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AMONTONADOS

QUÉ PODEMOS Y DEBEMOS HACER

    Continuando con el referido trabajo dentro del Proyecto O.H.U., lo siguiente expone mi propuesta de despoblamiento progresivo de las ciudades y la construcción de pequeñas comunidades donde albergar la población mundial.
 
 

Parte II
COMUNIDADES PEQUEÑAS ANTE EL PROBLEMA DE LAS GRANDES CIUDADES


Ciudades grandes y comunidades pequeñas

    A partir del momento en que se expanda en la sociedad la conciencia de todo esto que sucede, será posible crear la necesidad de dignificar las condiciones de vida en comunidad. Pero ya será tarde para rediseños urbanos que exijan demoler y reedificar viviendas: habrá que empezar desde los cimientos en lugares despoblados y con núcleos sociales reducidos, que no sobrepasen una determinada cantidad planificada de habitantes, que puedan convivir interactuando entre sí, sin el aislamiento a que estamos sometidos, y sin la amenaza de un sobrepoblamiento.
    El proceso no debe ser de fuga masiva de las ciudades, desintegrando de una vez todo lo que está funcionando, para poner de repente a funcionar a toda la gente en millones de comunidades. Dentro de lo gradual que debe ser este proceso, no existe en él la antítesis gran ciudad-pequeña comunidad; deben estar una en interrelación con la otra, no en oposición. La idea es un proyecto mundial de pequeñas comunidades en red, pero en interacción con las grandes ciudades, que seguirán siendo necesarias para ciertos fines, como de producción, comercio y administración.
    Si no existiera este proyecto conciliador de ambas formas de vida y desarrollo social, y sólo existieran las grandes ciudades como lugar de progreso ambicionado y como continuidad indefinida de la degradación y decadencia continuas en la vida urbana, sí estaríamos planteando una antítesis, porque el ideal comunitario tendría a la gran ciudad como obstáculo. Pero si vamos a plantear un mundo del futuro poblado de comunidades pequeñas y con ciudades despoblándose gradualmente, la antítesis no tiene razón de ser en el planteo. Porque hasta el proyecto mismo de las comunidades en red mundial, es una idea concebida en el seno de una cultura urbana, y es desde ciudades y por medios tecnológicos como lo es Internet, o los medios de prensa, desde donde habrá de armarse, difundirse y hacerse viable este proyecto. Nunca se podría haber llegado a una formulación política, social, demográfica de estas características, de no haber existido la gran ciudad como polo de desarrollo cultural, donde convergieron las fuerzas productivas que definieron las posibilidades tecnológicas de que podremos disponer en esas futuras comunidades pequeñas.
    Todo este planteo no ha tenido la intención de descalificar a la ciudad considerándola nociva para nuestro desarrollo, sino que es de reconocerse que sin las ciudades no habríamos descubierto ni la electricidad, ni las vacunas, ni mucho de lo que ahora hasta los indígenas pueden desear para vivir mejor. Y eso sin desmerecer la vida que llevaban los sioux, los hopi o los patagones, que tenían muchas menos razones que nosotros los civilizados para quejarse de los problemas de la existencia. Pero como la historia, la genética y el presente de la civilización urbana, sitúan al ciudadano muy lejos de conformarse con vivir en carpas, cazar con arco y flecha, danzar alrededor de una hoguera y andar descalzo, no podemos aplicar el ideal de vida de unos a lo que son otros, los que no son de pueblos con vida tribal en el campo, la selva o las montañas. La ciudad, la tecnología, la ciencia, las fábricas, las escuelas y universidades, todo eso integra una realidad que para nuestros antecesores era preciso desarrollar, y sólo en ámbitos muy poblados era posible. Se logró. Se está llegando a la conclusión del proceso. De los frutos de ese logro se puede iniciar un proceso inverso: desconcentración poblacional; todo retorna a su punto de origen: la pequeña aldea en un medio natural, pero enriquecido por todo el proceso histórico de la civilización, y en intercambio con la gran "aldea global" por los medios de comunicación. Toda la convergencia poblacional hacia ciudades de cientos de miles a millones de habitantes, ha sido necesaria y útil en tanto forjadora de futuras generaciones de ciudadanos potenciados y listos para vivir fuera del contexto urbano, provistos de las pautas y los elementos educativos, científicos y técnicos necesarios para tener una vida mejor que si no hubiera existido todo el  proceso de urbanización.
    De no producirse ese retorno a un sistema social de pequeñas comunidades, la experiencia del progreso en las grandes ciudades seguiría sobrepasando el punto de saturación, de manera autodestructiva, sin la válvula de escape de presión que significa una perspectiva de descongestionamiento como la que propone este proyecto comunitario. No tendría sentido tanto aglutinamiento de siglos y siglos, sin una descompresión posterior. En cambio, seguir soportando las calamidades urbanas podrá adquirir el sentido que no está teniendo, en tanto y en cuanto haya de operarse una política mundial de despoblamiento urbano y de establecimiento de comunidades pequeñas. Sólo entonces todo el flujo de cultura, de tecnología, de recursos producidos en la sociedad urbana tendrá tal importancia que, sin las ciudades, las comunidades del proyecto no tendrían el abastecimiento necesario. Porque no se trata de establecer comunidades donde cazar con arco y flecha, sino donde aplicar todo el producto de la civilización.
    Por eso este proyecto debe ser entendido no como una ruptura con la sociedad industrial, capitalista, urbana, sino como un proceso mixto de conciliación del ideal comunitario, con los factores propios de la civilización que hemos desarrollado, aplicados a una nueva civilización a edificarse bajo factores ambientales y humanos armonizados como no pueden serlo en la gran ciudad.
 

Formulación de una política mundial de pequeñas comunidades en red

    Para llegar al establecimiento de una política formulada con presupuestos, estrategias y plazos de ejecución de planes a nivel mundial, hasta la realización de este proyecto, podrá pasar un tiempo indeterminado, y no debe esperarse a que en las Naciones Unidas se resuelva algo al respecto, para recién entonces empezar. Aunque la globalización del comunitarismo propuesto se produjera como consecuencia de exitosas experiencias piloto realizadas por gobiernos, ONG's, empresas e individuos de diversos países, en vez de una utopía para un futuro lejano, en el cual la cuestión adquiera trascendencia en el seno de la ONU, debemos abocarnos a un planteo pragmático para el aquí y ahora. En el cual las ONG's e individuos participantes del proyecto, no necesariamente deban contar con apoyo guberanamental y empresarial para poner en marcha el propósito.
 

