QUÉ PODEMOS Y DEBEMOS HACER
Continuando
con el referido trabajo dentro del Proyecto O.H.U., lo siguiente expone
mi propuesta de despoblamiento progresivo de las ciudades y la construcción
de pequeñas comunidades donde albergar la población mundial.
Parte II
COMUNIDADES PEQUEÑAS
ANTE EL PROBLEMA DE LAS GRANDES CIUDADES
Ciudades grandes y comunidades pequeñas
A partir del momento en que se expanda en la sociedad la conciencia de
todo esto que sucede, será posible crear la necesidad de dignificar
las condiciones de vida en comunidad. Pero ya será tarde para rediseños
urbanos que exijan demoler y reedificar viviendas: habrá que empezar
desde los cimientos en lugares despoblados y con núcleos sociales
reducidos, que no sobrepasen una determinada cantidad planificada de habitantes,
que puedan convivir interactuando entre sí, sin el aislamiento a
que estamos sometidos, y sin la amenaza de un sobrepoblamiento.
El proceso no debe ser de fuga masiva de las ciudades, desintegrando de
una vez todo lo que está funcionando, para poner de repente a funcionar
a toda la gente en millones de comunidades. Dentro de lo gradual que debe
ser este proceso, no existe en él la antítesis gran ciudad-pequeña
comunidad; deben estar una en interrelación con la otra, no en oposición.
La idea es un proyecto mundial de pequeñas comunidades en red, pero
en interacción con las grandes ciudades, que seguirán siendo
necesarias para ciertos fines, como de producción, comercio y administración.
Si no existiera este proyecto conciliador de ambas formas de vida y desarrollo
social, y sólo existieran las grandes ciudades como lugar de progreso
ambicionado y como continuidad indefinida de la degradación y decadencia
continuas en la vida urbana, sí estaríamos planteando una
antítesis, porque el ideal comunitario tendría a la gran
ciudad como obstáculo. Pero si vamos a plantear un mundo del futuro
poblado de comunidades pequeñas y con ciudades despoblándose
gradualmente, la antítesis no tiene razón de ser en el planteo.
Porque hasta el proyecto mismo de las comunidades en red mundial, es una
idea concebida en el seno de una cultura urbana, y es desde ciudades y
por medios tecnológicos como lo es Internet, o los medios de prensa,
desde donde habrá de armarse, difundirse y hacerse viable este proyecto.
Nunca se podría haber llegado a una formulación política,
social, demográfica de estas características, de no haber
existido la gran ciudad como polo de desarrollo cultural, donde convergieron
las fuerzas productivas que definieron las posibilidades tecnológicas
de que podremos disponer en esas futuras comunidades pequeñas.
Todo este planteo no ha tenido la intención de descalificar a la
ciudad considerándola nociva para nuestro desarrollo, sino que es
de reconocerse que sin las ciudades no habríamos descubierto ni
la electricidad, ni las vacunas, ni mucho de lo que ahora hasta los indígenas
pueden desear para vivir mejor. Y eso sin desmerecer la vida que llevaban
los sioux, los hopi o los patagones, que tenían muchas menos razones
que nosotros los civilizados para quejarse de los problemas de la existencia.
Pero como la historia, la genética y el presente de la civilización
urbana, sitúan al ciudadano muy lejos de conformarse con vivir en
carpas, cazar con arco y flecha, danzar alrededor de una hoguera y andar
descalzo, no podemos aplicar el ideal de vida de unos a lo que son otros,
los que no son de pueblos con vida tribal en el campo, la selva o las montañas.
La ciudad, la tecnología, la ciencia, las fábricas, las escuelas
y universidades, todo eso integra una realidad que para nuestros antecesores
era preciso desarrollar, y sólo en ámbitos muy poblados era
posible. Se logró. Se está llegando a la conclusión
del proceso. De los frutos de ese logro se puede iniciar un proceso inverso:
desconcentración poblacional; todo retorna a su punto de origen:
la pequeña aldea en un medio natural, pero enriquecido por todo
el proceso histórico de la civilización, y en intercambio
con la gran "aldea global" por los medios de comunicación. Toda
la convergencia poblacional hacia ciudades de cientos de miles a millones
de habitantes, ha sido necesaria y útil en tanto forjadora de futuras
generaciones de ciudadanos potenciados y listos para vivir fuera del contexto
urbano, provistos de las pautas y los elementos educativos, científicos
y técnicos necesarios para tener una vida mejor que si no hubiera
existido todo el proceso de urbanización.
De no producirse ese retorno a un sistema social de pequeñas comunidades,
la experiencia del progreso en las grandes ciudades seguiría sobrepasando
el punto de saturación, de manera autodestructiva, sin la válvula
de escape de presión que significa una perspectiva de descongestionamiento
como la que propone este proyecto comunitario. No tendría sentido
tanto aglutinamiento de siglos y siglos, sin una descompresión posterior.
En cambio, seguir soportando las calamidades urbanas podrá adquirir
el sentido que no está teniendo, en tanto y en cuanto haya de operarse
una política mundial de despoblamiento urbano y de establecimiento
de comunidades pequeñas. Sólo entonces todo el flujo de cultura,
de tecnología, de recursos producidos en la sociedad urbana tendrá
tal importancia que, sin las ciudades, las comunidades del proyecto no
tendrían el abastecimiento necesario. Porque no se trata de establecer
comunidades donde cazar con arco y flecha, sino donde aplicar todo el producto
de la civilización.
Por eso este proyecto debe ser entendido no como una ruptura con la sociedad
industrial, capitalista, urbana, sino como un proceso mixto de conciliación
del ideal comunitario, con los factores propios de la civilización
que hemos desarrollado, aplicados a una nueva civilización a edificarse
bajo factores ambientales y humanos armonizados como no pueden serlo en
la gran ciudad.
Formulación de una política mundial de pequeñas comunidades en red
Para llegar al establecimiento de una política formulada con presupuestos,
estrategias y plazos de ejecución de planes a nivel mundial, hasta
la realización de este proyecto, podrá pasar un tiempo indeterminado,
y no debe esperarse a que en las Naciones Unidas se resuelva algo al respecto,
para recién entonces empezar. Aunque la globalización del
comunitarismo propuesto se produjera como consecuencia de exitosas experiencias
piloto realizadas por gobiernos, ONG's, empresas e individuos de diversos
países, en vez de una utopía para un futuro lejano, en el
cual la cuestión adquiera trascendencia en el seno de la ONU, debemos
abocarnos a un planteo pragmático para el aquí y ahora. En
el cual las ONG's e individuos participantes del proyecto, no necesariamente
deban contar con apoyo guberanamental y empresarial para poner en marcha
el propósito.
