden ni progreso
Las ciudades suelen ser desordenados conglomerados de gente sin fines comunes,
sin un proyecto fundacional que se desarrolle a lo largo de la historia,
del cual cada habitante participe conociendo para qué se construyó
su ciudad, qué debe hacerse para mantener su ordenamiento y lograr
que progrese, sin alterarse, sin deformarse los conceptos que le dieron
vida. Los ciudadanos suelen no tener una idea clara del propósito
de quienes edificaron su hábitat, o directamente puede no haber
existido ningún propósito que a lo largo del tiempo perdurara
o pudiera significar algo para las generaciones sucesivas. Ciudades mineras
levantadas en proximidades de donde ya se agotó el mineral que se
explotaba, deben desarrollar su vida en torno de otros recursos, en un
nivel de ingresos muy bajo comparado con el de los fundadores, que se nutrían
de la riqueza del subsuelo. Unos emigran, otros quedan apegados a una población
sin perspectivas de progreso, en gradual decadencia. Quienes allí
nacen, no están para nada que tenga que ver con las razones para
las cuales se radicaron allí quienes trabajaron en los tiempos florecientes.
Si no hay -y suele no haber- una política, un nuevo proyecto que
le dé un sentido a para qué estar viviendo allí, los
habitantes vegetarán en los vestigios ya sin sentido de un próspero
pasado de sus ancestros, que no fue pensado para los descendientes, dada
la agotabilidad de los recursos explotados.
En el campo, como los tiempos de prosperidad también suelen ser
historia, irse aparece como lo más adecuado, según muchos
entienden. Irse, desde ya, a la gran ciudad; la de las "grandes oportunidadedes",
que en la mayoría de los casos terminan siendo ni tan grandes, ni
para tantos. La superpoblación desborda toda posibilidad de control,
los que vivían con cierta tranquilidad y espacio, se ven invadidos
y alterados, y ninguna política de restricción de radicaciones
que asegure una población en número estable, preserva el
orden, porque se piensa más en el progreso. Con lo cual éste
termina por dificultarse.
La desarmonía del espacio, de las construcciones, el cemento ganando
terreno al verde, el aire circulando menos con los edificios, que también
disminuyen la iluminación natural, los vehículos en cantidad
creciente contaminando el aire y aumentando el ruido, todo eso y muchas
otras cosas van degradando la calidad de vida, la salud física,
mental y espiritual de la población.
La sabiduría de los indios de América nos aporta conceptos
para el diseño urbano, como en el caso de tribus norteamericanas
con sus viviendas circulares dispuestas en círculo, cuyas razones
para así montarlas nos enseñan las desventajas de los ángulos
rectos de nuestros espacios habitacionales cuadrados.
"Vivimos en nichos", decía el dueño de una inmobiliaria de
la ciudad de La Plata, refiriéndose a la disposición de las
viviendas, una pegada a la otra, en línea recta, con sus ángulos
rectos, a semejanza de las nicheras de los cementerios. Pese a que esa
ciudad fue planificada con fines y conocimientos mágicos, evidentemente
estuvieron presentes las limitaciones propias de una cultura de raíz
europea que se ha venido caracterizando por aglutinar demasiada gente en
espacios reducidos. Los cuales, a lo largo del tiempo y, en referencia
todavía a dicha ciudad argentina, se han ido cerrando cada vez más,
levantándose paredes donde, hasta hace un par de décadas,
sólo había alambrados entre las casas, y edificándose
donde habían jardines o huertas. Así, en estos "nichos" el
aire es cada vez más viciado, la luz natural es cada vez más
escasa, la vida se va haciendo cada vez más privada, los vecinos
son cada vez menos visibles, menos tratables y menos conocidos, los amigos
del barrio son cada vez menos, y así la vida social con quienes
viven cerca disminuye en proporción inversa a las relaciones que
se mantienen, crecientemente, con gente distante vía Internet.
Nacemos y somos criados en una sociedad con una cuadrícula en la
que se nos encasilla, en la que se nos aísla, en la que se nos mantiene
desconectados. Ni los educadores ni los comunicadores sociales que podrían
advertirnos dónde estamos metidos, para que podamos salir, ni los
arquitectos, ni los ingenieros, ni los políticos, saben lo tan mal
planificado que está el espacio en el que habitamos y los males
que nos provoca. Les puede parecer que todo es "normal", que no hay necesidad
de un cambio de conceptos en la construcción. De hecho, el sistema
se ha encargado de que tal necesidad no se sienta, y de que lo necesario
sea vivir como se está viviendo. Que la ropa no se lave y tienda
en casa, porque para eso está el lavadero automático. Que
los tomates y limones ya no se cosechen de la quinta familiar, porque para
algo están la verdulería o el hipermercado. Que la necesidad
de plantas y flores no motive a sentir la falta de un jardín propio,
porque para eso están las florerías y el paseo por la plaza.