Globalización, localización y diversificación cultural

    El mundo del futuro está siendo concebido a partir de lo que es el mundo del presente, y no de lo que, más allá de lo que conocemos, proponga una realidad totalmente distinta de todo lo conocido. Lo que conocemos es que las sociedades humanas integran lo autóctono y lo foráneo, en una fusión donde lo segundo, debilitando a lo primero, tiende a instalarse como característico de la vida diaria, con mayor facilidad cuanto más difusión mundial tenga. El diseño arquitectónico de un shopping será el mismo en cualquiera de los continentes, y en ellos nunca estará ausente la Coca-Cola; se va desde la infancia a la vejez tomando esa bebida sin que importe de dónde salió, porque es un producto más, ya tradicional, en la economía nacional. La "cultura planetaria" que integran Shell, Microsoft, Marlboro o Phillips, son parte de una globalización que hace necesarios y hasta imprescindibles muchísimos productos que las culturas locales no están en condiciones de proveer.
    Por eso el mundo está siendo planificado para el futuro en una continuidad de la actual coexistencia de lo local y lo global, donde el ciudadano viva en la mezcla de lo autóctono y lo foráneo a niveles tales en que se pierda la noción de dónde termina una cosa y empieza la otra. Desde fenómenos localizados como lo brasileño y lo africano, fusionados en lo "afrobrasileño" a nivel religioso, o la tradicional "bombacha" del gaucho argentino-uruguayo, inventada en Inglaterra, hasta cuestiones globales como el consumo de cigarrillos o automóviles de fabricación nacional, pero de marca extranjera, que resuena familiar, como cosa característica del país, pues Philip Morris o Ford son parte de la historia del siglo XX en tantos países, tanto como pueda serlo cualquier marca nacional .
    Cuando las formas culturales puras se alteran al combinarse unas con otras, terminamos viendo indígenas cambiando sus viviendas por cubículos de cemento, yendo a trabajar a la fábrica maderera, desde donde los bosques en que vivían sus ancestros son devastados. También vemos que esos indígenas tienen, en ciertos aspectos, ventajas tales como expectativas de vida, confort y salud, superiores a las de sus antecesores. Por lo tanto, la idea no es presentar a estos procesos culturales ni como perjudiciales, ni como beneficiosos. La idea es presentar una situación en la que la resultante mixta, que combina lo local con lo foráneo influyente en el cambio, no tiene punto de retorno a la situación anterior. Es decir, no podemos plantearnos un futuro en el que los indígenas de Estados Unidos deban volver a cazar bisontes, o en el que los nativos del África cacen elefantes, así como no cabe que los blancos también hagan cacerías indiscriminadas de animales hoy protegidos de ser extintos. Si la cultura de hoy nos exige la preservación de especies vivientes amenazadas, toda tradición indígena, negra o blanca de cacerías no tiene cabida.
 