Globalización, localización y diversificación cultural
El mundo del futuro está siendo concebido a partir de lo que es
el mundo del presente, y no de lo que, más allá de lo que
conocemos, proponga una realidad totalmente distinta de todo lo conocido.
Lo que conocemos es que las sociedades humanas integran lo autóctono
y lo foráneo, en una fusión donde lo segundo, debilitando
a lo primero, tiende a instalarse como característico de la vida
diaria, con mayor facilidad cuanto más difusión mundial tenga.
El diseño arquitectónico de un shopping será el mismo
en cualquiera de los continentes, y en ellos nunca estará ausente
la Coca-Cola; se va desde la infancia a la vejez tomando esa bebida sin
que importe de dónde salió, porque es un producto más,
ya tradicional, en la economía nacional. La "cultura planetaria"
que integran Shell, Microsoft, Marlboro o Phillips, son parte de una globalización
que hace necesarios y hasta imprescindibles muchísimos productos
que las culturas locales no están en condiciones de proveer.
Por eso el mundo está siendo planificado para el futuro en una continuidad
de la actual coexistencia de lo local y lo global, donde el ciudadano viva
en la mezcla de lo autóctono y lo foráneo a niveles tales
en que se pierda la noción de dónde termina una cosa y empieza
la otra. Desde fenómenos localizados como lo brasileño y
lo africano, fusionados en lo "afrobrasileño" a nivel religioso,
o la tradicional "bombacha" del gaucho argentino-uruguayo, inventada en
Inglaterra, hasta cuestiones globales como el consumo de cigarrillos o
automóviles de fabricación nacional, pero de marca extranjera,
que resuena familiar, como cosa característica del país,
pues Philip Morris o Ford son parte de la historia del siglo XX en tantos
países, tanto como pueda serlo cualquier marca nacional .
Cuando las formas culturales puras se alteran al combinarse unas con otras,
terminamos viendo indígenas cambiando sus viviendas por cubículos
de cemento, yendo a trabajar a la fábrica maderera, desde donde
los bosques en que vivían sus ancestros son devastados. También
vemos que esos indígenas tienen, en ciertos aspectos, ventajas tales
como expectativas de vida, confort y salud, superiores a las de sus antecesores.
Por lo tanto, la idea no es presentar a estos procesos culturales ni como
perjudiciales, ni como beneficiosos. La idea es presentar una situación
en la que la resultante mixta, que combina lo local con lo foráneo
influyente en el cambio, no tiene punto de retorno a la situación
anterior. Es decir, no podemos plantearnos un futuro en el que los indígenas
de Estados Unidos deban volver a cazar bisontes, o en el que los nativos
del África cacen elefantes, así como no cabe que los blancos
también hagan cacerías indiscriminadas de animales hoy protegidos
de ser extintos. Si la cultura de hoy nos exige la preservación
de especies vivientes amenazadas, toda tradición indígena,
negra o blanca de cacerías no tiene cabida.
No hay vuelta atrás
De no haber llevado a muchas especies al riesgo de extinción, los
nativos que hoy practicaran las ancestrales cacerías no estarían
haciendo más que obedecer a su historia, tradiciones y necesidades
básicas naturales. No ha sido precisamente por culpa de ellos que
hoy les está restringida y penada la caza "ilegal": fueron los blancos
quienes les introdujeron el uso de rifles (a quienes no siguen todavía
con sus primitivas armas); fueron ellos quienes cazaron en exceso, hasta
ser ellos mismos quienes tuvieron que establecer leyes de protección
a la fauna. Ignorantes de la situación del ecosistema, nativos cazadores
furtivos en busca de marfil y cuernos han perdido el sentido original de
lo que debía ser la caza para la vida en las tribus. El hombre blanco,
al haber alterado los conceptos de cacería para subsistencia, por
los de una ambición desmedida que redujo al extremo el número
de animales, ha terminado por privar a las poblaciones indígenas
hasta de lo que era su natural derecho a subsistir mediante una caza en
su justa medida. A fines del siglo XIX, dos docenas de bisontes fue todo
lo que los Winchester dejaron a los indios de las grandes manadas que les
proveían carne y pieles. De no haberse reproducido los bisontes
sobrevivientes a un número hoy de miles, ya serían una de
las múltiples especies animales extintas por el hombre. Pero lo
que no pudo -ni quiso- ser evitado, fue la extinción de la cultura
autóctona de la caza del bisonte con fines de subsistencia.
Ya no se trata de devolverle a los indios esa tradición el día
de mañana; no se trata de buscar culpables ni de reparar daños
volviendo a situaciones anteriores a los errores: no hay vuelta atrás,
hay daños irreparables, culpabilidades que no podrán ser
reivindicadas y víctimas que no podrán ser compensadas con
beneficio reparatorio alguno. La realidad es ésa, y exige una visión
del futuro que poco o nada puede llegar a tener que ver con lo que fue
el pasado. Mientras muchos indígenas deberán comprender que
la situación ha puesto fin a la posibilidad de que la tradición
de las cacerías perdure o que alguna vez se restablezca, muchos
blancos deberán hacer exactamente lo mismo. En el Forum Global Rio'92,
durante la Cumbre de la Tierra, el stand de la "Asociación de Caza
y Conservación..." (¿"conservación" de qué
hacen los cazadores deportivos?) fue hostigado por ambientalistas, quienes
le pintaron con aerosol: "Fuera asesinos", tras lo cual el stand permaneció
vacío... Realmente, en medio de una reunión global de ONG's
allí presentes para aportar cada una lo suyo a la salvación
del planeta, la presencia de ese stand era una verdadera burla y falta
de respeto a la vida. En Animal Planet, National Geographic, Mundo, Discovery
y canales de esa línea, es evidente por qué no hay programas
sobre cazadores. "Hasta que los animales tengan sus propios historiadores,
las historias de cacerías seguirán glorificando al cazador",
dice un proverbio africano. Y gente como la de dichos canales, que comienza
a ser integrante de los historiadores con que los animales ya pueden contar,
se está encargando de que al cazador se le termine toda y cualquier
glorificación.
Los conceptos de los occidentales deberán seguir en esa línea
de cambio. Quizá hasta los raticidas habrá que prohibir algún
día, pues de seguir como vamos, las ratas serán del poco
alimento que muchos tendrán disponible. Si eso todavía no
es de descartarse porque el futuro es imprevisible, para que tal cosa no
suceda, habrá que prever muchas cosas en vez de seguir dejándolas
a su suerte arriesgando la nuestra. Lo previsible en estos momentos y conforme
a los acontecimientos, es que pase algo muy grave en poco tiempo con el
ecosistema y con las ciudades. Algo para lo cual, de no haber vuelta atrás,
habrá que buscar soluciones en una dirección distinta de
todo lo ya conocido y practicado por nuestra civilización, y una
de esas soluciones es un despliegue de comunidades como la planteada en
el presente estudio. En qué medida los políticos y empresarios
podrán o querrán comprender la necesidad de tal estrategia
demográfica, y hacer algo al respecto, dependerá menos de
ellos mismos que de movimientos ciudadanos gestados por organizaciones
e individuos en particular, concientes de la realidad y de sus urgencias
antes de que gobiernos y empresas lleguen a dar un primer paso en el asunto.