Construimos, hacemos construir o nos construyen viviendas en las que ni
siquiera sabemos de las imperfecciones de asimetría, inarmonía
y defectos diversos que ocasionarán malestar. O bien, compramos
o alquilamos viviendas que ocupamos con toda su carga energética
de quienes las habitaron, sin saber cómo descargarlas y sufriendo
lo negativo de las influencias de la energía impregnada; viviendas
hechas en función de los gustos y necesidades de quienes las habitaron
al principio, pero no en función de lo que somos nosotros.
El Feng-Shui ha aportado conceptos a la arquitectura, al diseño
y la decoración de hábitats, que están introduciendo
en los profesionales y especialistas dedicados a esas actividades, una
mentalidad abierta a algo que hace un tiempo -y todavía dentro de
la formación universitaria- podría considerarse superstición,
cosa falta de "seriedad", en Occidente, por ser típica de las disciplinas
orientales.
Decían ya los antiguos griegos, que cuando una mujer estaba por
ser madre, colocarla en un ambiente primoroso le daba influencias positivas
que eran recibidas por el feto. Que el ser humano nazca y sea criado en
ambientes bellos, estéticos, donde pueda recibir tales influencias
para su espíritu, reviste una importancia que la política
normalmente parece dejar de lado en sus campañas, proyectos y obras.
La antiestética urbana que inconscientemente altera a la población,
es algo de lo que ni la mayoría de los ciudadanos comunes ni de
los gobernantes tiene idea clara de lo que significa. La necesidad de viviendas,
ámbitos laborales, educativos, sanitarios, recreativos, pensados
conforme a la influencia psíquica y energética de las formas,
de las dimensiones, de los colores, de la iluminación y ventilación,
de la orientación magnética, de la limpieza y del orden,
todavía está lejos de ser un problema político de
prioridad en el rubro vivienda, en construcción, en obras públicas,
en salud, en educación.
Con
respecto a deficiencias urbanas, en su libro La ciudad en discusión
(1968), dice Edward C. Banfield, Profesor de Administración Urbana
en la Universidad de Harvard: "El hecho de que enfrentamos una crisis urbana
de suma gravedad ha llegado a ser en los últimos años parte
de la sabiduría convencional. En todos lados nos dicen que las ciudades
son inhabitables, que hay que demolerlas y reconstruirlas o levantar otras
totalmente nuevas, que es preciso hacer -y pronto- algo drástico
o de lo contrario…
Según las apariencias, este panorama "crítico" tiene cierto
grado de verosimilitud. No es necesario recorrer más que unas cuantas
cuadras de cualquiera de nuestras ciudades para ver muchas cosas deplorables
y que exigen urgentes mejoras. No deja de ser anómalo que en una
sociedad tan rica y tecnológicamente tan avanzada como la nuestra
existan muchos kilómetros de tugurios en las áreas urbanas
y extensiones aun mayores que muestran condiciones deprimentes y un crecimiento
caótico."
"Si un verdadero desastre amenaza desencadenarse sobre la ciudad no es
porque escaseen los lugares para estacionar, porque la arquitectura sea
mala, porque disminuyan las ventas de las grandes tiendas o ni siquiera
porque aumenten los impuestos. Si se produce una auténtica crisis,
estará relacionada con el bienestar esencial del individuo o con
la buena salud de la sociedad y no simplemente con el confort, la convivencia
y las facilidades comerciales, por importantes que sean estos factores.
Por extraño que parezca, los gigantescos programas gubernamentales
para ayudar a las ciudades están orientados principalmente hacia
los problemas del confort, la convivencia y las facilidades comerciales.
Si algún efecto ejercen sobre los problemas graves, éste
es, en general, el de agravarlos."
"Muchos de los llamados problemas urbanos son en realidad condiciones que
no podemos cambiar, o bien que no queremos cambiar para no sufrir las desventajas
que acarrearía ese cambio."
Acerca de la disposición lineal de las viviendas, en
Los
ocho pecados mortales de la Humanidad civilizada, dice el Premio Nobel
de Medicina 1973, Konrad Lorenz: "No sólo las consideraciones comerciales
sobre el abaratamiento del material cuando se fabrica en serie, sino también
la moda, universal niveladora, son causa de que se eleven en las barriadas
periféricas de todos los países civilizados millares y millares
de edificios masivos cuya única diferencia entre sí es el
número sobre el portal; ninguno merece el apelativo "vivienda",
pues todos ellos semejan, si acaso, una retahíla de cuadras para
los "humanos útiles", si se nos permite emplear por una vez esta
expresión para establecer una analogía con la denominación
"animales útiles".
Se dice con razón que el encerrar a las gallinas Leghorn en jaulas
alineadas significa una tortura para los animales y un oprobio para nuestra
civilización. Sin embargo, se tolera, e incluso exige, un proceder
análogo con los seres humanos, aun cuando justamente el hombre sea
quien peor soporta un tratamiento tan antihumano en la más pura
acepción del término."