No hay vuelta atrás

    De no haber llevado a muchas especies al riesgo de extinción, los nativos que hoy practicaran las ancestrales cacerías no estarían haciendo más que obedecer a su historia, tradiciones y necesidades básicas naturales. No ha sido precisamente por culpa de ellos que hoy les está restringida y penada la caza "ilegal": fueron los blancos quienes les introdujeron el uso de rifles (a quienes no siguen todavía con sus primitivas armas); fueron ellos quienes cazaron en exceso, hasta ser ellos mismos quienes tuvieron que establecer leyes de protección a la fauna. Ignorantes de la situación del ecosistema, nativos cazadores furtivos en busca de marfil y cuernos han perdido el sentido original de lo que debía ser la caza para la vida en las tribus. El hombre blanco, al haber alterado los conceptos de cacería para subsistencia, por los de una ambición desmedida que redujo al extremo el número de animales, ha terminado por privar a las poblaciones indígenas hasta de lo que era su natural derecho a subsistir mediante una caza en su justa medida. A fines del siglo XIX, dos docenas de bisontes fue todo lo que los Winchester dejaron a los indios de las grandes manadas que les proveían carne y pieles. De no haberse reproducido los bisontes sobrevivientes a un número hoy de miles, ya serían una de las múltiples especies animales extintas por el hombre. Pero lo que no pudo -ni quiso- ser evitado, fue la extinción de la cultura autóctona de la caza del bisonte con fines de subsistencia.
    Ya no se trata de devolverle a los indios esa tradición el día de mañana; no se trata de buscar culpables ni de reparar daños volviendo a situaciones anteriores a los errores: no hay vuelta atrás, hay daños irreparables, culpabilidades que no podrán ser reivindicadas y víctimas que no podrán ser compensadas con beneficio reparatorio alguno. La realidad es ésa, y exige una visión del futuro que poco o nada puede llegar a tener que ver con lo que fue el pasado. Mientras muchos indígenas deberán comprender que la situación ha puesto fin a la posibilidad de que la tradición de las cacerías perdure o que alguna vez se restablezca, muchos blancos deberán hacer exactamente lo mismo. En el Forum Global Rio'92, durante la Cumbre de la Tierra, el stand de la "Asociación de Caza y Conservación..." (¿"conservación" de qué hacen los cazadores deportivos?) fue hostigado por ambientalistas, quienes le pintaron con aerosol: "Fuera asesinos", tras lo cual el stand permaneció vacío... Realmente, en medio de una reunión global de ONG's allí presentes para aportar cada una lo suyo a la salvación del planeta, la presencia de ese stand era una verdadera burla y falta de respeto a la vida. En Animal Planet, National Geographic, Mundo, Discovery y canales de esa línea, es evidente por qué no hay programas sobre cazadores. "Hasta que los animales tengan sus propios historiadores, las historias de cacerías seguirán glorificando al cazador", dice un proverbio africano. Y gente como la de dichos canales, que comienza a ser integrante de los historiadores con que los animales ya pueden contar, se está encargando de que al cazador se le termine toda y cualquier glorificación.
    Los conceptos de los occidentales deberán seguir en esa línea de cambio. Quizá hasta los raticidas habrá que prohibir algún día, pues de seguir como vamos, las ratas serán del poco alimento que muchos tendrán disponible. Si eso todavía no es de descartarse porque el futuro es imprevisible, para que tal cosa no suceda, habrá que prever muchas cosas en vez de seguir dejándolas a su suerte arriesgando la nuestra. Lo previsible en estos momentos y conforme a los acontecimientos, es que pase algo muy grave en poco tiempo con el ecosistema y con las ciudades. Algo para lo cual, de no haber vuelta atrás, habrá que buscar soluciones en una dirección distinta de todo lo ya conocido y practicado por nuestra civilización, y una de esas soluciones es un despliegue de comunidades como la planteada en el presente estudio. En qué medida los políticos y empresarios podrán o querrán comprender la necesidad de tal estrategia demográfica, y hacer algo al respecto, dependerá menos de ellos mismos que de movimientos ciudadanos gestados por organizaciones e individuos en particular, concientes de la realidad y de sus urgencias antes de que gobiernos y empresas lleguen a dar un primer paso en el asunto. La fiebre del oro en Estados Unidos generó todo un fenómeno migratorio que ningún político o empresario tuvo que incentivar para que los propios ciudadanos decidieran materializarlo. Es cierto que resulta más fácil hacer que la gente sea captada por la fuerza centrípeta de un polo de atracción como puede serlo un mineral precioso, a que sea lanzada por la fuerza centrífuga de lo insano de las ciudades. Porque es una fuerza menor que la fuerza centrípeta de las necesidades artificiales que han sido creadas para que sea imprescindible seguir integrando el engranaje de la vida urbana. De no ser atractivas las comunidades de este proyecto, no generarán la fuerza centrípeta necesaria para ofrecerles a los habitantes de las grandes ciudades, motivos que contrarresten la fuerza centrípeta que ellas ejercen sobre sus pobladores. Si el kibutz tuvo éxito en Israel, por algo fue: nadie iba a radicarse allí si no ofreciera condiciones de vida deseables.
    Pero lo que hoy puede ser considerado deseable y atractivo, quizá el día de mañana sea considerado superfluo. Si ver televisión es hoy tan importante que hasta podrá faltar comida para los niños, pero no un televisor, el día que haya conciencia de los daños físicos y mentales a futuro provocados por la desnutrición, quizá haya más familias que prefieran cultivar la tierra, criar animales y consumir los alimentos necesarios en una pequeña huerta de su hogar sin televisión. Conforme la crisis económica siga provocando el hambre de cada vez más gente, mucha de ella dejará de tener por ideal contar con sus electrodomésticos, automóvil y un "prestigio social" académico que de nada sirve con diplomas colgados o enroscados y profesiones sin posibilidad de ser ejercidas. Quizá el ideal sea tener para comer, las comodidades básicas del hogar, y algo en qué trabajar. De hecho, ese es precisamente el ideal de muchos que han dejado de creer en las falsas promesas del sistema, porque se toparon con la realidad de que, en los grandes núcleos urbanos, hay menos posibilidad de ser protagonista que mero espectador y observador frustrado de lo exhibido en las vidrieras, inaccesible a su bolsillo. Frustración ésta que el sistema le compensa al individuo al hacerlo sentir "espectador privilegiado" de un sinfín de propuestas baratas o gratuitas del circo urbano con su diversidad de shows que puede presenciar en TV, en el cine, en el estadio deportivo o en la calle. Viejos slogan políticos tales como "marchemos hacia las fronteras" (hacer patria poblando los deshabitados confines del país) no tienen fuerza ante el bombardeo propagandístico de consignas para vivir en medio de donde sucede todo lo que es mostrado como "trascendente" (farandulismo, por ejemplo), y donde se puede ser "importante"...
    Para muchos, llegados a las ciudades con tantos sueños, rotos éstos al toparse con que eran ficticia propaganda, es inconcebible un retorno a sus poblaciones, donde la pobreza nada les promete que sea mejor que la pobreza en las capitales. Porque sus poblaciones de origen no están exentas del mismo problema de la falta de solidaridad y comunitarismo que en las grandes urbes. Por algo se dice tanto lo de "pueblo chico, infierno grande"; a no engañarse: los lindos pueblitos pueden estar muy lejos de ser un paraíso. No confundamos pueblito con "comunidad", o las comunidades del presente proyecto con futuros pueblitos que puedan parecerse a tantos otros. Este proyecto no propone que quienes se hayan ido de sus pueblos a las grandes ciudades retornen a ellos. No sería solución, no hay esa vuelta atrás. A toda esa gente hay que ofrecerle algo mejor que su punto de origen y que la ciudad de destino en que no encontró lo que buscaba. Y ese algo es: "comunidad chica, paraíso grande". No es lo mismo ir a vivir a un pequeño poblado cuyos habitantes no tengan sustanciales fines en común, que participar de un mismo fin en un proyecto comunitario. La diferencia entre un infierno y un paraíso no es otra cosa que el grado de integración, de unidad, cooperación, solidaridad entre los miembros de un conjunto humano. Disgregados en sus respectivos fines no siempre congregativos, y hasta en muchos casos competitivos entre los pobladores (por ejemplo: en lugar de una cooperativa, competencia entre comerciantes del mismo rubro), a los pueblos pequeños puede no tener mucho que envidiarles la ciudad grande en este aspecto. La integración al ritmo y a los valores impuestos por la civilización dirigida desde los núcleos superpoblados, hace que cinco mil habitantes de un poblado (por más que vivan en tranquilidad por la seguridad que permitida por el hecho de que todos se conozcan entre sí), no escapen a la dispersión de fines entre envidias y competencias. Una réplica en miniatura de la gran ciudad y sus problemas.
     El material humano salido en tales condiciones de tales poblaciones, e incorporado a las ciudades grandes, ¿cuánto puede ofrecer que no sea más de lo mismo? El mito de la "buena gente" de los pueblitos y la "mala gente" de las capitales, puede ser fácilmente demolido por la relatividad de esa idea ante la evidencia de la realidad; la cosa hasta puede darse a la inversa. Quizá, como una forma de evitar que de estos pequeños pueblos mucha gente siga yéndose a las grandes ciudades, lo conveniente sea fundar cerca de ellos comunidades que capten a los potenciales migrantes, dándoles condiciones de vida mejores que en las poblaciones de las que desearan irse. Esto también contribuirá a disminuir el flujo migratorio hacia las ciudades; evitará que el día de mañana muchos migrantes frustrados, viendo que "no hay vuelta atrás", queden sin solución en estado tan lamentable como en el que llegaran, o peor, en muchos casos en la marginalidad de las capitales, donde sumen su cuota de problemas para empeorar la situación.
     Si los políticos comprendieran la importancia de una propuesta tal, la idea de planificar comunidades ya tendría larga data. Pero como sus políticas han venido incentivando valores anticomunitarios, competitivos e individualistas (propios de la sociedad de producción-comercio-consumismo) como pilares de la economía, ser político ha sido sinónimo de ser preservador del sistema económico que necesita ciudadanos individualistas con espíritu de competencia y antisolidarios; sistema donde el corporativismo es un semidiós cuya refulgencia opaca al cooperativismo a tal punto, que muchas cooperativas quiebran mientras las multinacionales florecen en el tercer mundo haciendo estragos en las industrias nacionales. Ésta es la obra de la mayoría de los políticos, quienes buscando soluciones corporativas para el ahora, generan a futuro -inmediato- nuevos y mayores problemas económicos en la población, que no tienen vuelta atrás, cuando un país ha sido vendido a las transnacionales y su bandera en los mástiles es de lo poco que de nacional queda. Llegados a tales instancias en que la bandera es lo de menos y quién maneje las empresas y los países importará igualmente poco, porque vamos entrando en órbita de una economía global pluri-imperialista oligopólica, la cuestión no es declararle la guerra a ese sistema, sino interactuar con él mientras se vaya montando otro paralelo, de comunidades en red, en cada una de las cuales los conceptos de nación y territorialismo sean irrelevantes. Y el las cuales los sentimientos humanos sean el pilar constitutivo y no una circunstancia colateral: los más altos valores humanos serán el objetivo de la convocatoria, y no la eficiencia de las fuerzas productivas aplicadas a un proyecto generador de recursos económicos, como ha ocurrido en las civilizaciones espiritualmente vacías, con el -equivocado- espíritu impulsor de la vida urbana, consistente en la codicia individualista y en las glorias personales de los gobernantes, atentos a los envoltorios más que a los contenidos, es decir, a las estructuras de hormigón y demás indicadores de "desarrollo y modernidad", más que al estado de vida de la gente.