La fiebre del oro en Estados Unidos generó todo un fenómeno
migratorio que ningún político o empresario tuvo que incentivar
para que los propios ciudadanos decidieran materializarlo. Es cierto que
resulta más fácil hacer que la gente sea captada por la fuerza
centrípeta de un polo de atracción como puede serlo un mineral
precioso, a que sea lanzada por la fuerza centrífuga de lo insano
de las ciudades. Porque es una fuerza menor que la fuerza centrípeta
de las necesidades artificiales que han sido creadas para que sea imprescindible
seguir integrando el engranaje de la vida urbana. De no ser atractivas
las comunidades de este proyecto, no generarán la fuerza centrípeta
necesaria para ofrecerles a los habitantes de las grandes ciudades, motivos
que contrarresten la fuerza centrípeta que ellas ejercen sobre sus
pobladores. Si el kibutz tuvo éxito en Israel, por algo fue: nadie
iba a radicarse allí si no ofreciera condiciones de vida deseables.
Pero lo que hoy puede ser considerado deseable y atractivo, quizá
el día de mañana sea considerado superfluo. Si ver televisión
es hoy tan importante que hasta podrá faltar comida para los niños,
pero no un televisor, el día que haya conciencia de los daños
físicos y mentales a futuro provocados por la desnutrición,
quizá haya más familias que prefieran cultivar la tierra,
criar animales y consumir los alimentos necesarios en una pequeña
huerta de su hogar sin televisión. Conforme la crisis económica
siga provocando el hambre de cada vez más gente, mucha de ella dejará
de tener por ideal contar con sus electrodomésticos, automóvil
y un "prestigio social" académico que de nada sirve con diplomas
colgados o enroscados y profesiones sin posibilidad de ser ejercidas. Quizá
el ideal sea tener para comer, las comodidades básicas del hogar,
y algo en qué trabajar. De hecho, ese es precisamente el ideal de
muchos que han dejado de creer en las falsas promesas del sistema, porque
se toparon con la realidad de que, en los grandes núcleos urbanos,
hay menos posibilidad de ser protagonista que mero espectador y observador
frustrado de lo exhibido en las vidrieras, inaccesible a su bolsillo. Frustración
ésta que el sistema le compensa al individuo al hacerlo sentir "espectador
privilegiado" de un sinfín de propuestas baratas o gratuitas del
circo urbano con su diversidad de shows que puede presenciar en TV, en
el cine, en el estadio deportivo o en la calle. Viejos slogan políticos
tales como "marchemos hacia las fronteras" (hacer patria poblando los deshabitados
confines del país) no tienen fuerza ante el bombardeo propagandístico
de consignas para vivir en medio de donde sucede todo lo que es mostrado
como "trascendente" (farandulismo, por ejemplo), y donde se puede ser "importante"...
Para muchos, llegados a las ciudades con tantos sueños, rotos éstos
al toparse con que eran ficticia propaganda, es inconcebible un retorno
a sus poblaciones, donde la pobreza nada les promete que sea mejor que
la pobreza en las capitales. Porque sus poblaciones de origen no están
exentas del mismo problema de la falta de solidaridad y comunitarismo que
en las grandes urbes. Por algo se dice tanto lo de "pueblo chico, infierno
grande"; a no engañarse: los lindos pueblitos pueden estar muy lejos
de ser un paraíso. No confundamos pueblito con "comunidad", o las
comunidades del presente proyecto con futuros pueblitos que puedan parecerse
a tantos otros. Este proyecto no propone que quienes se hayan ido de sus
pueblos a las grandes ciudades retornen a ellos. No sería solución,
no hay esa vuelta atrás. A toda esa gente hay que ofrecerle algo
mejor que su punto de origen y que la ciudad de destino en que no encontró
lo que buscaba. Y ese algo es: "comunidad chica, paraíso grande".
No es lo mismo ir a vivir a un pequeño poblado cuyos habitantes
no tengan sustanciales fines en común, que participar de un mismo
fin en un proyecto comunitario. La diferencia entre un infierno y un paraíso
no es otra cosa que el grado de integración, de unidad, cooperación,
solidaridad entre los miembros de un conjunto humano. Disgregados en sus
respectivos fines no siempre congregativos, y hasta en muchos casos competitivos
entre los pobladores (por ejemplo: en lugar de una cooperativa, competencia
entre comerciantes del mismo rubro), a los pueblos pequeños puede
no tener mucho que envidiarles la ciudad grande en este aspecto. La integración
al ritmo y a los valores impuestos por la civilización dirigida
desde los núcleos superpoblados, hace que cinco mil habitantes de
un poblado (por más que vivan en tranquilidad por la seguridad que
permitida por el hecho de que todos se conozcan entre sí), no escapen
a la dispersión de fines entre envidias y competencias. Una réplica
en miniatura de la gran ciudad y sus problemas.
El material humano salido en tales condiciones de tales poblaciones, e
incorporado a las ciudades grandes, ¿cuánto puede ofrecer
que no sea más de lo mismo? El mito de la "buena gente" de los pueblitos
y la "mala gente" de las capitales, puede ser fácilmente demolido
por la relatividad de esa idea ante la evidencia de la realidad; la cosa
hasta puede darse a la inversa. Quizá, como una forma de evitar
que de estos pequeños pueblos mucha gente siga yéndose a
las grandes ciudades, lo conveniente sea fundar cerca de ellos comunidades
que capten a los potenciales migrantes, dándoles condiciones de
vida mejores que en las poblaciones de las que desearan irse. Esto también
contribuirá a disminuir el flujo migratorio hacia las ciudades;
evitará que el día de mañana muchos migrantes frustrados,
viendo que "no hay vuelta atrás", queden sin solución en
estado tan lamentable como en el que llegaran, o peor, en muchos casos
en la marginalidad de las capitales, donde sumen su cuota de problemas
para empeorar la situación.