En cuanto a la antiestética de los diseños arquitectónicos
y urbanísticos y sus efectos, dice Konrad Lorenz en su obra
citada: "La Humanidad civilizada se encamina por sí sola
hacia su ruina ecológica mientras asola, con obcecación y
vandalismo, la Naturaleza que le circunda y nutre. Tal vez reconozca sus
errores cuando sienta por vez primera las secuelas económicas de
tal actitud, pero entonces probablemente será demasiado tarde. Sin
embargo, lo que menos percibe es el daño causado a su alma en el
curso de ese bárbaro proceso. La ruindad estética y ética
de la civilización actual es imputable, en gran medida, al distanciamiento
generalizado y acelerado de la naturaleza viva. ¿Dónde encontrará
inspiración el hombre de la generación futura para respetar
esto o aquello, si todo cuanto ve en torno suyo es obra humana, y, por
cierto, una obra humana excepcionalmente sórdida y disforme? Incluso
el firmamento estrellado se oculta a la mirada del ciudadano con los rascacielos
y el enrarecimiento químico de la atmósfera. Por consiguiente,
no es nada extraño que el progreso civilizador lleve como cortejo
un afeamiento deplorable de la ciudad y del campo. Comparemos, con los
ojos bien abiertos, el recinto antiguo de cualquier ciudad alemana con
su moderna periferia, o bien sus contornos engullidos vorazmente por el
envilecimiento cultural, con las localidades exentas todavía de
tal carga. Será como comparar el cuadro histológico de cualquier
tejido animal sano con un tumor maligno: ¡hallaremos sorprendentes
analogías! Esta diferencia, analizada con objetividad y transportada
de lo estético a lo calculable, estriba fundamentalmente en una
pérdida de información.
La principal diferencia entre la célula del tumor maligno y la del
tejido normal estriba fundamentalmente en que aquélla ha perdido
la información genética que necesita para representar su
papel como miembro útil en la comunidad de intereses del organismo.
Por ello se comporta como un animal unicelular, o, mejor dicho, como una
joven célula embrionaria. Desprovista de estructuras especiales,
se divide anárquicamente de tal modo que el tejido tumoral, al infiltrarse
en los tejidos todavía sanos, se desarrolla y termina destruyéndolos.
Estas analogías manifiestas entre el panorama de los suburbios y
del tumor tienen el siguiente fundamento: en los espacios todavía
sanos de uno y otro se realizan numerosos planes constructivos muy diversos,
pero relacionados entre sí y diferenciándose de forma sutil.
Estos planes deben su exacta uniformidad a la información acumulada
durante una larga evolución histórica, mientras que en el
tumor o las zonas asoladas por la tecnología moderna sólo
imperan unas cuantas construcciones simplificadas al máximo. El
cuadro histológico de las células tumorales totalmente uniformes
y con mediocres estructuras deja entrever una desesperante semejanza con
la vista aérea de cualquier arrabal moderno con sus edificaciones
monolíticas proyectadas por arquitectos casi incultos o bien imprevisores
y animados por un espíritu de competencia. Pues esa competencia
de la Humanidad consigo misma surte efectos aniquiladores cuando se la
aplica a la construcción de viviendas."
"Evidentemente, los sentimientos estéticos y éticos están
muy vinculados entre sí, y los hombres que deben vivir en las condiciones
susodichas sufren a todas luces una atrofia de ambos. Tanto la belleza
de la Naturaleza como la del medio ambiente cultural creado por los humanos
son ostensiblemente necesarias para mantener la salud moral y espiritual
de los hombres. La ceguera anímica total para todo cuanto sea bello
-lo que se propaga hoy con suma rapidez por doquier- es una enfermedad
mental cuya gravedad se acentuará irremediablemente porque va asociada
a una vituperable insensibilidad ante todo lo ético.
Las consideraciones estéticas no representan el menor papel para
quienes han de decidir si conviene construir una carretera, una central
eléctrica o una fábrica, la presencia de la cual destruirá
para siempre la belleza de toda una comarca. En todos los cargos administrativos
desde el alcalde de la localidad más modesta hasta el ministro de
Economía de un gran Estado, impera el criterio unánime de
que no está permitido hacer sacrificios económicos -ni políticos
siquiera-
a la belleza natural. Los escasos protectores de la Naturaleza y los científicos
que vislumbran el inminente desastre permanecen inermes. El proceso subsiguiente
se repite con exasperante frecuencia: algunas parcelas pertenecientes a
la comunidad y situadas arriba, en el bosque, adquirirían un interesante
valor de venta si una carretera condujese hasta ellas; así pues,
se aprisiona en tuberías al encantador arroyuelo que serpentea por
la aldea y se endereza y cubre su curso, tras lo cual el maravilloso camino
aldeano queda transformado en una espantosa carretera comarcal."
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