*


   En su obra citada, dice Konrad Lorenz sobre la superpoblación y otros males de la civilización:"¿Para qué le sirve a la Humanidad su multiplicación desmedida, su espíritu de competencia que se acrecienta sin límite hasta rayar en lo demencial, el incremento del rearme, cada vez más horripilante, la progresiva enervación del hombre apresado por un urbanismo absorbente, y así sucesivamente? No obstante, si afinamos un poco nuestra observación nos percatamos de que todos esos adelantos erróneos son perturbaciones de unos mecanismos muy concretos del comportamiento, en cuyos comienzos se desarrollaría, con toda probabilidad, como un valor inalterable, la conservación de la especie. Para expresarlo con otras palabras, se les debe conceptuar como rasgos patológicos."

   "Nosotros, lo que vivimos en países civilizados de gran densidad demográfica o en inmensas urbes, ignoramos ya cuanta falta nos hace el altruismo generalizado, entrañable y acogedor. Uno necesita llegar como visitante inesperado a una casa de cualquier país densamente poblado donde muchas calles sórdidas de varios kilómetros separan entre sí a los vecinos, para apreciar lo hospitalario y filantrópico que puede ser el hombre cuando no se le apremia constantemente, a desplegar su capacidad para los contactos sociales.
    Sin duda el confinamiento de las masas humanas en los modernos centros urbanos tiene mucha culpa de que no percibamos ya el semblante del prójimo en ese escenario fantasmagórico donde se trocan, superponen y desdibujan incesantemente las imágenes humanas. Nuestro amor al prójimo se atenúa tanto con la excesiva proximidad de los innumerables semejantes, que en última instancia apenas queda rastro de él. Quienes deseen exteriorizar todavía unos sentimientos cordiales y afectuosos hacia su prójimo deberán concentrarlos en un círculo reducido de amigos, pues no hemos sido criados para repartir nuestro afecto entre todos los seres humanos aun cuando la exhortación a hacerlo así sea justa y ética. Por consiguiente, debemos adoptar una determinación, lo cual significa que es preciso "evitar todo contacto sentimental" con otras muchas personas que serían ciertamente dignas de nuestra amistad. La consigna not to get emotionally involved representa una preocupación preponderante entre muchos habitantes de grandes ciudades. Pero ese proceder, absolutamente insoslayable para cada uno de nosotros, va asociado ahora a un soplo pernicioso de inhumanidad; nos recuerda el del antiguo plantador americano que trataba con excepcional humanitarismo a su "servidumbre negra" y, sin embargo, manejaba a los trabajadores esclavos de sus plantaciones como si fueran valiosos animales domésticos en el mejor de los casos. Cuando este acorazamiento premeditado contra los contactos humanos se acentúa, origina, en combinación con las manifestaciones de un sentimiento decadente, esos aterradores indicios de insensibilidad sobre los cuales nos informa cada día la Prensa. Cuanto mayor es la "masificación" de los seres humanos, tanto más urgente le parece al individuo la necesidad del not to get involved, y por eso mismo hoy día se pueden cometer robos, asesinatos o violaciones a la luz del día en las grandes urbes sin que intervenga ni un solo "transeúnte"."

    "El confinamiento de muchos seres humanos en espacios muy angostos no sólo acarrea indirectamente una deshumanización incipiente con el agotamiento y entorpecimiento paulatinos de las relaciones interhumanas, sino que también suscita un comportamiento agresivo y definitivamente directo. Se sabe, por muchos experimentos con animales, que la agresividad dentro de una misma especie suele acrecentarse con el confinamiento. Precisamente, cuando uno procura dominarse y se esfuerza por observar un comportamiento cortés o, mejor dicho, amigable, se acentúa esa disposición anímica hasta representar una verdadera tortura. La conducta incivil generalizada que observamos en todos los grandes centros urbanos es claramente proporcional a la densidad de las multitudes aglomeradas en determinados lugares. Y alcanza un grado alarmante, por ejemplo, en las grandes estaciones ferroviarias y terminales de autobuses neoyorquinas."

    "La superpoblación contribuye directamente a todas las manifestaciones de malestar y decadencia. En mi opinión, es un delirio peligroso la creencia de que se puede establecer, mediante el correspondiente "acondicionamiento", una nueva clase de seres humanos inmunes a las temibles consecuencias del confinamiento intensivo."

    "Las influencias del medio ambiente impiden que la especie sujeta a una selección intraespecífica siga caminos evolutivos cuya culminación sería una monstruosa catástrofe. Sin embargo, ninguna de esas fuerzas reguladoras y salutíferas se manifiestan en el desarrollo cultural de la Humanidad: ésta ha aprendido -para desgracia suya- a dominar todos los poderes de su medio ambiente ajenos a la especie, pero sabe tan poco sobre sí misma que queda indefensa ante los satánicos efectos de la selección intraespecífica."