Si los políticos comprendieran la importancia de una propuesta tal,
la idea de planificar comunidades ya tendría larga data. Pero como
sus políticas han venido incentivando valores anticomunitarios,
competitivos e individualistas (propios de la sociedad de producción-comercio-consumismo)
como pilares de la economía, ser político ha sido sinónimo
de ser preservador del sistema económico que necesita ciudadanos
individualistas con espíritu de competencia y antisolidarios; sistema
donde el corporativismo es un semidiós cuya refulgencia opaca al
cooperativismo a tal punto, que muchas cooperativas quiebran mientras las
multinacionales florecen en el tercer mundo haciendo estragos en las industrias
nacionales. Ésta es la obra de la mayoría de los políticos,
quienes buscando soluciones corporativas para el ahora, generan a futuro
-inmediato- nuevos y mayores problemas económicos en la población,
que no tienen vuelta atrás, cuando un país ha sido vendido
a las transnacionales y su bandera en los mástiles es de lo poco
que de nacional queda. Llegados a tales instancias en que la bandera es
lo de menos y quién maneje las empresas y los países importará
igualmente poco, porque vamos entrando en órbita de una economía
global pluri-imperialista oligopólica, la cuestión no es
declararle la guerra a ese sistema, sino interactuar con él mientras
se vaya montando otro paralelo, de comunidades en red, en cada una de las
cuales los conceptos de nación y territorialismo sean irrelevantes.
Y el las cuales los sentimientos humanos sean el pilar constitutivo y no
una circunstancia colateral: los más altos valores humanos serán
el objetivo de la convocatoria, y no la eficiencia de las fuerzas productivas
aplicadas a un proyecto generador de recursos económicos, como ha
ocurrido en las civilizaciones espiritualmente vacías, con el -equivocado-
espíritu impulsor de la vida urbana, consistente en la codicia individualista
y en las glorias personales de los gobernantes, atentos a los envoltorios
más que a los contenidos, es decir, a las estructuras de hormigón
y demás indicadores de "desarrollo y modernidad", más que
al estado de vida de la gente.
*
En su obra citada, dice Konrad Lorenz sobre la superpoblación y otros males de la civilización:"¿Para qué le sirve a la Humanidad su multiplicación desmedida, su espíritu de competencia que se acrecienta sin límite hasta rayar en lo demencial, el incremento del rearme, cada vez más horripilante, la progresiva enervación del hombre apresado por un urbanismo absorbente, y así sucesivamente? No obstante, si afinamos un poco nuestra observación nos percatamos de que todos esos adelantos erróneos son perturbaciones de unos mecanismos muy concretos del comportamiento, en cuyos comienzos se desarrollaría, con toda probabilidad, como un valor inalterable, la conservación de la especie. Para expresarlo con otras palabras, se les debe conceptuar como rasgos patológicos."
"Nosotros, lo que vivimos en países civilizados de gran densidad
demográfica o en inmensas urbes, ignoramos ya cuanta falta nos hace
el altruismo generalizado, entrañable y acogedor. Uno necesita llegar
como visitante inesperado a una casa de cualquier país densamente
poblado donde muchas calles sórdidas de varios kilómetros
separan entre sí a los vecinos, para apreciar lo hospitalario y
filantrópico que puede ser el hombre cuando no se le apremia constantemente,
a desplegar su capacidad para los contactos sociales.
Sin duda el confinamiento de las masas humanas en los modernos centros
urbanos tiene mucha culpa de que no percibamos ya el semblante del prójimo
en ese escenario fantasmagórico donde se trocan, superponen y desdibujan
incesantemente las imágenes humanas. Nuestro amor al prójimo
se atenúa tanto con la excesiva proximidad de los innumerables semejantes,
que en última instancia apenas queda rastro de él. Quienes
deseen exteriorizar todavía unos sentimientos cordiales y afectuosos
hacia su prójimo deberán concentrarlos en un círculo
reducido de amigos, pues no hemos sido criados para repartir nuestro afecto
entre todos los seres humanos aun cuando la exhortación a hacerlo
así sea justa y ética. Por consiguiente, debemos adoptar
una determinación, lo cual significa que es preciso "evitar todo
contacto sentimental" con otras muchas personas que serían ciertamente
dignas de nuestra amistad. La consigna not to get emotionally involved
representa una preocupación preponderante entre muchos habitantes
de grandes ciudades. Pero ese proceder, absolutamente insoslayable para
cada uno de nosotros, va asociado ahora a un soplo pernicioso de inhumanidad;
nos recuerda el del antiguo plantador americano que trataba con excepcional
humanitarismo a su "servidumbre negra" y, sin embargo, manejaba a los trabajadores
esclavos de sus plantaciones como si fueran valiosos animales domésticos
en el mejor de los casos. Cuando este acorazamiento premeditado contra
los contactos humanos se acentúa, origina, en combinación
con las manifestaciones de un sentimiento decadente, esos aterradores indicios
de insensibilidad sobre los cuales nos informa cada día la Prensa.
Cuanto mayor es la "masificación" de los seres humanos, tanto más
urgente le parece al individuo la necesidad del not to get involved,
y por eso mismo hoy día se pueden cometer robos, asesinatos o violaciones
a la luz del día en las grandes urbes sin que intervenga ni un solo
"transeúnte"."
"El confinamiento de muchos seres humanos en espacios muy angostos no sólo acarrea indirectamente una deshumanización incipiente con el agotamiento y entorpecimiento paulatinos de las relaciones interhumanas, sino que también suscita un comportamiento agresivo y definitivamente directo. Se sabe, por muchos experimentos con animales, que la agresividad dentro de una misma especie suele acrecentarse con el confinamiento. Precisamente, cuando uno procura dominarse y se esfuerza por observar un comportamiento cortés o, mejor dicho, amigable, se acentúa esa disposición anímica hasta representar una verdadera tortura. La conducta incivil generalizada que observamos en todos los grandes centros urbanos es claramente proporcional a la densidad de las multitudes aglomeradas en determinados lugares. Y alcanza un grado alarmante, por ejemplo, en las grandes estaciones ferroviarias y terminales de autobuses neoyorquinas."
"La superpoblación contribuye directamente a todas las manifestaciones de malestar y decadencia. En mi opinión, es un delirio peligroso la creencia de que se puede establecer, mediante el correspondiente "acondicionamiento", una nueva clase de seres humanos inmunes a las temibles consecuencias del confinamiento intensivo."
"Las influencias del medio ambiente impiden que la especie sujeta a una selección intraespecífica siga caminos evolutivos cuya culminación sería una monstruosa catástrofe. Sin embargo, ninguna de esas fuerzas reguladoras y salutíferas se manifiestan en el desarrollo cultural de la Humanidad: ésta ha aprendido -para desgracia suya- a dominar todos los poderes de su medio ambiente ajenos a la especie, pero sabe tan poco sobre sí misma que queda indefensa ante los satánicos efectos de la selección intraespecífica."