    "Homo homini lupus…", el hombre es un lobo para el hombre… Tal como la famosa máxima de Heinroth, este aforismo es un understatement. Pues el hombre, cual único factor determinativo de la selección para un desarrollo continuo de su propia especie, no tiene, desgraciadamente, ni mucho menos, una actuación tan inofensiva como el animal rapaz y, comparado con éste, es el más peligroso. La competencia del hombre con el hombre reacciona directamente, como no lo hiciera jamás con anterioridad a ella ningún otro factor biológico, contra "la fuerza eternamente estimulante, curativa", y destruye todos los valores creados más o menos por ésta con un puño tan diabólico e impávido que su tarea se atiene exclusivamente a las consideraciones comerciales, ciegas ante los verdaderos valores."

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   Sobre la competencia, dice Konrad Lorenz: "Todo cuanto es bueno y provechoso para la Humanidad en su conjunto e incluso para el individuo, se está olvidando ya bajo la presión de la competencia entre humanos.
    Uno se pregunta qué causará más daño al espíritu de la Humanidad actual, si la codicia cegadora o el apresuramiento agotador. Sea como fuere, los gobernantes de todas las orientaciones políticas se esfuerzan por promover ambas cosas e incrementar hasta la hipertrofia aquellas motivaciones que impulsan al hombre hacia la competencia.
    Junto a la ambición material o el deseo de ascender en el orden jerárquico, o bien combinado con ambos, el miedo representa también un papel esencial…, miedo de verse superado por la competencia, miedo de empobrecerse, miedo de adoptar determinaciones erróneas y no encontrarse ya nunca más a la altura de la tensa situación. El miedo en todas sus formas imaginables es, sin duda, un factor fundamental que mina la salud del hombre moderno desarrollando alta presión arterial, cirrosis hepática, infartos cardíacos prematuros y otras dolencias similares. Indudablemente, el hombre apresurado no se siente movido tan sólo por la codicia, pues ni los incentivos más atrayentes podrían inducirle a dañarse con sus propias manos como lo está haciendo: está sometido a la acción de un impulso, y este impulso sólo puede ser el miedo.
    La prisa temerosa y el miedo apremiante del hombre se confabulan para arrebatarle sus principales cualidades. Una de éstas es la reflexión. Un ser que cesa de reflexionar se arriesga a perder todas las cualidades y aptitudes específicamente humanas. Entre las secuelas más perniciosas de la prisa, o quizá directamente de la prisa engendrada por el miedo, figura la incapacidad patente del hombre moderno para estar a solas con su propio Yo, aunque sólo sea durante un breve lapso de tiempo. Con temeroso empeño procura soslayar toda posibilidad de meditar sobre sí mismo y hacer examen de conciencia, como si temiera que la reflexión le enfrentara con un horrible autorretrato, algo similar a lo descrito por Oscar Wilde en su clásica novela dramática El retrato de Dorian Gray. La manía generalizada de escuchar y producir ruido -lo cual resulta paradójico si se considera la neurastenia habitual del hombre moderno- no tiene explicación alguna, salvo la de que por una razón u otra el mundo haya ensordecido. Cierta vez, durante un paseo por el bosque, mi mujer y yo oímos inesperadamente el estruendo de un transmisor acercándose con rapidez. Lo llevaba sobre el portamaletas un solitario ciclista de dieciséis años más o menos. "¡Ése tiene miedo de oír cantar a los pájaros!", comentó mi esposa. Yo creo más bien que aquel muchacho tenía miedo de encontrarse consigo mismo, aunque sólo fuera por un instante. Pues, de lo contrario, ¿por qué prefieren muchas personas con auténticas pretensiones intelectuales la publicidad televisiva -verdadero emoliente del cerebro- a la propia compañía? Sin duda, sólo porque les ayuda a arrinconar la reflexión.
    Así pues, los seres humanos padecen las tensiones nerviosas y espirituales a que les somete la competencia con sus semejantes. Aunque se les haya adiestrado desde la primera infancia para ver un progreso en las desatinadas aberraciones de la competencia, se percibe el miedo con mayor claridad, justamente en los ojos de los más progresistas, mientras que los más competentes, es decir "quienes marchan con los tiempos", mueren prematuramente de infarto de miocardio.
    Aun cuando hagamos la conjetura optimista aunque infundada, de que la superpoblación terrestre no seguirá aumentando al ritmo amenazador de nuestros días, debemos evaluar la competencia económica de la Humanidad consigo misma como un elemento suficiente por sí solo para arrastrarla hacia una ruina total. Todo proceso cíclico con acoplamiento regenerativo positivo conduce, tarde o temprano, a la catástrofe, y el fenómeno al que nos referimos aquí contiene varios de ellos. Aparte de la selección intraespecífica comercial, cuyo ritmo se acelera sin pausa, actúa también un segundo proceso cíclico sumamente peligroso contra el cual nos previene Vance Packard en varios de sus libros y que tiene como consecuencia un aumento progresivo de las necesidades humanas. Por razones evidentes, todo fabricante procura estimular al consumidor para hacerle experimentar la necesidad de los productos que fabrica.
    Las lujosas estructuras resultantes del diabólico ciclo constituido por el crecimiento de producción y necesidades con acoplamiento regenerativo, acarreará el desastre, tarde o temprano, a los países occidentales y, sobre todo, a los Estados Unidos, ya que su población no podrá seguir compitiendo ventajosamente con las de los países orientales, menos malacostumbradas y más sanas. Así pues, los gobernantes capitalistas dan prueba de una miopía extremada al mantener hasta ahora ese curso consistente en recompensar al consumidor elevando su "nivel de vida" e imponiéndole, por ende, la "condición" de proseguir su competencia -causante de alta presión sanguínea y alteraciones nerviosas- con el prójimo."

*

   Sobre los pobres empeorando la situación en las grandes ciudades, dice en La ciudad en discusión (1968) Edward C. Banfield: "La ciudad atrae a los pobres, sobre todo a los padres pobres con muchos hijos, al ofrecer mejores condiciones de vida: mejor comida, ropa, techo, asistencia sanitaria, educación y trato por parte de los empleadores y funcionarios; por esta razón hay siempre tantos pobres en las ciudades. El problema de la pobreza en las ciudades rara vez tiene su origen en la propia ciudad; se trata esencialmente de un problema que surge en otra parte y es llevado después a la ciudad."
 