"Homo homini lupus…", el hombre es un lobo para el hombre… Tal como la famosa máxima de Heinroth, este aforismo es un understatement. Pues el hombre, cual único factor determinativo de la selección para un desarrollo continuo de su propia especie, no tiene, desgraciadamente, ni mucho menos, una actuación tan inofensiva como el animal rapaz y, comparado con éste, es el más peligroso. La competencia del hombre con el hombre reacciona directamente, como no lo hiciera jamás con anterioridad a ella ningún otro factor biológico, contra "la fuerza eternamente estimulante, curativa", y destruye todos los valores creados más o menos por ésta con un puño tan diabólico e impávido que su tarea se atiene exclusivamente a las consideraciones comerciales, ciegas ante los verdaderos valores."
*
Sobre la competencia, dice Konrad Lorenz: "Todo cuanto es bueno
y provechoso para la Humanidad en su conjunto e incluso para el individuo,
se está olvidando ya bajo la presión de la competencia entre
humanos.
Uno se pregunta qué causará más daño al espíritu
de la Humanidad actual, si la codicia cegadora o el apresuramiento agotador.
Sea como fuere, los gobernantes de todas las orientaciones políticas
se esfuerzan por promover ambas cosas e incrementar hasta la hipertrofia
aquellas motivaciones que impulsan al hombre hacia la competencia.
Junto a la ambición material o el deseo de ascender en el orden
jerárquico, o bien combinado con ambos, el miedo representa
también un papel esencial…, miedo de verse superado por la competencia,
miedo de empobrecerse, miedo de adoptar determinaciones erróneas
y no encontrarse ya nunca más a la altura de la tensa situación.
El miedo en todas sus formas imaginables es, sin duda, un factor fundamental
que mina la salud del hombre moderno desarrollando alta presión
arterial, cirrosis hepática, infartos cardíacos prematuros
y otras dolencias similares. Indudablemente, el hombre apresurado no se
siente movido tan sólo por la codicia, pues ni los incentivos más
atrayentes podrían inducirle a dañarse con sus propias manos
como lo está haciendo: está sometido a la acción de
un impulso, y este impulso sólo puede ser el miedo.
La prisa temerosa y el miedo apremiante del hombre se confabulan para arrebatarle
sus principales cualidades. Una de éstas es la reflexión.
Un ser que cesa de reflexionar se arriesga a perder todas las cualidades
y aptitudes específicamente humanas. Entre las secuelas más
perniciosas de la prisa, o quizá directamente de la prisa engendrada
por el miedo, figura la incapacidad patente del hombre moderno para estar
a solas con su propio Yo, aunque sólo sea durante un breve lapso
de tiempo. Con temeroso empeño procura soslayar toda posibilidad
de meditar sobre sí mismo y hacer examen de conciencia, como si
temiera que la reflexión le enfrentara con un horrible autorretrato,
algo similar a lo descrito por Oscar Wilde en su clásica novela
dramática El retrato de Dorian Gray. La manía generalizada
de escuchar y producir ruido -lo cual resulta paradójico si se considera
la neurastenia habitual del hombre moderno- no tiene explicación
alguna, salvo la de que por una razón u otra el mundo haya ensordecido.
Cierta vez, durante un paseo por el bosque, mi mujer y yo oímos
inesperadamente el estruendo de un transmisor acercándose con rapidez.
Lo llevaba sobre el portamaletas un solitario ciclista de dieciséis
años más o menos. "¡Ése tiene miedo de oír
cantar a los pájaros!", comentó mi esposa. Yo creo más
bien que aquel muchacho tenía miedo de encontrarse consigo mismo,
aunque sólo fuera por un instante. Pues, de lo contrario, ¿por
qué prefieren muchas personas con auténticas pretensiones
intelectuales la publicidad televisiva -verdadero emoliente del cerebro-
a la propia compañía? Sin duda, sólo porque les ayuda
a arrinconar la reflexión.
Así pues, los seres humanos padecen las tensiones nerviosas y espirituales
a que les somete la competencia con sus semejantes. Aunque se les haya
adiestrado desde la primera infancia para ver un progreso en las desatinadas
aberraciones de la competencia, se percibe el miedo con mayor claridad,
justamente en los ojos de los más progresistas, mientras que los
más competentes, es decir "quienes marchan con los tiempos", mueren
prematuramente de infarto de miocardio.
Aun cuando hagamos la conjetura optimista aunque infundada, de que la superpoblación
terrestre no seguirá aumentando al ritmo amenazador de nuestros
días, debemos evaluar la competencia económica de la Humanidad
consigo misma como un elemento suficiente por sí solo para arrastrarla
hacia una ruina total. Todo proceso cíclico con acoplamiento regenerativo
positivo conduce, tarde o temprano, a la catástrofe, y el fenómeno
al que nos referimos aquí contiene varios de ellos. Aparte de la
selección intraespecífica comercial, cuyo ritmo se acelera
sin pausa, actúa también un segundo proceso cíclico
sumamente peligroso contra el cual nos previene Vance Packard en varios
de sus libros y que tiene como consecuencia un aumento progresivo de las
necesidades
humanas. Por razones evidentes, todo fabricante procura estimular al consumidor
para hacerle experimentar la necesidad de los productos que fabrica.
Las lujosas estructuras resultantes del diabólico ciclo constituido
por el crecimiento de producción y necesidades con acoplamiento
regenerativo, acarreará el desastre, tarde o temprano, a los países
occidentales y, sobre todo, a los Estados Unidos, ya que su población
no podrá seguir compitiendo ventajosamente con las de los países
orientales, menos malacostumbradas y más sanas. Así pues,
los gobernantes capitalistas dan prueba de una miopía extremada
al mantener hasta ahora ese curso consistente en recompensar al consumidor
elevando su "nivel de vida" e imponiéndole, por ende, la "condición"
de proseguir su competencia -causante de alta presión sanguínea
y alteraciones nerviosas- con el prójimo."
*
Sobre
los pobres empeorando la situación en las grandes
ciudades, dice en La ciudad en discusión (1968) Edward
C. Banfield: "La ciudad atrae a los pobres, sobre todo a los padres pobres
con muchos hijos, al ofrecer mejores condiciones de vida: mejor comida,
ropa, techo, asistencia sanitaria, educación y trato por parte de
los empleadores y funcionarios; por esta razón hay siempre tantos
pobres en las ciudades. El problema de la pobreza en las ciudades rara
vez tiene su origen en la propia ciudad; se trata esencialmente de un problema
que surge en otra parte y es llevado después a la ciudad."
Parte III
LOS POLÍTICOS
ANTE EL CHOQUE DEL FUTURO
Gobiernos sin propuestas de cambio
En el mundo del futuro que se proyecta desde este presente, si los gobernantes
de las naciones, estados y provincias, hubieran planteado hace algunas
décadas, proyectos demográficos tendientes a establecer numerosas
poblaciones pequeñas lejos de las ciudades, el mundo de hoy no sería
tan parecido al de los últimos siglos, y no tendríamos que
estar pensando en un mundo del futuro distinto del de hoy. Tampoco cuenta
entre las estrategias el cambio del espíritu de competencia por
el de cooperación solidaria, para edificar nuevas comunidades integrantes
de una humanidad unida, luego del rotundo fracaso de la humanidad dividida
por la competencia. Pero dada la falta de estrategias para transformar
el mundo, que hasta ahora se puede observar en todas las políticas
gubernamentales, en especial del siglo XX y de la actualidad, cabe preguntarse:
¿hay un proyecto de transformación en las naciones, o el
proyecto es que todo siga más o menos como ha venido estando? ¿Quieren
realmente los políticos solucionar los problemas de los países,
o pretenden administrar la falta de soluciones, mediante proyectos que
dejan la realidad tal como está, poniéndole apenas algunos
parches o remiendos para aliviar, pero no para terminar con las situaciones
de crisis?
El planeta no soportará por mucho más tiempo los daños
ambientales causados por la sociedad, sin tornarse mucho más hostil
de lo que se está volviendo. La protección de bosques y selvas
con absoluta prohibición de desforestación, no está
del todo clara en las políticas a futuro con plazos definidos. La
reducción de contaminantes a niveles EXTREMOS, no figura en ningún
plan que fije para qué fecha habrá de prohibirse la fabricación
y uso de ciertas sustancias que están arruinando la tierra, aguas
y alterando el clima. El Protocolo de Kioto sobre reducción de gases
de efecto invernadero recién para el 2012 es una muestra de lo poco
que les urge lo urgente. Porque la fecha para la cual se estima que no
quedarán glaciares en la Tierra (muchos dejaron de existir en los
últimos años), fecha en que no quedarán ciudades costeras
por el aumento del nivel del mar, ya está prevista por los científicos:
apenas es cuestión de unas décadas, y no sólo llegarán
a ver el desastre nietos e hijos de los actuales adultos, sino también
muchos de éstos. Revertir el proceso climático de calentamiento
global, requerirá políticas que planteen con absoluta claridad
que hay intención de solucionar el problema.
Pero ninguna campaña electoral de candidatos, ni discursos
de gobernantes, pregonan programas de acción para salvar al ecosistema
de la catástrofe que la ciencia anuncia; catástrofe provocada
autodestructivamente por la parte más corrupta y antinatural de
la humanidad, arrastrando al desastre a la parte compuesta por los humanos
que viven en armonía con la naturaleza. Al pueblo se le hacen promesas
laborales, económicas, dentro de un sistema de producción
y consumo que exige la continuidad de los factores industriales que agravan
constantemente el estado del medio ambiente. No hay políticos que
propongan medidas extremas para contrarrestar los efectos de la industrialización
excesiva. "Crecimiento y desarrollo" son las metas, pensando en las naciones
y no en el planeta.
El mundo del futuro que se proponen construir los políticos, no
difiere sustancialmente del actual. En 1930, la crisis económica
con epicentro en Nueva York tuvo alcance internacional. Cualquier acontecimiento
parecido que ocurriera allí, o alguna catástrofe, tendría
efectos devastadores en la economía mundial. Los científicos
han determinado que el lugar donde está asentada la ciudad es agitado
cada tantos siglos, por actividad sísmica de intensidad suficiente
para destruir lo edificado, a niveles catastróficos. La pregunta
no es si va a suceder o no, sino cuándo, dicen los especialistas.
Pero la mayoría de la población neoyorquina ignora que hay
tal riesgo. Las políticas económicas de los países
dependen de que lugares como Nueva York, u otros puntos neurálgicos
de la economía mundial, no sean afectados por algún imprevisto.
Riesgos por impactos de asteroides son objeto de seguimiento y estudio
científico permanente, y han sido objeto de varias películas
recientes, mostrando lo que puede pasarle al planeta ante un evento tal.
Alteraciones en el campo magnético terrestre, efectos electromagnéticos
de fenómenos que a nivel cósmico se están considerando
posibles, con capacidad de impedir el funcionamiento de cualquier aparato
eléctrico, nos presentan la posibilidad de un futuro en el que tengamos
que arreglárnoslas sin nada de todo lo que la actual tecnología
nos permite para nuestro confort, trabajo y supervivencia. Parece poco
creíble que tal cosa pueda suceder, pero bastaría una huelga
de trabajadores del gremio de la electricidad para quedarnos a oscuras;
o alguna grave crisis económica que quiebre todos los sistemas que
mueven a las sociedades, para que en medio de la anarquía resultante
todo se paralice, las fábricas cierren, los alimentos escaseen,
la delincuencia desborde, la policía se repliegue, la ley se pierda
y el desorden conduzca a un sálvese quien pueda…
El mundo del futuro que los políticos han venido definiendo, es
un mundo dependiente de la tecnología, de la economía, de
las grandes fábricas, de las grandes ciudades y de que el clima
no cambie. Pero con sólo cambiar el clima, se inundan muchas grandes
ciudades, se pierden muchas grandes fábricas, se quiebra la economía
y se reduce la utilidad de la tecnología. Y el clima ya empezó
a cambiar: en África, el monte Kenya ha perdido como un 65% de su
glaciar, para dar una idea de lo que está pasando, también
en los hielos de todo el mundo, con destino inevitable al aumento del nivel
oceánico.
Pero esto que pasa y que es tan grave como para ser titular constante en
los medios de prensa, sigue siendo ajeno a ella e ignorado por la mayoría
de la gente en todo el mundo. La explicación: el alerta mundial
exigiría acción inmediata, y la acción, políticas
que inevitablemente deberán hacer que el "desarrollo" cese en ciertos
ámbitos industriales. Consecuencia: trabajadores en la calle. Pero
ha llegado la hora de parar las máquinas y dar un golpe de timón;
no para esquivar el iceberg, porque justamente los icebergs no serán
el problema, sino la ausencia de icebergs.
Ése es el mundo del futuro para el cual están gobernando
y planificando los políticos que tenemos por "representantes". Un
mundo degradándose ambientalmente, con una civilización frágil,
que no podrá tener futuro cuando el sistema colapse. No hay una
conciencia que permita ir amortiguando el choque del futuro, el cual hará
impacto con todo su rigor en la civilización, de seguirse sin efectuar
la debida preparación para dimensionarlo en toda su realidad.