 

Parte III
LOS POLÍTICOS ANTE EL CHOQUE DEL FUTURO



Gobiernos sin propuestas de cambio

    En el mundo del futuro que se proyecta desde este presente, si los gobernantes de las naciones, estados y provincias, hubieran planteado hace algunas décadas, proyectos demográficos tendientes a establecer numerosas poblaciones pequeñas lejos de las ciudades, el mundo de hoy no sería tan parecido al de los últimos siglos, y no tendríamos que estar pensando en un mundo del futuro distinto del de hoy. Tampoco cuenta entre las estrategias el cambio del espíritu de competencia por el de cooperación solidaria, para edificar nuevas comunidades integrantes de una humanidad unida, luego del rotundo fracaso de la humanidad dividida por la competencia. Pero dada la falta de estrategias para transformar el mundo, que hasta ahora se puede observar en todas las políticas gubernamentales, en especial del siglo XX y de la actualidad, cabe preguntarse: ¿hay un proyecto de transformación en las naciones, o el proyecto es que todo siga más o menos como ha venido estando? ¿Quieren realmente los políticos solucionar los problemas de los países, o pretenden administrar la falta de soluciones, mediante proyectos que dejan la realidad tal como está, poniéndole apenas algunos parches o remiendos para aliviar, pero no para terminar con las situaciones de crisis?
    El planeta no soportará por mucho más tiempo los daños ambientales causados por la sociedad, sin tornarse mucho más hostil de lo que se está volviendo. La protección de bosques y selvas con absoluta prohibición de desforestación, no está del todo clara en las políticas a futuro con plazos definidos. La reducción de contaminantes a niveles EXTREMOS, no figura en ningún plan que fije para qué fecha habrá de prohibirse la fabricación y uso de ciertas sustancias que están arruinando la tierra, aguas y alterando el clima. El Protocolo de Kioto sobre reducción de gases de efecto invernadero recién para el 2012 es una muestra de lo poco que les urge lo urgente. Porque la fecha para la cual se estima que no quedarán glaciares en la Tierra (muchos dejaron de existir en los últimos años), fecha en que no quedarán ciudades costeras por el aumento del nivel del mar, ya está prevista por los científicos: apenas es cuestión de unas décadas, y no sólo llegarán a ver el desastre nietos e hijos de los actuales adultos, sino también muchos de éstos. Revertir el proceso climático de calentamiento global, requerirá políticas que planteen con absoluta claridad que hay intención de solucionar el problema.
    Pero ninguna campaña electoral  de candidatos, ni discursos de gobernantes, pregonan programas de acción para salvar al ecosistema de la catástrofe que la ciencia anuncia; catástrofe provocada autodestructivamente por la parte más corrupta y antinatural de la humanidad, arrastrando al desastre a la parte compuesta por los humanos que viven en armonía con la naturaleza. Al pueblo se le hacen promesas laborales, económicas, dentro de un sistema de producción y consumo que exige la continuidad de los factores industriales que agravan constantemente el estado del medio ambiente. No hay políticos que propongan medidas extremas para contrarrestar los efectos de la industrialización excesiva. "Crecimiento y desarrollo" son las metas, pensando en las naciones y no en el planeta.
    El mundo del futuro que se proponen construir los políticos, no difiere sustancialmente del actual. En 1930, la crisis económica con epicentro en Nueva York tuvo alcance internacional. Cualquier acontecimiento parecido que ocurriera allí, o alguna catástrofe, tendría efectos devastadores en la economía mundial. Los científicos han determinado que el lugar donde está asentada la ciudad es agitado cada tantos siglos, por actividad sísmica de intensidad suficiente para destruir lo edificado, a niveles catastróficos. La pregunta no es si va a suceder o no, sino cuándo, dicen los especialistas. Pero la mayoría de la población neoyorquina ignora que hay tal riesgo. Las políticas económicas de los países dependen de que lugares como Nueva York, u otros puntos neurálgicos de la economía mundial, no sean afectados por algún imprevisto.
    Riesgos por impactos de asteroides son objeto de seguimiento y estudio científico permanente, y han sido objeto de varias películas recientes, mostrando lo que puede pasarle al planeta ante un evento tal. Alteraciones en el campo magnético terrestre, efectos electromagnéticos de fenómenos que a nivel cósmico se están considerando posibles, con capacidad de impedir el funcionamiento de cualquier aparato eléctrico, nos presentan la posibilidad de un futuro en el que tengamos que arreglárnoslas sin nada de todo lo que la actual tecnología nos permite para nuestro confort, trabajo y supervivencia. Parece poco creíble que tal cosa pueda suceder, pero bastaría una huelga de trabajadores del gremio de la electricidad para quedarnos a oscuras; o alguna grave crisis económica que quiebre todos los sistemas que mueven a las sociedades, para que en medio de la anarquía resultante todo se paralice, las fábricas cierren, los alimentos escaseen, la delincuencia desborde, la policía se repliegue, la ley se pierda y el desorden conduzca a un sálvese quien pueda…
    El mundo del futuro que los políticos han venido definiendo, es un mundo dependiente de la tecnología, de la economía, de las grandes fábricas, de las grandes ciudades y de que el clima no cambie. Pero con sólo cambiar el clima, se inundan muchas grandes ciudades, se pierden muchas grandes fábricas, se quiebra la economía y se reduce la utilidad de la tecnología. Y el clima ya empezó a cambiar: en África, el monte Kenya ha perdido como un 65% de su glaciar, para dar una idea de lo que está pasando, también en los hielos de todo el mundo, con destino inevitable al aumento del nivel oceánico.
    Pero esto que pasa y que es tan grave como para ser titular constante en los medios de prensa, sigue siendo ajeno a ella e ignorado por la mayoría de la gente en todo el mundo. La explicación: el alerta mundial exigiría acción inmediata, y la acción, políticas que inevitablemente deberán hacer que el "desarrollo" cese en ciertos ámbitos industriales. Consecuencia: trabajadores en la calle. Pero ha llegado la hora de parar las máquinas y dar un golpe de timón; no para esquivar el iceberg, porque justamente los icebergs no serán el problema, sino la ausencia de icebergs.
    Ése es el mundo del futuro para el cual están gobernando y planificando los políticos que tenemos por "representantes". Un mundo degradándose ambientalmente, con una civilización frágil, que no podrá tener futuro cuando el sistema colapse. No hay una conciencia que permita ir amortiguando el choque del futuro, el cual hará impacto con todo su rigor en la civilización, de seguirse sin efectuar la debida preparación para dimensionarlo en toda su realidad.
 

Mundo paralelo

    Ajeno a ese mundo de la civilización fácilmente vulnerable, habrá un mundo paralelo: el de las personas aisladas que, en pequeños núcleos alejados de las ciudades, eventualmente podrán carecer de electricidad, de confort (más o menos como hasta ahora), y por eso, en caso de estallar una crisis que haga de las ciudades verdaderos infiernos, lejos de ellas esas personas seguirán viviendo más o menos como lo hacen.
    En medio del "sálvese quien pueda", muchos sobrevivientes emigrantes de las ciudades irán a parar a sitios alejados, en donde habrá quienes morirán por no estar adaptados a una existencia sin horno a microondas, sin empleada doméstica que les cocine, sin coche para pasear, sin Master Card, y sin un centavo, o con los bolsillos todavía guardando billetes que habrán perdido todo valor. No se trata de un futuro de película de ciencia-ficción, sino de un futuro probable con bases científicas.
Los políticos no han planteado proyectos de países que, ante una crisis nacional o mundial, dispongan de una alternativa para que al menos una parte de la población quede a resguardo. Si acaso algunos gobernantes han previsto la posibilidad de alguna crisis tal, y han evaluado las consecuencias posibles, calculando qué porcentajes de sobrevivencia  y de qué parte de la población, podría haber, esto no se ha traducido en ningún planteo serio a nivel pragmático, acorde con la realidad ante la cual estamos a punto de chocar. Sólo una pequeña porción de ciudadanos acedería a refugios subterráneos -eso sí hay gobiernos que han construido- con reservas de alimentos para un cierto tiempo... Pero el mundo de la superficie, el de los que en vez de refugiarse como ratas, tengan que seguir adelante como puedan, no cuenta con perspectivas de desarrollo de proyectos comunitarios gubernamentales como el del presente planteo.
    La ausencia de políticas gubernamentales para ir preparando comunidades alejadas de las ciudades, que estén relativamente independizadas de la economía y de la tecnología globales, plantea la necesidad de encarar acciones no gubernamentales por parte de organizaciones y de individuos a título personal. Gente que se proponga trabajar para que, ante la eventualidad de una crisis del sistema, para entonces ya existan núcleos suficientemente autónomos para sobrevivir y, en lo posible, vivir; entendiendo por "vida" un intercambio con la naturaleza en mayor plenitud de lo que las ciudades permiten, y un intercambio con los demás más humanizado que en el funcionalismo de las sociedades urbanas.
    La amenaza de catástrofe ambiental -que ya es un hecho concreto y no un fantasma- no debía ser necesaria para que la humanidad comprendiera que la vida en las ciudades requería un descongestionamiento, que la contaminación requería un freno a tiempo, y que los lugares despoblados eran los ideales para establecerse, en núcleos reducidos, solidarios y ajenos a las ambiciones materiales desmedidas que propone la sociedad de consumo. Todo esto debía haberse planificado mucho antes de que se tornara una urgencia. Pero no fue así; y como no se hizo por voluntad, tendrá que hacerse por obligación; como no se hizo para dignificar la existencia, tendrá que hacerse para seguir existiendo.
    En estos momentos, para darse una idea de que la existencia en la sociedad urbana no está asegurada, basta tener en cuenta que muchas grandes ciudades se han tornado inhabitables por el alto riesgo para sus pobladores, de ser víctimas de delitos. Allí no hay ley, policía, ni políticos que puedan hacer lo suficiente para garantizar el orden público, o la vida del ciudadano. Por lo tanto, la elección de seguir viviendo bajo tales condiciones supone no sólo el riesgo de que a uno le pase algo, sino también que, aunque no le pase nada, su estado de alerta e intranquilidad constante no valga la pena ser la rutina diaria. No es sano. Muchos prefieren irse, pero no pueden. Otros podrían irse, pero no quieren.
    Vivir en paz y con un buen margen de seguridad lejos de las ciudades que se han vuelto inapropiadas para la vida, está siendo la consigna de cada vez más gente, sobre todo la que tiene creencias o ideas espiritualistas. Si bien espiritualidad no es necesariamente sinónimo de naturaleza y de repudio a la vida en grandes capitales, es más probable que la persona espiritual sea menos dependiente de las cosas materiales de la vida urbana, que la persona cuya rutina pase invariablemente por la dependencia de esas cosas. Por lo tanto, es más probable que se vaya de la ciudad a un lugar despoblado o de escasa población, alguien con orientación espiritual, que alguien carente de ella, que no quiere ni puede vivir fuera de la sociedad de consumo. Y el problema es el exceso de manipulación ejercida para hacer del ciudadano un consumista, y la falta de orientación para hacerlo libre de tal dependencia de cosas externas, y rico a nivel interior. Por eso una política que propusiera una forma de vida que no necesitara de los lujos innecesarios que el sistema proporciona, a los cuales se los presenta como necesidades, no contaría con mucha adhesión. La gente no está entendiendo y le costará entender que el cambio que la sociedad necesita no es el cambio de los demás, sino el de uno mismo. Que no es el otro el que tenga que irse a la dificultad del campo o la montaña para que sea uno quien se quede en el confort capitalino, sino que es uno quien debe tomar la iniciativa de irse a la bendición del campo o la montaña. Porque alguien deberá hacerlo, y se precisan voluntarios. Alguien deberá dejar de contaminar el aire con su automóvil, y para ir en bicicleta, a caballo o a pie por los caminos del campo, se precisan voluntarios. Alguien deberá dejar de seguir alimentando a los millonarios petroleros y de los hipermercados, para que el producto de su trabajo beneficie a gente más próxima a él, y para eso también se precisan voluntarios.
    Ninguno de esos voluntarios será rico, pero tampoco pobre, o esclavo a perpetuidad del sistema impositivo con el que se provee fondos a ejércitos y fabricas de armamentos. No verá en el estadio a los futbolistas famosos, y tal vez ni siquiera los vea por televisión, pero no le faltará tiempo para jugar a la pelota, y ser más protagonista que espectador. No será envidiado por sus bienes, pero tampoco tendrá a quién envidiar. No llegará a ser famoso o "importante" para muchos, pero será importantísimo para todos; empezando por quienes comunitariamente convivan con él, y terminando por el planeta como totalidad.
    En ese "mundo nuevo", paralelo al mundo de viejas estructuras, podrá parecerle a muchos ilusionados de progresar económicamente, desmotivadora la propuesta de que los que hoy son pobres, nunca serán ricos, y ni siquiera tendrán algunos de los bienes materiales de confort que son considerados una necesidad elemental. Pero tampoco sufrirán la miseria, la falta de trabajo o la explotación laboral, ni el riesgo de caer en la delincuencia o la drogadicción. Tampoco sufrirán el abandono y la falta de solidaridad a la hora de la necesidad. Ni padecerán la soledad de vivir rodeados en una sociedad de relaciones superficiales y vacías, muy competitivas y poco o nada cooperativas.
    Al ver en marcha este propósito que comience a ejecutarse con la participación de ONG's e individuos en particular, que políticos y empresarios fuertes abran los ojos y deseen integrarse a la consigna, será algo de lo que no tendrá que dependerse: sin ellos, habrá que hacerlo de todos modos. Pero si gobiernos y capitales privados aumentaran las posibilidades de acción en este sentido, el "mundo paralelo" al sistema, que estaremos construyendo en conjunto con ellos, podrá tener perspectivas mayores. ¿Cambiará la óptica de los gobiernos? No se puede ser profético en esto, ni para bien ni para mal; por lo tanto no se debe ni creer que eso va a ocurrir, ni descreer de tal posibilidad.
    Básicamente, no se debe estar a la espera de una definición gubernamental para llegar a la ación. Si hay quienes piensan que hay que recurrir a los gobiernos para establecer las primeras comunidades e implementar las primeras migraciones hacia ellas, sepan que no será así: los gobiernos deberán observar los logros hechos por vías no gubernamentales. Los millonarios que podrían construir las primeras comunidades con sus abundantes recursos, deberán observar cómo con escasos recursos, grupos de personas emprendedoras habrán concretado la idea. Este proyecto no necesita ni millones de dólares, ni millones de personas para empezar: con poco, con pocos y de a poco, será suficiente para llegar a ser muchos los participantes; no miles, sino millones.
 