Mundo paralelo
Ajeno a ese mundo de la civilización fácilmente vulnerable,
habrá un mundo paralelo: el de las personas aisladas que, en pequeños
núcleos alejados de las ciudades, eventualmente podrán carecer
de electricidad, de confort (más o menos como hasta ahora), y por
eso, en caso de estallar una crisis que haga de las ciudades verdaderos
infiernos, lejos de ellas esas personas seguirán viviendo más
o menos como lo hacen.
En medio del "sálvese quien pueda", muchos sobrevivientes emigrantes
de las ciudades irán a parar a sitios alejados, en donde habrá
quienes morirán por no estar adaptados a una existencia sin horno
a microondas, sin empleada doméstica que les cocine, sin coche para
pasear, sin Master Card, y sin un centavo, o con los bolsillos todavía
guardando billetes que habrán perdido todo valor. No se trata de
un futuro de película de ciencia-ficción, sino de un futuro
probable con bases científicas.
Los
políticos no han planteado proyectos de países que, ante
una crisis nacional o mundial, dispongan de una alternativa para que al
menos una parte de la población quede a resguardo. Si acaso algunos
gobernantes han previsto la posibilidad de alguna crisis tal, y han evaluado
las consecuencias posibles, calculando qué porcentajes de sobrevivencia
y de qué parte de la población, podría haber, esto
no se ha traducido en ningún planteo serio a nivel pragmático,
acorde con la realidad ante la cual estamos a punto de chocar. Sólo
una pequeña porción de ciudadanos acedería a refugios
subterráneos -eso sí hay gobiernos que han construido- con
reservas de alimentos para un cierto tiempo... Pero el mundo de la superficie,
el de los que en vez de refugiarse como ratas, tengan que seguir adelante
como puedan, no cuenta con perspectivas de desarrollo de proyectos comunitarios
gubernamentales como el del presente planteo.
La ausencia de políticas gubernamentales para ir preparando comunidades
alejadas de las ciudades, que estén relativamente independizadas
de la economía y de la tecnología globales, plantea la necesidad
de encarar acciones no gubernamentales por parte de organizaciones y de
individuos a título personal. Gente que se proponga trabajar para
que, ante la eventualidad de una crisis del sistema, para entonces ya existan
núcleos suficientemente autónomos para sobrevivir y, en lo
posible, vivir; entendiendo por "vida" un intercambio con la naturaleza
en mayor plenitud de lo que las ciudades permiten, y un intercambio con
los demás más humanizado que en el funcionalismo de las sociedades
urbanas.
La amenaza de catástrofe ambiental -que ya es un hecho concreto
y no un fantasma- no debía ser necesaria para que la humanidad comprendiera
que la vida en las ciudades requería un descongestionamiento, que
la contaminación requería un freno a tiempo, y que los lugares
despoblados eran los ideales para establecerse, en núcleos reducidos,
solidarios y ajenos a las ambiciones materiales desmedidas que propone
la sociedad de consumo. Todo esto debía haberse planificado mucho
antes de que se tornara una urgencia. Pero no fue así; y como no
se hizo por voluntad, tendrá que hacerse por obligación;
como no se hizo para dignificar la existencia, tendrá que hacerse
para seguir existiendo.
En estos momentos, para darse una idea de que la existencia en la sociedad
urbana no está asegurada, basta tener en cuenta que muchas grandes
ciudades se han tornado inhabitables por el alto riesgo para sus pobladores,
de ser víctimas de delitos. Allí no hay ley, policía,
ni políticos que puedan hacer lo suficiente para garantizar el orden
público, o la vida del ciudadano. Por lo tanto, la elección
de seguir viviendo bajo tales condiciones supone no sólo el riesgo
de que a uno le pase algo, sino también que, aunque no le pase nada,
su estado de alerta e intranquilidad constante no valga la pena ser la
rutina diaria. No es sano. Muchos prefieren irse, pero no pueden. Otros
podrían irse, pero no quieren.
Vivir en paz y con un buen margen de seguridad lejos de las ciudades que
se han vuelto inapropiadas para la vida, está siendo la consigna
de cada vez más gente, sobre todo la que tiene creencias o ideas
espiritualistas. Si bien espiritualidad no es necesariamente sinónimo
de naturaleza y de repudio a la vida en grandes capitales, es más
probable que la persona espiritual sea menos dependiente de las cosas materiales
de la vida urbana, que la persona cuya rutina pase invariablemente por
la dependencia de esas cosas. Por lo tanto, es más probable que
se vaya de la ciudad a un lugar despoblado o de escasa población,
alguien con orientación espiritual, que alguien carente de ella,
que no quiere ni puede vivir fuera de la sociedad de consumo. Y el problema
es el exceso de manipulación ejercida para hacer del ciudadano un
consumista, y la falta de orientación para hacerlo libre de tal
dependencia de cosas externas, y rico a nivel interior. Por eso una política
que propusiera una forma de vida que no necesitara de los lujos innecesarios
que el sistema proporciona, a los cuales se los presenta como necesidades,
no contaría con mucha adhesión. La gente no está entendiendo
y le costará entender que el cambio que la sociedad necesita no
es el cambio de los demás, sino el de uno mismo. Que no es el otro
el que tenga que irse a la dificultad del campo o la montaña para
que sea uno quien se quede en el confort capitalino, sino que es uno quien
debe tomar la iniciativa de irse a la bendición del campo o la montaña.
Porque alguien deberá hacerlo, y se precisan voluntarios. Alguien
deberá dejar de contaminar el aire con su automóvil, y para
ir en bicicleta, a caballo o a pie por los caminos del campo, se precisan
voluntarios. Alguien deberá dejar de seguir alimentando a los millonarios
petroleros y de los hipermercados, para que el producto de su trabajo beneficie
a gente más próxima a él, y para eso también
se precisan voluntarios.
Ninguno de esos voluntarios será rico, pero tampoco pobre, o esclavo
a perpetuidad del sistema impositivo con el que se provee fondos a ejércitos
y fabricas de armamentos. No verá en el estadio a los futbolistas
famosos, y tal vez ni siquiera los vea por televisión, pero no le
faltará tiempo para jugar a la pelota, y ser más protagonista
que espectador. No será envidiado por sus bienes, pero tampoco tendrá
a quién envidiar. No llegará a ser famoso o "importante"
para muchos, pero será importantísimo para todos; empezando
por quienes comunitariamente convivan con él, y terminando por el
planeta como totalidad.