 

CONSIDERACIONES FINALES

    Conforme a lo tratado en  la Parte I, si todo este proyecto tecno-político no tuviera en cuenta lo que era "oculto" (ahora revelado), lo sagrado, lo energético, recaeríamos en construcciones y proyectos carentes de los valores trascendentes que determinan el orden del cosmos. Concebir un modelo de comunidad con nuevas formas de organización social, sin retornar a antiguas sabidurías acerca de cómo funcionan las cosas en el Universo, sería perdernos en una política vacía de los contenidos y de las orientaciones espirituales que una sociedad superior necesita.
    En cuanto a lo tratado en la Parte II, si la propuesta de comunidades pequeñas ante los problemas derivados de las grandes ciudades, no fuera a constituirse en la principal estrategia a tener en cuenta para que la Humanidad realmente empiece a cambiar en favor de la preservación de sí misma y del ecosistema, podríamos pasarnos años de sesiones en la ONU para buscar soluciones dentro del "orden establecido" para desarrollar un "Nuevo Orden" que será más de lo mismo, sin solución para el deterioro ambiental y humano.
    Por eso en la Parte III, se deja claro que hay un riesgo ambiental inminente, ante el cual los políticos que irresponsablemente postergan medidas para revertir el problema, recibirán el choque de la realidad que no están queriendo enfrentar, cuando ella sea irreversible. Ante esto, en vez de esperar a que los políticos y los poderosos de la economía mundial tomen conciencia y hagan algo, los ciudadanos deberán ocupar ese vacío de responsabilidades con acciones concretas y urgentes, a las cuales los gobernantes podrán o no plegarse cuando comprendan que el camino es por allí.
    Que una sociedad superior, en vez de estar compuesta por megalópolis ultratecnificadas, esté hecha de redes de pequeños núcleos comunitarios mínimamente equipados a nivel tecnológico, y máximamente desarrollados urbanística y arquitectónicamente según místicas sabidurías ancestrales, podrá parecer un retroceso. Y lo es: el retroceso a formas de vida más elevadas y dignas, que se perdieron por darle poder absoluto a una mentalidad industrialista y progresista sin orden y sin rumbo que no sea el de la autodestrucción. Hace un siglo, el futuro ideal podría verse reflejado en las torres gigantes de Manhattan, y más recientemente, en el futurismo de la "Ciudad Gótica" de "Eternamente Batman" o de las construcciones en "El quinto elemento". Hoy, si, en busca de conceptos para la armonía de los hábitats, ese ideal no se desplazara a las aldeas indígenas o a la Acrópolis ateniense, tal vez podamos esperar a que el sistema colapse y la Estatua de la Libertad y su entorno terminen como en "El planeta de los simios".
 
 

   Sobre los problemas de los países y la actitud de los gobernantes, en su libro citado escribió Konrad Lorenz: "Uno se pregunta qué causará más daño al espíritu de la Humanidad actual, si la codicia cegadora o el apresuramiento agotador. Sea como fuere, los gobernantes de todas las orientaciones políticas se esfuerzan por promover ambas cosas e incrementar hasta la hipertrofia aquellas motivaciones que impulsan al hombre hacia la competencia.
    Las lujosas estructuras resultantes del diabólico ciclo constituido por el crecimiento de producción y necesidades con acoplamiento regenerativo, acarreará el desastre, tarde o temprano, a los países occidentales y, sobre todo, a los Estados Unidos, ya que su población no podrá seguir compitiendo ventajosamente con las de los países orientales, menos malacostumbradas y más sanas. Así pues, los gobernantes capitalistas dan prueba de una miopía extremada al mantener hasta ahora ese curso consistente en recompensar al consumidor elevando su "nivel de vida" e imponiéndole, por ende, la "condición" de proseguir su competencia -causante de alta presión sanguínea y alteraciones nerviosas- con el prójimo."

*

   Sobre la tendencia autodestructiva de la humanidad, dice en su obra citada Konrad Lorenz: "Todas las facultades inherentes al hombre y derivadas de sus profundas percepciones en la naturaleza circundante, es decir, el progreso de su tecnología, los adelantos de las ciencias química y médica, todo cuanto parece hecho para aminorar los sufrimientos humanos se traduce, de forma horripilante y paradójica, en una corrupción de la Humanidad. Ésta amenaza con hacer precisamente lo que casi nunca han intentado los sistemas vivientes, a saber, estrangularse a sí misma. Pero lo más espantoso de este acontecer apocalíptico es que las cualidades y aptitudes óptimas, las más nobles del hombre, aquéllas que conceptuamos y valoramos con razón como específicamente humanas, son las primeras en sucumbir, a juzgar por las apariencias."
 
 
 
 

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