En ese "mundo nuevo", paralelo al mundo de viejas estructuras, podrá
parecerle a muchos ilusionados de progresar económicamente, desmotivadora
la propuesta de que los que hoy son pobres, nunca serán ricos, y
ni siquiera tendrán algunos de los bienes materiales de confort
que son considerados una necesidad elemental. Pero tampoco sufrirán
la miseria, la falta de trabajo o la explotación laboral, ni el
riesgo de caer en la delincuencia o la drogadicción. Tampoco sufrirán
el abandono y la falta de solidaridad a la hora de la necesidad. Ni padecerán
la soledad de vivir rodeados en una sociedad de relaciones superficiales
y vacías, muy competitivas y poco o nada cooperativas.
Al ver en marcha este propósito que comience a ejecutarse con la
participación de ONG's e individuos en particular, que políticos
y empresarios fuertes abran los ojos y deseen integrarse a la consigna,
será algo de lo que no tendrá que dependerse: sin ellos,
habrá que hacerlo de todos modos. Pero si gobiernos y capitales
privados aumentaran las posibilidades de acción en este sentido,
el "mundo paralelo" al sistema, que estaremos construyendo en conjunto
con ellos, podrá tener perspectivas mayores. ¿Cambiará
la óptica de los gobiernos? No se puede ser profético en
esto, ni para bien ni para mal; por lo tanto no se debe ni creer que eso
va a ocurrir, ni descreer de tal posibilidad.
Básicamente, no se debe estar a la espera de una definición
gubernamental para llegar a la ación. Si hay quienes piensan que
hay que recurrir a los gobiernos para establecer las primeras comunidades
e implementar las primeras migraciones hacia ellas, sepan que no será
así: los gobiernos deberán observar los logros hechos por
vías no gubernamentales. Los millonarios que podrían construir
las primeras comunidades con sus abundantes recursos, deberán observar
cómo con escasos recursos, grupos de personas emprendedoras habrán
concretado la idea. Este proyecto no necesita ni millones de dólares,
ni millones de personas para empezar: con poco, con pocos y de a poco,
será suficiente para llegar a ser muchos los participantes; no miles,
sino millones.
CONSIDERACIONES FINALES
Conforme a lo tratado en la Parte I, si todo este proyecto tecno-político
no tuviera en cuenta lo que era "oculto" (ahora revelado), lo sagrado,
lo energético, recaeríamos en construcciones y proyectos
carentes de los valores trascendentes que determinan el orden del cosmos.
Concebir un modelo de comunidad con nuevas formas de organización
social, sin retornar a antiguas sabidurías acerca de cómo
funcionan las cosas en el Universo, sería perdernos en una política
vacía de los contenidos y de las orientaciones espirituales que
una sociedad superior necesita.
En cuanto a lo tratado en la Parte II, si la propuesta de comunidades pequeñas
ante los problemas derivados de las grandes ciudades, no fuera a constituirse
en la principal estrategia a tener en cuenta para que la Humanidad realmente
empiece a cambiar en favor de la preservación de sí misma
y del ecosistema, podríamos pasarnos años de sesiones en
la ONU para buscar soluciones dentro del "orden establecido" para desarrollar
un "Nuevo Orden" que será más de lo mismo, sin solución
para el deterioro ambiental y humano.
Por eso en la Parte III, se deja claro que hay un riesgo ambiental inminente,
ante el cual los políticos que irresponsablemente postergan medidas
para revertir el problema, recibirán el choque de la realidad que
no están queriendo enfrentar, cuando ella sea irreversible. Ante
esto, en vez de esperar a que los políticos y los poderosos de la
economía mundial tomen conciencia y hagan algo, los ciudadanos deberán
ocupar ese vacío de responsabilidades con acciones concretas y urgentes,
a las cuales los gobernantes podrán o no plegarse cuando comprendan
que el camino es por allí.
Que una sociedad superior, en vez de estar compuesta por megalópolis
ultratecnificadas, esté hecha de redes de pequeños núcleos
comunitarios mínimamente equipados a nivel tecnológico, y
máximamente desarrollados urbanística y arquitectónicamente
según místicas sabidurías ancestrales, podrá
parecer un retroceso. Y lo es: el retroceso a formas de vida más
elevadas y dignas, que se perdieron por darle poder absoluto a una mentalidad
industrialista y progresista sin orden y sin rumbo que no sea el de la
autodestrucción. Hace un siglo, el futuro ideal podría verse
reflejado en las torres gigantes de Manhattan, y más recientemente,
en el futurismo de la "Ciudad Gótica" de "Eternamente Batman" o
de las construcciones en "El quinto elemento". Hoy, si, en busca de conceptos
para la armonía de los hábitats, ese ideal no se desplazara
a las aldeas indígenas o a la Acrópolis ateniense, tal vez
podamos esperar a que el sistema colapse y la Estatua de la Libertad y
su entorno terminen como en "El planeta de los simios".
Sobre los problemas de los países y la actitud de los gobernantes,
en su libro citado escribió Konrad Lorenz: "Uno se pregunta qué
causará más daño al espíritu de la Humanidad
actual, si la codicia cegadora o el apresuramiento agotador. Sea como fuere,
los gobernantes de todas las orientaciones políticas se esfuerzan
por promover ambas cosas e incrementar hasta la hipertrofia aquellas motivaciones
que impulsan al hombre hacia la competencia.
Las lujosas estructuras resultantes del diabólico ciclo constituido
por el crecimiento de producción y necesidades con acoplamiento
regenerativo, acarreará el desastre, tarde o temprano, a los países
occidentales y, sobre todo, a los Estados Unidos, ya que su población
no podrá seguir compitiendo ventajosamente con las de los países
orientales, menos malacostumbradas y más sanas. Así pues,
los gobernantes capitalistas dan prueba de una miopía extremada
al mantener hasta ahora ese curso consistente en recompensar al consumidor
elevando su "nivel de vida" e imponiéndole, por ende, la "condición"
de proseguir su competencia -causante de alta presión sanguínea
y alteraciones nerviosas- con el prójimo."
*
Sobre la tendencia autodestructiva de la humanidad, dice en
su obra citada Konrad Lorenz: "Todas las facultades inherentes al
hombre y derivadas de sus profundas percepciones en la naturaleza circundante,
es decir, el progreso de su tecnología, los adelantos de las ciencias
química y médica, todo cuanto parece hecho para aminorar
los sufrimientos humanos se traduce, de forma horripilante y paradójica,
en una corrupción de la Humanidad. Ésta amenaza con hacer
precisamente lo que casi nunca han intentado los sistemas vivientes, a
saber, estrangularse a sí misma. Pero lo más espantoso de
este acontecer apocalíptico es que las cualidades y aptitudes óptimas,
las más nobles del hombre, aquéllas que conceptuamos y valoramos
con razón como específicamente humanas, son las primeras
en sucumbir, a juzgar por las apariencias."
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